viernes, 30 de septiembre de 2011

La pedagogía de Coetzee


En su reputada novela Verano, el escritor sudafricano J. M. Coetzee se refiere a su filosofía de la enseñanza como una filosofía del aprendizaje, procedente de Platón. El autor explica a una brasileña, Adriana, que está preocupada por el entusiasmo que el profe ha provocado en su hija adolescente, de qué manera, "antes de que se produzca el verdadero aprendizaje, el estudiante debe tener cierto anhelo de verdad, cierto fuego en su corazón. El auténtico estudiante arde por saber. Reconoce o percibe en el profesor a una persona que se ha acercado más que él o ella a la verdad. Desea hasta tal punto la verdad encarnada en el profesor que está dispuesto a quemar su yo anterior para alcanzarla. Por su parte, el profesor reconoce y alienta el fuego en el estudiante, y reacciona a él ardiendo con una luz más intensa". De este modo, ambos, profesor y alumno, se elevan a una esfera superior.

Por supuesto, la teoría no tranquiliza en absoluto a Adriana. Todo ese idealismo no casa muy bien con su sentido práctico. Y de nada sirve que el profesor se enamore de ella y le escriba interminables cartas de amor. La teoría arriba expuesta parece más radical y personal que la de Platón; para el ateniense, el proceso de aprendizaje (paideia) no implica tanto una renuncia al yo anterior, cuanto su  liberación de la ignorancia o del apego a la apariencia, o sea una conversión del alma a la verdad, del alma con todas sus potencias, sensibles, anímicas, emotivas e intelectuales.
Más adelante, un colega de Coetzee se refiere a la enseñanza como una especie de contagio:
"Los alumnos pronto descubren si lo que les estás enseñando te importa. En caso afirmativo, están dispuestos a considerar la posibilidad de que también les importe a ellos. Pero si llegan a la conclusión, acertada o no, de que no te importa, no hay nada que hacer, sería mejor que te fueras a casa".

No cabe sublimación de la profesión docente: "las filas de la profesión docente están llenas de refugiados e inadaptados", de gentes que nada más buscan la seguridad de un sueldo mensual. Eso sí, ser profesor permite estar en contacto con una generación más joven.

Adriana, que no ve en el profesor sino a un débil y peligroso soñador, recuerda una carta en que Coetzee, que se ha enamorado locamente de ella, le habla de cómo había aprendido los secretos del amor escuchando a Shubert: "cómo sublimamos el amor a la manera en que los químicos del pasado sublimaban sustancias innobles". La brasileña, maestra de danza, busca el término "sublimar" en el diccionario de inglés. Sublimar: calentar algo y extraer su esencia. En portugués tenemos la misma palabra, "sublimar", aunque no es corriente. A la brasileña, más atenta a cuestiones prácticas, tanta sublimación le parece una solemne tontería, pues cree que, "por debajo de las bonitas palabras, lo que un hombre quiere de una mujer suele ser muy básico y muy simple". Pero Coetzee insiste en que Schubert le había enseñado a sublimar el amor. Sin duda, para él, esta sublimación forma parte del proceso de aprendizaje.

Coetzee da voz y protagonismo a Adriana como a otros personajes que en la novela Verano desmitifican sistemáticamente su figura de premio Nobel de literatura, así que no deja de ser paradójico que quien desmitifica así sostenga en la narración -como alter ego de sí mismo- una postura platónica y sublimatoria. La brasileña le reprocha haber divorciado el alma del cuerpo...
"Para él, el cuerpo era como una de esas marionetas de madera que mueves mediante cordeles. Tiras de este cordel y se mueve el brazo izquierdo, tiras de ese y se mueve la pierna derecha. Y el auténtico yo está allá arriba, donde no puedes verlo, como el tirititero que tira de los cordeles".
Para Adriana, maestra de danza de profesión, nadie que disocia así el cuerpo del alma puede bailar bien, porque la danza es encarnación. No me extraña que diga esto una brisileña, fueron los brasileños quienes añadieron al fútbol el ritmo de la danza. En la verdadera danza -explica Adriana Nascimento-, el cuerpo manda, el cuerpo dirige, formando con el alma un todo. "¡Porque el cuerpo sabe! ¡Sabe! Cuando el cuerpo siente el ritmo en su interior, no necesita pensar". La marioneta no puede bailar, porque la madera no tiene alma ni puede sentir el ritmo.

Esa disociación del alma y el cuerpo puede tener que ver con la educación calvinista holandesa, que aspira a formar a los niños como el artesano da forma a un recipiente de arcilla, según una imagen predeterminada. Por el contrario, su madre -la madre real o imaginaria de Coetzee- creía más bien que la tarea del educador debería ser la de identificar y estimular las aptitudes naturales del niño o la niña, las aptitudes innatas que les convierten en seres únicos. Si imaginamos a la niña o al niño como una planta, el educador debería alimentar las raíces de la planta y observar su crecimiento, en lugar de podar sus ramas y "darle forma", como predican los calvinistas.

En una nota inserta en el capítulo final del libro, Coetzee se propone desarrollar una teoría de la educación original, cuyas raíces estarían en Platón y Freud, y cuyos elementos serían la condición de "discípulo" como aspiración del alumno a ser como el profesor, y el idealismo ético del profesor que se esfuerza por ser digno del estudiante. Y cuyos peligros son: la vanidad o complacencia del profesor por el culto que le rinde el estudiante y, en segundo lugar, el sexo, el sexo como atajo hacia el conocimiento. Al final de la nota se reconoce como incompetente en asuntos del corazón.

A lo largo de la novela, el protagonista indirecto de la misma, el personaje J. Coetzee, se muestra torpe en este campo, de ahí el carácter simbólico que adquieren las palabras de la bailarina y de "lo femenino", como una "rarefacción superior de la mujer, hasta el punto de convertirse en espíritu" (J. M. Coetzee. Verano, trad. de Jordi Fibla, Debolsillo, abril, 2011).
     

sábado, 24 de septiembre de 2011

Espiritismo español


"Se entregaban al misterio como a un amante inefable que sabía hacer vibrar las cuerdas de su histerismo elegante y decadente". Emilio Carrere. "Lo que vio la reina de Francia", 1916.

Puede sorprendernos hoy que, hasta nuestra guerra cainita e incivil, el espiritismo tuviese tanto predicamento en España. En La plasmatoria (1935) de Pedro Muñoz Seca (1879-1936) la parafernalia espiritista servirá para devolver la vida al mismísimo Don Juan Tenorio.

Espíritus cultivados, humorísticos y escépticos, fueron excitados y fascinados por el espiritismo y la teosofía romántica y bohemia. Es el caso de Emilio Carrere (1881-1947) al que se ha considerado uno de los pioneros españoles de lo que hoy se llama "periodismo del misterio" o  "periodismo de lo paranormal" (del tipo practicado por Jiménez del Oso, J. J. Benítez o Iker Jiménez).

La colección de relatos espiritistas de E. Carrere, introducida y anotada por Jesús Palacios, resulta amena e ilustrativa de lo que llegó a ser en el mundo occidental ese movimiento místico y heterodoxo, religioso y (pseudo)científico, enraizado en el espiritualismo de Swedenborg y la Teosofía de Jacob Boheme. Personalidades científica y literarias tan famosas e influyentes como Flammarion, Víctor Hugo, Arthur Conan Doyle, William James, Edison, L. Frank Baum (el autor de El mago de Oz) o el nobel belga Maurice Maeterlinck estuvieron interesadas o creyeron en los fenómenos espiritistas.

En Sevilla, el mismísimo General Primo de Rivera dirigió una sociedad espiritista (o espirita). Ramón y Cajal prestó atención e interés al movimiento, aunque luego le retiró su apoyo. El movimiento espiritista allanó el camino para la entrada de la Teosofía de Madame Blavatsky cuyo budismo esotérico, entrelazado a la tradición panteísta, sostenía la evolución y reencarnación del alma, a lo largo de un ciclo que podría culminar en su fusión con el Alma o Mente Universal, donde hallaría su perfección. Sin embargo, al contrario que los teósofos, los espiritistas mantendrían la creencia en la identidad individual del alma después de la muerte física.

Sociedades y logias teosóficas y espiritas florecieron en las principales ciudades españolas. Marcelino Menéndez Pelayo, en su paradójica Historia de los heterodoxos españoles (1880-1882), Bonilla y San Martín, Mario Méndez Bejarano y José Luis Abellán, en su Historia crítica del pensamiento español (1979-1991), tratan con amplitud este fenómeno sociocultural y esotérico.

Aunque Nietzsche se hubiese empeñado en anunciar en Alemania "la muerte de Dios", Nietzsche mismo había muerto cuando el pensamiento liberal y heterodoxo español prefería el krausismo, con su teísmo civilizado y moralista, muy distante de los violentos sentimientos paganos y blasfemos del filósofo demente y su martillo. Aunque fuese un movimiento anticlerical, el espiritismo admitía a Cristo como uno de los "grandes iniciados", recogiendo su mensaje como afín al Espiritismo, e intentándolo conciliar con el espíritu positivista y científico de la época. De manera que el espiritismo se convirtió en la panacea mística de varias generaciones de intelectuales españoles. Desde luego -como relata Pío Baroja en sus Memorias-, tenía un lado "sicalíptico" (erótico), bohemio y desvergonzado, pues algunas de esas desopilantes sesiones espiritistas podían tener como resultado que alguna criada quedara misteriosamente encinta, a resultas de sus "etéreos" encontronazos con los espíritus.

Valle Inclán contó su experiencia en una de las exhibiciones que el criminólogo italiano Lombroso hizo de la famosa médium Eusapia Palladino, cuyos poderes asombraron al matrimonio Curie. Galdós llegó a pintar el espiritismo como una religiosidad factible y deseable para el hombre moderno, libre de los excesos dogmáticos del catolicismo oficial. Y don Juan Valera se convirtió en un divulgador de la Teosofía, ocupándose de redactar para la Enciclopedia Hispanoamericana el artículo dedicado a la disciplina de Madame Blavatsky. Valera acabaría publicando una novela fantástica, orientalista y cabalística: Morsamor (1899).

El desarrollo del espiritismo en España, como en otras partes, estuvo aliado al modernismo simbolista, al decadentismo esteticista, pero también al sufragismo y al feminismo políticos, y es que, como escribe en uno de sus relatos Carrere, "el espíritu no tiene sexo". Carmen de Burgos (Colombine), protectora y amante de Ramón Gómez de la Serna, publicará en 1922 El Retorno: novela espiritista. Ángeles Vicente -recordada sobre todo hoy por su pionera novela lésbica Zezé- escribió un buen puñado de relatos espiritistas. Pero la más destacada de las escritoras espiritas españolas fue Amalia Domingo Soler (1835-1909), quien fue también aguerrida defensora de los derechos de la mujer.
Amalia Domingo Soler

Entre los poetas del 27, el más esotérico fue el andaluz Fernando Villalón (1881-1930). Villalón proyectó un "silfidoscopio", una máquina que permitiría ver a las sílfides y otros espíritus elementales (hadas, nereidas, salamandras, elfos, duendes...). Sus mejores poemas ("La Toriada", "Lubricán") están preñados de referencias esotéricas, cabalísticas y teosóficas.

El espiritismo dio pie a la burla despiadada de Fernández Flores, pero también a las  agudas reflexiones filosóficas y aún psicoanalíticas de Emilio Carrere:

"No hay nada sobrenatural; éste es un concepto huero y supersticioso; sólo hay infinitos desconocidos que rigen leyes inmutables e innotas, pero perfectamente naturales.
      Y el primer infinito misterioso que se nos presenta es el laberinto físico y psíquico de nuestro propio yo. El huesped desconocido, como le llama Maeterlinck al laberinto del mundo inconsciente". ´("Unas extrañas anécdotas de Pi y Margall").

sábado, 17 de septiembre de 2011

El cielo estrellado sobre nosotros

Autora Ana Azanza


Dice Hans Blumenberg en la introducción de su "The genesis of Copernican world" que nuestra condición de vida en una tierra desde la que se pueden ver las estrellas es bien improbable. A la vez que se dan las condiciones necesarias para la vida, podemos ver el espacio exterior.

Pienso que es una de las causas de la degradación de nuestro hábitat en las ciudades: Es prácticamente imposible ver el cielo estrellado debido a la iluminación artificial. Nos perdemos un espectáculo, el cielo cuajado de estrellas, que ha sido uno de los motores del desarrollo del saber humano desde los tiempos de los caldeos y de los sacerdotes babilonios, que supieron usar los fenómenos celestes para establecer el primer calendario. No digamos la importancia del cielo y lo que él nos ofrece para hacer posible la navegación intercontinental, el descubrimiento de nuevos mundos y el ensanchamiento de nuestros horizontes.

El medio en el que vivimos es por una parte suficientemente grueso para respirar y para protegernos de los rayos cósmicos, y por otra parte no lo es tanto como para no permitir que llegue hasta nosotros la luz de las estrellas. Un frágil equilibrio entre lo indispensable o necesario para vivir y lo sublime digno de admirar.




Sabemos sobre lo inhóspito de nuestros planetas vecinos: sus cambios  extremos de temperaturas entre el día y la noche, los rayos y partículas del espacio que impactan sus superficies, la pesantez de las atmósferas de Venus y Júpiter, cubiertas constantemente de nubes que impiden cualquier vista del cielo, y las tormentas de polvo en Marte. En 1960, un pionero de la tecnología de los viajes espaciales reconocía que la naturaleza ha intentado barrernos de la superficie del planeta desde al menos la época de las cavernas... Así ilustraba que los peligros de los viajes cósmicos eran una continuación de nuestra situación sobre la tierra. Al final de la década de los 60 la vista de nuestro planeta desde fuera contribuyó a la voluntad de preservar la Tierra.

Poincaré hizo un experimento mental que planteaba una pregunta bien intrigante ¿Habría existido un Copérnico alguna vez si nuestro planeta estuviera siempre rodeado de un manto impenetrable de nubes?
O dicho de otro modo: ¿Habríamos sabido que la tierra gira sobre su eje y alrededor del sol si nunca hubiéramos practicado la astronomía basada en la observación? Poincaré no sospechaba el desarrollo de la tecnología capaz de enviar cohetes al espacio ni tampoco sabía nada de la radioastronomía, una forma de astronomía "sin ver". ¿Cómo hubiera podido saber la humanidad encerrada en su "caverna atmosférica" que la tierra pertenece a un sistema planetario y a un universo hecho de mundos que se mueve de muchas maneras? Sin la visión de la rotación diaria del cielo de las estrellas fijas, ¿no habría sido imposible cualquier conjetura contraria a la aplastante evidencia de que el suelo sobre el que vivimos está quieto?

Poincaré sin embargo concluyó que incluso sin ver el hombre habría llegado a la conclusión de que nuestro mundo se mueve. Sólo que mucho más tarde de lo que lo hizo. Copérnico habría llegado a ello practicando la física pura. Un físico limitado a la experiencia de lo que está más cercano a la tierra se hubiera diferenciado poco de la tradición aristotélica y escolástica. Ese físico confinado en la "caverna terrestre" se hubiera visto en  muchas dificultades de manera que habría inventado explicaciones tan extraordinarias como la de las esferas cristalinas de Ptolomeo, se habrían acumulado complicaciones hasta que el esperado Copérnico hubiera barrido todo de un plumazo diciendo: "es mucho más sencillo asumir que la tierra gira".


Henri Poincaré

Quizás el Copérnico esperado hubiera llegado en 1737 cuando la Academia Francesa de ciencias estableció empíricamente el aplanamiento de la tierra que Huyghens había deducido en 1673. O como muy tarde en 1859 con el péndulo de Foucault.

De todas formas el impacto del Copérnico histórico fue mucho más grande por todo lo acumulado como historia del saber astronómico hasta que llegó él. El cambio que supuso en la conciencia de sí misma que tiene la humanidad es concebible sólo si nos fijamos en lo que hasta entonces se había dicho y pensado sobre el cielo. Una historia cuyas raíces se pierden en la noche de los tiempos, en un mundo mágico y mítico. Será difícil darse cuenta de lo que supone comprender el significado de percibir algo que va más allá de las necesidades primarias para la vida y que tiene poco que ver con ellas: elevar la mirada por encima de lo biológico y fijarse en primer término en algo inaccesible. Ver las estrellas es una buena imagen de que el hombre es capaz de algo más que sobrevivir en este planeta en el que ha surgido y que le ha dado la vida.

Las tempranas observaciones humanas de las estrellas se diferencian del que mira ocasionalmente o del que se fija sólo en los catálogos de posiciones y en la fotografía.  Los primeros observadores del cielo estrellado tienen que ser imaginados a la vez que la insistencia con la que los lentos desplazamientos de los planetas impresionan ellos mismos sus trayectorias, y que la perspectiva de puntos de luz se articula ella misma como un paisaje de diferentes configuraciones. La observación se volvió un examen esforzado para establecer periodicidades y dar lugar a material que pudiera estar disponible.
Fueron logros que hoy no apreciamos de aquellos primeros astrónomos establecer la identidad del Sol entre su ocaso y el amanecer, y de la luna en su fase oscura.

Pero esos logros fruto del cálculo y la observación convivieron con las estrellas como lugar en el que se puede leer el destino, destino que pronto apareció ser interpretable, calculable y predecible y por ello aportó el presentimiento de un orden y regularidad fiables mayores que los que pueden experimentarse en la tierra.

El paisaje de fondo de la historia de la conciencia humana está en la oposición entre el realismo terrestre y la suposición de la fiabilidad del cielo, entre la creencia en las divinidades subterráneas caracterizados por su opacidad y los dioses de las estrellas caracterizados por su benevolencia hacia el mundo.

Hay que hacer notar que de todas formas el gran giro en esa relación entre el universo y la conciencia humana no tuvo lugar bajo los cielos clarísimos de Oriente, sino en la región de los cielos nublados, en ese rincón del mundo en el que un astrónomo nunca habría podido ver el planeta Mercurio, planeta que sin embargo iba a ser tan importante para la rebelión contra la tradición astronómica. Copérnico reunía casi las condiciones del hipotético observador de la caverna óptica de Poincaré, si no fuera porque todo lo que había antes que él era el resultado de milenios de observación del cielo.

martes, 13 de septiembre de 2011

Jung y la educación del espíritu


Jung se percató de que en su tiempo los estudios de psicología todavía andaban trabados por el materialismo del siglo XIX y de que tal materialismo representó una reacción violenta -tal vez necesaria, pero exagerada-, frente el idealismo medieval. El materialismo es un prejuicio filosófico, no es la ciencia misma, aunque pueda desequilibrarla, y desde luego el materialismo no es la esencia del empirismo, como pretenden ciertas metafísicas.

El dogmatismo de Freud fue una consecuencia de aquellas exageraciones materialistas. Jung se dio cuenta de hasta qué punto el psicoanálisis freudiano imponía una interpretación unilateral de la experiencia. Sin embargo, por eso no le negó el mérito de haber abierto "las herméticas puertas del sueño" ni la importancia de examinar sus resultados para una mejor comprensión de la mentalidad infantil.

Como Freud, Jung da una gran importancia al entorno familiar en la explicación de los transtornos de comportamiento de los niños. Desde muy pronto, Jung consideró la afectividad como el fundamento de la personalidad; la afectividad, o sea la idiosincrasia intuitiva de nuestras reacciones. Los complejos nacen de experiencias relacionales problemáticas, vinculadas a fantasías de temor y expectación. Y las relaciones primeras suelen ser con los progenitores. Los padres suelen ser los factores determinantes más importantes, sus propios conflictos psíquicos afectan a sus hijos. Para todo niño es imprescindible la atención de los padres, en especial de la madre, su verdadero nutrimento psíquico. Durante muchos años, el espíritu de un niño es un elemento de la atmósfera espiritual configurada por los padres. Los estados neuróticos se irradian misteriosamente en el ambiente familiar, y suelen arrastrarse a través de generaciones enteras.

Sobre la sexualización prematura de los niños, Jung nos previene: "un brusco y prematuro esclarecimiento de las cuestiones sexuales es susceptible de perjudicar las relaciones del niño con sus padres, consecuencia casi ineludible si se parte del dogma de que dichas relaciones son por naturaleza de índole sexual". A Jung le parece una exageración la jerarquía concedida por Freud al complejo de Edipo como hecho causal en la mentalidad infantil. "El complejo edipiano no es sino un síntoma". La madurez sexual precoz es un hecho patológico que no se puede extender sin más al campo de los fenómenos normales. Igual que la crueldad no es por fuerza sadismo.

Los niños se encuentran desamparados ante la influencia espiritual de los padres y están condenados a imitar el autoengaño, la insinceridad, la hipocresía, la cobarde meticulosidad, o la egoísta comodidad y autosuficiencia de sus progenitores, como imitarían las virtudes contrarias a estos vicios. Ni siquiera la cultura es un antídoto frente a la mala educación: Cuanto más inteligente y culto se sea, tanto más refinadamente puede uno mentirse a sí mismo. Los padres deben comenzar por reconocer sus errores. Los educadores también; y todos somos educadores de nuestros semejantes, para bien y para mal. "Porque los hombres se encuentran tan ligados moralmente que el conductor es conducido, y los conducidos seducen al conductor".

Si bien es innegable la importancia de la sexualidad en la vida humana, es inaceptable que todo dependa de este instinto. No hay en el ser humano pulsión que no se halle contrarrestada por otra. Y el mismo instinto sexual se halla limitado por el de conservación y autoafirmación, que Adler -"el primer discípulo de Freud- puso en primer plano. Los instintos modifican su intensidad y ora predomina uno, ora otro. Por eso es posible conciliar a Freud con Adler, solo con considerar el alma humana, no como un sistema rígido e inmutable, sino como un suceder móvil y fluido.

La biología, la fisiología y las neurociencias cavan sus túneles por un lado de la inmensa montaña de lo que desconocemos, el antropólogo, el psicólogo y el filósofo por otro lado, puede que un día las ciencias naturales y las ciencias morales se den la mano en los puntos de unión de los túneles que cada una de ellas ha comenzado a cavar desde su propia ladera en la montaña de lo desconocido. Mientras esto ocurre más nos vale ser modestos. Debemos renunciar a considerar "con entera certeza" que tales o cuales fenómenos psicológicos sean "exclusivamente" sexualidad o "exclusivamente" voluntad de poderío, o que tales conductas se puedan reducir a simples reflejos provocados por la excitación de tal o cual parte del córtex.

Un buen ejemplo es la religión. ¿Puede la ciencia ofrecernos la certeza de que no existe algo así como el "instinto religioso"? ¿Podemos estar seguros de que el comportamiento religioso no es un un fenómeno genuino de nuestra especie sino una función secundaria, producto de la represión de la sexualidad? "¿Por ventura -se pregunta Jung- puede alguien indicarnos algún pueblo o raza normales libres de tan insensata represión?".

La exageración ridícula del criterio "sexualista" constituye ella misma el síntoma de una perturbación del espíritu de nuestro tiempo. La obscenidad de esta exageración vuelve a la sexualidad tan odiosa como la más exagerada condenación moral. La sexualización intelectual de todo impide una correcta valoración de la sexualidad.Tal vez siguiendo a Jung, Marcuse se dio cuenta de cómo podía actuar aquí la represión: "desublimación represiva", la llamó. "Antes de Freud -escribe Jung-, nada debía ser sexual; ahora, de pronto, todo es, en cierto modo, sexual".

Pero no. Los padres no son meros "objetos sexuales" ni meros "objetos placenteros", representan por el contrario potencias vitales que, como factores favorables o peligrosos, acompañan al niño por el camino intrincado del destino, y que también sobre el adulto ejercen una influencia de la que raramente solemos sustraernos. Nos desprendemos de los padres cuando pasamos a un nivel de madurez superior. Los seres humanos necesitamos una comunidad más amplia que la familiar; si nos reducimos a la vida familiar, solo vegetamos moral y espiritualmente. Pero las organizaciones mundanas nunca podrán satisfacer los anhelos espirituales y afectivos que se orientaron hacia los padres. Es inútil, por ejemplo, pedir a la escuela lo que no puede dar: vigilancia, corrección, protección y cuidados paternales. Y "para la organización mundana no es nada benéfico contar con miembros que le dirigen tales exigencias". Jung pone el ejemplo de las "irracionales esperanzas que las personas de espíritu inmaduro ponen en el padre Estado", y de como estas ilusiones pueden ser utilizadas por dictadores y tiranos sin escrúpulos que se aprovechan de la inmadurez popular para obtener un poderío patriarcal sometiendo a sus pueblos a una psicosis colectiva que lleva a la catástrofe. En situaciones así se impone la pobreza de espíritu, el embrutecimiento y la degeneración moral.

Y es que ni siquiera es posible la vida humana biológica si el modelo biológico es presentado como exclusivo. Es innegable la existencia de un "espíritu vivo creador de cultura", un espíritu que emplea un simbolismo religioso superior a la razón; "y cuando ese simbolismo falta, o es víctima de la incomprensión, nada bueno puede resultar"

"Cuando se pierde la posibilidad de tomar por guía las verdades religiosas, nada subsiste ya capaz de redimir al ser humano de su primitivo encadenamiento biológico a la familia, pues, en tal caso, no hará sino transferir sus principios infantiles al vasto mundo, sin corrección alguna, condenándose, de esta suerte, a estar vinculado, a un padre que no conducirá, sino que lo seducirá" (pg. 55, Jung. Psicología y educación, Paidós, 2009).

Una meta espiritual que trascienda al mero ser humano natural es requisito ineludible para la salud anímica. Dicha meta es lo que troca un estado natural en cultural. Y la psicología debe observar al ser humano total, tanto al natural como al cultural. Debe tener presente tanto el cuerpo como el espíritu (un innegable aunque misterioso fenómeno psíquico).