Según el filósofo Alfonso López
Quintás, el arte no reproduce objetos o figuras, sino que plasma “realidades
ambitales”. Gracias a la experiencia estética auténtica el ser humano entra en
relación de presencia con la realidad que se encarna en la obra de arte, la
cual no intenta reproducir figuras de ciertas realidades objetivas, sino algo
mucho más fértil: plasmar ámbitos de realidad que constituyen el verdadero
entorno del ser humano. Así, por ejemplo, al grabar las Manos orantes, Durero no se limitó a reproducir miméticamente la
figura de dos manos, sino que dio cuerpo sensible a un “ámbito de súplica”. Otro
ejemplo: las catedrales son ámbito real de encuentro entre el hombre y Dios, y
no una mera realidad propia de los objetos materiales. Con esas realidades
ambitales es con las que el hombre e encuentra en su vida. Para Quintás, el
arte nos permite crear relaciones con los modos de realidad, modular el
sentimiento de realidad. Cada obra de arte encarna un mundo, y es más valiosa
en tanto que posee capacidad de remitirnos a las realidades más valiosas de
nuestro entorno.
El futuro hunde sus raíces en una historia natural (antropología) y en una historia del espíritu (psicología). En este blog reflexionamos sobre los vínculos y los desencuentros entre esos dos polos, en dirección a una anhelada armonía que unifique felizmente lo que somos. No sólo aquello de que estamos hechos, sino aquello a lo que aspiramos soñando y obrando.
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sábado, 24 de agosto de 2019
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