miércoles, 28 de septiembre de 2022

CIENCIA DESALMADA

 

Caballito reducido a móvil plástico, JBL 2022

La ciencia ha sido el factor más importante de progreso para la humanidad, entendiendo por tal progreso la ampliación de las posibilidades vitales humanas, cuantitativa y cualitativamente. El pensamiento científico se desarrolla en instituciones sociales, asociado a actitudes humanas muy diversas, teóricas y prácticas, pacíficas o bélicas, docentes o comerciales... No obstante, la opción por el materialismo mecanicista, que reduce la realidad a una máquina ciega, no es una directriz científica, sino una actitud filosófica derivada de creencias y principios metafísicos muy generales e improbados.

Así, las fórmulas que desconectan el saber de los sentimientos parecen acreditarse por su frialdad estadística y, dicho poéticamente, por su ausencia de corazón. Sin embargo, puede que con ello se cotice al alza como “objetividad” y garantía de verdad la perspectiva del pesimista o del misántropo. 

Esto es particularmente frecuente en las ciencias sociales que han tendido, por ejemplo, a considerar la bondad o la honestidad como una forma especial de egoísmo radical o larvado. También la psicología positivista o conductista reduce las emociones a secreciones glandulares y algunos filósofos morales –o antropólogos sociales- declaran que la apreciada y dignificadora libertad moral del carácter humano es un fenómeno automático y accesorio del librecambio; el amor, un fenómeno bioquímico de reacción a la circulación de ciertas feromonas. De aquí a pretender que la belleza dependa de una buena digestión o de una adecuada distribución del tejido adiposo –si es belleza carnal- no hay más que un paso… 

Y la cosa se vuelve ofensiva cuando se calculan las cifras de concepciones o de abortos “voluntarios” y los suicidios para demostrar que estos acontecimientos, los más discrecionales de los humanos, también escapan a su albedrío. Y esta actitud deviene grotesca cuando se equipara el ano con la boca, los esfínteres traseros con los labios o la lengua, porque están hechos de la misma sustancia.

Semejantes ocurrencias parten del prejuicio metafísico de que todo saber ha de reducir lo superior a lo inferior, es decir, que todo conocimiento se acredita como desilusionante y por fuerza ha de desencantar al mundo volviendo prosaica su poesía. 

No tratamos con este análisis de desacreditar a la ciencia como saber probado ni el admirable esfuerzo de los científicos que buscan la verdad a sabiendas de que su encuentro puede resultar doloroso al despojar de su aúrea mítica lo que ciertamente hay. Los hechos son testarudos pero innegables. Lo triste y censurable es que a este límpido y abnegado amor a la verdad (realidad) le acompañe un sospechoso gusto por la desilusión y un desprecio injustificable a los relatos que hablan de otras realidades posibles, o que se apareje con la coacción, con la inexorabilidad o con una frialdad amenazante, seca, reprensiva, o con un cierto gusto, incluso, por una concepción diabólica del universo, que hace de este, sistémicamente, una chapuza o una tragedia.

Por eso conviene esclarecer lo que Robert Musil llamó “la equívoca sensación de la verdad y de sus malignas voces secundarias”: la perspectiva misantrópica y la perspectiva satánica, esa carencia de todo idealismo, incluso si se trata de un idealismo moderado, que el autor de El hombre sin atributos (o El hombre disponible), aun con formación matemática, describe como “Utopía [o Distopía] de la vida exacta” y que deja a los cuerpos sin alma, porque “alma es aquello que huye y se escapa cuando oímos hablar de progresiones algebraicas”.

En efecto, el materialismo cientifista desalma cuando pone en duda cualquier bondad (Musil dice “santidad”) del estado actual del mundo, pero no por un precavido y prudente escepticismo, sino dando por hecho que “el pie que más firme pisa es también el que más bajo queda”. Una consecuencia funesta es que en nombre de esta iglesia materialista y atea se desprecian valores humanizadores, a veces en nombre de otros que habrán de llegar, y no llegan. Y entre ellos el óptimo hermanamiento de la verdad con la virtud, o del ser con la belleza.


jueves, 8 de septiembre de 2022

VANIDAD Y AUTOESTIMA

Espejo de Neón, JBL 2021



San Jerónimo le dio forma latina al griego del Eclesiastés, libro sapiencial del Antiguo Testamento. La primitiva versión hebrea se nos ha perdido y se titulaba “Qohélet”, que significa predicador. Su “prédica” se puede resumir en el segundo y rotundo versículo mil veces repetido y comentado en nuestra historia cultural: “Vanitas vanitatem et omnia vanitas”, Vanidad de vanidades y todo es vanidad. Y sigue preguntando e inquietando el sabio Cohélet: “¿Qué saca el hombre de todo el trabajo con que se afana debajo de la capa del sol?” (Ec. 1, 2-3).

Quien nos habla desde hace dos milenios y pico ha perseguido la sabiduría, la ciencia, pero ¡ay!, también ha llegado a la conclusión de que el conocimiento trae consigo desazones, porque quien acrecienta el saber, también acrecienta el trabajo y, por cierto, que por mucha diferencia que haya entre el iluminado y el que yace en tinieblas, el aprendiz de sabio aprende pronto que “una es la suerte que afecta a todos” (Ec. 2, 14) y que la única certidumbre es que morirán igual el sapiente que el necio, porque nada hay estable en este mundo (2,11).

No obstante, este breve libro de máximas gnómicas no es el de un pesimista desesperado, sino más bien el de un judío estoico del siglo III a. C. que nos exhorta a mantenernos equilibrados, en el justo medio y a centrarnos en las labores sencillas, las que nos nutren y mejoran, ¡ninguna que tenga que ver con la guerra ni con la ira, ni con la avaricia ni con la persecución del poder!, pues “no hay cosa mejor para el hombre que atender con alegría a sus ocupaciones” (Ec. 3, 22). 

Limitemos, pues, nuestros deseos de placer, nuestras ambiciones, si queremos llevar una vida digna y merecer los dones de la ciencia y el contentamiento. Sin embargo, por bien que lo hagamos, por justos que seamos, no podemos esperar una retribución divina que consista en bienes materiales. E incluso no está claro para el autor la existencia de un Más Allá que sancione la calidad de las obras del justo y castigue las del impío, porque ha observado que “muere el hombre a semejanza de las bestias”, y se pregunta: “¿Quién ha visto si el alma de los hijos de Adán sube hacia arriba, y si el alma de los brutos cae hacia abajo?” (3, 19, 21).

Tampoco es que esté libre de contradicciones este tratado de filosofía práctica que la tradición semita y cristiana sacralizan. Algunas de sus sentencias e instrucciones parecen, al menos, contrarias. Si por una parte se nos dice que el corazón de los sabios está donde hay tristeza, mientras el de los necios está donde hay diversión, un poco antes se nos ha estimulado a confiar en la ciencia diciéndonos que la instrucción y la sabiduría tienen la ventaja de dar vida a quienes las poseen (7,13 y 15). Además, las sabiduría nos hace sonreír y cambia la dureza de nuestros rostros (cfr. 8, 1). Riamos ante la fragilidad de toda vida humana y ante la desilusión a que están condenados todos los sueños de gloria mundana, ¡porque todo es vanidad!

VANITAS, del latín ’vanus’, vacío, es, para los historiadores, un género artístico que, primero como subgénero del bodegón o de la naturaleza muerta, enfatiza la vacuidad de la vida y la relevancia de la muerte. La vanidad no es aquí sinónimo de soberbia (el peor de los pecados capitales), sino más bien de futilidad, de insignificancia y fragilidad. A fin de representar la vanidad humana, los señores romanos se hicieron pintar cráneos y esqueletos en las paredes de sus salones pompeyanos. En la Edad Media fueron frecuentes las Danzas de la Muerte, pero fue el Barroco el que llegó a hacer de la Vanitas un género tan recurrente como independiente.

Antonio de Pereda. Alegoria de la Vanidad.


Vanitas es género estético que pretende moralizar. Y por supuesto es posible y necesario contener la vanidad, pero nosotros sostenemos que deshacerse por completo de ella sería suicida. Por eso, al nivel óptimo de vanidad necesario para sobrevivir con relativo contento, gracia y alegría, le llaman autoestima los psicólogos (esos curas modernos). Es pésimo perder la autoestima, extraviado está quien pierde por completo la confianza en sí mismo, pero tampoco es mejor ir “de sobrado por la vida”. Hoy se tiende a hipertrofiar la vanidad de nenes, hijas y pupilos, hijos y tutorandos, por temor a que pierdan la autoestima, hasta convertirlos en narcisistas y onfalócratas, que no piensan más que en sí mismos y en el discutible y dudoso poder de su admirado ombligo. Son esos que creen que su gusto es el principal criterio de lo justo. Exageran el cuidado de sí mismos en detrimento del cuidado del prójimo, del que de una y otra manera dependemos casi absolutamente.

Ya lo dice el sabio del Eclesiastés: nadie conoce su fin e igual que los peces muerden el anzuelo y las aves caen en el lazo, así los humanos son sorprendidos por la adversidad “que les sobrecoge de repente” (9,1). Todos estamos expuestos a males e injusticias, por mucho que invirtamos en seguridad pública o privada y por muchos seguros que paguemos.

Dos de mis asiduos compañeros de Twitter me han hecho estos días reflexionar sobre el tópico humanista de la Vanitas. La profesora, traductora y escritora, Bea Galán (@beagalane), denunciando sagazmente cómo todas esas generalizaciones arbitrarias del tipo “todas las mujeres son…”, “todos los políticos son…”, etc., esconden la vanidad de un yo en toda regla, taimado, tal vez, y hasta cobarde, pero –a mi juicio y sobre todo- un yo vanidoso. Y es que pensar es pensarse y sólo alcanzamos a ver y oír con los ojos y oídos que somos o, provisionalmente, con los que estamos. ¡Es inevitable! La razón generaliza según el arbitrio e interés del sujeto que razona, y no existe La Razón (ese ídolo ilustrado), sino las cavilaciones de los individuos que tienen muchas maneras de pensar, evaluar y decidir, más o menos racionalmente. Kant insistió en que todo pensar supone un sujeto al que por eso llamó “trascendental”, es decir que hace posible el cogitare su-poniendo, afirmando -como intuyó Descartes- la existencia del sí mismo con cada pensamiento. Porque soy, pienso; porque soy como soy, pienso como pienso.

Por su parte, el también profesor Javier Barrientos (@todomejorqenada) expresa con agudeza de satírico: “la vanidad es tan poderosa que mucha gente no puede sustraerse a ella ni cuando se esconde tras un pseudónimo”. ¡Y es que a todos nos gusta ampliar nuestro radio de acción! “Voluntad de poderío” llamó Nietzsche a esa pulsión, que en algunos, por exceso, llega a compulsión.

¡Mas seamos tolerantes! Al menos, consintamos mientras la afirmación del Yo no vaya en menoscabo o desprecio del Otro. Disculpemos las vanidades, pues todas arden condenadas a devenir ceniza. ¿Cómo no ceder al placer incomparable de hablar de uno mismo? –se preguntaba retóricamente el hada Melusina de Mujica Laínez. Hablar de uno mismo, explicarse, conseguir que nos oigan, y que hablen también de nosotros (¡sumo logro!), es una voluptuosidad tan vieja como la historia del mundo. Los pequeños progresos que hemos logrado en la Tierra le deben mucho, si no todo, a ese afán ingenuo e ilustre, desesperadamente compartido por insignificantes y por magníficos, por pusilánimes y por magnánimos, por insensatos y por templados, por todólogos y por verdaderos expertos, por sofistas y por sabios. “Autodifusión perpetuadora”, le llama el hada de El Unicornio (1979) de Manuel Mujica Laínez a esa pasión “humana demasiado humana” y yo diría que también humanista. Y a continuación, Melusina sentencia y advierte:

“El triste día en que dejemos de hablar de nosotros mismos, nos habremos quedado sin el sentido de nuestra eternidad y el mundo se derrumbará en cenizas tristes. El arcángel exterminador aprovechará esa hora propicia”.

HUMOR ANDALUZ

JBL & F., Larvas 2022


Cualquier personalidad cuenta con múltiples facetas como poliedro irregular de muchas caras diferentes. Contribuye a ello el que seamos una raza nómada. Por eso necesitamos viajar, salir, cambiar de aires, activar los sentidos, renovar la memoria, enriquecer la imaginación. Uno es de aquí y de allá, uno es sobre todo del paraíso, del purgatorio o del infierno de su infancia. Uno es de donde ha hecho la Secundaria y más de donde pace que de donde nace. Sin hacer colas ni soportar aglomeraciones, retrasos o esperas, también se puede migrar a esas ciudades fantásticas que inventó la genial imaginación de Italo Calvino. Es también la lectura un viaje barato, un transporte en el tiempo y una metamorfosis de identidades.

Pero sin duda la geografía, el medio físico y la circunstancia histórica y cultural, nos moldean. Los hábitos que se nos imponen nos dan forma, el clima influye en el talante, en el estado de ánimo... Pues bien, sucediome en el siglo pasado compartir tertulia, farra callejera y fiesta tabernaria con un grupo de maestros gallegos que me convirtieron, al tomarme por andaluz, sin yo casi querer, rápidamente y de improviso, en showman, porque uno también se ajusta, aun involuntariamente, a las expectativas del prójimo. Por eso se ha probado que si el maestro da por hecho que está tratando con zoquetes y sólo con memos, fabricará zoquetes porque sus pupilos se sentirán cómodos en el Reino de Memez; si el maestro supone que ha dado con talentos, sus discípulos al menos intentarán no defraudarle y algunos alcanzarán la excelencia que, como el valor en el ejército, ha de suponérseles siempre a priori, como idea o suposición proversiva, de proyecto o previsión.

“Tú, andaluz, serás el chistoso de esta noche, nuestro juglar particular” –ese fue el mensaje telepático que recibí en aquella noche coruñesa de salsa caribeña (nada de gaitas) y tirantes cubanos. De nada me hubiese servido protestar diciendo que soy medio andaluz, medio levantino, medio manchego y, por demás, un afrancesado que adora la Toscana y la platónica costa de Sicilia. El caso fue que hice reír con el chistario recordado, pero cuando conté algún chascarrillo de humor negro (que hoy los wokistas o guoqueros denunciarían por políticamente incorrecto y hasta inmoral), un cuentecillo de esos en que el hombre del sur –o tal vez el Viejo del Mediterráneo- se ríe del dolor, de la estupidez humana y hasta de la muerte, dejé a mis compañeros atlánticos boquiabiertos, perdidos y como perplejos, porque les resultaba incomprensible que uno pudiese reírse así de nuestras miserias y debilidades.

Y es que el humor negro, tal vez más andaluz que español, revela esa especie de familiaridad con la muerte y el sufrimiento, ese reconocimiento de su poder universal e igualatorio que llegó a hacerse tópico de la literatura senequista. 

Es curiosa la influencia que ha ejercido este autor romano, Lucio Anneo Séneca, preceptor y víctima de Nerón, sobre el modo de pensar y sentir de nuestras gentes, aunque naciera en la Córdoba precalifal y precristiana… Autor estoico al que Nietzsche consideraba un “toreador de la virtud” y Antonio Machado un “mediano moralista y trágico de segunda mano”. Trágica fue sin duda la obra y la vida de Séneca, al que Pemán actualizó para una serie de televisión in illo tempore encarnándolo en un personaje popular. He oído el eco de esa voz que mira con indiferencia al mal que no practica en la barra de un bar de Cádiz, ciudad antigua, fenicia, el eco de Séneca en el ánimo imperturbable de un tabernero filósofo.

El Séneca de José María Pemán


Tal vez por ese sentimiento trágico de la vida que inmortalizó un vasco españolísimo apellidado Unamuno dejó escrito Gerald Brenan, el intelectual inglés enamorado del paisaje y paisanaje de las Alpujarras, que “Andalucía es la tierra más alegre de los hombres más tristes del mundo”. Porque desde el pensamiento de la muerte los cuidados y preocupaciones de este mundo se muestran vanidad de vanidades y emperifollada ilusión. Brenan, en Al sur de Granada (X), observa esta esencia de la sabiduría popular andaluza que seguramente es extensible, si bien rebajada, a toda la cultura hispana. Por eso –dice- al cementerio se le llama aquí la Tierra de la Verdad.

Inversión, F & JBL, 2022


“Todo es mentira” –decía mi abuelo Agustín, que se cuidaba mucho de no aplicar su retórica nihilista en los negocios. “La vida es una ilusión”. Esta idea aqueja sesgo orientalista y recuerda metáforas indíes como la del velo de Maya. “La vida es una ilusión, porque termina” -explicaba Rosario, la paisana de Yegen a don Geraldo. No obstante, un pensar así mina el gusto por el placer, vuelve a la gente austera y predispone contra Epicuro.

Es precisamente un cierto fatalismo y el sentimiento de lo trágico tan presente en nuestras almas lo que permite comprender –y exige tolerar- rituales como las corridas de toros y artes como la tauromaquia, así como otras costumbres de nuestros pueblos que hoy los urbanitas metropolitanos pretenden abolir con escrúpulos de niños maltrabajados. En esos ritos ancestrales, la mirada de un extranjero poco avisado también desbarraría reconociendo sólo maltrato o brutalidad donde lo que hay es un verdadero sacramento, un misterio trágico en que se expresa un sentido existencial que supera toda lógica, incrustado en la historia como una joya antiquísima.

Cuenta Brenan el duro episodio que contempló en Yegen: Unos chicos ataron a un perro que se había roto las patas cayendo de un tejado y lo arrastraban por el pueblo mientras el animal ladraba lastimero. Los mayores no aplaudían, pero dejaban hacer. Escribe el británico transterrado: “Ante la muerte y el sufrimiento se opera en algunos españoles un cambio misterioso…, como si sus propios instintos de muerte se desataran y obtuvieran una satisfacción vicaria. No es sadismo ni amor a la crueldad, sino una especie de fascinada absorción por lo que consideran el momento culminante de la existencia”.




Hay, desde luego, mucho de pesimismo en esta actitud. No es casual que un potente pesimista como Schopenhauer haya sido y sea tan leído y comentado en España. El pesimismo hispano se ha expresado en un arte exuberante y en el patetismo de la imaginería barroca, también castellana, en la extraordinaria parafernalia de nuestras procesiones de Semana Santa, un formidable espectáculo gratuito y popular. Subyace bajo todas las aparentes alegrías el lamento, el silencio, el recogimiento de la Madrugá. Es el “polvo del camino” de las romerías que sintetizan paganismo y cristianismo, sacrificio y bacanal, y cuyo origen se pierde en la noche de los aconteceres, donde el mismo tiempo (enemigo acre) se deshace o repite en instantes significativos de intensa emocionalidad y comunión pública. Es igualmente el polvo del camino del que venimos todos y al que todos volveremos.

No obstante, se equivocan quienes piensan que el andaluz se recrea en la pobreza y la tristeza. Todo lo contrario. No conozco otro lugar en el mundo en que los amigos se peleen por pagar las copas. En contextos públicos o festivos la generosidad y capacidad del andaluz para ejercer de anfitrión o agasajar a una visita son proverbiales. Por supuesto que la guasa, la chirigota, la “juerga” (palabra esta que empezó siendo andalucismo y se ha universalizado como el gazpacho) pueden entenderse como mecanismos compensatorios. A veces se percibe desde fuera como frivolidad o falta de seriedad lo que en el hombre del Sur y del Levante es distancia y escepticismo (“escepticismo extremado”, le llama A. Machado en su Juan de Mairena, XXXIV), más un notable esfuerzo escénico…, como el que me tocó a mí hacer ejerciendo de “andaluz” en aquella noche coruñesa, un esfuerzo por mantener alta la moral del grupo y animada la conversación.

El carácter pacífico de la cultura andaluza, versátil, adaptable y antidogmático, se debe seguramente, al menos en parte, a la radical sacralización de la dignidad de las personas (personalismo endémico del “nadie es más que nadie” o “todos somos personas”), al margen de todas sus contingencias, incluidas nuestras más ridículas miserias. Es un humor que distingue netamente -como María Zambrano- entre persona y personaje. Ningún tipo de "personaje" evita la caricatura, ningún personajillo se salva de la guasa, porque se salva siempre la persona, esa que oculta y deforma el personaje.

Del autor:

https://www.amazon.com/-/e/B00DZLV35M
https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1636897
https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm

Sobre el injusto maltrato recibido por José María Pemán, excelente escritor, por parte del estalinismo, la ignorancia y el "olvido histórico" del siglo XXI cfr.: "Cuando Pemán se adelantó a 'Kichi'".



miércoles, 20 de julio de 2022

FELICIDAD AL ALCANCE

 Me han regalado este pequeño libro que recoge una conferencia del filósofo Comte Sponville impartida hace unos 20 años. Lecciones de sabiduría antigua, moderna y contemporánea que no pasan de moda. Se inspira en todos los filósofos que hablaron del tema: Platón, Aristóteles, Epicuro, Pascal, Spinoza. En principio y por delante me siento más cerca de los griegos que de Spinoza, pero la lectura de Comte Sponville en este preciso tema acaba dándole la razón a Spinoza y quitándosela a Platón, que pretendía una felicidad de primer grado, eterna, quizás inhumana.

LIVRE : Le bonheur, désespérément d'André Comte-Sponville - Fringues de  séries

Comte Sponville medita en favor de una felicidad de "segunda clase", de andar por casa, cómo ser feliz en medio  de las contrariedades, tropiezos, insatisfacciones que nos deja la vida.

Ya es triste pensar con Camus que los hombres mueren sin haber sido felices.

jueves, 30 de junio de 2022

BOTÁNICA SODOMITA (M. Proust)

Cópula de Anthaxia dimidiata (Buprestidae), agosto 2010


Por no aburrirse, Marcelo contempla por la ventana una planta preciosa y se pregunta si por un azar providencial vendrá el improbable insecto a visitar el pistilo ofrecido y desdeñado. La espera de la flor femenina –reflexiona- no es menos pasiva que la de la flor macho, cuyos estambres se han apartado espontáneamente para que el insecto pueda recibirla mejor; de la misma manera, la flor hembra, si el insecto viene, arqueará coquetonamente sus “estilos”, y para que la penetre mejor, le hará imperceptiblemente, como una jovenzuela hipócrita pero ardiente, la mitad del camino.

Parafraseo esa descripción, que no es de un botánico, sino de Marcel Proust (1871-1922), del principio del cuarto volumen de En busca del tiempo perdido, intitulado Sodoma y Gomorra (Alianza editorial), monumental novela inacabada y publicada entre 1913 y 1927. La conclusión del escritor francés es que las leyes del mundo vegetal están regidas a su vez por leyes más altas… 

“Si para fecundar una flor se requiere generalmente la visita de un insecto, es decir, el transporte de una semilla de una flor a otra, es porque la autofecundación, la fecundación de la flor por ella misma, como los matrimonios repetidos en una misma familia, determinaría la degeneración y la esterilidad, mientras que el crecimiento operado por los insectos da a las generaciones siguientes de la misma especie el vigor que no tuvieron sus mayores. Pero este impulso puede resultar excesivo, puede desarrollarse la especie desmesuradamente; entonces, como una antitoxina defiende de la enfermedad, como el tiroides detiene nuestra obesidad, como la derrota castiga nuestro orgullo, la fatiga el placer, y como el sueño nos descansa a la vez de la fatiga, así un acto excepcional de autofecundación viene en el momento oportuno a apretar el tornillo, a echar el freno, a hacer que vuelva a la norma la flor que se había salido demasiado de ella”.

Capítulo antológico de Gaya Botánica. Es difícil encontrar un discurso que encarne mejor el valor de consiliencia cultural que nosotros defendemos, es decir que case tan expresivamente la observación naturalista y científica con el discurso estético y moral; las ciencias, con las letras. Lo sorprendente del texto proustiano, a parte de su inconfundible estilo rococó y saint-simoniano, es que use el tema de las flores en brillante y sensible analogía para un foro singular: el lance homosexual entre el barón de Charlus y el chalequero Jupien, que el escritor mira –indiscreto mirón- tan extasiado como contempla la polinización de una orquídea…

Orquídea silvestre



En efecto, Jupien, abandonando el aire humilde levanta la cabeza en perfecta simetría con el barón, adopta un porte digno: 

“apoyaba con grotesca impertinencia el puño en la cadera, sacaba el trasero, tomaba posturas con la coquetería que hubiera podido tener la orquídea ante el moscardón providencialmente aparecido”. 

Sí, sin duda el espectáculo de cualquier amor, incluido por supuesto el gayo, el lésbico y el clandestino, resulta emocionante y excitante. Y un mismo hombre, si se le mira con la intensidad analítica de la mirada proustiana, puede parecer sucesivamente hombre-pájaro, hombre-pez y hombre-insecto.

Al voyeur Proust, el cortejo de Juspien y Monsieur Charlus (cincuentón y tripón) le parece el de dos pájaros, macho y hembra, intentando el macho avanzar, no respondiendo ya la hembra  con ninguna señal (
el más joven chalequero), pero mirando a su amigo sin extrañeza, con una fijeza atenta y turbadora, limitándose a alisarse las plumas, como dama que se atusa los cabellos. De la seguridad de haber conquistado, a hacerse perseguir y desear. Juspien hace como que se va a trabajar a su taller, pero se vuelve y mira significativamente un par de veces al barón, que se lanza a la captura de su presa (las metáforas de la caza son tan viejas como el dios Eros para representar sus lides). Y añade Proust que en el mismo momento en que Monsieur de Charlus cruzó la puerta silbando como un moscardón, otro de verdad entraba en el patio. “¿No sería el que la orquídea esperaba desde hacía tanto tiempo y que venía a traerle ese polen tan raro sin el cual continuaría virgen?".

Proust nos deja claro que sin la menor pretensión científica de identificar ciertas leyes de la botánica con lo que se llama a veces homosexualidad (muy mal llamado según él), expiando aquel encuentro físico, el autor-voyeur llega a la conclusión de que hay una cosa tan estrepitosa como el dolor, ¡y es el placer!, sobre todo cuando va a acompañado de los cuidados inmediatos de la limpieza. Alude aquí Proust a la Leyenda Dorada de Jacobo de la Vorágine, arzobispo de Génova, obra del siglo XIII que cobró extraordinario éxito popular y en la que se cuenta con pelos y señas el desollamiento de san Bartolomé, el asaetamiento de san Esteban y el combate entre san Jorge y el dragón...

Larva de mariquita (Coccinella septempunctata)



Corriendo a efebos por las estaciones y calles de París, presumía el elegante y aristocrático Monsieur de Charlus de contar con tres papas en su familia y afirmaba que a los jóvenes que le huían sólo el respeto les cerraba la boca para gritarle que le amaban. Los prefiere de rango social eminente (como Wilde para su ruina). Proust lo incluye entre esos raros seres -menos contradictorios de lo que parecen-, cuyo ideal es viril, precisamente porque su temperamento es femenino. No aquejan afeminamiento e incluso se manifiestan contra él, pero, ¡oh tragedia!, les está vedado ese amor cuya esperanza les da fuerza para soportar riesgos y soledades, pues se enamoran precisamente de lo que Lorca llamó “varón varonil”, de un hombre que no tiene nada (o muy poco) de mujer y que, por consiguiente, no puede amarlos. Y añade Proust: 

“de suerte que su deseo no se vería nunca satisfecho si el dinero no les proporcionara verdaderos hombres y si la imaginación no acabara por hacerlos tomar por hombres verdaderos a los invertidos con los que se han prostituido”.

Proust se complace en recordar que Sócrates fue uno de ellos –seguramente también Platón, y más cerca de nosotros lo fue Wittgenstein, al que muchos consideran el filósofo más profundo del siglo XX-. Sin embargo, no había “invertidos” ni “anormales” cuando la homosexualidad era casi norma, a la que el autor, superando los prejuicios de su tiempo,  considera más disposición innata que una enfermedad incurable. Forma según él una “masonería” mucho más extendida, más eficaz y menos señalada que la de las logias, “porque se funda en una identidad de gustos”. Puede que en los tiempos de Proust, o sea a principios del siglo pasado, los miembros de esta comunidad no desearan conocerse, ni fueran tan recurrentes y conocidos los “lugares de alterne”, pero “se reconocen inmediatamente por signos naturales o convencionales, involuntarios o deliberados”. Y no obstante, entre ellos reina la estrecha camaradería de los especialistas, pero también las feroces rivalidades de los coleccionistas -añade.

Afortunadamente, las sociedades civilizadas han superado la reprobación de aquello que se perseguía o reducía injustamente a vicio o minusvalía. De la protección insegura de un secreto vergonzoso y una tendencia no elegida, hemos pasado a la presunción orgullosa de una predisposición natural, seguramente heredada, a la que no puede atribuirse ningún mérito ni demérito, precisamente porque no se elige. Nadie es mejor o peor por naturaleza, según la venerable sentencia de Aristóteles. La consideración de la homosexualidad como algo "contra natura" ha pasado felizmente a la historia, salvo donde las culturas no han dado en civilizarse. 

El espasmo histérico o la convulsión de manos y rodillas en un cuerpo masculino ha dejado de repugnar socialmente en la sociedad civilizada y ya no sólo no es ridiculizado por el machismo en retirada, sino espectacularizado con éxito por las cadenas y rentabilizado con creces por la Sociedad del Espectáculo. No hay síntesis histórica que no reclame nuevas antítesis, según la lección que Hegel mismo no se aplicó. 

En cualquier caso, doy fe como de que "entre los que entienden" los hay que se creen superiores a las mujeres, que las desprecian y erigen la homosexualidad en privilegio de grandes genios y de épocas gloriosas, y predican su afición con celo de apostolado, como otros predican el comunismo, el veganismo, el animalismo, el fascismo o el anarquismo.

Y por supuesto los hay –como recuerda Proust- con mujer, dos queridas y seis hijos. Y se pregunta: “¿Por qué, si admiramos en el rostro de este hombre delicadezas que nos seducen, una gracia, una naturalidad en la amabilidad que los hombres no tienen, hemos de sentirnos desolados al saber que ese joven busca a los boxeadores?”. 

Se atreve el autor a arriesgar una hipótesis para estos amores físicos, espirituales o imaginarios, amores que pueden descender a esa promiscuidad compulsiva que los simbolistas llamaron envie de boue, pero también pueden ser castos y más interesados por conservar la estimación que la posesión. Recuerda también, por su atildamiento, el resplandor con que se adornan ciertos insectos para atraer a los de su misma especie, y su lengua insólita. Y cómo a veces, la satisfacción de las necesidades sexuales –también en ciertos heterosexuales- depende de la coincidencia de tantas condiciones, que no hallan satisfacción alguna, o muy raramente. 

Zerynthia rumina. Bacayo, 21 marzo 2009



La homosexualidad cultural suele remontarse al antiguo Oriente o acreditarse en la edad de oro de Grecia, pero según Proust la cosa vendría de más lejos, de aquellas épocas de prueba en que no existían ni las flores dioicas (con dos sexos) ni los animales unisexuados, el atavismo procedería de aquel hermafroditismo inicial (como el de los caracoles) de cuyos rudimentos de órganos machos parecen quedar huellas en la anatomía de la mujer y de los femeninos en el hombre… 

“Yo encontraba la mímica de Jupien y de Monsieur de Charlus tan curiosa para mí como esos gestos tentadores que, según Darwin, dirigen a los insectos las flores compuestas alzando los semiflorones de sus capítulos para que las vean de más lejos”. 

Jupien había revoloteado en torno al barón como la orquídea provocando al moscardón. Concluye Proust diciendo que sería un funesto error crear un “movimiento sodomita o reconstruir Sodoma”. 

“Pues, apenas llegados, los sodomitas abandonarían la ciudad para no parecerlo, tomarían mujer, tendrían queridas en otras ciudades donde, además, encontrarían todas las distracciones convenientes. No irían a Sodoma sino los días de suprema necesidad, cuando su ciudad estuviera vacía, en esos tiempos en que el hambre echa del bosque al lobo. Es decir, que, en Sodoma, todo sería igual que en Londres, en Berlín, en Roma, en Petrogrado o en París”. 

El capítulo, genialmente, regresa o recupera la analogía botánica y entomológica. Lamenta el escritor que “por atender a la conjunción Jupien-Charlus, acaso había dejado de ver cómo el moscardón fecundaba la flor”. Y es que no se pueden atender dos espectáculos a la vez.

Nota bene: La primera versión de este artículo se publicó en nuevodiario. La información como idea, en el "Día del orgullo gay"

Del autor:

https://www.amazon.com/-/e/B00DZLV35M
https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1636897
https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm

domingo, 26 de junio de 2022

Ph. GUILLEMANT , DEL TRANSHUMANISMO AL DESPERTAR DE LA CONCIENCIA

"Todo lo que no surge en la conciencia regresa en forma de destino". Carl Gustav Jung.


Tras Noosfera y el pensamiento de Teilhard de Chardin y Vernadski, un nuevo libro se hace eco particularmente de este concepto y el surgimiento de una conciencia colectiva.
El autor, Philippe Guillemant, es físico, investigador del CNRS y ha trabajado muchos años en el campo de la Inteligencia Artificial. También ha recibido varios premios por su trabajo.


Es pues una mente aguda familiarizada con el método científico, pero que no prescinde del alma y de la intuición para realizar sus investigaciones y desarrollar su trabajo.

sábado, 18 de junio de 2022

PERSONAS Y CLONES

 

Clones, JBL 2022

Con el refinamiento tecnológico del teletransportador el viaje de la Tierra a las Colonias de Marte no duraba más que unos minutos. La empresa Kinesion Preston se encarga de todo por un precio módico.

Pero ahora la empresa internacional de teletransporte se enfrenta a la demanda de un cliente descontento con sus servicios, porque acusa a Kinesion Preston de haberlo matado. En efecto, alega que el transportador funciona escaneando mediante precisa tomografía auxiliada por un potente ordenador cuántico todo el cuerpo del presunto viajero, célula a célula, pero a la vez que las destruye. El sistema transmite la información a Marte, a la velocidad de la luz y allí se reconstruye el cuerpo célula a célula y por supuesto el cerebro con sus millones y trillones de neuronas y conexiones sinápticas. La persona de marte parece, siente y piensa como la terrestre. Desapareció en el planeta madre y aparece aquí, en el planeta rojo.

Sin embargo, el demandante aduce que lo que sucede en realidad es que te asesinan y te sustituyen por un clon.

¿Cómo puede el demandante pensar que le han asesinado y al mismo tiempo demandar a Kinesion Preston en los tribunales?

¿Somos o no somos, sólo, nuestra conciencia?

Si encontrásemos la forma de duplicar la conciencia y todo su repertorio mnémico en un soporte físico, ¿seguiríamos siendo nosotros mismos?

Nuestras células cambian todas a lo largo de nuestra vida, por tanto ¿no es la continuidad mental -sobre todo la capacidad de rememorar-, más que la continuidad física, la que nos identifica como personas? Es la continuidad psicológica la que cuenta.

Imagine que hace años le abducieron los alienígenas mientras usted dormía. Procesaron todos los datos de su cuerpo, como resultado de esa intervención le destruyeron, pero hicieron copia exacta y la mandaron con un teletransportador a su casa devolviéndola a su cama sin que usted se diera cuenta de nada. Al despertar de su sueño, ¿sería usted otra persona?

Fuente: Julian Baggini. El cerdo que quería ser jamón, 2. "Teletranspórtame...", Ático de libros, 2022.