Mostrando entradas con la etiqueta kant. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta kant. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de septiembre de 2022

VANIDAD Y AUTOESTIMA

Espejo de Neón, JBL 2021



San Jerónimo le dio forma latina al griego del Eclesiastés, libro sapiencial del Antiguo Testamento. La primitiva versión hebrea se nos ha perdido y se titulaba “Qohélet”, que significa predicador. Su “prédica” se puede resumir en el segundo y rotundo versículo mil veces repetido y comentado en nuestra historia cultural: “Vanitas vanitatem et omnia vanitas”, Vanidad de vanidades y todo es vanidad. Y sigue preguntando e inquietando el sabio Cohélet: “¿Qué saca el hombre de todo el trabajo con que se afana debajo de la capa del sol?” (Ec. 1, 2-3).

Quien nos habla desde hace dos milenios y pico ha perseguido la sabiduría, la ciencia, pero ¡ay!, también ha llegado a la conclusión de que el conocimiento trae consigo desazones, porque quien acrecienta el saber, también acrecienta el trabajo y, por cierto, que por mucha diferencia que haya entre el iluminado y el que yace en tinieblas, el aprendiz de sabio aprende pronto que “una es la suerte que afecta a todos” (Ec. 2, 14) y que la única certidumbre es que morirán igual el sapiente que el necio, porque nada hay estable en este mundo (2,11).

martes, 18 de diciembre de 2018

CIENCIA, SABIDURÍA E ILUSIONES FILOSÓFICAS


(En torno a Jean Piaget)


Jean Piaget, famoso sobre todo como psicólogo y experto en epistemología genética[1], reconoce que su primitiva vocación fue la filosofía, pero que apostató de ella atraído por el método científico y desengañado por lo que denuncia: la soberbia de la filosofía cuando pretende rectificar a la ciencia, actitud equivocada que él critica como una ilusión narcisista y una traición a su propio espíritu de búsqueda. Cita para ello la autoridad de Jaspers:

“La esencia de la filosofía es la búsqueda de la verdad y no su posesión (el subrayado es de Piaget), incluso cuando se traiciona a sí misma, lo que a menudo ocurre, hasta degenerar en dogmatismo, en un saber puesto en fórmulas… hacer filosofía es caminar”.
 
Su libro Sabiduría e ilusiones de la filosofía[2] es un alegato en defensa del método científico en las investigaciones sobre las cosas del espíritu. Piaget no pretende atacar a la filosofía como tal, sino sus extralimitaciones. La filosofía constituye una “sabiduría” (sophía, sagesse) imprescindible para los seres racionales. Su función principal es coordinar las diversas actividades del hombre. Pero la filosofía no puede ni debe aspirar a alcanzar un saber objetivo. Ni mucho menos a corregir a la ciencia, saber metódica y laboriosamente probado.

martes, 25 de septiembre de 2018

PARADOJAS DEL MAL. INTERPRETACIÓN DE RICOEUR

Resultado de imagen de PAUL RICOEUR
Paul Ricoeur


“Dios es todopoderoso; 
Dios es absolutamente bueno; 
sin embargo, el mal existe”.

Esta contradicción ha sido históricamente un martillo pilón en las cabezas de los teólogos, fuesen estos fideístas o racionalistas, dogmáticos o tolerantes. ¿Por qué? Porque sólo dos de estas proposiciones son compatibles. Nunca las tres juntas.

Si Dios es todopoderoso, entonces no es absolutamente bueno porque consiente el mal en el mundo. Luego, o no es todopoderoso, o no es absolutamente bueno, porque es evidente que existe el mal, el crimen, el atropello de derechos, el sufrimiento inútil, la catástrofe natural que se lleva casas y vidas de ricos y pobres de justos e injustos… Y aún trata la naturaleza peor a los pobres. Aunque, como veremos más adelante, también es posible negar la existencia del mal (o al menos una cierta concepción limitada de lo malo), para poder admitir la verdad de las dos primeras proposiciones.

jueves, 6 de julio de 2017

EL MAGO DEL NORTE Y EL DESCENSO DE LA PALABRA

Crítica de la Ilustración y filosofía del lenguaje
en Johann George Hamann




“Así, también nosotros, entonces, habiendo ascendido al monte de la Transfiguración divina, podemos contemplar las vestiduras de la Palabra, es decir, las palabras de las Escrituras y los elementos visibles de la creación, vestiduras brillantes y gloriosas en sus respectivas enseñanzas acerca de Ella”
San Máximo el Confesor


Introducción

El objetivo de este trabajo es presentar, a modo de introducción, algunos de los puntos fundamentales de la obra del filósofo alemán Johann George Hamann (1730-1788). Se trata de un autor poco o mal conocido por el público culto en general, pues incluso en el ámbito académico es pasado por alto o se lo estudia muy rápidamente y sin profundizar en sus textos. Las traducciones de su obra a nuestra lengua son escasas y apenas es posible encontrar unos pocos textos introductorios. Se lo ve a menudo como una figura excéntrica que desentonaba con el ambiente cultural de su época, un pensador polémico que se atrevió a cuestionar a Kant sin molestarse en comprenderlo, un filósofo mediocre, un irracionalista, un conservador reaccionario, una rara avis en el Siglo de las Luces. 

Sin embargo, ninguno de estos epítetos le hace justicia, y aunque actualmente pueda pasar casi inadvertido, lo cierto es que su obra no dejó indiferentes a quienes conformaban los círculos intelectuales de su tiempo. Ejerció una influencia notable y decisiva en la formación del movimiento literario, estético y filosófico Sturm und drang, nacido como respuesta al estéril racionalismo especulativo de la Ilustración, así como también en el Romanticismo posterior. Fue leído y admirado por autores de la talla de Herder, Jacobi, Humboldt, Goethe, Schelling y Kierkegaard, entre otros.

domingo, 31 de marzo de 2013

¿Invención cerebral del yo?


 
Rodolfo R. LLinás
En defensa del monismo

Roberto R. Llinás ha sido director del Departamento de Fisiología y Neurociencia de la Universidad de Nueva York y es miembro de prestigiosas academias científicas de todo el mundo. Su libro El cerebro y el mito del yo es una excelente obra de divulgación científica con prólogo de Gabriel García Márquez.

Para Llinás, la mente o “el estado mental” es producto de los procesos evolutivos que han tenido lugar en el cerebro de los organismos dotados de movimiento. Cree que Occidente debe superar ese dualismo que, desde los pitagóricos y modernamente con Descartes, supone o postula un “fantasma en la máquina”. La expresión del título, “el mito del yo”, alude precisamente a ese concepto –equivocado- de un yo separable de las funciones cerebrales. Mi cerebro y yo no somos dos cosas diferentes. La mente tiene una naturaleza neurobiológica, y no es una sustancia distinta del cerebro, sino que emerge de la sustancia física del sistema nervioso central. Lo que llamamos “yo” resulta una función de la estructura geométrica y del flujo de interconexión de las neuronas, donde juega un importantísimo papel la sincronía, o sea, el tiempo.

El hombre debe enfrentarse cara a cara con su verdadera naturaleza. No es necesariamente preferible creerse un fantástico ángel menor que un real animal extraordinario con una mente portentosa[1]. Desde la perspectiva monista, cerebro y mente son eventos inseparables. La mente, o el estado mental, constituye tan sólo uno de los grandes estados funcionales generados por el cerebro. Por su parte, los estados mentales conscientes -que como ya apuntó Hume son discontinuos- pertenecen a una clase de estados funcionales del cerebro en los que se generan imágenes cognitivas sensomotoras (cualias[2]), incluyendo la autoconciencia.

Naturalmente, hay estados mentales sin conciencia, como el estar dormido, drogado, anestesiado, en coma, o sufriendo una crisis epiléptica. El cerebro puede seguir funcionando sin conciencia y sin autoconciencias, sin preocupaciones, esperanzas o temores, en el olvido total. Sin embargo, soñar es también un estado cognoscitivo, aunque no respecto a la realidad externa, pues no está regulado por los sentidos.

jueves, 3 de noviembre de 2011

¿Por qué no hay vida extraterrestre?




Autora Ana Azanza

Gracias a Blumenberg en el magnífico libro



y que he descubierto se puede leer en internet
http://es.scribd.com/doc/32435815/Blumenberg-The-Genesis-of-the-Copernican-World-Ocr

he rectificado algo que tenía mal comprendido, y es el asunto del giro copernicano de Kant. En primer lugar la expresión "giro copernicano" no la usó él  en el sentido que yo había aprendido de que hasta Copérnico la tierra era el centro del mundo y con Copérnico pasó a serlo el sol. Kant cuando menciona a Copérnico lo hace en el prefacio de la segunda edición de la Crítica de la Razón pura de 1787, escrito seis años después del libro.

Lo primero que hay que destacar es que Kant no sabía que el prefacio a "De revolutionibus" no era de Copérnico, sino de Osiander, que le dió un giro a las tesis de Copérnico queriéndolas presentar como "hipótesis", no como afirmaciones. Esto no formaba parte de la "mens" de Copérnico.  Kant dice  que él quiere que el lector tome sus tesis al modo de Copérnico, como si fuera un experimento mental.

La filosofía es el último de los saberes en haber emprendido el camino de la ciencia. Kant espera que lo mismo que ha ocurrido con las matemáticas, en tiempos de Tales, y con la ciencia natural a comienzos de la edad moderna, ocurra con la filosofía.

Hasta ahora hemos pensado que nuestro conocimiento debía adecuarse a los objetos, ¿no sería más fructífera la hipótesis de que sean los objetos los que dependan de nuestro conocimiento? Pero Kant no utiliza la expresión "giro copernicano": sólo en una nota explica que "deberíamos proceder como hizo Copérnico con sus primeros pensamientos. Habiendo fracasado en el intento de explicar el movimiento de los cielos suponiendo que toda la bóveda celeste gira en torno al espectador, Copérnico sugirió si no tendría más éxito hacer girar al espectador mientras que los cielos quedaban en reposo."

Eso significa que la metafísica puede hacer un experimento similar, rastrear el origen de la intuición de los objetos en sus condiciones de posibilidad y el de los conceptos a priori en las reglas del entendimiento.

Cuando Kant menciona a Copérnico no se refiere tanto al asunto de quien se mueve y quien se está quieto, sino a la relación metodológica entre la hipótesis y la confirmación, que se puede ejemplificar en los casos de Copérnico y de Newton.

Que Copérnico prefigure el pensamiento newtoniano significa que él presentó una hipótesis sin ser capaz de probarla. Hacía falta la aparición de la fisica moderna, que efectivamente comprobó que la tierra  gira. Con independencia de que la historia de la ciencia no acabe ahí y más adelante se averigüe que al contrario de lo que pensaron los antiguos sobre el mundo celeste,  "nada está quieto ahí arriba".

Kant no ve a Copérnico como un imitable revolucionario de la ciencia. Copérnico no estaba en la línea de hacer como Galileo y sus sucesores, "construir preguntas y obligar a la naturaleza a contestarlas." En ese sentido Copérnico no cambió nada, él no era de los que pensaba que la razón sólo descubre aquello que ella misma ha puesto. Copérnico sólo cambió el modelo, pero no la forma de crear modelos. Copérnico no es uno de los transformadores reales de la ciencia. Y por eso Kant no lo menciona más en su obra, ni lo nombra en la serie de los grandes nombres que dieron lugar a la ciencia moderna: Galileo, Kepler, Huyghens y Newton.

Pero Copérnico con su hipótesis heliocéntrica que establecía un nuevo orden en el ámbito de las apariencias, proveyó a Newton de la topografía necesaria por la cual podía inferir a partir de ese orden de los cuerpos, un sistema de fuerzas que no podría ser aparente.

 La "Crítica de la razón pura" sería copernicana en el sentido de que deja abierto el camino a la "Crítica de la razón práctica". La fuerza de la gravedad, dice Kant, nunca habría sido descubierta si Copérnico no hubiera osado atribuir el movimiento a los cuerpos celestes en lugar de al espectador terráqueo.

El saber práctico en términos kantianos se expande en el reino de lo empíricamente inaccesible restringiendo los objetivos de la teoría a las apariencias, como resultado del giro trascendental. La "Crítica de la razón pura" es copernicana en tanto que abre acceso a la razón práctica. Igual que Copérnico con su hipótesis abrió el camino a la gravitación universal, obviamente lejos de la comprobación empírica, pero explicativa al máximo.

Hay otra alusión a Copérnico en "El conflicto de las facultades" de 1798, pero que aleja del tema que nos ocupa.
Sistema copernicano
Me ha sorprendido comprobar que el llamado "giro copernicano" de Kant no tiene nada que ver con el cambio del geocentrismo al heliocentrismo. Al menos no en el sentido en que el filósofo aleman citó al astrónomo polaco.  Cuando Kant se refiere a Copérnico nunca es cuestión de heliocentrismo. No sé de donde he sacado esta falsedad.

Pero me ha llamado todavía más la atención el final del libro de Blumenberg.

Mucha gente no dió crédito a la llegada del hombre a la luna, porque después de todo no parecía un lugar tan exótico como se había pensado. ¿Y si los americanos lo habían filmado en un desierto? Como la capacidad para la simulación ha crecido tanto, también lo ha hecho el escepticismo. La conversación de los astronautas que alunizaron en "Fra Mauro Range" fue tan vulgar que algunos pensaron que debían de estar en cualquier sitio menos en la luna.
Kepler se había  preguntado ¿Cómo sería la Tierra vista en lo alto del cielo lunar? En agosto de 1966 el Lunar Orbiter II hizo la foto.





Como dice Blumenberg, a la vista de esta foto si sólo nos llegaran las palabras o sólo las imágenes desde la luna, no tendría mucho sentido mandar a la gente allí. La única razón por la cual la luna no es un desierto es que el hombre existe, lo contempla y puede hablar sobre ella. Aunque los primeros que llegaron no consiguieran convencer a todo el mundo de que habían estado.

Los avances de la astronaútica destruyen el mito del Siglo de las Luces de que la razón está obligada a medirse con el Cosmos. Las enormes distancias hacen de nosotros un planeta improbable e insignificante en la inmensidad de todo lo que anda por ahí. Unas décadas de astronaútica nos han llevado de vuelta al pre copernicanismo. Tierra es una excepción. Tras la monotonía y lo inhóspito de las fotos de Júpiter y Mercurio no tenemos más remedio que vivir en Tierra. Por ahí arriba quedan los desiertos e infiernos de calor, nada acogedores. Más allá de Júpiter no llega la energía solar necesaria para vivir.

En 1972 las radioseñales que llegaban de  Júpiter lo hacían con tanto retraso que no se podían tomar decisiones simultáneas relevantes sobre la dirección de los instrumentos. El tiempo que se necesita para las transmisiones desde un planeta que no deja de ser uno de nuestros vecinos no dejan espacio para que los requerimientos de la razón puedan aparecer aconsejables. ¿Qué ocurriría con el tiempo requerido para que nos llegaran las radiotransmisiones desde la estrella fija más cercana?

Nunca sabremos qué será de la placa de alumnio que se envió entonces, que contenía información codificada sobre el hombre y la tierra, incluso en la era espacial las expectativas de que después de dejar el sistema solar dicha placa llegue a manos de vida inteligente parece ya un anacronismo.
Esa placa con información para posibles extraterrestres es un tributo a las expectativas cósmicas del Siglo de las Luces.

"¿Cómo vamos a ser los únicos que merezcan existir?" se preguntó Reimarus. La existencia de una inteligencia en el cosmos superior a la nuestra sería la garantía de la evolución de la inteligencia terrestre en el futuro. Entraba dentro de la lógica del copernicanismo que condiciones de existencia en la tierra para la razón no tenían por qué ser especialmente únicas, ya que la tierra no es el centro, no tenemos el punto de vista privilegiado, seguramente nuestra razón también está retrasada con respecto a otros seres razonables mejor situados. La razón en su contingencia terrestre no debería ser solitaria y estar abandonada a las condiciones factuales dadas de una única historia, la nuestra.

Blumenberg ve una conexión inequívoca entre la creencia todavía intacta en la inmortalidad y la idea de que los cuerpos celestes habitables proporcionarían mejores formas de existencia para el hombre.




Estas ideas no eran formuladas en el siglo XVIII para ser confirmadas o refutadas. Pero en ellas se manifiesta la razón como el agente que compara la realidad con lo que podría ser. Por ello hace trabajar a la imaginación, sin ser capaz de determinar sus contenidos. La Ilustración dió a la habitabilidad del universo por seres racionales el rango de postulado práctico, en lenguaje kantiano. Su fuerza estriba en que no podría ser falsado por la experiencia, y el tiempo de la austronaútica no ha cambiado mucho la situación, puesto que no puede haber una prueba de la no habitabilidad y no habitación de los planetas distantes. Sin embargo nuestros planetas vecinos han probado ser lugares de lo más inhóspito para la llamada "exobiología".

Ya en 1971 se reunieron rusos y americanos con el fin de intentar establecer contactos con civilizaciones extraterrestres. Dejando aparte la improbabilidad de encontrar la dirección y los parámetros en que las comunicaciones podrían ser enviadas y recibidas, lo más sorprendente no es pensar que esas inteligencias existan y sean lo suficientemente inteligentes para este diálogo, sino también suponerles una necesidad comparable a la nuestra de buscar señales procedentes del universo y enviarlas.

¿Por qué se asume de hecho que las inteligencias cósmicas deberían ser del mismo tipo que la nuestra y mucho más civilizadas? La probabilidad de que otras criaturas habitantes de otros planetas  sean sustancialmente superiores a nosotros es muy escasa. Hay que asumir que ellos también habrán sido productos de la lucha por la existencia, una selección natural que no favorece las cualidades que nosotros estimamos superiores a nosotros y que nos gustaría tener, sino que precisamente favorece las cualidades que nos hacen sufrir: la preferencia por la auto-preservación, la fascinación por los que son más fuertes, la rivalidad por el rango y posición.

Pero todavía no hemos llegado al nudo de la cuestión. Se ha dicho que atribuir vida y razón sólo a la tierra es una reedición del viejo prejuicio antropológico. Pero la carga de la prueba de haberse liberado del prejuicio va en otra dirección. La premisa sin examinar de los buscadores de vida extraterrestre está en que ellos miran la probalidad de vida en planetas ajenos al sistema solar como una base para asumir también la presencia de la razón. Nada estaría peor fundado: la razón como continuación lógica de la evolución orgánica.

Que el proceso del desarrollo de la vida deba siempre, o en un caso más, conducir a la razón, incluso si esa razón no estuviera en un cuerpo con forma humana, es algo no demostrado que de hecho vuelve a repetir el viejo favor que el hombre se hace a sí mismo poniendo la corona de la creación a salvo. Todos los indicadores antropológicos apuntan a que el hombre en la tierra es la excepción en la naturaleza, en tanto en cuanto sólo ha podido preservar su existencia por medio de un inesperado éxito en la corrección de un desvío, un arreglo que debería ser extremadamente ineficaz si nos atenemos a las leyes de la naturaleza orgánica.

La razón no sería la cima de los logros de lo orgánico, ni siquiera su continuación lógica. Sería una arriesgada forma de desviarse de la falta de adaptación, un sustituto de la adaptación; una forma falsa de tratar con el fallo de los tranquilizadores y funcionales arreglos previos y especializaciones constantes a largo plazo en un entorno estable. Se puede enfatizar esta ruptura más o menos, pero en cualquier caso no se puede dar por hecho que la existencia de vida extraterrestre traiga siempre su correspondiente probabilidad de que la racionalidad emergerá a partir de la sustancia orgánica.

La hipótesis antropológica de que el hombre podría no ser un resultado lógico consistente con el resto de la evolución orgánica, no implica ninguna depreciación de la razón. Para la razón, la pobreza de sus orígenes es un asunto indiferente, puesto que su historia consiste en una reevaluación ascendente: transformando una función improvisada en la mejor y en lo mejor, la seguridad en certeza, la desnuda necesidad en la modalidad de la evidencia y la conciencia en la autoconciencia.

La razón puede ser un triunfo sobre cualquier origen y excentricidad pero apenas puede entenderse como el fin normal de los procesos materiales al estilo de las noosferas de Teilhard de Chardin. Combinando elementos de la Ilustración y de la metafísica cristiana, Teilhard contribuyó a aumentar las expectativas de encontrar vida extraterrestre. El gesto de Teilhard afirmando que aunque la aparición del hombre fue contingente era algo preformado, normal en términos de una ley que gobierna su origen destaca por su dignidad y nivel especulativo. Pero nos priva de entender la historia y la realidad del hombre.

No está mal buscar la consolación de la filosofía, aunque uno se dispone entonces a caer en nuevos "desconsuelos" . Los billones de sistemas solares en el universo pueden implicar la probabilidad de vida en algún lugar, pero el orden de la magnitud de las distancias entre ellos destruye al mismo tiempo lo que para una especulación metafísica podría llamarse el "sentido" en ese estado de cosas.

Contrariamente a su enunciado la física relativista establece el limite absoluto contra el que nuestras pesquisas por encontrar vida van a chocar. Sólo comunicar con alguien en la Vía Láctea excede el orden de magnitud que permitiera la simultaneidad. La barrera insuperable de la velocidad de la luz niega por vez primera al hombre su importancia cósmica.

El ímpetu en la conquista del espacio exterior es como un resto del valor especial asignado a la realidad estelar por la antigua metafísica y su correspondiente degradación de la tierra a "deshechos" del universo. Cuando la gravedad parecía victoriosa se ha convertido en sinónimo de carga. Una razón suficiente por la cual la tierra no es la madre de la austronaútica es que es a la solidez de su suelo a la que toda las naves espaciales regresan rápidamente.

Nicolás Copérnico

Es más que una trivialidad decir que la experiencia de volver a la tierra sólo la puede tener el que la ha abandonado. La reflexividad de la visión copernicana se repite. El oasis cósmico en el que vive el hombre, este milagro excepcional, este planeta azul en medio de un descorazonador desierto celeste, ya no es "también una estrella", sino mejor la única que merece tal nombre.

Sólo con la experiencia de volver aceptaremos que para el hombre no hay alternativas a la tierra, dado que no hay alternativas a la razón humana.