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martes, 5 de mayo de 2026

JUAN HUARTE Y EL PODER DE LA IMAGINACIÓN

 

Johan Huarts Prufung der köpfe zu den Wissenschaften.
Traducción de G. Ephraim Lessing, 1752.
Reproducción de la ediciÓn francesa del Examen de ingenios,
 (atlantica, Biarritz, 2000)


En el capítulo V de la edición de 1594 de su Examen de ingenios para las ciencias (EI), Juan Huarte afirma que el entendimiento no puede obrar sin la memoria y sin la imaginación porque la inteligencia precisa imágenes. Cita en su favor a Aristóteles: ‘Oportet intelligentem phantasmata speculari’. En efecto, sin la memoria de nada sirve ni la facultad imaginativa –escribe Huarte: “el oficio de la memoria es guardar estos fantasmas para cuando el entendimiento los quiera contemplar” y si los recuerdos son olvidados es imposible a las demás potencias psíquicas obrar. “Vemos por experiencia que cuanto más se ejercita la memoria recibiendo cada día nuevas figuras, tanto se hace más capaz”. La memoria es el músculo de la inteligencia y la imaginación su ojo.

Aunque la inteligencia requiere de la memoria, Huarte ve cierta oposición entre memoriosos y entendidos, fundada en “la enemistad que el entendimiento tiene con la memoria”. No sucede lo mismo con la reminiscencia (la anamnesis platónica) que Huarte asocia más bien a la imaginación, antes que a la memoria. 

Tres obras o acciones son las principales del entendimiento: inferir, distinguir y elegir. Según esta última, la capacidad de elección, la libertad sería hija del entendimiento y no sólo de la voluntad. Los mejores ingenios –piensa Huarte— no requieren prácticamente de maestros, son autodidactas. Estos ingenios “engañaron a Platón” al hacerle decir que nuestro saber es un cierto género de reminiscencia oyéndolos hablar y entender lo que jamás fue considerado por los hombres antes de ellos.

A estos grandes ingenios hay que permitirles que escriban libros porque son capaces de inventar a partir de lo que los clásicos dejaron escrito. La república, sin embargo, no debería consentir que los que carecen de invención escriban libros, pues no son sino monos de imitación y ya no hay (se refiere Huarte a su tiempo, lo que podría valer también hoy) quien no componga una obra hurtando de aquí y tomando de allá (o sea, mediante plagio). A los ingenios inventivos llama Huarte “caprichosos”, sacando este adjetivo de la lengua toscana y asociándolo a las virtudes de la cabra, ya que este animal es siempre amigo de andar a sus solas por riscos y alturas y aficionado a asomarse a grandes profundidades; por donde no sigue vereda ninguna ni quiere caminar con compaña. Tal propiedad como esta se halla en el alma racional cuando tiene un cerebro bien organizado y templado: jamás descansa en ninguna contemplación, todo es andar inquieta buscando cosas nuevas que saber y entender.

Como hemos señalado, Juan Huarte asocia la facultad imaginativa a la reminiscencia platónica y, por su parte, la memoria al sentido común, y no hace estas facultades distintas a aquellas representativas que junto con el entendimiento conforman las tres potencias orgánicas del ingenio humano. Si la imaginación –como en Kant— es una potencia activa, la memoria lo es pasiva, recibe y guarda lo que la imaginación y la percepción le ofrecen, con mayor fidelidad y durabilidad cuando la impresión es intensa.

La risa es pasión que descubre mucho cómo sea la imaginación de cada cual. “La risa y el andar del hombre lo delatan” (Eclesiástico). Para Huarte, la risa es causada por una aprobación de la imaginación cuando vemos u oímos algún hecho o dicho que cuadra muy bien. Cuando la potencia imaginativa es muy buena no se contenta con cualquier cosa. Por eso vemos que los hombres de gran imaginación pocas veces ríen y que los más graciosos, decidores y apodadores, jamás se ríen de las gracias y donaires que ellos mismos dicen ni de la que oyen de otros porque tienen una imaginación tan delicada que aún sus propios donaires no hacen la correspondencia que ellos querrían. A esto se añade que la gracia, además de tener buena proporción ha de ser nueva y nunca vista ni oída. Los chistes manidos ya no hacen gracia. La risa no compromete sólo la imaginación, sino que afecta también a otras potencias que gobiernan nuestro psiquismo. El donoso no se ríe de la gracia que dice porque antes de que la eche por la boca ya sabe lo que va a decir. De ello concluye Huarte que los muy risueños no tienen una gran imaginación, sino que más bien andan faltos de ella y por eso cualquier gracieta, aun la chocarrera, les complace.

Huarte asocia también la prudencia y destreza de ánimo a la imaginativa que anticipa y conoce lo que está por venir. A la destreza del ánimo o de la mente la llama solercia, agudeza o astucia, pero también habilidad para cavilar y engañar. La vincula a la prudencia ciceroniana como habilidad práctica para distinguir lo bueno y lo malo (que aquí sería más bien lo que conviene y lo inconveniente), una maña de la que a veces carecen los hombres de gran entendimiento por falta de imaginación. La destreza anímica entendida como solercia o mera “prudencia de la carne” (San Pablo), apartada del sentido de la justicia, no merece más nombre que el de malicia pedestre, inhumana y demoníaca. 

La verdadera sabiduría pertenece al entendimiento, potencia esta en la que no cabe doblez, sino claridad y rectitud. Por eso: 

"Los hombres de grande entendimiento no valen nada para la guerra, porque esta potencia es muy tarda en su obra, y amiga de rectitud, de llaneza, de simplicidad y misericordia, todo lo cual suele hacer mucho daño en la guerra" EI, 1575.

No obstante, como apuntó Federico Climent (en su edición del Examen, 1917), para Huarte entra en los dominios de la imaginación, y no sólo del entendimiento, todo cuanto demanda armonía, concordancia y proporcionalidad de las partes y por eso incluye entre las ciencias propias de la potencia imaginativa las artísticas y el cálculo, dejando para el entendimiento las que tienen por objeto la verdad en sí, y para la memoria aquellas cuya sustancia está en la letra. Por eso el gobernar la república pertenece a la imaginativa (EI, XI, 1575). De las potencias del hombre sólo la imaginación es libre de pensar lo que quisiere e influye poderosamente en las funciones del cuerpo:

“De aquí se desprende con cuánta razón encomiendan los moralistas la meditación y consideración de las cosas divinas; pues sólo con ella adquirimos el temperamento que el alma ha menester y debilitamos la naturaleza inferior” (EI, V, 1504)… Por eso “el avisado y discreto es la mona de Dios, que le imita en muchas cosas; y aunque no las puede hacer con tanta perfección, pero todavía tiene con él alguna semejanza en rastrearle.”(EI, 1575, IV).

*** 

 Para saber más de la relevancia del Examen de ingenios (1575, 1594) de Juan Huarte de San Juan en el contexto del humanismo, de la cultura y de la tradición psicopedagógica europea y occidental puede consultarse mi trabajo en la revista digital Café Montaigne, dividido en tres artículos que enlazo a continuación:

"El poder de la imaginación y la fecundidad del entendimiento en el Examen de ingenios de Juan Huarte de San Juan. Del origen hispánico de la filosofía moderna":

I. https://cafemontaigne.com/el-poder-de-la-imaginacion-y-la-fecundidad-del-entendimiento-en-el-examen-de-ingenios-para-las-ciencias-de-juan-huarte-de-san-juan-sobre-el-origen-hispanico-de-la-filosofia-moderna-i-jose/filosofia/admin/

II. https://cafemontaigne.com/el-poder-de-la-imaginacion-y-la-fecundidad-del-entendimiento-en-el-examen-de-ingenios-para-las-ciencias-de-juan-huarte-de-san-juan-sobre-el-origen-hispanico-de-la-filosofia-moderna-i-jose/filosofia/admin/

III. https://cafemontaigne.com/el-poder-de-la-imaginacion-y-la-fecundidad-del-entendimiento-en-el-examen-de-ingenios-para-las-ciencias-de-juan-huarte-de-san-juan-sobre-el-origen-hispanico-de-la-filosofia-moderna-iii-jos/filosofia/admin/

miércoles, 11 de abril de 2012

Los motivos de la risa (humor y filosofía)


Puede que la sonrisa sea la distancia más corta entre dos personas. Pero la risa es otra cosa... En ciertos ambientes, el filósofo puede resultar ridículo... Legendario ridículo el que hizo Tales delante de la criada, o el que tal vez hiciera Sócrates ante el tribunal que le juzgaba.
     En un diálogo de Platón (Gorgias), Calicles le reprocha a Sócrates que la filosofía sea cosa de risa si se practica fuera de tiempo. Le reconoce –eso sí- cierto valor educativo, “y no es desdoro filosofar mientras se es joven; pero, si cuando uno es ya hombre de edad aún filosofa, el hecho resulta ridículo, Sócrates, y yo experimento la misma impresión ante los que filosofan que ante los que pronuncian mal y juguetean” (485ª).
     Esta risa -un tanto irritada- del libertino, del desenfrenado, delante de quien, como Sócrates, dedica su talento a la búsqueda de la verdad y la virtud, y no a la procura de utilidades y placeres, tiene muy poco que ver con la risa benevolente de la que nos habla Aristóteles. 
     El Estagirita entiende por ridículo lo feo estético y lo feo moral: lo anómalo, irregular, torpe, absurdo… El humor cómico surge, según Aristóteles, de una forma de engaño y desconcierto ante lo que nos coge desprevenidos y no daña. Lo ridículo puede así definirse como defecto o deformidad que no produce dolor o daño a los demás.
     En su Ética a Nicómaco, Aristóteles relaciona la risa con las virtudes y el juego. Como el juego, el humor como diversión tiene su recompensa en el placer que nos causa la actividad misma, igual que la virtud y la felicidad. Pero no podemos estar divirtiéndonos siempre, pues la seriedad, y no la comicidad, es la virtud rectora de la vida. Los que se exceden en lo que hace reír son considerados por Aristóteles bufones vulgares, siendo así que la mayoría de los hombres se complacen con las bromas y burlas más de lo debido, molestando a otras personas. Tal chocarrería es tan extremosa como la del áspero e intratable que no se ríe nunca, que carece por completo de sentido del humor. “El que es gracioso y distinguido se comportará, pues, como si él fuera su propia ley. Tal es el término medio, ya se lo defina por su tacto o por su viveza de ingenio” (Ética a Nicómaco, IV, 8).

    Aunque la vida requiera seriedad, ¡y la economía no digamos!, más tal vez que la filosofía, el poseer sentido del humor también me parece a mí cosa existencialmente seria. Nunca he despreciado a la protagonista de aquella copla, quien se casó con un enano por hartarse de reír, ¡ole ahí! Mejor enano y gracioso, que alto, guapo y singracia.

     Hobbes, de otro modo que Aristóteles, desarrolló una teoría de la risa como superiorioridad frente al defecto del prójimo, una teoría de la risa malevolente. "Hiena de risa" -podríamos decir-, sin caer en solecismo. "El hombre es para el hombre como un lobo, ¡y como una hiena!". No debe extrañar que Hobbes pensase así, teniendo en cuenta la baja consideración que le merecían los instintos generales e innatos del pueblo llano, y del humano en general
     El estado de humor que provoca risa sería un sentimiento de superioridad, a sudden glory, una vanidad súbita causada por un acto propio con el que uno se complace, o por “cierta deformidad en otro, con relación a la cual uno se siente súbitamente superior” (Leviathan, I, 7ª). La risa es así "el humo" de la soberbia, que mira por encima del hombro las debilidades e impericias de los demás, que se jacta riente –como Calicles frente a Sócrates- con afán de dominio, de las propias “virtudes” y habilidades conducentes al éxito.
      Según Hobbes, la risa adopta cuatro situaciones. 1) Se ríen los hombres deseosos de aplauso con las cosas que hacen bien; 2) con sus propios chistes; 3) de las debilidades de los demás; y 4) de las gracias cuyo ingenio consiste en un elegante descubrir y representar en nuestras mentes algún absurdo ajeno.
     ¡Menos mal que nos queda esta cuarta instancia, para reír sin vergüenza, e impunemente! Aunque, y contra Hobbes, creo que es perfectamente posible reírse también del absurdo de sí mismo. En esto, el pueblo andaluz ha resultado maestro.

Bibliografía
Platón. Diálogos, II, Gredos, Madrid 1983.
José Luis Suárez Rodríguez. Filosofía y humor. El guiño de la lechuza. Apis, Madrid 1988.