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lunes, 1 de julio de 2024

ORBE INCONSCIO

 

Collage de Max Ernst, 1934


"Un hombre tiene derecho a amar a mujeres con extáticas cabezas de pez. 
Un hombre tiene derecho a que le resulten asquerosos los teléfonos tibios 
y a exigir teléfonos fríos, verdes y afrodisíacos 
como el sueño alucinado de las cantáridas".

Dalí. Declaración de independencia de la fantasía 
y declaración de los derechos del ser humano a su locura, 1939

El psicoanálisis y el humanismo están condenados a llevarse mal. Lo mismo que la obscenidad y el decoro, el exhibicionismo y el pudor. Pío Baroja definió el psicoanálisis como "el cubismo de la medicina" y Virginia Woolf se burló de él en su novela Orlando. Pero la figura del guía espiritual, del gurú y su críptico, indescifrable, "divino" mensaje, oral o escrito, embrujan a los desolados y hasta suscitan un grado casi histérico de adulación y discipulazgo. El caso más sobresaliente es el de Lacan y su obscuro galimatías sobre hipotética jerigonza inconscia.

El psicoanálisis no se fía de aquello que eleva al hombre muy por encima de su condición animal: las intenciones del lenguaje. Desde su perspectiva, expresiones y textos han de abordarse por lo que no dicen, desde aquello a que aluden o insinúan (lo cual puede cambiar mucho según el intérprete), han de leerse o auscultarse con la mayor de las sospechas porque se prejuzga que su superficie es engañosa y que su significado auténtico está oculto y sólo puede ser desentrañado por un abogado del diablo o por un chamán titulado.

El psicoanálisis se inventó como indagación y terapia de la histérica y del neurótico, es decir, fue diseñado para el enfermo mental, y sin embargo ha resultado incalculable y poderoso su impacto y efecto sobre nuestra cultura, sobre el cine y las artes en general, sobre la comunicación social, las prácticas sexuales, el humor...  A algunos les tienta pensar que en lugar de curarnos manías, el psicoanálisis nos ha enfermado de otras. Todos nos hemos convertido en psicoanalistas, detectores de lapsus, vigilantes de las traiciones del inconsciente, recelosos ante las imposiciones del Super-yo... Todos somos Edipo, y a ratos, tal vez, también Medea, Moisés o Electra. De Narciso, para qué vamos a hablar: se mira en todos los escaparates y acapara los Mass Media con su innegable gramur.

En uno de los breves y agudos ensayos de El beso de la finitud, Óscar Sánchez Vadillo muestra coraje al considerar a Freud un teratólogo del alma, que es lo mismo que decir un detective perseguidor de monstruosidades anímicas. Sin embargo, Sánchez Vadillo no cree que el alma humana sea necesariamente un laberinto repleto de minotauros y dioses trans, o un escenario de crímenes imaginarios. Lo cierto es que Freud fue amigo de ritos y mitos ancestrales, de secretos primitivos, un intelectual "gótico y esotérico" -le llama-, que oculta sus gustos pre-ilustrados bajo un barniz de positivismo cientifista. 

Fue el doctor vienés experto en morbideces paleontológicas de la cámara obscura de la mente y, descendiendo la escabrosa escala vertical del lenguaje, se aventuró a penetrar buscando desentrañar las simbologías del delirio, de la alucinación o del sueño, para sondear en ellas los horrores atávicos -tanáticos más que eróticos, apunta Sánches Vadillo-, pues la idea de que las representaciones de los sueños sean verdaderos símbolos no deja de ser un postulado indemostrable, mucho más si presumimos la perversa y polimorfa condición asesina e incestuosa de nuestras pulsiones más hondas. Nuestras pobres almas apenas podrían contener los bestiales impulsos del cuerpo y para liberar a esas alimañas instintivas recurren al autoengaño, la iracundia o el sueño recurrente.



Coincido con Óscar en el dictamen: dada la condición de hebreo del doctor Freud, es presumible el fondo bíblico, vetero-testamentario, de esta peregrina y parcial interpretación del alma humana, cuyos fondos son tan insondables como Heráclito los pintara hace dos mil quinientos años. Arrastramos, según el Génesis, una culpa genuina: el asesinato del padre, un pecado original que cobra ahora un cariz sexual: el deseo de la madre, la nostalgia del útero. Óscar Sánchez no cree ni en esta culpa originaria ni en que la cultura ofrezca sólo malestares como jaula domesticadora y represiva. La cultura -diría Savater- es todo aquello que hacemos para conjurar la muerte. Es no sólo un recurso contra la necesidad, la angustia, el aburrimiento y los sufrimientos de la existencia, sino también un paliativo técnico, un consuelo proporcionado por el arte, la satisfacción de la curiosidad, la esperanza ofrecida por los grandes y pequeños relatos, la civilizada superación de la ferocidad y el egoísmo azaroso de los genes... 

Para Sánchez Vadillo no hay más sueño latente que el manifiesto, ni otro manifiesto que el latente. Los sueños son su propia interpretación y no precisan de brujos intermediarios a sueldo. La visión freudiana de un instinto salvaje, acallado o reprimido por el Super-Yo, por las normas y la cultura, le parece a Óscar Sánchez una descripción ridícula, pueril, del comportamiento humano. Digo yo que no somos ángeles cabalgando jabalíes o panteras y estoy de acuerdo en que no se puede hacer ciencia positiva con los sueños, muchos de los cuales, tal vez, no sean sino desechos de la Memoria, madre de las Musas.

No obstante, es muy verosímil que la producción espontánea de imágenes oníricas du­rante las fases de movimientos oculares rápidos (fases REM) o de sueño profundo (sueño con sueños) cumpla una importante función purificadora en la mente humana, enfatizada por Segismundo Freud, una función esencial para la profi­laxis psíquica del organismo. Soñar es necesario. Nos es imprescindible. Impedir que el sujeto sueñe se ha usado como instrumento de tortura o lavado de cerebro; a los pocos días de interrumpir sus sueños, el torturado delira... La hipótesis freudiana expli­ca dicha función de los sueños como una liberación de pulsiones y afectos reprimidos, no sólo de deseos sexuales, sino también de pasiones como el odio o el terror. El "Ello" (el conjunto de las pulsiones inconscientes) evitaría así la angustia del "Yo" ( de la consciencia) ante la censura del "Super-Yó" (ideal inconsciente del "yo": una especie de moral primitiva), el cual actúa durante la actividad consciente de la mente. Esto quiere decir que el incons­ciente ("Ello") busca a través del sueño una satisfacción imaginaria para sus deseos frustrados, una purificación (catarsis). Tal vez por eso, ciertos pintores han mostrado en sus obras predilección estética por la exploración de las pulsiones más obscuras del inconsciente humano a través de la representación de imágenes oníricas, "surrealistas". Con su alegato a favor de la locura, verbigracia, Dalí quería hacer, de pacientes infelices, monarcas que vuelven del exilio neurótico-racional al delirio personal. 

La noción de Inconsciente no era nueva. Giner de los Ríos censura la confusión entre acto inconsciente ("inconscio", escribe) y acto irreflexivo. Para el psicoanálisis el inconsciente es ese contenedor interior lleno de represiones, como residuos indecorosos, y colocado bajo presión creadora de neurosis por el impulso de lo reprimido que avergüenza. Según Sloterdijk, la noción de inconsciente procede de la filosofía idealista, sobre todo de Schelling, Schubert, Carus, y de las filosofías de la vida del siglo XIX, particularmente de Schopenhauer y Hartmann. Por su parte, Sánchez Vadillo nos recuerda que Leibniz, consciente de que la mente nunca descansa, descubrió el insconciente antes que Freud, eso si no consideramos al daimon socrático algo análogo en clave deiforme; las mismas "manías" platónicas y sus correlativos "entusiasmos" se antojan puntos de fuga del pesado fardo de la conciencia, emancipaciones del iluso y exigente Yo hacia especies más antiguas de animación, más dependientes de las circunstancias y del clima grupal (clan, tribu), y cuyos vestigios tal vez podamos entrever en el autismo y la esquizofrenia.

Sloterdijk anota la eficacia en la praxis psicoanalítica de un resto de holismo ético: "sólo quien pudiera liberarse de la fijación en una estructura defensiva, la neurosis, habría cumplido las condiciones para el regreso a una percepción total, no desfigurada, de su situación existencial y, con ello, se supone, para la salud psíquica" (Esferas III. Espumas, "Fin del excurso"). Sea como fuere, es dudoso que la verbalización de la latencia interior sea otra cosa que una invención deseable, intencional o interesada. La función catártica del goce estético y de la fantasía, a través de los procesos de identificación con per­sonajes del drama, de la comedia, de la tragedia (o con las figu­ras de un icono o un ídolo mediático), fue ya muy bien comprendida por Aristóteles. Más modernamente, el premio Nobel Francis Crick y el ma­temático Mitchison han llegado a la conclusión de que soñamos para olvidar, los sueños serían algo así como la basura de la mente, un excedente desechable de la memoria, que elimina­mos para desocupar su "archivo", esto explicaría que sean los recuerdos más inestables del día los que se expresan en forma de sueños...

El sueño es un arte poético involuntario. Puede que su poesía esté basada en el simbolismo de las imáge­nes, más que en el sentido de las palabras; de ahí la inutilidad ociosa -y costosa- de querer hacer hablar al inconsciente. Freud ensayó una hermenéutica, una lógica de la interpretación de los sueños, probablemente en vano. El arte o la pretensión poética de interpretar los sueños es tan antiguo como la humanidad. El profeta Daniel interpretaba los sueños del rey persa Nabucodonosor, y Artemidoro de Daldis (siglo II) fue el Freud de la Antigüedad, su manual de interpretación de los sueños es el más antiguo que se conserva y sin duda fue conocido por el doctor vienés. Si bien Artemidoro destacaba la importancia del símbolo onírico, era consciente de su valor relativo y dependiente de quien lo sueñe. Sueños tuneados, personalizados. 

Freud aspiraba a convertirse en un "Galileo del mundo interior de los hechos" (Arnold Gehlen). Sloterdijk valora positivamente el cambio "revolucionario" de acento entre lo central y lo periférico: "lo que trastoca la seriedad y revisa lo decorum transforma la cultura en su totalidad". El romanticismo preparó la rehabilitación del sueño como fuente de significados, y en el psicoanálisis confluyeron las sospechas de Nietzsche (un profeta posromántico), así como las críticas a la "superestructura" tanto marxistas como positivistas...

"El nuevo arte de la lectura de signos, apenas perceptibles, de contextos tanto íntimos como públicos de sentido integró las ocurrencias, tics, desviaciones y actos fallidos más privados en supuestos significativos subversivamente ampliados. En tanto que esa revisión trazó nuevamente las fronteras entre sentido y no-sentido, seriedad y no-seriedad, proporcionó al espacio cultural una conformación decididamente diferente. Ahora lo no-significativo podía saldar viejas cuentas con lo significativo. Desde entonces los sueños ya no son espumas; señalan, en todo caso, un espumar endógeno de los sistemas psíquicos y suscitan la formulación de hipótesis sobre las leyes a las que están sujetos el desarrollo de síntomas y la efervescencia de imágenes interiores"
Sloterdijk. Esferas III, Espumas, Prólogo: "Interpretación de la espuma".

Las ideas de Freud y sus colegas, como el disidente y místico Jung, han influido poderosamente en la iconografía contemporánea del Surrealismo, y aún en los medios comunicativos de masas, en el kitsch y en la publicidad, que utiliza deliberadamente la simbología de las referencias a una sexualidad latente y omnipresente para hacer más atractivos o excitantes sus produc­tos. Por referirnos a lo próximo, recordaremos que Dalí entendió su trabajo como acción paralela al llamado "descubrimiento del inconsciente por el psicoanálisis": ese mito científico que en los años veinte y treinta fue recibido como motivo y tema de maneras diversas tanto por las vanguardias artísticas como por el público culto y al que Lacan, un admirador y rival de Dalí, volvió a dar prestigio entre los años cincuenta y setenta, al reanimar el lema surrealista de "vuelta a Freud".

La recepción surrealista del psicoanálisis vienés confirma que el freudismo consiguió sus primeros éxitos entre artistas y ciudadanos cultos, no como método terapéutico, sino como estrategia de interpretación de signos y de manipulación del trasfondo. Si bien el psicoanálisis reveló la importancia de la sexualidad en tiempos en que la hipocresía de las costumbres la ocultaba (ese es sin duda su mérito histórico), su divulgación y vulgarización ha contribuido a un exceso contrario. Hoy la Internacional Publicitaria de un mercado en trance de globalización funciona mejor espoleando pulsiones que reprimiéndolas. Hasta el punto de que las personas se identifican preferentemente más por su orientación sexual, incluso por sus parafilias, que por sus profesiones u oficios, más por lo que lucen entre las piernas, que por lo que bulle en sus cabezas. Como dice Sánchez Vadillo, la descarga sexual resulta hoy tan fácil, la pornografía tan a mano, que nadie necesita ya recanalizar su libido sublimándola en arte, religión o filosofía. "El acto sexual se ha convertido en religión, sus creyentes ascéticos acuden al gym de fitness a rezar".

La iconología tradicional representa al sueño como a un león dormido (entre los griegos), un joven coronado de amapolas adormideras (romanos), por un lagarto o un lirón, también como a un mancebo dormido sobre un cuerno de la abundancia del que salen vapores y figuras oníricas...
¡Sueño de una sombra es el hombre! Pero si llega la gloria, regalo de los dioses, hay luz brillante entre los hombres, y amable existencia, cantó Píndaro.


viernes, 10 de enero de 2020

SUEÑOS Y SEXUALIDAD

Cópula de típulas sobre una asperilla (rubiácea)


Freud pensó que los sueños podían ser explicados principalmente por pulsiones o manías sexuales reprimidas. Exageraba. El filósofo francés Miguel Foucault se esforzó por probar que la sexualidad no es sólo una realidad biológica, sino también una “cultura”, una idea o una ideología histórica; la afirmación moderna de la productividad específica humana, un discurso que resulta de la desacralización clínica de las actividades carnales y de su genitalización. Según Foucault, desde el siglo XVI el hablar de sexo no sólo no ha sufrido un proceso de represión o restricción, sino que ha estado sometido a mecanismos de incitación creciente que han tendido además a la diseminación e implantación de sexualidades polimorfas (M. Foucault. Historia de la sexualidad, 1, I).

sábado, 30 de noviembre de 2019

FASCINANTE MUNDO DE SUEÑOS

"Solo era un sueño, ¡uf!, menos mal". Cuando experimentamos situaciones de ansiedad durante el sueño, nos sentimos doblemente felices y aliviados al despertar. Pero las pesadillas tienen su lado bueno, según informan los investigadores nos ayudan a hacer frente a las emociones negativas en la vida cotidiana.

jueves, 7 de noviembre de 2019

BANCOS DE SUEÑOS


Ana Azanza por la traducción

“Estaba desnudo. También Laura” así comienza uno de los más de 20.000 sueños recopilados en el Banco de los sueños de G. William Domhoff. “Me hallaba reconectando el bajo eléctrico sin barnizar, supongo que también estaba desnudo. En un momento apreté un tornillo para asegurar una cuerda y entonces me dí cuenta de que no estaba sosteniendo el bajo sino a Laura…” Este sueño es uno de los muchos con la etiqueta “desnudo” en la base de datos de sueños, y Domhoff explica que soñar con estar desnudo o expuesto en público de formas que traicionan el miedo o la vergüenza es algo que le ocurre a mucha gente, ¿por qué?

jueves, 22 de mayo de 2014

LA FUNCIÓN COGNOSCITIVA DEL SUEÑO EN LA EDAD MODERNA

Ya nos hemos acostumbrado, por  influencia del psicoanálisis y las neurociencias, a ver los sueños como un reelaboración de los procesos mentales de nuestra vida diurna o como resultado de la actividad eléctrica del cerebro. Pero a lo largo de la historia, los seres humanos han dado al sueño un valor más elevado, como vía de comunicación directa con el más allá, como medio de anticipar el futuro y hasta como una expresiva metáfora de nuestra andadura por la vida. José Biedma centró su estupenda entrada Luz en las tinieblas. Historia y terapia onírica, en este mismo blog (http://esprituycuerpo.blogspot.com.es/2013/11/luz-en-las-tinieblas-historia-y-terapia.html),
 en el sueño en la antigüedad. Aquí nos vamos a ocupar de otra etapa en la historia cultural del sueño, la Edad Moderna, en ámbitos tales como el arte, la literatura y la filosofía, con especial referencia a su importante función cognoscitiva.
1. La vía artística


Con la plena confianza en las capacidades del ser humano, tan característica del humanismo renacentista, los pintores del s.XV afrontaron con entusiasmo el enorme reto artístico de representar el sueño. Era la ocasión perfecta para demostrar su destreza en captar la laxitud del cuerpo en el reposo absoluto. La Venus dormida de Giorgione (1507-1510) nos muestra desnuda a la bellísima diosa, sensual y armónicamente integrada en un paisaje que replica sus suaves curvas. Se trata de una obra revolucionaria, por su técnica y su temática, que inauguró una nueva etapa en la historia de la pintura y que sería imitada por Tiziano y por Velázquez en la Venus del espejo. Pero aún más difícil que reflejar las particularidades anatómicas del cuerpo dormido, los pintores renacentistas se atrevieron a plasmar el complejo contenido de los sueños, con sus símbolos y su narración de acontecimientos. Es evidente que ello no puede observarse ni copiarse de la realidad, por lo que resultaba imposible la mímesis. Para solucionar el problema recurrieron a argumentos conocidos, con referencias bíblicas, como El sueño de Jacob de José de Ribera; políticas, como  el enigmático Sueño de Felipe II de El Greco (1579); o mitológicas, como Venus dormida y Cupido de Paris Bordone o Eros y Psique, de J. Zucchi.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Ciencia, sueños y visiones en la obra de Swedenborg


Dado que la mención circunstancial de Swedenborg en el blog despertó cierto interés en el mismo, en este post quiero trazar a grandes rasgos un semblante del visionario sueco. Pero la obra de Swedenborg es muy extensa y compleja, por lo cual a la hora de presentarlo se plantea la cuestión de sobre qué aspectos de la misma poner el acento. Pues bien, inspirado por una acertada observación de Blom Dahl, me ha parecido que un relato biográfico centrado en la búsqueda intelectual –que es a la vez espiritual- del visionario sería lo mejor.

La observación en cuestión es la siguiente: dice Blom Dahl que la emergencia de las visiones en la vida de Swedenborg, fue, más que una experiencia puramente mística como se suele asumir, la respuesta frente a una crisis de tipo gnoseológico. Pues, ya desde sus comienzos como científico, y luego cada vez más a medida que su búsqueda se desarrollaba, Swedenborg estaba sumamente interesado en comprender la unidad entre el mundo sobrenatural estudiado por la teología y el mundo natural estudiado por la ciencia.

Visto así, la irrupción de la experiencia visionaria en su vida, vino a dar cuenta de aquello que antes, infructuosamente y durante años, había buscado en aquellas disciplinas.

A la luz de esa idea, entiendo que el itinerario intelectual y personal de Swedenborg puede dividirse en tres etapas claramente diferenciadas: una puramente científica, otra que camina a medias entre lo científico y lo teosófico, y por último la etapa visionaria. Ahora bien, si, por un lado, esas etapas pueden diferenciase con bastante claridad, por otro lado, resulta igualmente claro que se implican mutuamente y que deberían ser entendidas como momentos de una totalidad que alcanza su pleno sentido en la etapa final.

Dicho sea de paso, ese modo de comprender el recorrido como una totalidad cuya realización plena se alcanza al final, puede parecer hegeliano, pero, de hecho, es totalmente swedenborgiano. Ya que en una de sus obras del período medio Swedenborg, aunque no se refería a sí mismo, dijo lo siguiente:

"… sólo en la última, que corona la obra, puede aprehenderse la relación de las cosas que la precedieron, y sólo en ella resulta manifiesto el acuerdo entre las discordancias aparentes"

Pues bien, de mi parte trataré aquí de hacer patente, de un modo breve y general, la relación entre las ‘cosas precedentes’ y la última que ‘corona la obra’ en el caso del propio Swedenborg. Veamos...

El científico teórico y práctico

Emanuel Swedenborg nació en Estocolmo en Enero de 1688 en el seno de una familia acomodada y culta. Su padre era un obispo luterano que quiso proporcionarle a Emanuel la mejor educación posible dentro de su país y su época. Así, lo envió a estudiar en la universidad de Upsala, de la cual el joven Emanuel egresó a los veintiún años con un doctorado en Filosofía y Letras. Y luego, en lugar de seguir la carrera diplomática como deseaba su familia, se dedicó a las ciencias exactas y sus aplicaciones prácticas. Ciencias que en su tiempo se agrupaban bajo la denominación general de mathesis, y comprendían la física, óptica, astronomía y otras disciplinas afines.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Luz en las tinieblas. Historia y terapia onírica

Hypnos (Sueño)
Nadie discute que los sueños forman parte de nuestras vidas. Otra cosa será el grado de realidad que les asignemos. ¿Trascendentes o banales? ¿O tal vez una mezcla de ambas cosas? Las representaciones oníricas, ¿son basura de la memoria?, ¿desahogos inconscientes de deseos socialmente inconvenientes?, ¿procuran satisfacciones vergonzantes?, ¿u ofrecen advertencias del espíritu? 

Para Jung estaba claro que el sueño es como un teatro en el que el soñante es escenario, actor, apuntador, director de escena, autor, público y crítico. Somos protagonistas de nuestros sueños, pero también involuntarios pacientes de pesadillas. 

En su excelente libro El mundo bajo los párpados (Atalanta, 2011), Jacobo Siruela comienza demostrando la relevancia histórica de los sueños, para acabar proponiendo un cambio radical de actitud respecto de ese reino (mundus imaginalis) que la razón positivista o el prurito crítico, tan totalitario a veces, desprecia.
Indudablemente, los sueños forman parte de la historia cultural humana. Un ejemplo es el de la periodista judía Charlotte Beradt que se dedicó a reunir durante seis años más de trescientos relatos oníricos. Anoto que ninguno de ellos tenía nada que ver con complejos freudianos ni lujuriosos y edípicos deseos reprimidos, pero sí ofrecían un factor común: la herida psíquica que producía en los soñantes el clima social de la Alemania del Tercer Reich. La mente de los durmientes, que nunca para, producía escenarios oníricos donde una perversa arquitectura transparente privaba de intimidad al avatar del yo, aboliendo las paredes. Y es que los sucesos históricos y sociales pueden ejercer un “agobiante peso subliminal” (…) “sobre la porosa vida nocturna de los durmientes”.