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viernes, 4 de septiembre de 2026

PARADOJAS Y SENTIDO COMÚN

 

Midas, JBL-Gemini, 2026

CABALGANDO CONTRADICCIONES

Conocí primero a Fernando Pessoa como narrador: su relato de El banquero anarquista, que muchos años después me mereció relectura. Su lógica paradójica me fascinó. Es evidente que todos cabalgamos contradicciones, aunque eso no puede excusar la ausencia de principios morales o la incongruencia entre lo que pensamos y lo que practicamos. Podríamos decir que el fariseo, el hipócrita, abusa de sus contradicciones y las pretexta para hacer el mal en beneficio propio. 

El Libro del desasosiego me rindió completamente a la poética filosófica del portugués y a sus heterónimos. Y me hice con la edición en esa lengua maravillosa que es el portugués, que tanto amaba mi amigo el dramaturgo Juan Enrique García Blanca, gracias a la generosidad de mi sobrino Antonio Biedma. 

Sin embargo, El mendigo y otros cuentos (Acantilado 2019) no me dejó gran cosa, lo que también achaco a la flaqueza creciente o a la potencia decadente de mi memoria a corto plazo. Pero los textos de Pessoa siempre dan que pensar...

Celebra a la vez que padece el misterio de la existencia, su perplejidad, la emergencia insólita de la conciencia, espejo milagroso e inestable de deleite y sufrimientos, que se da en grados. Uno de los personajes de Pessoa goza de ese horror de la conciencia con todas las formas de su alma y a pesar de sus transformaciones. No hay más escape que el sueño, que se sospecha o promete eterno. La conciencia ha pagado su ser con el trauma de su desgarramiento de la naturaleza, de su  extrañamiento del orden físico, del que estamos cada vez más lejos, abismados en un futuro tecnológico, "presos del futuro" bajo el mito del progreso. 

No obstante, esa distancia histórica respecto a nuestros orígenes animalescos es tal vez condición del sentimiento de belleza que atribuye alma a las cosas. No molesta a un platónico que lo bello importe al artista más que lo bueno, no ofende si se reconoce que lo bueno es, antes que nada, belleza anímica, belleza de la acción de lo viviente consciente.

Pessoa es poeta que filosofa paradojalmente o filósofo que poetiza perplejidades y aporías: “no hay grados, hay géneros de realidad”, “La naturaleza es espíritu, pero el espíritu es sólo el cuerpo de Dios”. “La línea es el punto pensándose a sí mismo, esto es, moviéndose. De ahí el tiempo”, “con la línea empieza el tiempo. Supuestamente, trazar la línea lleva tiempo. El punto ya existe. No se ha trazado ni en la imaginación. Escapa al tiempo”… “La vida trasciende la Verdad, parte de ésta, trasciende la Realidad, parte de ésta, trasciende la Razón, parte de ésta”.

La razón de Pessoa explora límites, tal y como la exaltaba Eugenio Trías, pues se alimenta de la flor del confín; razón limítrofe, porque nada en sí mismo se comprende, ya que para que algo se comprenda debe estar fuera de sí mismo: “y el único ser que también está fuera de sí mismo es Dios, que es más de lo que es”. Lo deductivo se deconstruye en analógico, el concepto parece recuperar su viejo traje simbólico.

Por ejemplo, es una paradoja que el placer, siempre egoísta, nunca pueda ser sin embargo del todo individual y se sienta el mayor agrado (al menos virtualmente) siempre à deux, incluso en lo más hondo de la psicología íntima siempre hay un otro, y hasta "un cierto tercero" como decía Freud. No existe un auténtico placer solitario. Por eso el bebedor solitario no priva y consume sólo por placer; el alcohólico acaba bebiendo sin gusto, por satisfacer una dipsomanía mortificante o para ahogar tormentos. El placer intenso requiere alienación. Quienes asocian placer y soledad lo hacen patológicamente, en el plano de la enajenación mental. Pessoa cita a Goya: cuando contemplo algo bello, desearía ser dos, dos para multiplicar, comunicar y transmitir ese deleite. Y cuanto más elevado sea el placer más solidaridad exige, sobre todo si es superior, inhabitual, sofisticado, es decir, si se aleja de lo natural. Por eso todo artista requiere público, más aún porque juega con placeres elevados, estéticos e intelectuales, los que, según Aristóteles, acarrean menos riesgos y se pueden disfrutar más continuamente.

Hamlet en Elsinor, Wlliam Morris Hunt
(fuente: Wikipedia)

Somos lo que hacemos, nuestros hábitos, pero no deja de ser paradójico que por inteligentes nos repugne la actividad y nos entreguemos a la contemplación, también llamada desde antiguo teoría. Según Pessoa, Shakespeare ilustró esta oposición radical en la figura de Hamlet, en ella el análisis destruye la voluntad, “la forma más típica de la inteligencia”. Hamlet es el prototipo de
l dilema moderno entre la conciencia reflexiva y la obligación moral de actuar. 

Y sin embargo, es el trabajo el que produce la civilización, es la esforzada actividad productiva la creadora de realidad. Entre dichas realidades, la industria segrega cosas perfectamente inútiles y prescindibles, igual que las faenas reproductivas generan criaturas humanas susceptibles de devenir buenas o malas personas mediante la educación y la decisión, mientras que, en contraste con ello, los mitos crean irrealidades, como cosas que duran y perduran. El caso es que resulta difícil que el humano consienta en trabajar voluntariamente si puede evitarlo. Por eso la esclavitud fue la primera de las instituciones sociales y sobre su crueldad se levantaron los imperios antiguos, cuyas obras monumentales aún maravillan al mundo. Esta es una realidad que damos de lado como el urbanita acomodado renuncia a recordar su origen campesino y el político populista oculta vergonzosamente su pelo de la dehesa. 

Pez abisal, JBL 2026

Y no obstante, aun persiguiéndolo denodadamente, el ocio absoluto es para la mayoría terrible, pues induce al aburrimiento que es padre de todos los vicios: “del ocio sin contraste nacen todas las cosas que menoscaban a la sociedad: el amor sin esperanza, las grandes velocidades, la cocaína”, escribe Pessoa.

Otra paradoja: Que el mendigo sea el único humán verdaderamente libre, pues depende de la caridad y no de la opresión o la necesidad. Secundariamente, fue algo que asimilaron las llamadas “órdenes mendicantes” que hoy, culminado el proceso de secularización, hallan su continuidad en la figura popular del "perro-flauta", ciudadano más o menos vagabundo e itinerante, que se opone al urbanita apresurado productor-consumidor tipo. La figura del perro-flauta recuerda también la del goliardo.

Paradoja es igualmente que la duda sea la certeza de no tener certeza o que haya mujeres que odien a las cortesanas porque les hacen ver de qué se privan siendo formales. La imaginación es una fuente de deleites, pero también de daños colaterales. Sin imaginación es mucho más fácil llegar a ser persona formal, lo que se dice una persona con sentido común, que no es lo mismo que el normópata dominante.

SENSUS COMMUNIS

El contrapeso del escepticismo que se desfonda en nihilismo es el sentido común, ¿será la única lógica practicable la suasoria e intuitiva del sentido común?, ¿no será ese el que Ortega denunciaba como  “el menos común de los sentidos”?… ¿Cómo puede comprenderse desde el sentido común una maternidad virginal o el éxtasis de un santo o la locura de un dios que entrega su hijo a la tortura más indigna e injusta por nuestra salvación?, ¿un ángel que cuenta las verdades divinas a un guerrero?, ¿qué sentido tiene redimir a unos por los pecados de otros?, ¿de verdad existe una voluntad colectiva?, ¿es más verosímil la existencia de derechos humanos? Nuestra incomprensión combina bien con nuestra consumada habilidad para engañar y mentirnos, tales creencias y hábitos conservan sociedades.

No obstante, por mucho que el sentir común sea un imaginario plagado de supersticiones e improbables milagros, Gadamer hizo bien en rescatar el sensus communis para la tradición humanista, redimiéndolo de la crítica intelectualista que había asociado necesariamente el sentido común a los prejuicios vulgares y lo había condenado como superstición, también como ideología o falsa conciencia, desde un aristocratismo elitista, positivista o cientifista. A este respecto es importante constatar ‒como hace Lizcano[1]‒ que la creencia en una Razón mayúscula libre de prejuicios y en sus virtudes emancipadoras no está menos alimentada de fantasmas imaginarios que cualesquiera otras creencias. La fe en el mito fue sustituida en Grecia por la fe en la razón, pero ello no impidió que en el corazón de la racionalidad anidara la metáfora (la alegoría y el mito) como su génesis y motivo principal. 

También el imaginario racionalista e ilustrado engendra monstruos, como el imaginario medieval engendró bestiarios. El marxismo quiso expulsar todo lo imaginario al reino de la ficción, tachándolo de "ideología" y entendiendo esta como enmascaramiento de la realidad, para el marxismo lo imaginario y lo simbólico se oponen a la praxis, a la realidad material, como imagen invertida, con el único fin de perpetuar las condiciones de explotación del hombre por el hombre (o de la mujer por el varón).

Por paradójico que también parezca, en esto coinciden el imaginario marxiano y el del positivismo. Ambos comparten lo que la sociología de la ciencia ha llamado “ideología de la representación” o lo que Richard Rorty ha llamado “filosofía del espejo”. Por un lado estaría la realidad exterior, independiente de cualquier imagen o relato, al margen de metáfora, alegoría o mito: el mundo de los hechos, puros y duros; y, por otro lado, estaría el espejo en el que la realidad se representa, en el mejor de los casos, el espejo del socialismo científico o el de la ciencia positiva, ese reflejo teórico representa fielmente la realidad, o es isomórfico con ella, la duplica. Por lo que no habría más lenguaje verdadero que el de Das Kapital y sus caudas, o el de los manuales científicos, dignos todos ellos de veneración, repletos de seguridades y certezas. El desprecio que unos y otros comparten por los imaginarios populares y el lenguaje común u ordinario es consecuencia lógica de esa herencia ilustrada, radicalmente antipopular atrapada en la ideología de la representación y en la filosofía del espejo. Sin embargo, lo imaginario está también en el corazón mismo de cualquier racionalidad, incluida la racionalidad científica, incluso es posible que sea en ella donde halla mejor refugio.

Por eso Hans-Georg Gadamer (1900-2002) reconoció al Sentido común como forma legítima de conocimiento de las Ciencias del espíritu, sacándolo de su reducción kantiana al mero juicio estético, como si nada más que fuera cuestión de gustos y colores (donde precisamente es menos común), dado que el sentido común es también sentido comunitario y moral orientado a lo concreto, por eso Gadamer lo vinculó  a la phronesis, esto es, a la filosofía práctica, como sindéresis no metódica, por decirlo al modo gracianesco, más bien intuitiva, que se desarrolla en el marco de la tradición de una comunidad histórica de sentido.

Ricoeur propuso razonablemente la conjugación de la actitud de sospecha, que hemos heredado de Nietzsche, Marx y Freud, con la actitud de escucha, ambas ineludibles para cualquier acercamiento a lo imaginario. En lo imaginario echan sus raíces dos tensiones opuestas, si no contradictorias: el anhelo de cambio y de significaciones nuevas: el deseo de utopía y, al mismo tiempo, el conjunto de creencias consolidadas en las que somos y adquirimos identidades personales, significados intuidos, hábitos comunes, sin los que no es posible forma alguna de vida en común, porque es en lo imaginario donde cada colectividad se da forma a sí misma. Lo imaginario es tanto espacio de creatividad como frontera u horizonte, más allá del cual sucumbimos en el abismo del nihilismo.

Y es aquí donde las metáforas de Pessoa, en tanto que “imaginarios apalabrados”, atentan contra los principios de identidad y de no-contradicción. Es este su uso poético y paradójico. Y es la capacidad poética colectiva la que imprime su curso y ritmo a la historia.



[1] Emmánuel Lizcano Fernández, Metáforas que nos piensan sobre ciencia, democracia y otras poderosas ficciones, con prólogo de Santiago Alba Rico, Creative commons, ed. Bajo Cero y Traficantes de sueños, 2006.

jueves, 30 de octubre de 2025

CANCIONES, FILOLOGÍA, HERMENÉUTICA Y FILOSOFÍA.

 

CANCIONES, FILOLOGÍA, HERMENÉUTICA Y FILOSOFÍA.

La filología y la hermenéutica son primas hermanas. La filología y la hermenéutica clásica de Dilthey se centraban en reconstruir el sentido original de un texto, intentando entender al autor incluso mejor de lo que él mismo se entendió. Gadamer, sin embargo, sostiene que la hermenéutica consiste en entrar en diálogo con el texto desde nuestra propia perspectiva histórica, por lo que comprender un texto no se limitaría a reproducirlo en su sentido original fijo. Así, la hermenéutica de Gadamer nace de la filología, pero la trasciende, pasando del estudio del texto al encuentro entre lenguajes, tradiciones y épocas.

En su libro Arte y verdad de la Palabra (2012) Hans Georg Gadamer hace visible su carácter humanista y su defensa de la cultura literaria y artística conviviendo con el inicio de la era tecnológica que domina la civilización actual. Desde antiguamente la poesía fue un objeto especial de la reflexión mucho antes que otros tipos de arte: la poesía fue incluso la vieja rival de las pretensiones de la filosofía como queda reflejado en la crítica que hacía Platón a los poetas y a los artistas en general. En este sentido, Iris Murdoch en su obra El fuego y el sol (1977) refleja los argumentos antiartísticos de Platón: en su obra Las leyes censura las obras de arte por razones políticas y se dan normas para aplicar esta censura de modo eficaz. Platón quería desterrar a los artistas de su ciudad ideal. Opina Murdoch que Platón quiere separar el arte de la Belleza porque considera que la Belleza es un asunto demasiado serio para que se la apropie el arte:

“Pero, aunque Platón concede a la belleza un papel crucial en su filosofía, prácticamente la define para excluir el arte, y acusa a los artistas, de forma constante y rotunda, de debilidad moral o, incluso, de envilecimiento.” (Murdoch, 2016: 13).

Dice Fernando Savater en su libro Las preguntas de la vida (1999) que Platón desconfía de los artistas y nos previene contra ellos porque su fuerza es su capacidad de seducción y su habilidad para producir placer, por lo que no serían candidatos idóneos para ser educadores. Para Platón, el arte y el verdadero conocimiento estarían contrapuestos. El artista nunca representaría lo bueno sino solo lo demoníaco. Continúa Savater diciendo que Aristóteles y otros muchos filósofos han pesado de modo muy diferente, ya que, a su modo de ver, los artistas también exploran nuevas vías de comprensión de lo existente. Efectivamente, en ese sentido tenemos a María Zambrano, quien pensaba que la poesía no es solamente estética, sino que la concebía como una vía de acceso a la verdad, a través de la emoción, la imagen y lo simbólico, uniendo de esta manera la razón filosófica con la intuición poética, acuñando el término “Razón poética”.

Volviendo al libro de Gadamer, nos cuenta que Platón interpretó el mundo de los entes, mediante el concepto ocular del eidos, como imitación, y a la poesía como imitación de ésta, esto es, como una imitación de la imitación. Para Gadamer, incluso en la definición “hegeliana” de lo bello como la manifestación sensible de la idea, sigue sonando Platón. Llega Gadamer a la conclusión de que fue Heidegger quien interpretó la obra de arte como el poner-en-obra de la verdad y defendió la unidad sensible y moral de la obra de arte frente a cualquier dualismo ontológico. De esa manera, para Gadamer, Heidegger rehabilitó la idea de poetizar. Sigue diciendo Gadamer que la palabra se consuma en la palabra poética y se inserta en el pensamiento de quien piensa. Argumenta también que cuando algo se transmite a través de la literatura no se produce ninguna pérdida, mientras que, en otras artes como la arquitectura, los monumentos se quedan en restos de vida pasada, como mudos, en comparación con la tradición escrita. Otra idea es que la tradición épica de los pueblos si está vigente es gracias a la oralidad durante el transcurso de los años y pone como ejemplo las canciones heroicas albanesas. La palabra se consuma en la palabra poética y se inserta en el pensamiento de quien la piensa. Para Gadamer leer es dejar que le hablen a uno. Se produce, por tanto, un momento hermenéutico, ya que el habla requiere la comprensión de la palabra que se dice y considera el fenómeno del leer vinculado a los del oír y al ver. Dice que toda nuestra experiencia es lectura y que la lectura de poesía nos permite una existencia más habitable. Habla también Gadamer sobre las traducciones y la dificultad de traducir poesía, ya que la poesía no solo ha de ser leída y comprendida, sino también oída. Piensa que si un verdadero poeta traduce los versos de otro a su propia lengua el resultado puede ser más bien una poesía propia y/o no la del autor original. 

“En general un poeta verdadero puede hacer de traductor solo cuando la poesía elegida por él puede insertarse en su propia obra poética. Solo entonces podrá imponer su tono propio, también cuando traduce” (Gadamer 2012:92).

De este modo, si el traductor no es un verdadero poeta, la traducción del poema puede sonar artificiosa y extraña ya que faltaría el tono, “la cuerda tensada que debe temblar bajo las palabras y los sonidos si es que ha de ser música”.

“De manera que deberíamos sentir admiración por todos los traductores que no nos oculten completamente la distancia con el original pero que, no obstante, sean capaces de salvarla. Son casi intérpretes. Pero son más que intérpretes” (Gadamer 2012:93).

En este sentido habla Gadamer de la “huella copoetizadora” y señala una frase de Octavio Paz: “Cada poesía es una lectura de la realidad, esta lectura es una traducción que transforma la poesía del poeta en la poesía del lector”.

Cuando un traductor no es un verdadero poeta, piensa Gadamer, la traducción puede resultar artificiosa y extraña, ya que no solamente hay que encontrar equivalencias para los significados de las palabras, sino también para los sonidos. ¿Quiere decir esto que para traducir canciones o poemas, las traductoras o traductores han de ser también poetas? Pues probablemente sí, aunque quizá en algunos casos no resulte imprescindible y necesario.

Personalmente, después de haber leído este libro, he de decir que Gadamer lleva toda la razón. Yo, que humildemente traduje hace algunos años al español algunas canciones de Leonard Cohen y Tom Waits, antes de leer este libro de Gadamer, sabía por experiencia, y más cuando si no solamente se trata de un poema, sino de una canción (que a fin de cuentas es un poema musicado), que muchas veces es necesario cambiar la traducción literal y el significante para que encajen las sílabas o la rima, tratando de no desviarte mucho del contexto, el argumento y el significado general de la canción.  Así, por ejemplo, la canción In my secret life de Leonard Cohen, la traduje como “En mi vida B” y eso mismo fui haciendo con cada uno de los versos transformándolos para que no perdieran el ritmo, la métrica y la musicalidad, pero manteniendo el significado, el contexto y el mensaje de la canción.

En su ensayo La tarea del traductor (1923), Benjamin dice que una traducción no debe reproducir el significado literal, sino prolongar el “eco” del original, hacer resonar su intención poética en otra lengua.

Pero para Gadamer, el lenguaje poético y musical no busca verdades exactas, sino que trasciende la lógica.  Probablemente el pensar humano comience con los sistemas simbólicos de signos, pero: 

“Para el pensar que acompaña al lenguaje y que cubre un extenso espacio de sentido, para el pensar de los poetas y de los que continúan pensando mediante conceptos, el uso de estos signos abstractos es como un deslumbramiento que, más que iluminar la oscuridad habitual, la oculta (...). Los investigadores de la naturaleza apenas pueden concebir por qué los lenguajes simbólicos, tan útiles como son, no pueden ser útiles para otros menesteres (...). En el fondo, en el caso especial del mencionado juego conjunto de palabra y sonido que se da en la canción y en la ópera notamos que este juego conjunto de mundos diversos alude a un secreto fondo común” (Gadamer 2012: 152-153).

En este sentido, para Schopenhauer, el arte es la contemplación de las cosas independientemente del principio de razón en oposición a aquella otra contemplación de la experiencia y de las ciencias:

“¿Cuál será entonces el modo de conocimiento que investigue esa esencia propia del mundo que es independiente y está fuera de toda relación, esa sustancia verdadera de los fenómenos, que no está sometida al cambio y cuyo conocimiento permanece siempre verdadero y siempre el mismo, en una palabra, las Ideas, que son la objetividad inmediata de la cosa en sí de la voluntad? Es el Arte, es la obra del genio. El arte concibe y reproduce por medio de la contemplación pura las Ideas eternas, lo que hay de esencial en todos los fenómenos de este mundo; y según la materia de que se sirve para esta reproducción, constituye las artes plásticas, la poesía y la música. Su origen único es el conocimiento de las Ideas; y comunicar este conocimiento su fin único. Mientras las ciencias, obedeciendo a la corriente incesante de las causas y los efectos, bajo sus cuatro formas, se ven obligadas siempre a correr tras un nuevo resultado, sin encontrar jamás el término de su carrera, sin poder dar satisfacción completa, como no se puede, por mucho que se corra, alcanzar aquel punto en que las nubes tocan el horizonte, el arte, por el contrario, llega a su fin en cualquier instante, pues arranca al objeto de su contemplación de la corriente impetuosa que arrastra las cosas de este mundo y le aísla frente a sí.” (Schopenhauer, 1985: 22).

También Lyotard, en su libro La condición postmoderna (1979), argumenta que el saber científico no puede saber y hacer saber lo que es el verdadero saber sin recurrir al otro saber, que es el relato. Apuesta por el restablecimiento de la dignidad de las culturas narrativas (populares). Reintroduce el relato como validez del saber. Lyotard entiende el lenguaje como un juego, inspirado en la noción de “juegos de lenguaje” de Ludwig Wittgenstein. Hablar es combatir, aunque no necesariamente se juegue para ganar:

 “Cuando Wittgenstein, retomando desde cero el estudio del lenguaje, centra su atención en los efectos de los discursos, nombra los diferentes tipos de enunciados que localiza, y por tanto, enumera algunos de los juegos del lenguaje.” (Lyotard, 2024: 27).

Desde otra perspectiva, en su libro La desaparición de los rituales, el filósofo Byung Chul Han nos dice que rara vez hacemos del lenguaje un uso lúdico, sino que solamente lo utilizamos como medio de información. Para él, el lenguaje juega en los poemas, los poemas son ceremonias mágicas del lenguaje: 

“El lenguaje juega en los poemas. Por este motivo hoy apenas leemos ya poemas. Los poemas son ceremonias mágicas del lenguaje. El principio poético devuelve al lenguaje su gozo al romper radicalmente con la economía de la producción de sentido. Lo poético no produce(...) En los poemas se disfruta del propio lenguaje. El lenguaje trabajador e informativo, por el contrario, no se puede disfrutar.” (Han, 2020: 81).

Para Han, siguiendo a Baudrillard, lo misterioso de la poesía no es el significado, sino el significante sin significado. Piensa que la progresiva funcionalización del lenguaje elimina el sobreexcedente del significante y que las puras informaciones no seducen:

“El lenguaje solo despliega su esplendor, su fuerza seductora gracias al exceso de significante. La cultura de la información pierde esa magia que se basa en el significante vacío. Hoy vivimos en una cultura del significado, que rechaza el significante, la forma, por superficial. Esa cultura es hostil al gozo y a la forma.” (Han, 2020: 83-84).

Sigue argumentando Han que los poemas japoneses conocidos como haikus se definen por el exceso de significante y no comunican nada, apostando por un formalismo y esteticismo intensos. Y da la impresión de que Han apuesta por esto por el mero hecho de atacar al capitalismo, ya que el paquete japonés no revela nada: “La liturgia del vacío pone fin a la economía capitalista de la mercancía”.

Han encuentra en la poesía japonesa, especialmente en el haiku, una forma de resistencia: su aparente vacío de significado y su radical formalismo interrumpen la lógica capitalista de la producción y la mercancía. Sin embargo, no comparto plenamente esta interpretación. Reducir la poesía a una experiencia puramente estética es negar su potencia comunicativa. El fin último de la poesía ha sido siempre transmitir significados a través del juego con los significantes; incluso cuando emplea lenguajes encriptados o simbólicos. En nuestra época está ocurriendo más bien lo contrario: abundan poemas y canciones vacíos de significado, sustentados únicamente en el brillo superficial del significante.

En este sentido, W. Benjamín pensó cómo la poesía explora lo sagrado del lenguaje, para él la poesía tiene un poder filosófico: permite pensar lo no dicho, lo olvidado, lo borrado por la historia. Lévinas ve en la poesía una forma de decir el infinito. La poesía permite un lenguaje hospitalario, capaz de acoger lo inefable, lo infinitamente otro. Para Derrida, la poesía se convierte en un lenguaje que juega con la indeterminación, la ambigüedad y la multiplicidad de sentidos, un lenguaje que nunca se agota ni se fija. Ricoeur estudia cómo la metáfora (base fundamental de la poesía) funciona como un lenguaje simbólico que trasciende el sentido literal.

Por lo tanto, y como conclusión, la poesía y las canciones, deberían ser, y siempre lo han sido en occidente, un lenguaje cargado de significados y de significantes, bien sean directos o encriptados, como ustedes prefieran, pero sin lugar a dudas, siempre han intentado, además de dotarse de un fuerte componente estético o simbólico, transmitir algún tipo de conocimiento. Así que... lo más significante de una canción o un poema es precisamente su significado.

 

 

Bibliografía:

COHEN, L. (1979). In my secret life [Letra traducida al español por J. Cordero] [Vídeo]. https://www.youtube.com/watch?v=XgLeVriN-QE

GADAMER, H.-G. (2012). Arte y verdad de la palabra (J. F. Zúñiga García & F. Oncina Coves, Trad.). Paidós Ibérica.

HAN, B.‑C. (2020). La desaparición de los rituales. Una tipología del presente (Alberto Ciria, Trad.). Herder.

LYOTARD, J.-F. (2024). La condición posmoderna: Informe sobre el saber (M. Antolín Rato, Trad.; 20.ª ed.). Cátedra. (Obra original publicada en 1979)

MURDOCH, I. (2016). El fuego y el sol (J. J. Herrera de la Muela, Trad.). Siruela. (Obra original publicada en 1977).

SAVATER, F. (1999). Las preguntas de la vida. Ariel.

SCHOPENHAUER, A. (1985). El mundo como voluntad y representación. Ediciones Orbis, S.A., Barcelona, Vol. II.