martes, 15 de mayo de 2018

MUERTE DE MEMBRILLO


Flores de Membrillo. Loma de Úbeda.
El pobre León Leonardo, conocido piloto Sirio recordado por  Cunqueiro, quedó paralítico de un naufragio sucedido en la mar salada cuando salía a la arábiga, a la pesca de tortugas para vender a la corte bizantina, donde se las pintaba y eran famosas en piscinas decoradas con mosaicos de teselas.

Se enamoró por la risa que oyó tras una puerta. Aquella melodía le llegó a la entraña. Era la voz bien timbrada de una viuda, la cual no dudó en acudir presurosa con la última dosis de aceite a la lámpara mágica de los deseos cuando León la requebró. La mujer estaba por santificar el vínculo, pero Leonardo desistió de casarse al descubrir que era la misma mujer que de chico le amamantara.

Cesó la risa y cayó la noche. Casó León después con una eslava por ver palacios de algas y viñas submarinas en sus ojos verdes. Y engendró en ella a Paloma.

Después pasó lo que pasó en el mar arábigo. Ya inválido, cuidó de él su hija, que estaba muy enferma. Abandonada en amores, la herida de su corazón le ponía los labios azules. Su padre decía que moriría como un membrillo.

- ¿Cómo es eso? -le preguntó Alción de Ítaca a León Leonardo en medio de una de aquellas conversaciones interminables que sostenían en la terraza, mientras su hija vigilaba desde una ventana.

- Pones un membrillo en tu armario y algún día lo abres porque quieres vestirte camisa limpia, y te saluda el dulce olor. Vuelves unas semanas más tarde y el membrillo ha perdido de repente todo su aroma, y entonces dentro del armario se conserva la memoria del membrillo en los pañuelos, los pantalones, las camisas, los calzoncillos...

La hija de León murió antes que el padre, como paloma que no supo o no pudo volar. Y remata Cunqueiro que es porque está hecho para sufrir el cuerpo, que es mucho más débil que el espíritu. Eso o algo así imagino, pues también yo hablo de memoria.

miércoles, 9 de mayo de 2018

CONCORDIA DE DULCEDUMBRE



El artículo sobre Raimundo Sabunde y su Libro de las criaturas fue publicado por primera vez en la desaparecida web LA ESCALERA administrada por Máximo Lameiro. En su edición, el psicólogo argentino, que es también colaborador de Espíritu y Cuerpo tuvo la amabilidad de presentar nuestro trabajo con un breve currículo de su autor. Soslayamos este, por obsoleto, y dejamos el resto:

En el texto que presentamos a continuación, José Biedma, con un estilo elegante y armónico, un estilo en el que se deja oír su sólida formación clásica, rescata del olvido a un profundo pensador hispano: Raimundo Sabunde, teólogo, autor de la Theologia naturalis seu liber creaturarum; obra que, a lo largo de los siglos, mereció tanto una condena parcial de la Iglesia como una apología de Montaigne y la casi total indiferencia de parte del mundo hispano.

Desde cierto ángulo Sabunde podría ser situado en la línea de todos aquellos profetas, místicos y filósofos que concibieron el universo como libro e intentaron ayudar a otros a aprender a leer en él. Y desde otro ángulo, que no es contradictorio con el anterior, Sabunde salió a tomar parte en el difícil combate entre razón y fe que trastornaba a las mejores mentes de su tiempo. Como Raimundo Lull y otros, el teólogo catalán, reconciliaba razón y fe en la idea de que la naturaleza, las criaturas, constituyen un medio de ascenso hacia las verdades sobrenaturales.

Pero, en fin, nada mejor que dejar hablar al propio Biedma, quien ha definido con toda claridad, en su artículo, las líneas principales del pensamiento de Sabunde y además ha logrado hacernos comprender lo que ese autor del siglo XV tiene de atemporal, y por lo tanto, de contemporáneo...

Máximo Lameiro


EL LIBRO DE LAS CRIATURAS


«Ninguna cosa es digna de nuestro liberal amor,
ni se le debe dar amor,
si ella misma no puede devolver amor
y conocer el amor que le ha sido entregado y cuánto vale»

Raimundo Sabunde

Ha sido y es lamentable el poco aprecio que mostramos los españoles por nuestras tradiciones científicas y filosóficas. Los esfuerzos no tienen continuidad en nuestro solar patrio y casi siempre han sido forasteros los que hanse aprovechado de las grandes intuiciones de nuestros ingenieros, de nuestros pensadores, de nuestros humanistas, de nuestros espíritus más agudos, rectos y certeros. Uno de los olvidos más sonados (valga la paradoja, porque su nombre no suena ya por ninguna parte) es el de Raimundo Sabunde, o Ramón Sibiuda, ya que de estas dos maneras –y de otras parecidas- se conoce a uno de nuestros primeros humanistas, cuando raramente se lo nombra en latín, en castellano o en catalán.

Poco es, desde luego, lo que sabemos de Ramón, que fue médico además de perspicaz filósofo y psicólogo –como su posterior colega Juan Huarte de San Juan-, y que, ya mayor, se ordenó sacerdote. Fue profesor y rector de la universidad de Toulouse y murió en la primavera de 1436. En los últimos años de su vida escribió una obra genial. Utilizó para ello un latín tosco, aunque con estilo lleno de encanto auroral: Theologia naturalis seu liber creaturarum. La primera edición póstuma se fabricó en Deventer, en 1480. Curiosamente, esta obra ha sido más conocida y citada por la traducción y apología que hizo de ella el escéptico francés Miguel de Montaigne, que por sus traducciones al español (cercenadas, incorrectas y escasas).

A pesar de que Paulo IV prohibió el libro en 1559 por considerarlo demasiado racionalista, los jesuitas lo estimaban tanto, pues El libro de las criaturas de Ramón había sido una de las lecturas favoritas de Ignacio de Loyola, que consiguieron la rectificación del Concilio de Trento, y se permitió su lectura a partir de 1564.

La Teología natural de Sabunde es una guía espiritual, y nació del nuevo espíritu renacentista, más interesado por la naturaleza que por los vanos silogismos de la Escolástica. Nació del esfuerzo por hallar una religiosidad más íntima, directa, personal..., retornando a la santa simplicidad del cristianismo originario.

San Francisco, que anduvo por España en 1213 con la intención de visitar el sepulcro de Santiago, se había desposado con la Señora Pobreza y desdeñado los fastos feudales de la Iglesia, descubriendo en la Naturaleza, en la Creación, un hermosísimo espejo del Creador, de ahí su admirable y enfebrecido Cántico de las criaturas. Los franciscanos se convirtieron por ello en los pioneros de un nuevo saber basado en la observación y la experiencia. Ockam, el filósofo que sirvió a Umberto Eco como modelo histórico del detective fray Guillerno (en su famosa novela El nombre de la rosa), fue franciscano; también Rogerio Bacon, quien soñó en el siglo XIII con máquinas maravillosas: luces inextinguibles, ascensores, automóviles... Para San Buenaventura, también franciscano, los senderos de Dios comienzan en el mundo, pasan por el hombre (imagen del Supremo Hacedor) y terminan en el Primer Principio, que no puede ser conocido sin ser amado y no puede ser amado sin un intensísimo goce.

El sentido de fraternidad de los franciscanos les hizo poco dados a aceptar jerarquías o la vanidad del poder, así como la intervención de la Iglesia en los asuntos de la vida pública, de este modo ayudaron a dar una base doctrinal a la independencia del poder civil y a la secularización de la política, aunque Europa hubo de pasar por las atroces Guerras de Religión para escarmentar de los males de la Teocracia.

Raimundo Sabunde debió relacionarse con intelectuales franciscanos y con los seguidores de un curioso iluminado mallorquín: Ramón Llull, terciario franciscano que quiso construir una máquina lógica, una especie de ordenador que permitiese la construcción de una ciencia unificada, una computadora que trabajase con un lenguaje universalmente comprensible. Ramon Llull había perseguido una ordenación del saber que fuese un Arte de la Memoria, mediante una combinatoria conceptual precisa. Nuestros lógicos y matemáticos celebran en él a un precursor de los lenguajes axiomático-deductivos, tan útiles hoy para formalizar y dar rigor a la ciencia más avanzada y “hacer hablar” a las máquinas inteligentes. De su tocayo, de Ramón Llull, toma Sabunde la comparación de la ciencia con un árbol y el afán misionero, pero Sabunde es sobre todo un humanista, y su finalidad es orientar a los hombres para que hallen la clave de su felicidad y plenitud en sí mismos. Por eso insiste en la libertad de la voluntad y en que el templo más firme del Dios verdadero tiene cimientos en lo más hondo del alma humana.

«Nuestra voluntad es intelectual y espiritual por su naturaleza, y por eso es superior a todas las cosas corporales; por eso mismo ninguna cosa corporal es digna de nuestro amor» Libro 3º, cap. 133 del Libro de las criaturas.

El hombre, responsable de sus actos, es también responsable de un mundo que es bueno y digno de cuidado, como un inmenso libro escrito por divino dedo. Las criaturas son el primer escalón para llegar al Cielo, y por eso Ramón llama así a su obra: Libro de las criaturas. El hombre es un microcosmos, un compendio de la creación, la cifra y clave de la totalidad del universo, pues en la criatura humana se dan todos los grados de complejidad: material, vegetal, animal y espiritual.

Toma de San Agustín la introspección, el hábito de estudiarse uno a sí mismo, lo que dará un giro personalista y moderno a su reflexión. El Libro de las criaturas debe también mucho a la venerable ascensión erótica del alma trazada por Platón en Banquete y Fedro, desde la belleza natural, mediante sublimación y abstracción, hacia la unión con las realidades inmutables y eternas, con la Belleza Ideal y Perfecta.

Lo más fascinante de El libro de las criaturas -para una crítica y traductora sagaz como Ana Martínez Arancón(1)- es su libro tercero. Trata del amor y de su fuerza, de su origen y sus frutos... “Nada tenemos que sea verdaderamente nuestro salvo el amor... pues sólo el amor hace al hombre bueno o malo... Y perdemos nuestro amor cuando se lo damos a quien no debemos dárselo”. Por eso debemos conocer bien su efecto transformante, ya que “el amor cambia al que ama en lo amado”. Arrastra tras sí a la voluntad y “así el hombre, por amor, puede cambiar, transformarse y convertirse en otro ser, más noble o más abyecto, libre y espontáneamente”.

Los ecos del Libro de las criaturas serán abundantes en toda la gran mística del Siglo de Oro español, pero también en el matemático y pensador Blas Pascal, quien, como Sabunde, juzga al amor y a la voluntad las potencias más poderosas.

«Y como la voluntad, por amor, se convierte en la cosa amada en primer lugar, y recibe su materia y su forma, tal voluntad puede así exaltarse o hundirse, ennoblecerse o vilipendiarse o envilecerse, ascender o descender, y cuanto más digna y noble sea la cosa amada en primer lugar, tanto más lo será la voluntad, que se colocará por encima de sí misma, y cuanto más inferior sea, tanto más descenderá la voluntad». Libro 3º, cap. 132.

Ana Martínez Arancón cita un bello corolario de esta doctrina del Tratado de amor, atribuido a Juan de Mena:

«Porque se puede decir que amor es un medio de pasión agradable que pugna por hacer unas, por concordia de dulcedumbre, las voluntades que son diversas por mengua de comunicación delectable».

Una de las ideas más interesantes de la guía de Sabunde es la consideración de la divinidad como la noción de “lo más común y universal”, de donde se sigue que “el amor de Dios hace a nuestra voluntad común y universal, comunicable y extensible a todas las cosas, a las que ama no por necesidad e indigencia, sino porque son de Dios”.

La idea de Dios de Sabunde recuerda una fértil noción psicológica de George H. Mead: la de “ el Otro generalizado”(2). Por supuesto, los efectos del amor de Dios de Sabunde no son sólo psicológicos sino también sociales, metafísicos y morales: “El amor de Dios hace a la voluntad hermosísima y amable... es luz y resplandor que ilumina”. Sólo el amor de Dios, cuando es el primero, es causa de verdadera unión entre los hombres, y hace de ellos uno, y sólo el amor a sí mismo o propio establece división o lucha entre ellos... Así pues, “el amor a Dios por encima de todo es la causa de todo bien y de toda concordia” (cap. 144).

Para elevarse hacia el amor de Dios cada hombre puede empezar amando en sí mismo no al hombre concreto sino al hombre en general, a la humanidad común que cada cual representa particularmente. Sólo el que ama al hombre en cuanto hombre puede dejar de usar a los otros hombres como instrumentos para alcanzar su propio honor y delectación. “Así pues, la comunidad y universalidad vuelven al amor bueno, y la singularidad y propiedad lo hacen malo” (cap. 145).

He aquí la ambición de toda formación humanista: ese ascenso a la generalidad (causa y fin común de la existencia), que requiere sacrificio de la particularidad. También es esa la esencia del trabajo cooperativo: formar la cosa, no consumirla(3).

El ascenso desde el ser natural y concreto hacia el ser espiritual y común de todas las criaturas requiere sacrificio de la particularidad a favor de la generalidad, distanciamiento respecto a la inmediatez de nuestro ser aquí y ahora, reconocimiento de lo propio en lo extraño. Verse a sí mismo y ver los propios objetivos privados con distancia quiere decir verlos como los ven los demás. Los puntos de vista generales, hacia los que se mantiene abierta la persona bien formada, revisten caracteres análogos a los de un sentido, al que la tradición humanista ha llamado sentido común y que los cínicos consideran “el menos común de los sentidos”.

Contra el pesimismo de los cínicos, considero que ese germen de lo universal está presente, al menos como anhelo de perfección y plenitud, en todos y cada uno de nosotros. Sirva al menos este deseo como fuente de solidaridad y alegría entre todas las criaturas, entre todos los seres vivientes... “hermano sol, hermano lobo, hermana muerte” .(4)


Notas:

(1) Ramón Sibiuda. Tratado del amor de las criaturas (trad. del Liber creaturarum seu de homine), Barcelona, Altaya, 1998.
(2) El Otro Generalizado es cualquiera y todos los otros que podrían adoptar papeles en un proceso cooperativo, en una actividad común sin la que no habría comunidad de significación ni lenguaje social. «La comunidad o grupo social organizados que proporciona al individuo su unidad de persona pueden ser llamados “el otro generalizado”» (cfr. George H. Mead, Espíritu, persona y sociedad, Paidós, Barcelona 1982).
(3) Sobre este concepto de formación y otros conceptos básicos de la tradición humanista véase la monumental obra Verdad y Método del filósofo Hans-Georg Gadamer (Salamanca, 1977, I, 1.).

(4) El 4 de octubre de 1226 muere San Francisco de Asís, quien con Santo Domingo había trabajado por el resurgimiento moral del mundo. El llamado Santo de las Flores no pasó en toda su vida de simple diácono. Dicen que murió proclamando: “hermano sol, hermano lobo, hermana muerte” (José María Montes. El libro de los santos, Alianza, Madrid, 2001).



sábado, 5 de mayo de 2018

DIOS ANDRÓGINO Y ESPÍRITU NEUTRO

"La más humilde flor, 
ten que huela azahar, 
no sabe si adornará el ojal de novio, 
la trenza de su reina, 
o si servirá para despejar la inquietud de amor"

Ibsac Albator

En 1945, un campesino cerca de Luxor, en una gruta egipcia de Nag Hammadi descubrió una jarra de cerámica sellada, y dentro doce códices de papiro encuadernados en piel y los restos de un decimotercero: textos de los siglos III y IV, traducciones al copto de textos cristianos muy antiguos.

Son escrituras de los llamados Padres del Desierto, herederos de San Pacomio, el cual fundó monasterios ascéticos de mujeres y hombres de mediana edad entrelazados con otras comunidades iniciáticas alejandrinas. Entre estos manuscritos, se halla una traducción parcial al copto de la República de Platón. El descubrimiento de estos códices hace discutible la versión oficial de que el cristianismo considerado luego ortodoxo fuese anterior a su versión gnóstica, rechazada después como herejía por la Iglesia de Roma.

martes, 1 de mayo de 2018

ESPIRITUALIDAD, RELIGIÓN, SACRALIDAD, CREENCIA

¿Cómo pasar del yo al nosotros? Desde que el individualismo y cada uno para sí son ley, es más complicado. La congregación religiosa tiene mucho que enseñar al respecto del animal político que es el hombre. Cómo fabricar a partir de un montón de individuos perecederos  un todo persistente y resistente.

domingo, 22 de abril de 2018

RELIGIONES O COMUNIONES



Regis Debray (1940) conocido filósofo inventor de la “mediología” desbroza en “Les communions humaines” el difícil tema de qué queda y puede quedar de la religión en las sociedades secularizadas. Para empezar propone la sustitución de la palabra religión por la palabra comuniones humanas. Y es que religión como la entendemos en Occidente e intentamos exportar al resto del planeta es un término inapropiado: no en todas las culturas hay una iglesia con un clero organizado jerárquicamente, unas escrituras sagradas, una fe en la resurrección y un derecho canónico con pretensiones de extensión y salvación universales.

Hay religiones sin iglesia y comunidades morales sin iglesia ni práctica. Y es difícil también desligar superstición de religión, en todas las grandes se mezcla la idolatría con el culto propiamente ortodoxo. No daré ejemplos para no herir sensibilidades pero ciertas devociones populares rozan lo pagano visto desde un punto de vista eclesiástico estricto. Otra cosa diferente es que esas manifestaciones populares de fervor pagano agraden a los diversos poderes como medio de dirección y organización de la masa, autoridades civiles y religiosas se sirven bien de los fervores masivos, como el fútbol espectáculo de masas, son un precioso medio de control social.
Resultado de imagen de LES COMMUNIONS HUMAINES 

Debray denuncia que en el campo de los estudios sobre las religiones estamos en etapa medieval pues nos limitamos a citar autoridades (Durkheim, Mauss...) Y se observa la ley del péndulo entre los investigadores amigos de la minucia nominalista, descriptores de tal o cual culto localizado y por el otro los desarrollos imprecisos y grandilocuentes sobre la muerte de Dios o el desencantamiento del mundo que no hacen pie en la historia real de las culturas. Tan importante es el cómo de los cultos como el porqué de los mismos.

Para ello hay que empezar por la palabra Religión, confundimos religión y creencia en Dios, o religión y espiritualidad, esperanza con obediencia y así unos hablan de que la religión tiene un lugar en la vida pública puesto que la cuestión espiritual no es un invento, y otros de que la religión pertenece al foro privado y por tanto no tiene sitio en la vida pública.

La palabra religión no significa nada en las nueve décimas partes de la historia, ni siquiera la división sagrado y profano está clara en las culturas en las que la tierra es sagrada y el trozo que se cultiva se considera divino por pertenecer a los antepasados como ocurre en una tribu de Ghana. En sánscrito “dharma” , lo que lleva el universo, significa la vía, la enseñanza, la obligación. En hebreo no hay “religión”, hay “dat”, palabra procedente del persa que significa “juicio o decreto”. Lo que de ellos traducimos por religión es el sistema jurídico de la nación hebrea. El hebreo no “cree” en Dios “vive” con él.

Tampoco existe en griego la palabra religión, la “threskeia” griega se aplica a la observancia de las prescripciones de culto. “Eusebia” es la piedad, nada de disposición subjetiva ni de institución aparte, la religión no es nada distinto de la vida de todos los días en las poblaciones antiguas. Los cristianos hemos traducido por religión lo que para un árabe era “din”, “deuda”, “costumbre, uso”, “dirección dada por Dios” que dará a cada uno su merecido. El tao o camino de los chinos, el “rujiao” o doctrina de Confucio han sufrido el mismo tour de force de parte de los estudiosos occidentales.

Demasiadas cosas diferentes bajo una misma palabra, no hay esperanza en el más allá ni en los hindús que sueñan con desaparecer de la cadena de renacimientos y muertes, ni en los budistas, que no creen en un principio personal eterno e inmutable.

 https://youtu.be/ta42xU2UXLA




Por otra parte las esperanzas ilustradas según las cuales la Luz de la Razón disiparía mediante el Progreso las tinieblas de la fe y la religión no se han cumplido. Sí la Iglesia como institución pierde adeptos y reconocimiento social, pero surgen otros cultos nuevos, otras religiones, adoradores venidos de otros lugares del mundo, o simplemente adoradores de nuevos dioses que pueden ir desde el bienestar físico hasta los animales. Redescubrimos nuevos objetos de culto.

Y es que ni siquiera el cristianismo, que es el modelo sobre el que nos basamos para comprender al resto del mundo, nació como religión. Era una secta judía y durante dos siglos escribió y pensó en griego. Era una superstición hasta el siglo III puesto que no tenía una base nacional como lo que los romanos consideraban “religión”. Tertuliano en 197 osó bautizar a la religión romana como superstición, invirtió los términos. Y en 341 Constancio instaura la religión cristiana y proclama la persecución de los paganos. Fue una jugada maestra de los débiles frente a los fuertes que ha llegado hasta hoy, y esta noción “robada” a los romanos la usamos para desacreditar a todos los demás cultos.

Religio en latín era “escrúpulo”, no una acción, sino una duda, una inquietud ante algo que no se entiende y hay que comprender. “Relegere” significa recoger y es lo contrario de “negligere”, descuidar. “Legere” ha dado leer y “inteligir”, también “diligencia”, atención, amor a lo que se hace. EN Cicerón y Lactancio están las referencia literarias para estas etimologías que acaban por llamar religioso al que se atiene a respetar los ritos del calendario cívico y litúrgico. Era la religión romana hecha de celebraciones públicas no de teología ni de adhesión personal. Por civismo se cumplen las reglas que los antepasados legaron.

El cristianismo supo hacerse con ese sistema político-jurídico que es muy útil para dirigir a la población, para darle un marco y una organización, la Iglesia romana calcó el sistema imperial, quedándose con la magistratura, el magisterio del soberano pontífice, sus reglas canónicas y su código imperial. El cristianismo añadirá a la religión romana un contenido escatológico y moral de la que ésta carecía, una teología y una fe además de unas prácticas diferentes. Si de los romanos se quedó con la parte jurídica, de los hebreos supo guardar la huella profética y de los griegos la huella metafísica.

Por otra parte hay que subrayar la polivalencia de Jesucristo: a veces el Justo martirizado, otras el Logos encarnado y el Pantócrator. El crucificado, el Docto, Cristo Rey, la humanidad martirizada se puede mirar en el humilde carpintero de Galilea y la humanidad gobernante en el Rey de Reyes. De ahí que los adoradores de Jesús puedan encontrarse en multiplicidad de papeles, desde el cura guerrillero al Inquisidor.

La palabra religión tras esta historia de transformismo de “la religión” por excelencia, se muestra incapaz de dar cuenta de tantas manifestaciones de culto y dedicación, de espiritualidad, de creencias que hay en el planeta. Por ello Debray propone un vocablo alternativo que pueda aplicarse al conjunto de culturas humanas, que exprese una dimensión colectiva que combine la unión horizontal y la adhesión vertical a un ser trascendente y que no disocie lo común de lo íntimo. En la palabra “Comunión” resuena la comunidad, el reagrupamiento en torno a una lengua, intereses, bienes compartidos. “Cum Munus”, carga que se comparte.

Comunión no disocia obediencia (comunión anglicana, ortodoxa) de empatía (sentirse en comunión con alguien) y sobre todo une “ser miembro de” con “adherir a”, dos dimensiones vertical y horizontal que no pueden faltar en toda comunidad humana que pretenda durar más de una generación. Un marco común supone que algo que está por encima nos une, es el principio de no completitud, para ser hermanos hay que “ser hermanos en”, algo por encima nos excede y precede.

¿Acaso hay nación o tribu que no se preocupe en algún momento de celebrar lo común, de renovar de manera festiva o fúnebre su alianza primordial? Donde hay comunidad hay celebración en su centro y por encima de dicha comunidad.
Parece medieval, preilustrado. Los modernos divergemos, no convergemos. Pero la ventaja de comunión sobre religión es que no implica un credo en particular, se puede pertenecer o comulgar con muy diferentes grupos: nación, religión, patria, familia, sindicato, asociación deportiva...El comunismo fue una comunión sin ser religión, y si se hubiera usado la palabra comunión todo habría estado más claro y fácil para los que se creían irreligiosos por ser ateos. La palabra comunión evita el falso debate sobre si tal o cual ideología es religiosa.

Admirable es el caso de Estados Unidos, que ha logrado mezclar lo patriótico y lo bíblico. La primera democracia del mundo, y la única verdadera democracia según García Trevijano, pues sólo en ella hay auténtica separación de poderes y representatividad del ciudadano, ha inventado una religión civil que constituye la democracia a la vez en política religiosa y en religión política.

Razón y Revelación no se excluyen en América, las Luces y la Biblia se unen para operar una laicización de los principios teológicos y una secularización de las instancias confesionales. Creer en Dios, creer en la democracia, creer en América valen lo mismo, con la misma fe.
Las comuniones se extienden por la sociedad, un gremio o una cultura que transmite su saber hacer, donde hay una escala interna, una regla, un aprendizaje que hay que seguir.

La comunión neutraliza las divisiones entre los miembros de la misma. Frente a cualquiera que desde fuera la ponga en cuestión, la comunión americana reúne a demócratas, republicanos y abstencionistas. Lo que no impide las luchas de clases y de intereses, pero en el instante crítico, reluce la “unión sagrada” cuando lo esencial está en juego.

En la palabra religión cargamos todo lo malo, lo antiguo y superado, la religión es un estadio infantil de la humanidad. Pero de algún modo Debray demuestra que rechazarla de ese modo en la sociedad equivale a tirar el niño de lo sagrado que nos une, sea lo que sea lo sagrado, con el agua. El ser humano nace en y pertenece a una lengua, genealogía, una historia que le precede y que seguirá tras su muerte. El individuo no dispone de ese patrimonio. Lo simbólico no es propiedad de nadie, no se compra ni es objeto de intercambio. Hay bienes colectivos que no son materiales y sobre ese patrimonio se extiende Debray, ¿cómo transformar un conglomerado de individuos en un “nosotros”? La cuestión no ha desaparecido por mucho que las religiones tradicionales se hayan debilitado.

Habrá que trazar una frontera que distingue el dentro del fuera, un origen, un ideal, un totem, un principio supremo. Procedimientos que desde la noche de los tiempos forman de un agregado informe, una ciudad, una comunidad humana. Porque también al menos desde Aristóteles es sabido que el hombre es el animal que no puede sobrevivir sino es “creando sociedad”. Las religiones que hemos conocido hasta la fecha exhiben y dan respuesta pública a estas necesidades de modo hiperbólico, y dotadas de una resistencia a toda prueba, las han superado todas, persecuciones, deportaciones y genocidios.

















sábado, 14 de abril de 2018

ALMA Y CORAZÓN



En Occidente hemos sufrido dos tendencias extremosas cuando se trató de explicar la compleja relación entre el cuerpo y el espíritu. Dos tendencias reductoras en lugar de mediadoras. El idealismo o espiritualismo pretendió reducir lo corporal a lo espiritual; y el materialismo o mecanicismo, desde el otro extremo, ensayaron reducir lo metafísico a lo físico; lo libre, intencional y voluntario, a determinación mecánica.

Pero es en la vida (y no en la conciencia como pretendió el cartesianismo) donde cuerpo y espíritu se enredan en unidad a la vez ejecutiva y pasiva –la que somos-, que aglutina las peculiaridades de la vida corporal y de la vida espiritual sin disolverlas. A ese resorte que liga ambas realidades, o ambas perspectivas de ambas realidades, llama María Zambrano “alma” o “corazón”, palabras a las que dota de un significado muy especial. Alma es, a veces, el vuelo ascensional de la filosofía; corazón, el movimiento descendente característico de la poesía.

Alma y corazón serán nombres para referir al modo en que lo corporal y lo espiritual se integran en la unidad de la persona. Alma en el sentido de la psyché griega (ψυχή), principio o arcano (arjé) que anima a todo ser vivo (incluidos hongos y vegetales) y aquello en que todas las facetas humanas confluyen y se integran. 

“Corazón” es un término que se desarrolla en el sentir y pensar cristianos para referir al ámbito recóndito en el que son reconocidas las grandes verdades de la vida, particularmente las verdades reveladas, aunque sólo seamos capaces de reconocerlas sin entenderlas plenamente, pues en el corazón no sirven las palabras, solo la música, ese grito del alma separada, guía de salvación del padecer oscuro de las entrañas. Es el lugar del sentimiento, de las corazonadas, de la súbita iluminación, íntimo espacio en donde la vida hace notar su peso y pesadumbre, y desde donde también irradia su fuerza y entusiasmo.

Si el espíritu es transparencia, el corazón es oscuridad y hermetismo, ligado a las entrañas y lo entrañable. Su clausura muestra que nutre la intimidad, trayéndonos a un tiempo distinto al tiempo sucesivo y discontinuo de la conciencia. El corazón es símbolo del silencio en el que solo palpita a su ritmo, el de la secreta angustia que nunca llega a expresarse. Alma y corazón son dos nombres para lo mismo. El corazón comunica nuestras entrañas con nuestro espíritu, las necesidades inexorables de nuestro cuerpo con la libertad que proviene de ser el hombre forjador de mundos.

Se trata de acabar con la pugna indisoluble de lo físico y lo metafísico, se intenta poner fin a esa lucha entre la pantera que lo sostiene y el ángel que la cabalga, un conflicto entre la ciega pasión y la pura impasibilidad, entre el bárbaro y el sabio, una guerra que ha determinado la trágica historia de Occidente. Y es que el cuerpo, ignorado, menospreciado, ha sufrido la hegemonía de una Razón que se tenía a sí misma por suprema y única expresión del espíritu. Pero cuando la razón soñaba, desfallecía o deliraba, el cuerpo se rebelaba produciendo monstruos, avasallándolo todo como una bestia vengativa.

El espíritu, por su parte, flotando encima de los sellados lugares del corazón, consagrado a la transparencia, amurallado en sus "celestes razones", ha ido perdiendo fuerza mundificadora al faltarle las “razones seminales”, esas ideas-fuerza, esos argumentos informales que anidan en las entrañas y hacen al espíritu depositario de vida, de generación y muerte. Y es que el espíritu ha renegado de su linaje físico tratando de cortar el cordón umbilical que lo vinculaba a los úteros donde nació. Faltaba el corazón, esa "realidad alada" por cuya mediación es posible reconciliar de una vez las pasiones singulares del cuerpo con la voluntad universalizadora del espíritu.

El hombre no puede vivir en dispersión, desatento a lo valioso, alienado en dispersión mediática, reduciendo toda relación auténtica a comunicación virtual. Pero, ¿de dónde sacaremos esa idea que unifique la vida, que la religue esperanzadamente al mundo?, ¿de dónde sacaremos la confianza de esa "segunda inocencia" de la que hablaba Machado?, ¿de no creer en nada o de dudar de la duda? La propia nada del nihilismo à la page tiene un fundamento religioso, como las tinieblas sus sombras luminosas y cada noche su aurora.

La vida es esa novela de la que somos a la vez autores, actores y espectadores, creación y expresión de sí misma, poiesis. Y será sin duda una idea poética la que dote a nuestra vida de presencia y de figura, un perfil en el que ser, en el que abrir paso a nuestra específica finalidad, a nuestra vocación, a nuestro destino, en esa unidad o mismidad que llamamos “persona”. 

Al alma y corazón (un solo órgano de trascendencia bajo dos perspectivas) atribuye María Zambrano el protagonismo de la creación de esa idea unificadora, la unidad de una intimidad que nos ligue piadosamente a lo otro que nosotros. El alma cumple así en la vida una función religiosa.

Bibliografía

Mabel Salido y José María Herrera. María Zambrano. Colectivo cultural "Giner de los Ríos" de Ronda, 1998.

martes, 3 de abril de 2018

IATROGÉNESIS CLÍNICA Y SOCIAL



Iván Illich (1926-2002) fue un filósofo austríaco afincado en México cuya obra parece sido olvidada y sin embargo planteó hace cuarenta años una serie de ideas que pueden actuar como revulsivo en nuestra acomodada y adormilada existencia. En particular me fijaré en su crítica a la medicina moderna como la padecemos y disfrutamos en las sociedades avanzadas.