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jueves, 5 de noviembre de 2015

LA INFANCIA DE LAS PALABRAS (Poesía, memoria y olvido)

                                                                                                                  MIGUEL FLORIÁN
Los Arqueólogos, de G. Chirico
Memoria y conciencia
El hombre es un animal que recuerda en exceso aseguró Nietzsche -¡él que hiciera suya la desmesura del eterno retorno de lo idéntico…! La memoria, de agigantarse, nos detiene en el pasado, disipándose el presente hasta reducirse a un simulacro de lo vivido. La hipertrofia del recuerdo conduce al entumeci­miento, a una quietud que aproxima el alma a la rigidez de la piedra. La evocación fiel y precisa amenaza el libre desenvolvimiento del devenir. Pero si ese exceso de memoria resulta nocivo lo es asimismo su defecto, porque el ser humano se constituye de olvido, y de recuerdo.

La capacidad de retener información no sólo es humana: cuanto existe, existe porque recuerda. El astro que, monótono, se sostiene en su órbita, las partículas imperceptibles que armoniosamente se ordenan en el cristal; todo parece someterse a un principio estructurador que se asienta en la repetición. El zigoto porta ya, ínsito, toda la información oportuna para el desarrollo espacioso de unas estructuras innatas que, al desplegarse, conformarán el animal adulto. La mor­fogénesis humana se somete a un proceso semejante. Es sorpren­dente -y terrible- darse cuenta de cómo en la naturaleza se dispersan principios organizativos, principios germinales (los spermata de Anaxágoras, los eîdos platónicos) que, a modo de moldes intangibles confieren orden y forma a la materia amorfa.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Claros del Espíritu


La metáfora es el tropo por excelencia. En efecto, según la definición de Quintiliano, el tropo sustituye (mutatio) las expresiones propias por otras de sentido figurado. Y eso es, precisamente, lo que hace la metáfora, transpone o transfiere el significado de una expresión a otra: "el sol, lámpara de nuestro mundo”. Quintiliano observa que, merced a los tropos, cambian no solo las formas de las palabras, sino también de los pensamientos y de la composición (Inst. Orat., VIII, 6, 1-2). El lugar común que se aplica para producir una metáfora es la semejanza. La metáfora condensa una comparación (similitudo brevior): “una evidencia cristalina” (transparente como el cristal), “Rommel era un zorro” (astuto como un zorro).

En su mismo origen, la filosofía usó de las metáforas: la esfera de Parmenides, el río de Heráclito. En el corazón de la República de Platón (libros VI-VII), las metáforas exhiben toda su potencia didáctica y simbólica para representar, expresar y conducir, en el símil de la línea y la alegoría de la caverna.
Ortega, maestro de María Zambrano, no desdeñó estos rodeos verbales, consciente de que es imposible pensar sin comparar. Usó las metáforas del náufrago, del peregrino o del deportista, para describir la vida moral humana...

Claros del bosque es la gran obra de madurez de María Zambrano. Tiene carácter de ofrenda, dedicada a la persona de su hermana Araceli con motivo de su tránsito. Sirve al propósito de un pensamiento que pretende, ante todo, descifrar lo que se siente, el sentir originario. Esos claros que se abren en la espesura son metáfora de vida verdadera para ese “ser que padece su propia trascendencia”.

martes, 11 de octubre de 2011

Robinson Crusoe, héroe de la Ilustración




Tal vez sea poco conocido que el famoso relato de Daniel De Foe (1660-1731) se inspiró en la historia verídica de Alexander Selkirk, marinero escocés abandonado en 1705 en una isla desierta del archipiélago de Juan Fernández, frente a las costas chilenas, donde sobrevivió solo, en estado semisalvaje, durante cuatro años y cuatro meses.
La relación de sus peripecias se publicó en 1713, despertando gran interés en el público, pues el suceso evocaba algunos de los tópicos fundamentales del siglo dieciocho: civilización versus estado de naturaleza, la empresa colonial europea en el Nuevo Mundo, la capacidad del ser humano para superar grandes adversidades, aventuras en lugares exóticos todavía por explorar…, a los que la novela de De Foe, publicada en 1719, aún añadiría otros varios, esenciales para la comprensión de la mentalidad contemporánea y que convierten a Robinson, todavía hoy, en un prototipo de constante referencia.

De Foe es uno de esos raros ejemplos de literato tardío ya que, hasta los 62 años, solo había entregado a la imprenta algunos panfletos. Dedicado al comercio y a la política sin éxito, hasta llegó a ser encarcelado en varias ocasiones. Como necesitaba de dinero para dotar a sus hijas, aceptó el encargo de novelar la historia de Selkirk, que debía presentarse a los lectores, ávidos de noticias sobre el suceso, en forma memorialista, como si constituyera el relato fiel de lo acontecido. Del talento del autor para reflejar en el texto,-muy moderno en su época, por su estilo realista y periodístico-, no solo los temas sociales más candentes del momento sino otros más universales, hasta forjar uno de los mitos claves de la civilización occidental, da cuenta el hecho de que es el libro de mayor número de ediciones después de la Biblia.

Todos conocemos la historia en sus líneas generales: un muchacho rebelde, desoyendo los consejos paternos de conformarse con una plácida vida sedentaria (el aurea mediocritas), escapa de su hogar y, tras diversas desventuras (naufragio, prisión en manos de piratas…), recala en Brasil, donde explota un engenho, plantación esclavista. Hastiado de esa vida, se dirige a Guinea en un barco que naufraga frente a las bocas del Orinoco, siendo Robinson el único superviviente.

En la desierta isla de la Desesperación, como la bautiza, en completa soledad y enfrentado a una naturaleza hostil, consigue reconstruir el mundo civilizado que ha perdido. El esfuerzo que invierte en ello es su tabla de salvación contra la locura. Pero el éxito de la empresa depende de un evento que marca una ruptura trascendental en su existencia.