lunes, 17 de abril de 2017

LA CONCEPCIÓN ESTRUCTURISTA DEL SER HUMANO Y EL PROBLEMA DE LA RESURRECCIÓN Y LA INMORTALIDAD DEL ALMA.



Xavier Zubiri, cristiano intelectualmente comprometido con la ciencia de su siglo, se enfrentó con la dificultad de conciliar su fe con su concepción del ser humano como unidad estructural de cuerpo y psique, entendida esta unidad, no como la adición de dos sustancias, el cuerpo y el alma, sino como estricta unidad psico-órgánica.

viernes, 14 de abril de 2017

CRANEO CARTESIANO



LOS HUESOS DE DESCARTES

Dos afirmaciones del autor Russell Sharto filósofo de formación aunque dedicado al periodismo pueden servir para introducir el comentario a este libro titulado “Los huesos de Descartes”.
Por una parte nos dice: “Descartes puede considerarse no solo del padre de la filosofía moderna sino en muchos aspectos importantes el de la cultura moderna y más adelante, a través de la exportación de sus ideas, el padre de la gran cultura mundial.”

sábado, 8 de abril de 2017

SOLEDAD NO ES AISLAMIENTO


En una de sus disertaciones se preguntaba Gadamer (*) si el aislamiento es un síntoma de autoenajenación. Seguramente, el aislamiento como soledad no buscada, no querida, como abandono de los amigos, como abandono de Dios. Ese abandono que expresó Cristo en sus últimas palabras en la cruz. 

Gadamer ve una íntima relación, en toda experiencia religiosa, entre el abandono del otro y el abandono de Dios, pues el mandato cristiano ve juntos el amor del prójimo y la relación con Dios. También cita en su apoyo la sabiduría pagana de Eurípides: "Abrazar a los amigos, esto es Dios". Holderlin le llamó "la esfera comunitaria que Dios es". Los cultos se rinden en fraternidades, en cofradías, mejor que en sectas. Pero también en el cristianismo conocemos la soledad del devoto, la del monje, la del cartujo, la del anacoreta, que remite a la soledad del Hijo de Dios. También está la soledad del penitente que en las procesiones de Semana Santa se aísla eventualmente del tiempo y del espacio común y corriente con su capirote y su máscara.

La búsqueda voluntaria de la soledad es otra cosa que el aislamiento. En muchos lugares de Alemania -recuerda Gadamer- hay un "Camino del filósofo" para aquel "que tiene un oído histórico". Tal vez no sea muy natural que alguien desee pasear solo, buscando ese tiempo de interioridad, o la ensoñación divagante, en mitad de la inocencia de la naturaleza -como Rousseau-, huyendo de la corrupción de las costumbres.

Uno no busca en tal caso el aislamiento sino el rumor de los arroyos, el zumbido de los insectos trasegando néctar entre las flores: la serenidad, la calma, el ensimismamiento, "el callado aliento de la naturaleza que lo acepta a uno en su vida como con un gesto de simpatía". También la soledad puede embriagar, sobre todo si es soledad que anhela la captura de algo valioso, algo que puede ser el simple sentirse uno ahí a sí mismo, un sí mismo que, lejos de los cantos de sirena de los Media, puede parecer un otro.

En una de sus prosas poéticas lo dijo Baudelaire: De la dispersión y de la concentración del yo, ça c'est tout! Saberse dispersar (divertir, olvidarse de sí) y saberse concentrar (volver a sí, recogerse) con orden y oportunidad, en eso tal vez consista una gran parte del arte de savoir vivre, la técnica del buen vividor. "Voy a recogerme" -dice la gente en mi pueblo cuando está ya harta de calle, de cantina, de bar, de terraza, de conversación, incluso de amigos...-. Y uno parte del ágora, de la plaza pública, hacia el rincón íntimo, a la captura de algo a la vez interior y ausente.

Hay una soledad no del todo voluntaria que está oculta en el poder... Una vez fui nombrado director de una institución, el efecto inmediato fue cierto aislamiento, un seguro descender el tono de la voz de mis subordinados cuando me hallaba cerca. La adulación o el temor tejen aquí el velo de la soledad que rodea al que ostenta algún poder. El coronel no tiene quien le escriba.

Pero la soledad del sabio no tiene mucho que ver con dicho abandono. Aldous Huxley, enorme escritor y visionario, dejó escrito que cuanto más poderosa y original es una mente más se inclina hacia la religión de la soledad. Sí, religión mejor que región. Me he preguntado muchas veces si no será eso la religión: lo que uno hace con su soledad

Es verdad que el sabio acaba por no compartir la mayoría de los intereses de los demás, tal vez disimule su desilusionada mirada sobre la realidad, que es la mirada de Sócrates cuando desciende con afán pedagógico de la luz del sol a la umbrosa caverna. El liberado de ideologías, de opiniones, de tópicos, de vanidades, ya no puede compartir el atracón de apariencias que se están pegando sus antiguos compañeros de presidio. Zarathustra, el apócrifo de Nietzsche, perdió del todo ese sentir común; se quedó arriba, en las altas cumbres del descubrimiento doloroso, escupiendo desesperados sarcasmos, mirándose la sima de su ombligo, en el que se hundían todos los valores precedentes.

Así que la soledad querida -concluye Gadamer- es algo completamente distinto al aislamiento. No es una experiencia de pérdida ni de renuncia. "El aislamiento se padece, en la soledad se busca algo".

Nota bibliográfica

(*) Hans-Georg Gadamer, "El aislamiento como síntoma de autoenajenación". En Elogio de la teoría (discursos y artículos). Península, trad. Anna Poca, Barcelona, 1993.

domingo, 12 de marzo de 2017

EL FRACASO DE LA FILOSOFÍA INCOMPRENSIBLE

nzz.ch

Por la traduccion Ana Azanza 

Richard David Precht habla del presente: «La Filosofía tiene por delante una nueva edad de oro»

Claudia Mäder
Entrevista 19.11.2016
El filósofo alemán Richard David Precht sondea la delgada línea entre el sentido profundo y el débil y explica para qué sirve la reflexión sobre la vida en tiempos de crisis.


«Philosophie heisst, dem Leben einen Sinn geben.» - David Precht Philosoph, Talkshow-Gast, Dozent und Bestsellerautor (Bild: PD)

«Filosofía significa dar un sentido a la vida» - David Precht
Filósofo, presentador, profesor
y autor de bestsellers (Imagen: PD)

 

viernes, 30 de diciembre de 2016

ZEN Y FILOSOFÍA


(En memoria de Umberto Eco, 1932-2016)


Introducción


En una sobresaliente disertación de 1959, reeditada en 1962 en Obra abierta, Umberto Eco examina las relaciones entre el Zen y el Occidente. El impacto de esta mística oriental en la Usamérica de la beat generation, la influencia del magisterio del maestro Daisetz Teitaro Suzuki. Eco ensaya explicar por qué el Zen y por qué en esos momentos tuvo tan gran predicamento en Norteamérica y Europa, o sea los elementos del Zen que han podido fascinar a los occidentales.

El Zen es una actitud fundamentalmente antiintelectual, de elemental y decidida aceptación de la vida en su inmediatez, en su libre fluir, en su positiva discontinuidad. En esta categoría de la discontinuidad halla una cierta clave, pues la cultura occidental moderna ha destruido definitivamente los conceptos clásicos de continuidad, de ley universal, de relación causal y previsibilidad de los fenómenos. En general, la filosofía occidental ha renunciado a elaborar metafísicas (a no ser que tomemos cosmologías como la del big bang por tales), prescindimos de módulos definitivos que expliquen el mundo. La discontinuidad irradia en conceptos como ambigüedad, inseguridad, incertidumbre, azar, probabilidad... Tras la teoría general de la relatividad y los descubrimientos de la física cuántica, la conciencia de un universo ordenado e inmutable con un tiempo y espacio únicos no es ya más que una nostalgia.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Don Quijote desencantado.

"No deseo más, y encantos afuera y Dios ayude a la razón y a la verdad"
Don Quijote de la Mancha (II, 17)


El Quijote cuenta la historia de un hidalgo aficionado que enloquece leyendo libros de caballerías; cree histórico lo que es ficción, y, dispuesto a resucitar la orden caballeresca, sale de su aldea tres veces en busca de aventuras, hasta que obligado mediante engaños por quienes le quieren bien, regresa a casa, recupera el juicio, maldice los libros de caballería y muere. Pero cuenta también, al mismo tiempo, la historia de un libro que está haciéndose y que inaugura un nuevo género literario: la novela moderna. Emilio Lledó afirma que Cervantes anticipó la filosofía subjetivista de Descartes, dramatizándola. Podría decirse también que se anticipó a Kant: el ejemplo negativo de Don Quijote es una propuesta dirigida al individuo de la Modernidad desencantada para que se atreva a leer, pensar y obrar de forma autónoma, con espíritu crítico y distanciamiento.


martes, 27 de diciembre de 2016

UNA PSIQUIATRÍA NACIONAL



UNA PSIQUIATRÍA NACIONAL

Ana Azanza

He tenido la oportunidad de escuchar en vivo al psiquiatra giennense Enrique González Duro. Había oído hablar de él en Jaén a algunas personas del gremio “psi” y hace tiempo leí su Biografía de Franco así como su Biografía del miedo.

Nacido en Laguardia, hijo de un médico, fue un niño enfermo que no acudió a la escuela y aprendió a leer en casa donde se aficionó a la lectura. Era un chiquillo despierto que ya entonces observó “cosas raras” que ocurrían en la posguerra española y a las que nadie daba explicación. Uno de esos sucesos inexplicables lo presenció un buen día en plena plaza de la Audiencia. Se trataba de un desfile o procesión de mujeres mal vestidas y nauseabundas con el pelo cortado al rape, iban sucias porque se les había dado aceite de ricino que como se sabe tiene un efecto laxante. Los chiquillos de Jaén las perseguían haciendo mofa: “¡Pelonas! ¡Pelonas!”. Espectáculo dantesco. Preguntó en casa y obtuvo la callada por respuesta.
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Pensó que sería un fenómeno propio de su ciudad natal pero con el tiempo descubrió que las pelonas fue un invento de la represión franquista contras las mujeres de los republicanos. El pelado se inventó aquí, el hacer beber aceite de ricino venía de Italia. Y parecido escarnio sufrirían en Francia tras la Liberación las mujeres novias de nazis.

Un episodio notable en la vida de Enrique González Duro fue su intento de renovación del manicomio de Jaén. En 1981 fue llamado por la Diputación para dirigir dicho establecimiento y en 1983 tras muchas y variadas peripecias que ha contado por lo menudo en sus Memorias de un manicomio fue despedido. Los políticos querían cambio pero no tanto cambio y no ese cambio.
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La charla que impartió en la Universidad de Jaén duró poco más de hora y media, se me hizo corta. El contenido lo he desgranado en otro lugar, yo, al menos, hubiera seguido allí las horas que hiciera falta. Tocó tantos temas interesantes de los que habló con conocimiento de causa que lamento haberlo conocido de forma tan breve y somera.

En su libro Los psiquiatras de Franco. Los rojos no estaban locos además de explicar cómo fue la lucha por el poder de los psiquiatras que quedaron adeptos al régimen tras la catástrofe de 1936 a 1939, expone los intentos de llevar a cabo una “psiquiatría nacional” de los prohombres de la disciplina entonces: López Ibor, Vallejo Nágera y Marco Merenciano.

Las truculencias son muchas en esta historia. Abreviando, consta que Marco Merenciano denunció a su maestro el sabio catedrático de la universidad de Valencia Juan Peset y efectivamente consiguió que lo ejecutaran en 1940. Merenciano ocupó su cátedra.

De acuerdo con la ideología franquista había que poner en marcha una auténtica psiquiatría nacional, para ello los psiquiatras mencionados contaban con una voluntad española, una tenacidad ignaciana y un lenguaje español del alma. Los patrióticos médicos prescindían de ideas extranjerizantes y disolventes del auténtico espíritu. Quisieron encontrar términos de verdadera naturaleza hispánica, encontraron pocas y no pudieron ir muy lejos con gana, desgana, gracia, desgracia….etc.

Muchos pacientes de la posguerra no querían o no podía expresar su sufrimiento de guerra y posguerra, sobre todo si formaban parte de la España derrotada. De modo que los psiquiatras se tenían que limitar a traducir concepciones extranjeras sin reflexionar sobre lo observado, vivido y padecido en el solar patrio. De usaban muchos textos traducidos de la psiquiatría alemana y todos los practicantes de esta disciplina eran germanófilos.

La construcción de una psiquiatría nacional era poco menos que imposible, partiendo de cero, sin metodología, sin investigación rigurosamente científica. Se teorizaba mal. Hubo intentos de exhumar la obra de Llull, Arnaldo de Vilanova, Luis Vives, Ignacio de Loyola…buscando los fundamentos de una antropología hispánica. Pero no había seriedad en el intento, puesto que se cerraba los ojos a la dura realidad del presente.

La contradicción estaba servida: se pretendía una ciencia autóctona pero los españoles se limitaban a reflejar las teorías de sus colegas alemanes de la época. Se traducían las obras con extensas introducciones de los médicos españoles, que pretendían aclarar y corregir los “errores doctrinales”. V. von Weizsäcker fue un psiquiatra admirado que defendía que el pecado podía influir en determinadas enfermedades psíquicas. Tanto Marco Merenciano como López Ibor se unieron a la explicación de la enfermedad psi en la “naturaleza caída”, de ahí la conveniencia de que el psiquiatra fuera cristiano y católico.

Se habló de una psicoterapia nacional para convertir al individuo enfermo y hacerlo apto para que la filosofía y la religión lo encaminasen hacia superiores valores. Esta psicoterapia se presentaba como alternativa al psicoanálisis, al que se estimaba sospechoso por “manosear la cuestión del sexo a propósito de todo”. El pueblo español era católico en su mayoría y no debía exponerse a esas desviaciones.

El psicoanálisis que daba importancia a las pulsiones inconscientes era inasimilable por una psicoterapia nacional basada en el eje diamantino del hombre español. López Ibor mantenía que el hombre español debía olvidarse de sus pulsiones, de sus necesidades materiales e instintivas, reprimiendo las fuerzas del inconsciente demoníacas y revolucionarias. El inconsciente es inabordable por un psiquiatra del orden franquista.
Entre las terapias no freudianas admitidas estaban las de Jung, Adler, Künkel, Allers…herejes del freudismo que habían desexualizado el psicoanálisis.

El objetivo de las terapias de posguerra era adaptar el individuo al orden social vigente. El psiquiatra Sarró fue el que más se empeñó en una psicoterapia española. Se preguntaba ¿Cura la verdad o cura el amor sobre sí mismo?La misión del médico era ayudar al enfermo en cuanto a su salud no a la verdad. En los casos en los que la curación pudiera obtenerse mediante pequeñas intervenciones psicoterapéuticas externas no había razón para llevar más lejos el proceso de clarificación interna de la personalidad.
En los casos más graves había que ir más a fondo. “¿Hemos de reconocernos como sexualidad, como ambición más o menos frustrada o como cosmovisiones del arquetipo? ¿y por qué no como el camino del alma hacia Dios del que nos aleja el pecado y nos acerca la gracia, o como cristiano que necesariamente cae y se levanta ante la faz divina?”

La interpretación teológica era pues la más adecuada. El sacerdote podía estar más capacitado que el médico, la psicoterapia española se aproximaba peligrosamente a la “cura de almas”.

La cura psicoterapéutica tenía que dar al hombre enfermo una dirección sana para su vida, por ello tenía que ver con la espiritualización, con la elevación metafísica del hombre enfermo. Incluso durante la cura había instantes de íntima comunión religiosa, el enfermo descubría la inmortalidad de su alma, a imagen de las Siete moradas y el Camino de Perfección de santa Teresa. El enfermo español aunque no fuera católico tenía que recurrir a un facultativo católico, porque el español es religioso por definición y el médico tenía una “gracia profesional”.

La psicología española fue adquiriendo tintes religiosos, tratando de lograr la mayo compenetración religiosa e ideológica entre el médico y el paciente que juntos debían buscar un mayor acercamiento a Dios. Era preciso encontrar un lenguaje psiquiátrico nuevo, el “camino del ser”, prescindiendo de la “transferencia freudiana”.
Qusieron buscar la fuente española de la psiquiatría antes del positivismo y hubo pocos hallazgos. El entusiasmo por la psicoterapia nacional se fue apagando poco a poco.

Brillantez no faltó en la literatura psiquiátrica española de la época, pero no fue operativa literatura. Todo se quedó en mera retórica sin repercusión en la práctica clínica. La psiquiatría entonces dominante nunca creyó que la psicoterapia curase. Si acaso la psicoterapia servía para favorecer la captación de clientes, al que había que dejar satisfecho en su “transacción” con el médico, lo que por supuesto no era preciso con los pacientes de la beneficencia que poblaban los manicomios en manos de las Diputaciones provinciales.

En la consulta privada hacía falta cierta psicoterapia para explicarle al paciente sus padecimientos, no hacía falta que la explicación fuera verdadera. Incluso una vez “curado” el paciente necesitaba que el médico le orientara en su futuro. Es decir, que el paciente tenía que volver con más frecuencia a la consulta. Igual que cuando se padece una enfermedad crónica o incurable, así el enfermo se concienciaba de su situación vital, aceptaba su destino y soltaba la pasta. En este sentido cualquier psicoterapia valía, desde la persuasión, la sugestión o la “palmadita en la espalda”. La auténtica intimidad del enfermo permanecía incognoscible e inalterada. Bastaba una buena placa en el portal y un buen caché para que el médico se ganara la confianza del paciente por su prestigio.

No he podido evitar pensar en dos personas a las que considero estafadas por la “psiquiatría nacional”. Muchos años después de la posguerra estos planteamientos seguían en boga en España, mi pensamiento se dirige a dos mujeres ya fallecidas que padecieron lo suyo y por motivos distintos a manos de psiquiatras espiritualistas de este estilo cuyas consultas costaban un riñón y que no curaban, la enferma se convertía en cliente. Mi propia madre fue víctima de una médico numeraria de esta escuela, tuve ocasión de vivirlo en directo. Y mi amiga Isabel Caballero, paciente que nunca fue de Enrique Rojas, psiquiatra de postín con consulta en Serrano, autor de best sellers y un fraude de los pies a la cabeza, pero que goza del beneplácito del poder establecido