Llegó el momento de aceptar los límites de nuestro modo de pensar.
Cuando me pregunto qué se
puede hacer para alejar a la civilización del abismo, confieso estar cada vez
más desconcertado por el enigma central de la psicología cognitiva
contemporánea: ¿hasta qué punto somos conscientes de que hemos de cambiar
nuestras mentes? No me refiero a cambiar de opinión sobre quién es el mejor
delantero en la Liga de fútbol americana, sino a cambiar nuestras convicciones sobre
los principales problemas personales y sociales que deberían unirnos, pero
invariablemente nos dividen.