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viernes, 12 de junio de 2026

EL DIABLO, CAPATAZ DE PROGRESO

 


Para Miguel Florián, 
poeta amigo de Portador de luz

 

Uno de los personajes en la Escuela de mandarines (1974) de Miguel Espinosa, Donato, deriva del MALO, o sea del DIABLO, la inteligencia del ser humano. Según este punto de vista, "la fruta prohibida que dio la Serpiente a Eva nos abrió los ojos” significa que su ingesta nos transformó y recompuso inteligentes; aquella manzana, presuntamente prodigiosa, otorgaba capacidad de discernir intelectualmente, para "leer dentro", según etimología de la voz "inteligencia" (intus legere). Desde esta perspectiva, la inteligencia sería lo contrario de la inocencia y la habría abolido definitivamente. El cándido, el inocente, no discierne el bien del mal o entiende que todo es bueno, es el pánfilo "buenista" que acepta todo lo que le llega y cae del Cielo o surge de la Tierra, porque carece de inteligencia para distinguir lo uno de lo otro, lo bello de lo feo, lo dulce de lo amargo, el bien del mal. Pero –protesta Miguel Espinosa–, ¡fijar la procedencia de la inteligencia en el Maligno supone valorarla enemiga del humano! Puede, a veces.

En su tratado filosófico-alegórico, Historia del diablo (1965), Vilém Flusser aborda la figura del MALIGNO como categoría existencial y fenomenológica que encarna el absurdo, la pérdida de fundamento y –en analogía con la tesis de Donato antes citada– la dinámica entera de la cultura occidental. Es lo que significa el dictamen de la abuelita cuando, a la vista de las novedades tecnológicas y de las posibilidades maravillosas que ofrecen los teléfonos inteligentes, exclama: “¡Cosas del diablo!”. Sólo que la conjetura de Flusser va más en serio que la frase de la anciana, y es mucho más trágica, que religiosa.

El diablo de Flusser no quiere la destrucción del humano, sino su complicidad activa en la construcción de un mundo artefacto alternativo, en el despliegue del artificio y de la abstracción contra las existencias particulares, naturales, creadas por al Altísimo, es decir, otras realidades diferentes y de distinto signo a las venidas a la existencia por la voluntad del Dios-Creador, contra el que se rebeló el Ángel Indócil con su ‘non serviam’, con su “¡No obedeceré!”. 

La técnica inspirada por “LUCIFER” (etimológicamente “Portador de luz”) se acredita así como contra-naturaleza, el eslogan publicitario de su burda arquitectura es la ilusión del progreso y la esperanza de conseguir sus promesas terrenales, el reemplazo de la creación por modelos, imágenes, simulacros, conceptos, es decir, por aparatos técnicos que nos otorguen placer incesante. 

El diablo es fanáticamente “progresista”. Alentando el desarrollo científico y tecnológico, Lucifer contribuye a que se pierda el enlace del humano con el sustrato genuino de la creación, nuestra conexión original con la naturaleza y, por lo tanto, el vínculo genuino de la criatura con su Creador. Apartar al humano de Dios es a lo que, artificialemente, aspira el Diablo animando el progreso material de la cultura.

El diablo de Flusser es revival contemporáneo del mito de Prometeo y de la figura faústica del demonio Mefistófeles, recreada por Goethe. En efecto, al final de su vida, Fausto ya no busca los placeres de la carne ni la magia abstracta; ahora está poseído por la soberbia del progreso y de la ingeniería. Quiere ganarle terreno al mar, desecar ciénagas y construir un Imperio técnico donde el hombre sea el dueño absoluto del entorno. Mefistófeles, lejos de disuadirlo, se convierte en su capataz, en el operario sumiso de sus planes de desarrollo, sabiendo que en el corazón de esa aparente filantropía y avance civilizatorio late la verdadera alienación.

El diablo de Fussler es también inspirador del progreso técnico e impulsor del intelecto calculador que lo ordena. El intelecto sólo se magnifica cuando se plasma en dominio material. El bienestar tecno-científico es su aliciente, lecho mullido, trampa dorada. El dominio del mundo lleva por precio la enajenación del humano, pero la locura nos pasa desapercibida, no sabemos lo locos que estamos, anestesiados por el confort y las satisfacciones inmediatas que la tecno-ciencia nos procura, y por la hipnosis cotidiana con que los tecno-medios de comunicación nos entretienen y distraen de nos. El diablo hace pasar por lo bueno la vacancia espiritual y la comodidad asegurada, la protección del Estado y el crecimiento histórico de producción y el consumo. Nuestra consumación queda regulada por decreto-ley.

El método de perversión que usa el diablo es la intelectualización y tecnificación de nuestros apetitos. Esto recuerda o rehabilita la provocadora tesis de Rousseau en su Discurso sobre las ciencias y las artes (1750), en el que el ginebrino sostenía que las ciencias y las artes no nacen de las virtudes humanas ni de una noble búsqueda de la verdad, sino de nuestros vicios y pasiones más bajos. Para Rousseau, el progreso científico no confirma nuestra elevación moral, sino que señala síntoma de sociedad corrompida, porque ha abandonado la pureza del "estado de naturaleza" (un mito como otro cualquiera). Por eso afirma el autor de El Contrato social, que la astronomía ha nacido de la superstición (astrología); la elocuencia de la ambición, el odio, el lisonjeo y la mentira; la geometría, de la avaricia que mide y delimita propiedades; la física de una vana curiosidad; e incluso la moral, según su visión, nació del orgullo humano (Nietzsche la asociará más tarde al rencor de los débiles). Según esto, no sólo nacen las ciencias del vicio, sino que además lo alimentan generando lujos y ociosidades, pues al liberarnos del trabajo físico nos sumergen en una comodidad blanda. Y se sabe que lo que facilita, debilita. En una palabra, en lugar de hacernos mejores ciudadanos, las ciencias y las técnicas nos vuelven charlatanes, hipócritas y esclavos de las apariencias.

Análogamente, Fussler hace depender el progreso tecno-científico de la intensificación y metamorfosis de nuestros apetitos viciosos, de la ambición y el ansia de dominio. Gula y lujuria se refinan y transforman en consumo masivo de pornografía y de una gastronomía sofisticada (para ricos) o en comida rápida y procesada (para pobres) que halaga el paladar con su saturación artificial de grasas y azúcares; la avaricia se sublima en acumulación de datos, no sólo de capitales; la pereza se disfraza de automatización... El individuo, subordinado al funcionamiento del aparato, se llama "funcionario", máxima aspiración, lacayo del Amo-Estado. 

El pecado definitivo es, por supuesto, la soberbia de creernos –gracias a la tecno-ciencia– verdaderos dioses, amos y dueños de la Tierra y creadores de universos, cuando en realidad somos prisioneros de nuestros inventos; o la vanidad de suponernos sujetos en trance de ser dioses, según el sueño del transhumanismo, mientras la cirugía estética diseña patosas monstruosidades.

Podemos cifrar la tragedia del intelectual moderno en esta fórmula: La sustitución de lo concreto por lo abstracto deviene en mundo programado, funcional y carente de todo significado trascendente. Mundo de estímulos incesantes, ayuno de todo sentido.

Mefistófeles no necesita ya corromper a Fausto con bajezas sensuales; le basta con estimular su genialidad constructora y su deseo de orden racional. Al final, el progreso técnico se vuelve autónomo, y el "bien" de la civilización es la herramienta que el diablo utiliza para agenciarse la complicidad del humano frente al Superior.


MEFISTÓFELES, GRAN CAPATAZ DEL PROGRESO

(Escenario: Una vasta costa pantanosa. Fausto, anciano y ciego, escucha el golpe de las palas. Cree que su pueblo trabaja por la libertad; en realidad, son los Lemures mandados por Mefistófeles, que cavan su fosa).

FAUSTO

Me envuelve la tiniebla, mas dentro de mi mente
estalla una luz clara, una idea potente.
¡Hay que acabar la obra! El sabio solo es dueño
del mundo si el destello de su audaz pensamiento
se convierte en ceniza, en sudor y en cemento.
¡Que se reúnan las masas! ¡Que se cumpla mi sueño!
¡Mefisto, trae más hombres, que domen la marea!
Que la razón del sabio gobierne la materia.
 
MEFISTÓFELES (Aparte, con una sonrisa burlona)
 
¡Oh, excelso doctor! ¡Cómo brilla tu mente!
¿Ves cómo el intelecto no es un río inocente?
Te di el saber del libro y te causó desprecio;
te di el amor de un ángel y te pareció necio.
Pero mira este fango que mi pala domina:
¡esta es la gran agudeza que al mundo ilumina!
No hay mayor inteligencia, mi querido doctor,
que la que ordena el caos con rigor de agrimensor.
 
Camina, no te pares. Que el ingenio prosiga.
Tú diseñas los planos, tu soberbia los guía:
crea puertos, canales, diques de arquitectura,
borra el viejo paisaje de la burda natura.
¿Acaso no es hermoso ver al hombre elevado
como dios sustituto de El de arriba sentado?
Tú pones la idea, el cálculo, el rastro,
y yo pongo la fuerza que mueve catastro.
 
Gana tierras al agua, haz al siervo operario,
mide el tiempo en las horas de un estricto horario.
El progreso es el arte que al diablo le cuadra:
mientras más la ciencia calcula y encuadra,
más se olvida el esclavo de su alma divina
y más besa el progreso que al fin lo confina.
¡Sigue, sabio Fausto! Modifica la tierra,
que el mayor intelecto entre muros encierra.
 
(Para sí mismo, viendo a Fausto entusiasmarse ante el ruido de las herramientas)
 
Sigue creyendo, viejo, que el progreso es tu gloria.
Cavas canales al mar..., y es tu fosa en la historia.
Nos trabajas el suelo, nos limpias la duna;
creyendo ser libre, nos dejas tu cuna.
Para el dios Neptuno preparas la fiesta:
mientras más luz pretendes, más noche te resta.
 
***




Evidentemente, tanto Rousseau como Fussler exageran. Nuestras creaciones pueden ser y son tan demónicas como diabólicas o angelicales. Todo depende de su uso, de su praxis. La inteligencia puede usarse para corromper y destruir, o para confortar y edificar. Desde luego, ciencia sin conciencia no es sabiduría. El intelectualismo puede ser más ciego que la ignorancia del analfabeto. Corruptio optimi pessima, o sea, que la corrupción de los más inteligentes es la más peligrosa y el mejor armado puede causar los peores destrozos, como se ha visto.

El problema de la conciliación de principio y fin, de la naturaleza con la inteligencia, de la biología con la cultura, con ser crucial, seguirá no obstante abierto, porque no somos sólo naturaleza, sino también historia; no somos sólo biología, sino también biografía; ni sólo temperamento heredado, sino también carácter y espíritu: aptitudes o disposiciones genéticas que se explican temporal y complican dialécticamente en actitudes en parte electivas. 

Evidentemente, no toda innovación puede considerarse progreso, ni mucho menos todo avance técnico deviene progreso moral; ni, por sí mismo, los avances tecno-científicos nos logran y transforman mejores.

Hallar un enlace tolerablemente armónico y dichoso entre lo que somos por naturaleza y lo que buscamos hacer de nosotros mismos es problema complejo y de dificilísima solución, que compromete decisivamente nuestra condición, nuestros estados de ánimo, nuestra vocación y nuestro destino. Si hay un asunto que exige reflexión y sosiego es este: el de saber conectar la inteligencia con las buenas emociones y los más nobles sentimientos.
 
 

martes, 5 de mayo de 2026

JUAN HUARTE Y EL PODER DE LA IMAGINACIÓN

 

Johan Huarts Prufung der köpfe zu den Wissenschaften.
Traducción de G. Ephraim Lessing, 1752.
Reproducción de la ediciÓn francesa del Examen de ingenios,
 (atlantica, Biarritz, 2000)


En el capítulo V de la edición de 1594 de su Examen de ingenios para las ciencias (EI), Juan Huarte afirma que el entendimiento no puede obrar sin la memoria y sin la imaginación porque la inteligencia precisa imágenes. Cita en su favor a Aristóteles: ‘Oportet intelligentem phantasmata speculari’. En efecto, sin la memoria de nada sirve ni la facultad imaginativa –escribe Huarte: “el oficio de la memoria es guardar estos fantasmas para cuando el entendimiento los quiera contemplar” y si los recuerdos son olvidados es imposible a las demás potencias psíquicas obrar. “Vemos por experiencia que cuanto más se ejercita la memoria recibiendo cada día nuevas figuras, tanto se hace más capaz”. La memoria es el músculo de la inteligencia y la imaginación su ojo.

Aunque la inteligencia requiere de la memoria, Huarte ve cierta oposición entre memoriosos y entendidos, fundada en “la enemistad que el entendimiento tiene con la memoria”. No sucede lo mismo con la reminiscencia (la anamnesis platónica) que Huarte asocia más bien a la imaginación, antes que a la memoria. 

Tres obras o acciones son las principales del entendimiento: inferir, distinguir y elegir. Según esta última, la capacidad de elección, la libertad sería hija del entendimiento y no sólo de la voluntad. Los mejores ingenios –piensa Huarte— no requieren prácticamente de maestros, son autodidactas. Estos ingenios “engañaron a Platón” al hacerle decir que nuestro saber es un cierto género de reminiscencia oyéndolos hablar y entender lo que jamás fue considerado por los hombres antes de ellos.

A estos grandes ingenios hay que permitirles que escriban libros porque son capaces de inventar a partir de lo que los clásicos dejaron escrito. La república, sin embargo, no debería consentir que los que carecen de invención escriban libros, pues no son sino monos de imitación y ya no hay (se refiere Huarte a su tiempo, lo que podría valer también hoy) quien no componga una obra hurtando de aquí y tomando de allá (o sea, mediante plagio). A los ingenios inventivos llama Huarte “caprichosos”, sacando este adjetivo de la lengua toscana y asociándolo a las virtudes de la cabra, ya que este animal es siempre amigo de andar a sus solas por riscos y alturas y aficionado a asomarse a grandes profundidades; por donde no sigue vereda ninguna ni quiere caminar con compaña. Tal propiedad como esta se halla en el alma racional cuando tiene un cerebro bien organizado y templado: jamás descansa en ninguna contemplación, todo es andar inquieta buscando cosas nuevas que saber y entender.

Como hemos señalado, Juan Huarte asocia la facultad imaginativa a la reminiscencia platónica y, por su parte, la memoria al sentido común, y no hace estas facultades distintas a aquellas representativas que junto con el entendimiento conforman las tres potencias orgánicas del ingenio humano. Si la imaginación –como en Kant— es una potencia activa, la memoria lo es pasiva, recibe y guarda lo que la imaginación y la percepción le ofrecen, con mayor fidelidad y durabilidad cuando la impresión es intensa.

La risa es pasión que descubre mucho cómo sea la imaginación de cada cual. “La risa y el andar del hombre lo delatan” (Eclesiástico). Para Huarte, la risa es causada por una aprobación de la imaginación cuando vemos u oímos algún hecho o dicho que cuadra muy bien. Cuando la potencia imaginativa es muy buena no se contenta con cualquier cosa. Por eso vemos que los hombres de gran imaginación pocas veces ríen y que los más graciosos, decidores y apodadores, jamás se ríen de las gracias y donaires que ellos mismos dicen ni de la que oyen de otros porque tienen una imaginación tan delicada que aún sus propios donaires no hacen la correspondencia que ellos querrían. A esto se añade que la gracia, además de tener buena proporción ha de ser nueva y nunca vista ni oída. Los chistes manidos ya no hacen gracia. La risa no compromete sólo la imaginación, sino que afecta también a otras potencias que gobiernan nuestro psiquismo. El donoso no se ríe de la gracia que dice porque antes de que la eche por la boca ya sabe lo que va a decir. De ello concluye Huarte que los muy risueños no tienen una gran imaginación, sino que más bien andan faltos de ella y por eso cualquier gracieta, aun la chocarrera, les complace.

Huarte asocia también la prudencia y destreza de ánimo a la imaginativa que anticipa y conoce lo que está por venir. A la destreza del ánimo o de la mente la llama solercia, agudeza o astucia, pero también habilidad para cavilar y engañar. La vincula a la prudencia ciceroniana como habilidad práctica para distinguir lo bueno y lo malo (que aquí sería más bien lo que conviene y lo inconveniente), una maña de la que a veces carecen los hombres de gran entendimiento por falta de imaginación. La destreza anímica entendida como solercia o mera “prudencia de la carne” (San Pablo), apartada del sentido de la justicia, no merece más nombre que el de malicia pedestre, inhumana y demoníaca. 

La verdadera sabiduría pertenece al entendimiento, potencia esta en la que no cabe doblez, sino claridad y rectitud. Por eso: 

"Los hombres de grande entendimiento no valen nada para la guerra, porque esta potencia es muy tarda en su obra, y amiga de rectitud, de llaneza, de simplicidad y misericordia, todo lo cual suele hacer mucho daño en la guerra" EI, 1575.

No obstante, como apuntó Federico Climent (en su edición del Examen, 1917), para Huarte entra en los dominios de la imaginación, y no sólo del entendimiento, todo cuanto demanda armonía, concordancia y proporcionalidad de las partes y por eso incluye entre las ciencias propias de la potencia imaginativa las artísticas y el cálculo, dejando para el entendimiento las que tienen por objeto la verdad en sí, y para la memoria aquellas cuya sustancia está en la letra. Por eso el gobernar la república pertenece a la imaginativa (EI, XI, 1575). De las potencias del hombre sólo la imaginación es libre de pensar lo que quisiere e influye poderosamente en las funciones del cuerpo:

“De aquí se desprende con cuánta razón encomiendan los moralistas la meditación y consideración de las cosas divinas; pues sólo con ella adquirimos el temperamento que el alma ha menester y debilitamos la naturaleza inferior” (EI, V, 1504)… Por eso “el avisado y discreto es la mona de Dios, que le imita en muchas cosas; y aunque no las puede hacer con tanta perfección, pero todavía tiene con él alguna semejanza en rastrearle.”(EI, 1575, IV).

*** 

 Para saber más de la relevancia del Examen de ingenios (1575, 1594) de Juan Huarte de San Juan en el contexto del humanismo, de la cultura y de la tradición psicopedagógica europea y occidental puede consultarse mi trabajo en la revista digital Café Montaigne, dividido en tres artículos que enlazo a continuación:

"El poder de la imaginación y la fecundidad del entendimiento en el Examen de ingenios de Juan Huarte de San Juan. Del origen hispánico de la filosofía moderna":

I. https://cafemontaigne.com/el-poder-de-la-imaginacion-y-la-fecundidad-del-entendimiento-en-el-examen-de-ingenios-para-las-ciencias-de-juan-huarte-de-san-juan-sobre-el-origen-hispanico-de-la-filosofia-moderna-i-jose/filosofia/admin/

II. https://cafemontaigne.com/el-poder-de-la-imaginacion-y-la-fecundidad-del-entendimiento-en-el-examen-de-ingenios-para-las-ciencias-de-juan-huarte-de-san-juan-sobre-el-origen-hispanico-de-la-filosofia-moderna-i-jose/filosofia/admin/

III. https://cafemontaigne.com/el-poder-de-la-imaginacion-y-la-fecundidad-del-entendimiento-en-el-examen-de-ingenios-para-las-ciencias-de-juan-huarte-de-san-juan-sobre-el-origen-hispanico-de-la-filosofia-moderna-iii-jos/filosofia/admin/

sábado, 22 de noviembre de 2025

REINVENCIÓN DEL AMOR

 

Alain Badiou

Elogio del amor

Entrevistado por Nicolas Truons, el filósofo francés Alen Badiou ingenia un original elogio del amor. Badiou cree que el ser amante es uno de los roles del filósofo, que también ha de tener condición de artista, de científico y de militante (o de "activista"). A fin de cuentas, la raíz verbal de amistad y concordia está en la voz philo-sophía, amistad con la sabiduría presupone el oficio de filósofo... Y todo filósofo tiene algo de comediante, sea cual sea su hostilidad hacia la interpretación y el fingimiento. Todos nuestros ancestros griegos --como los fiósofos hoy-- hablaban en público. El filósofo es un ilusionista que seduce amorosamente a la gente para llevarla hacia verdades improbables, pero lo bueno es que seduce (o aliena) en nombre de verdades, dice Badiou.

Piensa el francés que hoy el amor está amenazado. Byung Chul Han ha pronunciado un dictamen parecido. Vivimos tiempos de "coaching amoroso", de relaciones entrenadas y calculadas en beneficio de seguridades higiénicas, solvencias hedónicas..., vivimos tiempos de "liesones" efímeras, nada peligrosas, sin riesgo, programadas, aventuras de fin de semana. Cónyuges que se prometen fidelidad, incluso delante de un altar, para desistir de ella al año. Y sin embargo, se sigue creyendo que el amor es la emoción que da intensidad y significación a la vida. Pero Badiou piensa que, si es auténtico, no puede ser seguro, no puede carecer de riesgos. Toute liaison est dangereux. Un amor sin riesgos es tan absurdo como una guerra sin muertos o un exterior sin insectos.

Hoy sólo se cree en el amor supeditado a una exigencia de bienestar y seguridad, tal amor "securitario" es un camelo. El amor es un riesgo inútil y desechable para quienes buscan una conyugalidad preparada y continuada en la dulzura del consumo, con acuerdos y componendas sexuales placenteras, química o artificialmente intensificadas... Por eso cree Badiou que hay que reinventar el riesgo en el amor y la aventura esforzada contra la seguridad y la comodidad.

Repasando la historia de la reflexión sobre el amor, nos encontramos con la filosofía anti-amor de Schopenhauer que interpreta la pasión amorosa como un engaño que nos tiende la naturaleza (Voluntad anónima) para que nos sacrifiquemos en beneficio de la especie, un cebo de placer intenso y breve para que reproduzcamos el dolor extenso e ineludible de la existencia... ¡Menos mal que otros muchos filósofos han hecho del amor una experiencia subjetiva suprema!, empezando por Platón, cuya erótica es una modalidad de ascensión hacia lo ideal, motivada por el deseo de engendrar en la belleza y no sólo físicamente, pues Eros es para el ateniense el estímulo de toda creación cultural. Interpreta Badiou que ese élan amoroso, platónico, es germen de lo universal y por eso cuando admiro un bello cuerpo --lo quiera o no, lo sepa o no-- estoy ya de camino hacia la idea de la belleza, que es --como dijo Ficino en su comentario al Banquete-- el esplendor del Bien.

No lo llames sexo

Badiou piensa que el amor nos anima a experimentar el mundo a partir de la Diferencia y no solamente desde la Identidad. Sorprende su tesis de que lo sexual no une, sino que separa, dado que el goce te arrastra lejos del otro aunque estés físicamente pegado a él. Contra Proust, para el cual el goce era el verdadero contenido de la subjetividad amorosa, Badiou sostiene que tal postura es una variente de la tesis escéptica respecto del amor, y defiende que el goce es un parásito artificial del amor que no tiene por qué entrar en su definición. La reducción del amor al goce sexual es narcisista. Por eso Lacan concluía que no había en rigor "relación sexual", provocando con ello un gran escándalo en una época en que todo se sexualizaba. "El amor es un pensamiento", escribio Pessoa.

El amor es, precisamente, lo que viene a suplir la falta de relación sexual. En el amor el sujeto intenta abordar "el ser del otro". Esa diferencia entre dos individuos es infinita. El amor es ese acontecimiento en el que el sujeto va más allá de sí mismo y de su reflejo narcisista, pues en el sexo uno se relaciona consigo mismo, si bien mediante el otro, mediante la mediación del diferente. El sexo instrumenaliza al otro, en lugar de aprestarse a vivir su diferencia. El otro te sirve para descubrir lo real del goce. En el amor, en cambio, la mediación del otro vale por sí misma. Eso es el encuentro amoroso: uno parte del "asalto del otro", a fin de hacerle existir con uno, tal como es...



El milagro del encuentro

"El asalto del otro"...Las metáforas guerreras o cinegéticas son comunes para referir al encuentro y al proceso de seducción, "la conquista" del amado como "presa" de una caza en que la persuasión atrayente y atractiva, la fascinación graciosa, sustituyen al interés, a la fuerza o la violencia... La concepción lacaniana del amor como encuentro con lo diferente le parece a Badiou mucho más profunda que la concepción absolutamente banal según la cual el amor no sería sino una pintura imaginaria o un ornamento estético del sexo, concepción que facilitaría su mercantilización, pues el sexo se puede comprar y el amor no y --peor, según Marcuse-- tal descomposición del pensamiento erótico en su realización carnal funcionaría como una desublimación represiva, como una presión alienante y porno-publicitaria.

Badiou distingue entre una concepcion comercial y jurídica del amor, como contrato entre dos individuos libres que declaran que se aman y atienden a una igualdad en la relación como sistema de ventajas recíprocas, y el amor como construcción de verdad. Hay una concepción escéptica que hace del amor una ilusión temporal, mero oropel del deseo, pero el escritor nacido en Rabat no reduce el amor a un espejismo bioquímico ni a un contrato, sino que lo define como auténtica construcción, edificación que merece la pena y es digna de trabajo y esfuerzo. Es lo que se experimenta a partir de lo Dos y no de lo Uno (todos hemos sido sin saberlo lo Dos, antes de ser lo Uno). O sea, el amor es el mundo examinado, practicado y vivido a partir de la diferencia y no de la identidad. Es el proyecto que incluye naturalmente el deseo sexual y sus pruebas, que incluye el nacimiento de un niño y otras mil cosas. Se trata de vivir desde el punto de vista de la diferencia. "El deseo es una potencia inmediata, pero el amor pide cuidados, reanudaciones".

El otro inmanente

Próxima a la suya, esta la concepción de E. Levinas que piensa el amor como experiencia irreductible del otro, epifanía cuyo soporte es Dios como "lo totalmente Otro", la experiencia central de la alteridad que funda la ética. El amor es sin duda y por excelencia un sentimiento ético (sobre-natural, podríamos decir), según Levinas. Sin embargo, Badiou opina que no hay nada especialmente "ético" en el amor como tal y pasa de "rumiaciones teológicas", pues ve en ello la revancha última de lo Uno frente a lo Dos, aunque es consciente de la relevancia en la historia del trascendentalismo a lo divino. Supongo que alude con ello a la mística, a la erotomanía de la abnegación teopática.

El encuentro con el otro no es para el filósofo y dramaturgo una experiencia "oblativa" en la que me olvido de mí en beneficio del otro y, en lugar de querer apropiármelo, lo que deseo es darme a él: la entrega y el olvido de mí mismo para darme a lo totalmente Otro ("dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado"). El amor no me lleva hacia "lo de Arriba", pero tampoco a "lo de Abajo", ni al Cielo ni al Infierno. Es una proposición existencial: la construcción de un mundo descentrado respecto a mi simple pulsión de supervivencia, o sea, respecto a mi interés. Badiou opone construcción a mera experiencia.

Un puente entre dos soledades

El amor es la paradoja de una diferencia idéntica, "nuestra diferencia" que existe y promete perseverar todavía. Su fragilidad es la de un puente tendido entre dos soledades. El verdadero sujeto del amor es el devenir edificante de la pareja y no la satisfacción de los individuos que la componen: Ella y yo --o él y yo--, incoporados a un único sujeto, el sujeto del amor, el "nosotros" de la pareja, que ensaya el desplegamiento de un mundo a través del prisma de nuestra diferencia, de modo que este mundo advenga, nazca, en lugar de ser solo lo que llena mi interés o mi perspectiva personal. "El amor es siempre la posibilidad de asistir al nacimiento del mundo". Por lo demás, el nacimiento de un niño, si es en el amor, es uno de los ejemplos --tal vez el más intenso y feliz-- de esta posibilidad. El verdadero enemigo del amor no es el rival del celoso o de la celosa, sino el egoísmo, aquel a quien debo vencer es a mí mismo, al "yo" que quiere la identidad contra la diferencia, que quiere imponer su mundo frente al del otro, que no deja espacio ni tiempo para apropiar la diferencia en la unidad del Dos.

La construcción amorosa parte de una separación, una disyunción, de una diferencia infinita, un Dos. Se inicia en un encuentro, al que Badiou da el estatuto metafísico de acontecimiento, esto es algo parecido al "azar significativo" de los surrealistas, "algo que no entra en la ley inmediata de las cosas". Romeo y Julieta representan la alegoría de aquella separación inicial pues pertenecen a mundos enemigos. El encuentro entre dos diferencias es una acontecimiento contingente que sorprende... Hay un vínculo profundo entre el amor y la muerte, su cumbre pudiera ser el Tristán e Isolda de Wagner, entonces el amor se consume en el momento fugaz, inefable y excepcional del encuentro y no puede después entrar en el mundo que permanece como exterior y contrario a la relación.


Tal concepción romántica ha de ser rechazada, porque el amor no debe reducirse al encuentro, pues se trata de una construcción que aspira a cumplir una duración más interesante que sus comienzos. Es ese "comer perdices" de los cuentos de hadas que resta para después de la boda, que no se explicita cuando se dice "y fueron felices y comieron perdices". Por supuesto que existe el deslumbramiento, el éxtasis de los comienzos, pero un amor es, ante todo, una construcción duradera, una obstinada aventura. Dejarse caer al primer obstáculo, a la primera divergencia seria en los primeros aburrimientos, no es sino una desfiguración del amor. Un amor verdadero es aquel que triunfa duraderamente, a veces también duramente, sobre los obstáculos del mundo. Casi se puede definir el amor como una exitosa lucha contra la separación.

Por duración no hay que entender que el amor dure, que se ame siempre o para siempre, sino que el amor inventa una manera diferente de durar en la vida. Que la existencia de cada uno, en la prueba del amor, se confunde con una temporalidad nueva. El amor es también "el duro deseo de durar", el deseo de una duración desconocida porque reinventa la vida. Reinventar el amor es reinventar esta reinvención. Por desgracia, el amor es descalificado hoy, deconstruido, desilusionado o desublimado, en nombre de su "realidad sexual". Hay que aceptar que el amor inscribe en su devenir la realización del deseo y es más que una declaración o un encuentro que compromete... Liberar nuestro cuerpo, desnudarnos para el otro, renunciar a todo pudor, criar, toda esta entrada en escena del cuerpo vale como prueba de amor, de un abandono al amor que señala la diferencia esencial con la amistad, pues la amistad no exige prueba corporal ni resonancia en el goce del cuerpo, ya que es un sentimiento más intelectual, por lo que muchos filósofos han preferido la amistad al desconfiar de la pasión (padecimiento) amoroso...

"Pérfido amor, y cuál huye
tras los primeros momentos
del ardor!
¡Santa amistad, que concluye
por cumplir los juramentos
del amor!

Los versos del filósofo asturiano pueden sugerir que el amor, en su duración, presenta todos los rasgos positivos de la amistad. Sin embargo, distinto y por encima de la amistad, se relaciona con la totalidad del ser del otro: el abandono del cuerpo a la caricia y el compromiso con el cuidado del otro es el símbolo material de esta totalidad erótica. 

Procedimiento de verdad

En conclusión, el amor no puede ser --y no lo es para nadie, salvo para los ideólogos interesandos en su pérdida-- un simple revestimiento del deseo sexual, una astucia complicada y quimérica para que se cumpla la reproducción de la especie. Por eso Badiou llama al amor "procedimiento de verdad", es decir, una experiencia con la que un cierto tipo de verdad se construye: la verdad sobre lo Dos, la verdad de la diferencia. Lo que hay de universal en el amor, por lo que interesa a todo el mundo en todas las épocas, es que propone una experiencia de verdad sobre lo que es ser dos y no uno, por eso amamos el amor como decía San Agustín. Es el Adamar sanjuanesco. Pero amamos también que otros amen, simplemente porque amamos las verdades. Es lo que da sentido a la filosofía, que la gente ama las verdades, incluso cuando no saben que las aman.

La declaración de amor señala el paso del azar al destino. Eso la hace peligrosa y cargada de angustia. Puede ser larga, difusa, confusa, complicada, re-declarada, abocada a ser repetida. Fija el azar, indica que de lo que fue casualidad nos proponemos sacar causalidad, es decir, otra cosa, una duración, una obstinación, un compromiso, una fidelidad... Badiou usa esta palabra "fidelidad" para precisar el paso de un encuentro azaroso a una construcción sólida como si hubiera sido necesaria. Y cita el libro de André Gorz Lettre a D. Histoire d'un amour, en el que el autor declara su amor a Dorine con estas palabras:

"Vas a cumplir ochenta años. Has empequeñecido seis centímetros, sólo pesas cuarenta y ocho kilos y siempre eres bella, graciosa y deseable. Hace cincuenta y nueve años que vivimos juntos y te amo más que nunca. De nuevo llevo en el hueco de mi pecho un vacío devorador que sólo calma el calor de tu cuerpo contra el mío."

En efecto, hay gente que se ama siempre, y son muchos más de los que se cree, y muchos más de los que se dicen. El "te amo para siempre" (eis aiona) fija el azar en el registro de la eternidad. El amor es eso: una declaración de eternidad que se despliega como puede en el tiempo físico, una irrupción de la eternidad en la temporalidad mundana. Por eso es un sentimiento tan intenso. El amor prueba que la eternidad puede existir en el espacio de sentido de la vida cuando su esencia es la fidelidad.




Si bien el amor es prueba de lo Dos: encuentro, declaración, duración y eternidad, hay un momento en que debe probarse en el orden de lo Uno, volver a lo Uno. La figura a la vez simbólica y real de este uno es el niño. Su nacimiento es a la vez un milagro y una dificultad que pone a prueba la relación, porque alrededor del Uno del niño ha de desplegarse el Dos. Por eso el amor ha de ser re-declarado. El nacimiento de los hijos puede provocar crisis existenciales violentas. Como muchos procedimientos de verdad, el amoroso no siempre es pacífico, comporta violentas peleas, verdaderos sufrimientos, separaciones que se superan o no. El amor repele a los cobardes porque comporta dolores, desengaños, pérdidas irreparables... Hay incluso suicidas amorosos, porque la esencia del amor es dramática, tragicómica a veces. "El drama amoroso es la experiencia más clara del conflicto entre la identidad y la diferencia".

La comunidad familiar

Y además se complica con relaciones de poder, con lo que podríamos llamar micropolítica, que puede degenerar en "terrorismo íntimo". Se trata de saber si Dos son capaces de asumir la diferencia en igualdad y hacerla creadora. La familia socializa esa gestión como célula base de la propiedad y el egoísmo. Para Badiou, la familia puede definirse como el Estado del amor. En ella anida la Fraternidad, el más obscuro de los tres valores del lema republicano. De Libertad e Igualdad caben definiciones bastante estrictas, pero ¿qué será la fraternidad? Es difícil que al hablar de fraternidad tal expresión no resuene en el tambor milenario de la sentimentalidad cristiana. Para Badiou atañe a la cuestión de la coopresencia amistosa de las diferencias en el seno de las relaciones de poder, una noción que se lleva tan bien con el ecumenismo religioso, como con el cosmopolitismo estoico o con el internacionalismo comunista, capaz de integrar las mayores diferencias.

Aunque se ha identificado el Yavé del Antiguo Testamento con un Dios colérico y vengativo, la presencia del amor en lo que los hebreos llaman Tanaj es también considerable, sólo hay que recordar el Cantar de los cantares, atribuido al rey Salomón... Pero el ejemplo supremo del uso de la intensidad amorosa en la dirección de una concepción trascendente del amor universal es el cristianismo, que aspiró en sus orígenes a formar una comunidad fraterna (charitas, ágape) orientada hacia la fuente última de todo amor, identificada con la trascendencia divina, tal movimiento de elevación tuvo su antecedente en Platón, a través de una erótica orientada hacia la belleza de la perfección inefable e indefinible.




A pesar de las violencias y genocidios causados por el comunismo, Badiou se conserva "comunista" en un sentido muy particular, podriamos decir que es un comunista reformado o "revisionista" (recordando el sentido negativo que el "revisionismo" tuvo durante la exaltación estalinista y el dogmatismo althusseriano, cuando los intelectuales de izquierdas miraban para otra parte, no queriendo saber nada del genocidio imperialista provocado por el comunismo bolchevique o maoísta); como materialista ("platonismo materialista", valga la disonancia cognitiva o la contradicción entre los términos) Badiou reduce el amor a lo inmanente y terrenal. Afirma al Otro, pero sin el "totalmente-Otro", sin el "Gran-Otro" de las trascendencias éticas, religiosas o místicas... 

"Un amor arrodillado para mí no es un amor, incluso si, a veces, en el amor tenemos la pasión de entregarnos a aquel o aquella a quien amamos".

La voluntad de hacer gravitar el amor con la tierra, de pasar de la trascendencia a la inmanencia, fue, según el filósofo, la del comunismo histórico, al materializar la exigencia absoluta de proximidad fraternal que inventó el cristianismo. Pero lo único que hizo el comunismo fue sutituir al Padre eterno --como reconoce Badiou-- por el culto a la personalidad del caudillo del Partido Único. La expresión "culto a la personalidad" nombra también ese género de transferencia colectiva sobre la figura política. Los poetas también cayeron en ello, recordemos los cantos de Eluard a Stalin, los de Aragon... "Mi Partido me ha dado los colores de Francia", el extraño contubernio nacional-socialista, tan histórico y probable como el rojipardo pacto de Hitler y Stalin para repartirse Polonia. El Partido convertido en secta y fetiche. Badiou asume la autocrítica e insiste ahora en que no hay que mezclar el tema del amor con la pasión política.

Para él, el problema político es el del control del odio, y no el del amor. Y el odio es una pasión que activa casi inevitablemente la cuestión del enemigo. En el ámbito político existen enemigos; en el amoroso, no. Ni el furor comunista ni el furor capitalista, que hace del interés el único fin de la acción, valen si queremos reinventar el amor, porque todo procedimiento de verdad es esencialmente desinteresado: su valor no reside sino en sí mismo, y este valor está más allá de los intereses inmediatos de los dos individuos a los que el amor compromete.

El amor, irreductible a toda ley, agujerea la existencia, es al "amor loco" de Breton, el "ama y haz lo que quieras" de San Agustín. Por eso el conflicto teatral más frecuente, el más explotado, es la lucha del amor azaroso contra la ley necesaria (cfr. Antígona). El arte ha representado de mil maneras este carácter asocial o anómico del amor. Sin embargo, los surrealistas no se interesaron por su duración, insistieron en la eternidad del instante, en el eterno femenino y la mística de los encuentros, en la ventana a la eternidad del éxtasis orgásmico. Badiou propone una concepción de la eternidad amorosa menos "milagrosa" y más tenaz y laboriosa de la experiencia de lo Dos. 

"Hay un trabajo del amor, y no solamente existe el milagro. Hay que estar en la brecha, hay que ponerse en guardia, hay que reunirse, con uno mismo y con el otro. Hay que pensar, actuar, transformar. Y entonces sí, como recompensa inmanente del trabajo, está la felicidad"

Y sin embargo, es cierto que el amor como construcción verdadera --o como "conversación interminable" (José Antonio Marina) franquea siempre un punto de imposibilidad en la brevedad de la vida, en la inmanencia de las horas, por eso reclama inmortalidades.


lunes, 15 de septiembre de 2025

AMORES TÓXICOS

 


Puede que el amor no sea más que una sublimación del apetito gonádico, un efecto bioquímico del funcionamiento y reacción de glándulas y hormonas, pero hay mil formas de tensión erótica hacia el otro inasequible, como muy bien sabía el erotófilo Ovidio, gran poeta de la antiguedad clásica romana: Mille Venus artes. Y alguno de estos quereres o necesitares que entrañan dependencia emocional son desastrosos para quien ama a quien no es amable, quien se apasiona por el odioso o la odiosa, que no merecen el cuidado de nadie.

Es el caso el amor tóxico, del vínculo traumático (trauma bonding) entre una persona que necesita sin condiciones a otra. Se trata de una conexión emocional intensa entre una víctima y un verdugo, el enlace de dependencia que una persona desarrolla respecto de su abusador o maltratador... 

Por desgracia, es un fenómeno más común de lo que se cree. Se trata de una dinámica afectiva, emocional y pasional, tóxica. Lo peor es la dificultad extrema de la víctima para salir de la relación, incluso si es consciente del abuso. Decir que la víctima es masoquista, que "le va la marcha" resulta una simplificación peligrosa que, además, descarga la culpa sobre la víctima. 

¡Escapa! "Volar es ponerse"

El apego traumático se desarrolla a través de un ciclo intermitente en el que se alternan violencias y muestra de afecto, el llamado "bombardeo de amor" del abusador, que tiene efectos adictivos sobre la víctima de maltrato. Es más frecuente que el monstruo sea varón, pero también se dan casos de "abusadoras", tanto en relaciones heterosexuales como en relaciones entre tríbadas o de hembras de dos ganas.

El abusador o la abusadora ofrecen migajas de afecto y de esperanza, prometen regeneración y cambios a la maltratada o maltratado, este o esta minimizan la gravedad de las agresiones o las justifican, atribuyéndose culpas inexistentes. "No estoy a su altura", "no me comporto como merece", "no le doy lo que quiere", "no gano lo suficiente"... Cabe también el maltrato de padres a hijos, y se dan caso de maltratos de hijos a padres, por lo que han nacido asociaciondes de padres maltratados. Hay quien incluye todos estos casos en lo que llama "terrorismo doméstico".

El fenómeno del vínculo traumático o dependencia emocional podría interpretarse como lealtad irracional y hasta como impulso tanático de inmolación en el otro. La manía (locura, alienación) impropia del dependiente a favor del abusador, su pasión tóxica, le impide una feliz sindéresis (capacidad de enjuiciar para actuar), pues su capacidad de reflexión está sesgada por sus emociones. Podría decirse que la heurística de sus decisiones está afectada por el morbo de su pasión. En lugar de analizar detalladamente los pros y contras de su lamentable situación, la maltratada o abusada simplemente consulta sus sentimientos, lo que le permite llegar a una conclusión sin mucho esfuerzo cognitivo. Los motios del corazón son en realidad aquí efectos tóxicos, enajenantes.

He comprobado que esta impronta traumática se da también en animales superiores, en mascotas que obedecen y desarrollan un vínculo afectivo más sólido con quienes les tratan con superioridad y hasta les gritan y golpean, que con quienes les parlan dulce, les acarician y soban, buscando contrapartidas que así no obtienen, como si perros y gatos hiciesen más caso del que apenas les hace caso, como si esperaran mayor protección del lobo alfa que del sometido o creen sometido al alfa. Es triste y trágico que la crueldad y la violencia sean social y políticamente rentables, pero es el caso.

El patrón de comportamiento del abusador es abuso --> arrepentimiento --> reconciliación --> abuso, etc. La víctima humana puede desvirtuarse a sí misma y cambiar su personalidad sometiéndose para adaptarse a los valores y expectativas de quien le trata mal, el que con saña promete no hacerlo si el sometido o la sometida "cambian" o "mejoran". La maltratada no reacciona por el miedo a perder la relación, pues, primero, la han aislado de sus amigos, de su familia, y la han convencido de que nadie la va querer. Han desmantelado su autoestima. También puede ser que acepte su sufrimiento por los hijos o por su dependencia económica respecto al maltratador, que usa esta para dar cancha a menosprecios, insultos, crueldades y maldades.

Es curioso que los hijos de maltratadores tiendan a reproducir el comportamiento de sus progenitores... Aunque la rehabilitación de violadores y maltratadores es posible, no es un proceso fácil ni rápido y no está garantizado. Muchos maltratadores restan importancia a sus violencias o externalizan la responsabilidad: "ella me provocó", "yo no era así antes". Mientras persista esta negación, cualquier intento de cambio será superficial y fallido. Por otra parte, la reincidencia, aún con distintas parejas, es frecuente, por eso la prioridad de la justicia debe ser la protección de las víctimas, antes que la rehabilitación de los abusadores.


jueves, 17 de julio de 2025

YEATS Y EL ESPÍRITU DEL MUNDO

 

William Butler Yeats (1865-1939)


“Dicen en las islas Aran que, si se habla en demasía de las cosas de hadas, la lengua se convierte en piedra, y muchas veces me ha parecido –aunque sin duda la razón naturalista lo atribuiría a la autosugestión o algo similar que mi lengua empezaba a volverse pesada y torpe”


 LA PERSPECTIVA DE LO ETERNO

Mi viejo amigo Jordi Nadal, dueño de Plataforma Editorial, me regala un florilegio de poemas y breves relatos de lo oculto, escritos por el irlandés William Butler Yeats, textos selectos, traducidos por Joan Parra. ¿Piensa Jordi que soy aficionado a lo paranormal, a los misterios de lo oculto o a lo obscuro de lo misterioso? No sé qué responder a esa preguna. En el paquete entraban también las maravillosas letras de Chaves Nogales, el Gran Gatsby de Scott Fitzgerald (que he regalado a mi hermano Antonio, que lo ha leído en inglés) y una antología del Diario de Miguel Torga, un escritor portugués que ni me suena. Pero Jordi sabe lo que edita y lo hace muy bien y, después de tantos años, algo de mis gustos conoce. De hecho, no he podido encontrar ni una errata en el libro de Yeats, y eso que suelo leer con prurito de profe de lengua.

martes, 1 de julio de 2025

AFECTOS VERDES

 

Volverás a mi huerto y a mi higuera:

por los altos andamios de las flores

pajareará tu alma colmenera.

Miguel Hernández. Elegía.

 

Se suele decir que el amor más desprendido es el que sentimos por los hijos. Desde luego, nada peor que perder un hijo; normalmente, salvo casos excepcionales, se ama a los hijos intensamente como a cosa propia, pero tal vez sea más gratuito y generoso el afecto que se siente por los nietos, e incluso por las mascotas o por las plantas, aunque se trate de un afecto más superficial y, por supuesto, con menos riesgos, porque con las personas todo se complica. A la postre, los hijos nos conservan en sus genes, son espejo de nosotros mismos, de nuestra carne y de nuestra sangre; nos repiten también en improntas y maneras, en su educación y en sus recuerdos. Nuestras almas se entrelazan.

sábado, 19 de abril de 2025

ETERNIDAD

 



Para Juanfra Cordero Poyatos


Ningún cuerpo puede sostenerse en la eternidad, pues sin duda esta infinitud o luz perpetua de lo eterno es la dimensión temporal –o, mejor dicho, intemporal– que corresponde al espíritu, porque ningún cuerpo puede desenvolverse vivo en lo eterno. Y sin embargo, no podemos negar que los humanos han tenido una cierta intuición de qué pueda ser lo sempiterno, y padecen el anhelo y la ambición de lo que pueda existir siempre. 

viernes, 15 de noviembre de 2024

SEREMOS COMO ÉL ES



Spinoza, el sefardita de Amsterdam, testimonia que sólo se puede negar la libertad desde una metafísica que contemple la existencia bajo la figura inhumana de la eternidad, 'sub specie aeternitatis'. Pero, si venimos de la causalidad o de la casualidad de la materia y la carne, lo cual es lo mismo que decir con Monod que venimos de la necesidad y el azar, no se puede negar que "vamos hacia el Espíritu", al menos, hacia la virtualidad luminosa. Valga esta al menos como ideal regulativo, como anhelo estimulante, como desiderátum (wishful thinking)

¿Hay algo que condiciona desde las sombras el desarrollo y la expresión de la personalidad? Seguro.  Llámale subconsciencia, o subconsciente colectivo (Jung), superpsiquismo cultural, le llaman ciertos antropólogos, un alma colectiva o anónima que condiciona en forma de deseos esenciales la vida del individuo. Mas no debemos caer en la "aberración sociocéntrica" o el determinismo étnico, o en el burdo economicismo materialista que no explicaría ni el relativo progreso de la civilización ni la efectiva disidencia de sus particulares.

William James habló de cierta superconsciencia humana y llegó a arriesgar la hipótesis de "alguna forma de vida superhumana, desconocida para nosotros mismos, con la cual es posible que seamos co-conscientes" (1). Podemos suponer una frontera entre la superficie del mundo y otra realidad o complejo de realidades que nos abarcan, sustentan y conducen sin que nos demos cuenta de ello. Vivimos -como explica Juan Larrea- una vida de cuerpo flotante sobre una profundidad de índole compleja cuya coordinación efectiva ignoramos (2), lo cual concuerda bien con el descubrimiento neurológico de una doble actividad del cerebro, cortical y profunda o thalámica.

Podríamos hablar de una sustancia profunda que se exprea en una existencia vital y activa. Dicha sustancia pudo ser percibida por san Agustín como figura de la divinidad, pero los pensadores modernos variaron ese santuario obscuro y velado para alojar en él, bien la Razón,  bien la Voluntad, y en el maquiavelismo político-cultural -moderno o posmoderno- hemos visto y vemos como una secta de individuos se adjudica la personalidad de la sustancia y aspira a determinar providencialmente, tal que nuevos mesías, el modo de pensar y de actuar de las mutitudes cuyas pasiones estimulan, alimentan, fermentan y amasan mediante falacias oportunas, a fin de aprovechar su fuerza para la transformación y dominio del mundo. Esos caudillos decretan a su gusto lo que es opio y lo que no, lo que está bien y lo que está mal, lo que existe y lo que no existe. 

Hasta puede que quepa el absurdo de que Dios se haga Hombre, al menos como estrategia para dar confianza y dignidad a nuestros más elevados proyectos, lo que no cabe es que el hombre por sí y ante sí se haga Dios, aunque sienta deseo de serlo. "Seremos como Él, porque lo veremos tal cual es" (Evangelio de Juan).

Notas bibliográficas

(1) William James. A pluralistic Universe, Nueva York, 1909.
(2) Juan Larrea. Razón de ser (1956), Ed. Júcar, Madrid 1974, XIII, pg. 220s.

lunes, 1 de julio de 2024

ORBE INCONSCIO

 

Collage de Max Ernst, 1934


"Un hombre tiene derecho a amar a mujeres con extáticas cabezas de pez. 
Un hombre tiene derecho a que le resulten asquerosos los teléfonos tibios 
y a exigir teléfonos fríos, verdes y afrodisíacos 
como el sueño alucinado de las cantáridas".

Dalí. Declaración de independencia de la fantasía 
y declaración de los derechos del ser humano a su locura, 1939

El psicoanálisis y el humanismo están condenados a llevarse mal. Lo mismo que la obscenidad y el decoro, el exhibicionismo y el pudor. Pío Baroja definió el psicoanálisis como "el cubismo de la medicina" y Virginia Woolf se burló de él en su novela Orlando. Pero la figura del guía espiritual, del gurú y su críptico, indescifrable, "divino" mensaje, oral o escrito, embrujan a los desolados y hasta suscitan un grado casi histérico de adulación y discipulazgo. El caso más sobresaliente es el de Lacan y su obscuro galimatías sobre hipotética jerigonza inconscia.

El psicoanálisis no se fía de aquello que eleva al hombre muy por encima de su condición animal: las intenciones del lenguaje. Desde su perspectiva, expresiones y textos han de abordarse por lo que no dicen, desde aquello a que aluden o insinúan (lo cual puede cambiar mucho según el intérprete), han de leerse o auscultarse con la mayor de las sospechas porque se prejuzga que su superficie es engañosa y que su significado auténtico está oculto y sólo puede ser desentrañado por un abogado del diablo o por un chamán titulado.

El psicoanálisis se inventó como indagación y terapia de la histérica y del neurótico, es decir, fue diseñado para el enfermo mental, y sin embargo ha resultado incalculable y poderoso su impacto y efecto sobre nuestra cultura, sobre el cine y las artes en general, sobre la comunicación social, las prácticas sexuales, el humor...  A algunos les tienta pensar que en lugar de curarnos manías, el psicoanálisis nos ha enfermado de otras. Todos nos hemos convertido en psicoanalistas, detectores de lapsus, vigilantes de las traiciones del inconsciente, recelosos ante las imposiciones del Super-yo... Todos somos Edipo, y a ratos, tal vez, también Medea, Moisés o Electra. De Narciso, para qué vamos a hablar: se mira en todos los escaparates y acapara los Mass Media con su innegable gramur.

En uno de los breves y agudos ensayos de El beso de la finitud, Óscar Sánchez Vadillo muestra coraje al considerar a Freud un teratólogo del alma, que es lo mismo que decir un detective perseguidor de monstruosidades anímicas. Sin embargo, Sánchez Vadillo no cree que el alma humana sea necesariamente un laberinto repleto de minotauros y dioses trans, o un escenario de crímenes imaginarios. Lo cierto es que Freud fue amigo de ritos y mitos ancestrales, de secretos primitivos, un intelectual "gótico y esotérico" -le llama-, que oculta sus gustos pre-ilustrados bajo un barniz de positivismo cientifista. 

Fue el doctor vienés experto en morbideces paleontológicas de la cámara obscura de la mente y, descendiendo la escabrosa escala vertical del lenguaje, se aventuró a penetrar buscando desentrañar las simbologías del delirio, de la alucinación o del sueño, para sondear en ellas los horrores atávicos -tanáticos más que eróticos, apunta Sánches Vadillo-, pues la idea de que las representaciones de los sueños sean verdaderos símbolos no deja de ser un postulado indemostrable, mucho más si presumimos la perversa y polimorfa condición asesina e incestuosa de nuestras pulsiones más hondas. Nuestras pobres almas apenas podrían contener los bestiales impulsos del cuerpo y para liberar a esas alimañas instintivas recurren al autoengaño, la iracundia o el sueño recurrente.



Coincido con Óscar en el dictamen: dada la condición de hebreo del doctor Freud, es presumible el fondo bíblico, vetero-testamentario, de esta peregrina y parcial interpretación del alma humana, cuyos fondos son tan insondables como Heráclito los pintara hace dos mil quinientos años. Arrastramos, según el Génesis, una culpa genuina: el asesinato del padre, un pecado original que cobra ahora un cariz sexual: el deseo de la madre, la nostalgia del útero. Óscar Sánchez no cree ni en esta culpa originaria ni en que la cultura ofrezca sólo malestares como jaula domesticadora y represiva. La cultura -diría Savater- es todo aquello que hacemos para conjurar la muerte. Es no sólo un recurso contra la necesidad, la angustia, el aburrimiento y los sufrimientos de la existencia, sino también un paliativo técnico, un consuelo proporcionado por el arte, la satisfacción de la curiosidad, la esperanza ofrecida por los grandes y pequeños relatos, la civilizada superación de la ferocidad y el egoísmo azaroso de los genes... 

Para Sánchez Vadillo no hay más sueño latente que el manifiesto, ni otro manifiesto que el latente. Los sueños son su propia interpretación y no precisan de brujos intermediarios a sueldo. La visión freudiana de un instinto salvaje, acallado o reprimido por el Super-Yo, por las normas y la cultura, le parece a Óscar Sánchez una descripción ridícula, pueril, del comportamiento humano. Digo yo que no somos ángeles cabalgando jabalíes o panteras y estoy de acuerdo en que no se puede hacer ciencia positiva con los sueños, muchos de los cuales, tal vez, no sean sino desechos de la Memoria, madre de las Musas.

No obstante, es muy verosímil que la producción espontánea de imágenes oníricas du­rante las fases de movimientos oculares rápidos (fases REM) o de sueño profundo (sueño con sueños) cumpla una importante función purificadora en la mente humana, enfatizada por Segismundo Freud, una función esencial para la profi­laxis psíquica del organismo. Soñar es necesario. Nos es imprescindible. Impedir que el sujeto sueñe se ha usado como instrumento de tortura o lavado de cerebro; a los pocos días de interrumpir sus sueños, el torturado delira... La hipótesis freudiana expli­ca dicha función de los sueños como una liberación de pulsiones y afectos reprimidos, no sólo de deseos sexuales, sino también de pasiones como el odio o el terror. El "Ello" (el conjunto de las pulsiones inconscientes) evitaría así la angustia del "Yo" ( de la consciencia) ante la censura del "Super-Yó" (ideal inconsciente del "yo": una especie de moral primitiva), el cual actúa durante la actividad consciente de la mente. Esto quiere decir que el incons­ciente ("Ello") busca a través del sueño una satisfacción imaginaria para sus deseos frustrados, una purificación (catarsis). Tal vez por eso, ciertos pintores han mostrado en sus obras predilección estética por la exploración de las pulsiones más obscuras del inconsciente humano a través de la representación de imágenes oníricas, "surrealistas". Con su alegato a favor de la locura, verbigracia, Dalí quería hacer, de pacientes infelices, monarcas que vuelven del exilio neurótico-racional al delirio personal. 

La noción de Inconsciente no era nueva. Giner de los Ríos censura la confusión entre acto inconsciente ("inconscio", escribe) y acto irreflexivo. Para el psicoanálisis el inconsciente es ese contenedor interior lleno de represiones, como residuos indecorosos, y colocado bajo presión creadora de neurosis por el impulso de lo reprimido que avergüenzaSegún Sloterdijk, la noción de inconsciente procede de la filosofía idealista, sobre todo de Schelling, Schubert, Carus, y de las filosofías de la vida del siglo XIX, particularmente de Schopenhauer y Hartmann. Por su parte, Sánchez Vadillo nos recuerda que Leibniz, consciente de que la mente nunca descansa, descubrió el insconciente antes que Freud, eso si no consideramos al daimon socrático algo análogo en clave deiforme; las mismas "manías" platónicas y sus correlativos "entusiasmos" se antojan puntos de fuga del pesado fardo de la conciencia, emancipaciones del iluso y exigente Yo hacia especies más antiguas de animación, más dependientes de las circunstancias y del clima grupal (clan, tribu), y cuyos vestigios tal vez podamos entrever en el autismo y la esquizofrenia.

Sloterdijk anota la eficacia en la praxis psicoanalítica de un resto de holismo ético: "sólo quien pudiera liberarse de la fijación en una estructura defensiva, la neurosis, habría cumplido las condiciones para el regreso a una percepción total, no desfigurada, de su situación existencial y, con ello, se supone, para la salud psíquica" (Esferas III. Espumas, "Fin del excurso"). Sea como fuere, es dudoso que la verbalización de la latencia interior sea otra cosa que una invención deseable, intencional o interesada. La función catártica del goce estético y de la fantasía, a través de los procesos de identificación con per­sonajes del drama, de la comedia, de la tragedia (o con las figu­ras de un icono o un ídolo mediático), fue ya muy bien comprendida por Aristóteles. Más modernamente, el premio Nobel Francis Crick y el ma­temático Mitchison han llegado a la conclusión de que soñamos para olvidar, los sueños serían algo así como la basura de la mente, un excedente desechable de la memoria, que elimina­mos para desocupar su "archivo", esto explicaría que sean los recuerdos más inestables del día los que se expresan en forma de sueños...

El sueño es un arte poético involuntario. Puede que su poesía esté basada en el simbolismo de las imáge­nes, más que en el sentido de las palabras; de ahí la inutilidad ociosa -y costosa- de querer hacer hablar al inconsciente. Freud ensayó una hermenéutica, una lógica de la interpretación de los sueños, probablemente en vano. El arte o la pretensión poética de interpretar los sueños es tan antiguo como la humanidad. El profeta Daniel interpretaba los sueños del rey persa Nabucodonosor, y Artemidoro de Daldis (siglo II) fue el Freud de la Antigüedad, su manual de interpretación de los sueños es el más antiguo que se conserva y sin duda fue conocido por el doctor vienés. Si bien Artemidoro destacaba la importancia del símbolo onírico, era consciente de su valor relativo y dependiente de quien lo sueñe. Sueños tuneados, personalizados. 

Freud aspiraba a convertirse en un "Galileo del mundo interior de los hechos" (Arnold Gehlen). Sloterdijk valora positivamente el cambio "revolucionario" de acento entre lo central y lo periférico: "lo que trastoca la seriedad y revisa lo decorum transforma la cultura en su totalidad". El romanticismo preparó la rehabilitación del sueño como fuente de significados, y en el psicoanálisis confluyeron las sospechas de Nietzsche (un profeta posromántico), así como las críticas a la "superestructura" tanto marxistas como positivistas...

"El nuevo arte de la lectura de signos, apenas perceptibles, de contextos tanto íntimos como públicos de sentido integró las ocurrencias, tics, desviaciones y actos fallidos más privados en supuestos significativos subversivamente ampliados. En tanto que esa revisión trazó nuevamente las fronteras entre sentido y no-sentido, seriedad y no-seriedad, proporcionó al espacio cultural una conformación decididamente diferente. Ahora lo no-significativo podía saldar viejas cuentas con lo significativo. Desde entonces los sueños ya no son espumas; señalan, en todo caso, un espumar endógeno de los sistemas psíquicos y suscitan la formulación de hipótesis sobre las leyes a las que están sujetos el desarrollo de síntomas y la efervescencia de imágenes interiores"
Sloterdijk. Esferas III, Espumas, Prólogo: "Interpretación de la espuma".

Las ideas de Freud y sus colegas, como el disidente y místico Jung, han influido poderosamente en la iconografía contemporánea del Surrealismo, y aún en los medios comunicativos de masas, en el kitsch y en la publicidad, que utiliza deliberadamente la simbología de las referencias a una sexualidad latente y omnipresente para hacer más atractivos o excitantes sus produc­tos. Por referirnos a lo próximo, recordaremos que Dalí entendió su trabajo como acción paralela al llamado "descubrimiento del inconsciente por el psicoanálisis"ese mito científico que en los años veinte y treinta fue recibido como motivo y tema de maneras diversas tanto por las vanguardias artísticas como por el público culto y al que Lacan, un admirador y rival de Dalí, volvió a dar prestigio entre los años cincuenta y setenta, al reanimar el lema surrealista de "vuelta a Freud".

La recepción surrealista del psicoanálisis vienés confirma que el freudismo consiguió sus primeros éxitos entre artistas y ciudadanos cultos, no como método terapéutico, sino como estrategia de interpretación de signos y de manipulación del trasfondo. Si bien el psicoanálisis reveló la importancia de la sexualidad en tiempos en que la hipocresía de las costumbres la ocultaba (ese es sin duda su mérito histórico), su divulgación y vulgarización ha contribuido a un exceso contrario. Hoy la Internacional Publicitaria de un mercado en trance de globalización funciona mejor espoleando pulsiones que reprimiéndolas. Hasta el punto de que las personas se identifican preferentemente más por su orientación sexual, incluso por sus parafilias, que por sus profesiones u oficios, más por lo que lucen entre las piernas, que por lo que bulle en sus cabezas. Como dice Sánchez Vadillo, la descarga sexual resulta hoy tan fácil, la pornografía tan a mano, que nadie necesita ya recanalizar su libido sublimándola en arte, religión o filosofía. "El acto sexual se ha convertido en religión, sus creyentes ascéticos acuden al gym de fitness a rezar".

La iconología tradicional representa al sueño como a un león dormido (entre los griegos), un joven coronado de amapolas adormideras (romanos), por un lagarto o un lirón, también como a un mancebo dormido sobre un cuerno de la abundancia del que salen vapores y figuras oníricas...
¡Sueño de una sombra es el hombre! Pero si llega la gloria, regalo de los dioses, hay luz brillante entre los hombres, y amable existencia, cantó Píndaro.