viernes, 20 de enero de 2023

IDEAS INNATAS

 

Magritte. La respuesta imprevista, 1933

Presencia y Ausencia no están en los objetos mismos, sino que el alma, la mente, las descubre en sus interacciones con la circunstancia, en situación. "La idea no es visible en el cuadro: una idea no puede verse con los ojos" -explicó el artista conceptual Magritte. Pero la pintura sí puede hacer despertar en la mente la ausencia de un objeto.

Tabula rasa, página en blanco, eso decían los empiristas británicos que es el alma o la mente antes de toda experiencia. A estos filósofos les llamó Nietzsche con razón "psicólogos", aunque lo fueron 'avant la lettre', antes de que la psicología como ciencia se independizara de la filosofía a partir del Christian Wolff (1679-1754) -según Javier Echeverría-, seguidor de Leibniz. Yo dudo que esa independencia sea algo más que un hecho administrativo, a no ser que se reduzca el "alma" a un simple mecanismo emergido del cerebro y a mero objeto de las neurociencias, es decir, siempre que se crea que el estudio del cerebro y sus funciones agota la reflexión sobre la unidad que nos constituye como personas y sustancias relativamente independientes. Pero el alma no es una cosa, pues en ella actúa con fuerza espontánea un sujeto deliberativo, juzgador y ejecutivo. El Yo gobierna, ordena, si bien relativamente, en situación fluida y determinado por circunstancias variables.


Diciendo que la mente es una tabula rasa o una pizarra vacía el filósofo John Locke (1632-1704) atacaba el postulado cartesiano de las ideas innatas, condiciones nocionales que el entendimiento humano portaría en sí, como si el niño naciera "sabiendo" y con ideas tan complejas como la de infinito, idea esta de la que Descartes dedujo nada menos que la existencia de Dios, pues si la idea de infinito no procede de mí, que soy finito, ni de la experiencia, pues nadie ha visto nunca a Infinito, entonces tiene que haber sido puesta en mí por un ser igual y apropiadamente infinito, luego el ser infinito existe, luego Dios existe.

La idea de Dios descansa hoy olvidada en la obscuridad de un sarcófago y ese argumento del espadachín francés no convence hoy a casi ningún filósofo. No convenció desde luego al agnóstico David Hume (1711-1776), genial escéptico y amigo de Adam Smith que fue tratado como ateo por los puritanos y dogmáticos de su época y que, como Locke, estuvo convencido de que nada hay en el entendimiento humano que no haya pasado antes por los sentidos, según la célebre expresión que se atribuye a Estratón de Lampsaco, autor peripatético, es decir sucesor de Aristóteles, máxima empirista que en su versión escolástica reza: Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu.

Esquema de la génesis del conocimiento según Locke.
Atlas de Filosofía Peter Kunzmann et al. Alianza 2000.

John Locke publicó en 1690 su Ensayo sobre el entendimiento humano, la mayor y más importante de sus obras filosóficas. A Leibniz (1646-1716, o Leibnicio, como españolizaban su nombre los eruditos españoles del XIX), que fue gran dialéctico, quiero decir un conversador y corresponsal bien dispuesto a discutir amistosamente con todos los intelectuales de su época y a armonizar sus puntos de vista, seguramente le hubiese gustado mucho dialogar personalmente con Locke, y entre 1703 y 1704 Leibniz escribió sus Nuevos Ensayos, que no se publicarían hasta 1765, póstumamente, por prohibición del duque Georg Ludwig de Hannover y ulterior rey de Inglaterra, Jorge I. 

(Hay excelente y reciente edición en español de los Nuevos Ensayos traducidos y actualizados por Javier Echeverría con la colaboración de Mary Sol de Mora).

Pues bien, en sus Nuevos Ensayos, Leibniz discute la negación de las ideas innatas del autor inglés porque "el alma comprende el ser, la substancia, la unidad, la identidad, la causa, la percepción, la razón y muchas otras nociones que los sentidos no pueden proporcionar". Estas ideas se derivan de la reflexión y son, pues, ideas innatas que están presupuestas, además, por el conocimiento sensible, por la percepción o, por lo menos, por la apercepción (percepción consciente). 

Todo esto lo analizará luego Kant con gran detalle y rigor profundísimo llamando "lo apriori" a las condiciones del conocimiento que no nos son dadas por la experiencia sensible, sino que son puestas por la estructura o naturaleza de nuestra imaginación y nuestro entendimiento, es decir, por la forma de ser de la psique del sujeto que percibe, entiende y razona. O sea, que vemos las cosas no sólo como son, sino también como somos, según las condiciones que nuestra forma de ser les impone a las sensaciones. La forma del sujeto es fundamental, trascendental, en el sentido de que hace posible el conocimiento, ya que incorpora a lo percibido y apercibido conscientemente un punto de vista particular, a la vez que universal, pues la razón es facultad común a todos los hombres, o activa en la inmensa mayoría.

El principio de no contradicción ¬ ( A & ¬A) es una verdad innata de esa razón universal, pues nadie en su sano juicio aceptaría pensar o aseverar que algo pueda ser al mismo tiempo esto y no-esto, X y no-X. Estas ideas principales y genuinas verdades de razón (analíticas) no son innatas porque la mente nos nazca ya con un sentido de ellas, sino porque las deriva a partir de sí misma. El niño despierto enseguida sabe que una cosa no puede estar ahí y no estarlo al mismo tiempo, no puede ser presente y ausente a la vez. Leibniz no negaba que la experiencia pueda ser necesaria para alcanzar la conciencia de una idea o de una verdad de razón, ni estaba dispuesto a admitir que "toda verdad innata es conocida siempre y por todos". Para él, las verdades innatas lo son -diríamos hoy- virtualmente. Fácilmente se comprende, por análisis del sujeto, que al todo le corresponde ser la suma de las partes o que los ángulos de un triángulo rectángulo suman dos rectos o que un casado no puede estar a la vez casado y soltero.

Por tanto, al viejo axioma aristotélico y escolástico de que "no hay nada en el alma que no proceda de los sentidos", Leibniz añade: excepto el alma misma y sus afecciones, o excepto el mismo entendimiento. "Nihil est in intellectu quod non fuerit in sensu: nisi ipse intellectus". Leibniz rechaza pues la idea de que la mente sea originariamente un papel en blanco o  una "tabula rasa". Incluso hay para Leibniz "verdades de instinto": 

"Lo que es innato no es al principio conocido clara y distintamente como tal; frecuentemente se necesitan mucha atención y método para percibirlo. No siempre lo hacen los estudiosos, y aún menos todos los seres humanos" (Nuevos Ensayos, 1, 2, 12). 

Leibniz afirmará -como Descartes- la innatez de la idea de Dios: "Siempre he sostenido, como también ahora sostengo, la idea innata de Dios, que Descartes mantenía", aunque eso no significa que todos los hombres tengan una idea clara de Dios. Que la idea de Dios es innata significa para Leibniz -según explica Copleston- que la mente puede llegar a ella desde dentro por la sola reflexión interna.

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- Es un perro; no un elefante.
- Ya lo "sabo" -responde mi nieto Fabio con cuatro años.
- Se dice sé -le corrijo.




Fabio podría responderme que si, del nombre infinitivo "comer" se dice como, de "saber" será sabo y de "caber" será cabo, y no quepo. Es sabido que los niños tienden a regularizar el idioma porque sus reglas lógicas ya las lleva su razón emergente dentro, "de fábrica" por así decirlo. 

Noam Chomsky (n. 1928) revolucionó la lingüística teórica atacando el estructuralismo y el conductismo que suponían que la adquisición del lenguaje depende sólo del aprendizaje y del condicionamiento social de la conducta. Chomsky postulaba la existencia de un dispositivo cerebral innato, instintivo, general en la raza humana y, por tanto, la existencia de una gramática universal cuyo fundamento común es la recursividad. Llamó gramática generativa a las reglas innatas que permiten codificar ideas lingüísticamente, mediante símbolos verbales y luego, si se aprende a escribir, mediante grafismos, de modo que con un juego reducido de reglas gramaticales y un vocabulario limitado, los seres humanos podemos producir (generar) un número infinito de frases, incluso inéditas.

Se ha criticado la teoría chomskiana de la competencia innata argumentando que la generación de secuencias nuevas se basa en la existencia de analogías sobre estructuras previas de las que el hablante, el nene, ya ha tenido experiencia directa. Aun admitiendo que las reglas de la competencia lingüística sean innatas, el filósofo Quine ha dicho que nunca podremos saber cuál de esos axiomas son los que poseen realidad psicológica en la mente del hablante, puesto que postulados diferentes podrían definir estadios parecidos.

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Daniel L. Everett pretendió con sus estudios sobre el Pirahán, rara lengua amazónica, poner en entredicho la teoría de la gramática universal, al describir un idioma que carecía de recursividad.


La comunidad pirahã / Jennifer Schuesslermarch (The New York Times)


Se considera al Pirahán el lenguaje humano más simple conocido. En 2004 lo hablaban menos de dos centenares de cazadores-recolectores, los pirahán, que significa "los erguidos". Viven en la ribera del río Maici, afluente del Amazonas. La historia de su lengua se desconoce, sobrevive aislada y sólo la entiende el lingüísta Everett. Los pirahán ni escriben ni dibujan y representan a sus espíritus con palotes. Su idioma sólo consta de ocho consonantes y tres vocales. Los hombres usan el fonema /s/ que las mujeres sustituyen por /h/. Aunque tienen pocos fonemas, estos cuentan con gran variedad de alófonos, dos tonos y cinco canales: hablan, silban, tararean, gritan o cantan su lengua. El pirahán es una lengua aglutinante, pero carece de numerales y hasta del concepto matemático de contar numéricamente. 

Para medir, a los pirahán les valen los conceptos poco-pequeño y mucho-grande. Al parecer, tampoco distinguen verbalmente colores ni tiempos pretéritos y no son capaces de subordinar un sintagma nominal a otro recursivamente, por lo que Everett piensa que tal idioma carece de la recursividad que Chomsky supone universal. Sin embargo, el pirahán emplea muchos afijos para precisar significados, algunos muy originales como el que comunica evidencialidad. Así el sufijo -xáagahá significa que el hablante está segurísimo de la verdad de lo que dice.

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Parece razonable concebir el lenguaje como "órgano mental" que se desarrolla mediante imitación y aprendizaje (memoria y creatividad) según la situación y circunstancia. El espíritu humano posee una espontaneidad creadora, bien que limitada y modelada por la imprescindible restricción de los otros comunicantes, la urgente adaptación a la comunidad de comunicación, la disposición del sujeto y sus condiciones externas. Pero aprender el lenguaje es también permitir que crezca y genere nuevas formas de mirar y de pensar.

Nota bibliográfica y fuentes

A parte de las obras ya citadas, he consultado la edición del Ensayo sobre el entendimiento humano de John Locke, traducción de Aguilar, Madrid 1984. El volumen 4. de la Historia de la Filosofía de Copleston, XV-XVII sobre Leibniz (Ariel 1981) y el artículo de Ignacio Bosque: "La competencia gramatical" en la Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía, nº 16 (Filosofía del lenguaje. I. Semántica). También, las entradas de la Wikipedia sobre el Pirahán y la teoría lingüística de Chomsky. Algunas ideas de este artículo proceden de los comentarios de Javier Echeverría y otros contertulios en el Seminario telemático sobre Leibniz dirigido por Antonio de Lara en nombre de la Asociación Andaluza de Filosofía (AAFi).

 

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