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| Hypnos (Sueño) |
Nadie discute que los sueños forman parte de nuestras vidas.
Otra cosa será el grado de realidad que les asignemos. ¿Trascendentes o
banales? ¿O tal vez una mezcla de ambas cosas? Las representaciones oníricas,
¿son basura de la memoria?, ¿desahogos inconscientes de deseos socialmente inconvenientes?, ¿procuran satisfacciones vergonzantes?, ¿u ofrecen advertencias del espíritu?
Para Jung estaba claro que el sueño es como un teatro en el que el soñante es escenario, actor, apuntador, director de escena, autor, público y crítico. Somos protagonistas de nuestros sueños, pero también involuntarios pacientes de pesadillas.
En su excelente libro El
mundo bajo los párpados (Atalanta, 2011), Jacobo Siruela comienza
demostrando la relevancia histórica de los sueños, para acabar proponiendo un
cambio radical de actitud respecto de ese reino (mundus imaginalis) que la razón positivista o el prurito crítico, tan
totalitario a veces, desprecia.
Indudablemente, los sueños forman parte de la historia
cultural humana. Un ejemplo es el de la periodista judía Charlotte Beradt que se
dedicó a reunir durante seis años más de trescientos relatos oníricos. Anoto
que ninguno de ellos tenía nada que ver con complejos freudianos ni lujuriosos y
edípicos deseos reprimidos, pero sí ofrecían un factor común: la herida
psíquica que producía en los soñantes el clima social de la Alemania del Tercer
Reich. La mente de los durmientes, que nunca para, producía escenarios
oníricos donde una perversa arquitectura transparente privaba de intimidad al
avatar del yo, aboliendo las paredes. Y es que los sucesos históricos y
sociales pueden ejercer un “agobiante peso subliminal” (…) “sobre la porosa
vida nocturna de los durmientes”.
