David Hume me ha parecido siempre un filósofo excelente, y no sólo porque despertara a Kant del sueño de la razón dogmática. Era un tipo simpático, gran conversador, extraordinariamente culto e inteligente, pero su fama de ateo le impidió ingresar en la universidad. No fue ateo, sino escéptico. Se comportó como un magnífico anfitrión de Rousseau cuando este viajó a la Gran Bretaña, y el suizo le pagó con reproches de paranoico. Su gran amigo Adam Smith, con el que cruzó cartas memorables, gozó de mejor gloria en vida que él, y no tuvo que ganarse el sustento como Hume, de bibliotecario y mercenario de la historiografía.
Aunque su exagerado empirismo le llevó al absurdo de negar el valor cognitivo de los saberes narrativos, poéticos o artísticos, su descubrimiento de lo mucho que debe nuestra idea de Dios al funcionamiento de nuestra mente, o de lo mucho que debe la idea del yo a la imaginación, igual que su conclusión de que nuestras certezas científicas están en deuda con nuestros hábitos y creencias; o su descalificación del dogmatismo, pues nuestro conocimiento sobre la naturaleza es sólo probable, dado que los mismos acontecimientos naturales no son necesarios, sino contingentes...; y en fin, su fino análisis de los sentimientos y pasiones del alma, a los que concede una importancia capital en la moral (emotivismo)..., todas estas ideas, y algunas más, me fascinaron hace más de treinta años y aún hoy siguen estimulando mi reflexión.
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| Monumento a Hume en Edimburgo |
Por eso peregriné en Edimburgo buscando su tumba, que no hallé. Me indignó que los curas de las iglesias de Edimburgo a los que interrogué ni siquiera le conociesen. Años después, mi hijo Antonio José me hizo el favor de cumplir por mí con este precepto de honrar a los muertos (y a su padre humeófilo) e hizo las fotografías que ilustran esta entrada.
Por lo menos me traje en aquella ocasión de Edimburgo un ejemplar de sus Selected Essays (Oxford 1993), y sus Enquiries concerning the Human Understanding and concerning the Principles of Morals, un ejemplar de segunda mano, con exlibris manuscrito de Jan A. Sinclair (November 1959) en el libro salido de las prensas oxonienses, a parte de algunos discretos subrayados, el tomo no escondía por desgracia ninguna carta de amor.
Años después, y por mantener mi competencia in English, me propuse traducir uno de sus ensayos, y no sé por qué me dio por On suicide. No estaba deprimido, ni mucho menos. Lo traduje para la revista digital Casinada, editada por mi buen amigo Carlos Salinas en formato texto para que sus contenidos tuvieran fácil difusión en los países menos adelantados informáticamente.