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viernes, 27 de septiembre de 2013

HUMANISMO FRENTE A ROBOTISMO

Traducción Ana Azanza

El robotismo es una enfermedad social


David Gelernter, profesor de "computer Science" en Yale University, habla en este artículo en favor de un resucitado humanismo y en contra del robotismo anhelado por muchos jóvenes que sueñan con ser robots.

¿Por qué los investigadores del cerebro tienen tanto miedo de la subjetividad? Porque nos ven como un perro con Iphone.

Se acerca una crisis intelectual, la ciencia  y la filosofía del espíritu amenazan a la cultura occidental con lo contrario del humanismo: llamémoslo Robotismo. Si Protágoras dijo que el hombre es la medida de todas las cosas, ellos dicen que el ordenador es la medida de todos los hombres.
Robert Downey Jr.




La ciencia tiene cada vez menos sitio para los individuos humanos y su subjetividad. Pero sólo podemos ver el mundo desde nuestro propio espíritu. Vemos un mundo en el que hay bien y mal, fealdad y belleza, justicia e injusticia, un mundo de deberes morales. No sólo vemos el mundo también lo sentimos. No somos puras máquinas amontonadoras de información, somos seres conscientes. Nuestra vivencia consciente (aunque sólo sea accesible para nosotros) es tan real como el árbol ahí fuera ante la ventana o los fotones que inciden en nuestra piel.
Si la ciencia quiere ocuparse de toda la realidad y no sólo de una parte, no puede limitarse a la realidad objetiva, tiene que tener en cuenta también la realidad subjetiva.

domingo, 31 de marzo de 2013

¿Invención cerebral del yo?


 
Rodolfo R. LLinás
En defensa del monismo

Roberto R. Llinás ha sido director del Departamento de Fisiología y Neurociencia de la Universidad de Nueva York y es miembro de prestigiosas academias científicas de todo el mundo. Su libro El cerebro y el mito del yo es una excelente obra de divulgación científica con prólogo de Gabriel García Márquez.

Para Llinás, la mente o “el estado mental” es producto de los procesos evolutivos que han tenido lugar en el cerebro de los organismos dotados de movimiento. Cree que Occidente debe superar ese dualismo que, desde los pitagóricos y modernamente con Descartes, supone o postula un “fantasma en la máquina”. La expresión del título, “el mito del yo”, alude precisamente a ese concepto –equivocado- de un yo separable de las funciones cerebrales. Mi cerebro y yo no somos dos cosas diferentes. La mente tiene una naturaleza neurobiológica, y no es una sustancia distinta del cerebro, sino que emerge de la sustancia física del sistema nervioso central. Lo que llamamos “yo” resulta una función de la estructura geométrica y del flujo de interconexión de las neuronas, donde juega un importantísimo papel la sincronía, o sea, el tiempo.

El hombre debe enfrentarse cara a cara con su verdadera naturaleza. No es necesariamente preferible creerse un fantástico ángel menor que un real animal extraordinario con una mente portentosa[1]. Desde la perspectiva monista, cerebro y mente son eventos inseparables. La mente, o el estado mental, constituye tan sólo uno de los grandes estados funcionales generados por el cerebro. Por su parte, los estados mentales conscientes -que como ya apuntó Hume son discontinuos- pertenecen a una clase de estados funcionales del cerebro en los que se generan imágenes cognitivas sensomotoras (cualias[2]), incluyendo la autoconciencia.

Naturalmente, hay estados mentales sin conciencia, como el estar dormido, drogado, anestesiado, en coma, o sufriendo una crisis epiléptica. El cerebro puede seguir funcionando sin conciencia y sin autoconciencias, sin preocupaciones, esperanzas o temores, en el olvido total. Sin embargo, soñar es también un estado cognoscitivo, aunque no respecto a la realidad externa, pues no está regulado por los sentidos.

jueves, 14 de julio de 2011

Un yo disperso



Algunos consideran el posmodernismo como la lógica cultural del capitalismo tardío. Algunos textos sobre el posmodernismo de Fredric Jameson se pueden encontrar en la red. Paidós publicó su muy citada obra El posmodernismo o la lógica cultural del modernismo avanzado, 1995. Este intelectual norteamericano, de formación marxista, afirmó que, en un mundo posmoderno, el sujeto no está alienado, sino fragmentado, pues para él la alienación supone centralización e identidad, y no es el caso que el sujeto posmoderno posea estas cualidades "modernas", propias -diríamos nosotros- del sujeto que se constituía leyendo, centrando y concentrando su atención. La atención del sujeto posmoderno se dispersa sin cesar, salta por el hipertexto, de aquí para allá, sabe donde empieza pero no donde acaba. El ordenador se ha convertido en el objeto de prueba del posmodernismo, como los sueños y las bestias pusieron a prueba la modernidad.

Esto piensa Sherry Turkle, quien estudió cómo afecta a nuestra forma de pensar(nos) La vida en la pantalla (Paidós, 1977), o "frente a la pantalla", si no reconocemos que se pueda vivir virtualmente dentro de ella. Sherry Turkle sacó punta a algunas de las tesis de Jameson.

Sin embargo, podemos preguntarnos si  no será esa fragmentación y fluidez del sujeto descompuesto en sus máscaras, en sus nicknames, en sus espacios virtuales, la especie posmoderna de su alienación. El crédito deviene privilegio de acceso a mazmorras telemáticas.

Escribe Emilio López Medina: "En contra de todo lo que dice la Filosofía, estoy dispuesto a defender que las personas no son las mismas a lo largo de su vida: es decir no existe una identidad personal". Me extraña que el gran aforista escriba esto. O tal vez se delate con ello como un cartesiano irredento. Lo que discuto de su tesis es que toda filosofía haya sostenido eso. Platón mismo habla a veces como si en cada uno de nosotros no hubiera una sola alma, sino al menos tres. El escocés David Hume puso en duda en plena Ilustración la sustancialidad e identidad del yo -Emilio conoce de sobra esa quiebra crítica de la metafísica-, y desde luego la filosofía posmoderna ha hecho del escepticismo de Hume uno de sus precursores más significados. El yo posmoderno se distribuye como un conjunto de máscaras en el escenario de la simulación mediática. Ya Hume asoció el yo al teatro o a una república en la que no solo hay gobierno y orden, sino también facciones que aspiran a arrebatárselo, y desorden. Jung hablaba de los complejos emotivos como almas parciales, almas que pugnan por hacerse con el control de la mente. ¿Puede hablarse en el caso del trastorno bipolar o de la esquizofrenia de una sola alma?

El yo posmoderno es un yo descentrado, distribuido por múltiples mundos superficiales, carece de profundidad y constancia. Se agota en sus apariencias, en sus superficies marcadas por las sombras de la cosmética. Huye del compromiso porque -pobrecillo- no puede asegurar quién será mañana. Hasta puede convertirse en un yo de quita-y-pon, un yo consumible, comprable y vendible, desechable, de usar y tirar, un yo clinex.

Sin embargo, de todo se cansa uno, y sobre todo de simular, por eso ese yo posmoderno es también un yo con ansia de identidad, con nostalgia del espíritu.

He aquí la trágica paradoja: en teoría, el yo unitario es una ilusión, o puede explicarse como una "idea de reflexión", como una especie de ramillete de rastros mnémicos, un hábito de la mente aportado por la costumbre y los juegos de lenguaje. La imagen del yo no sería más que el significado (sin referente) de la voz "yo" (significante). A fin de cuentas, el lenguaje es creativo. Pero don Quijote solo mata gigantes como molinos en la prosa de Cervantes. ¿No se hablaron  antiguas lenguas que solo sabían decir nosotros? La idea del yo reconoce su filiación con esa facultad de representación de la experiencia que es la imaginación-memoria (Madre de las Musas). En la amnesia (que puede ser también social, pérdida de conciencia histórica) no sabemos ya quién somos.

No tengo experiencia sensible del yo, no me lo corto cuando corto sus uñas. No sé cuánto pesa mi alma, ni  cuáles son las dimensiones espaciales o temporales de mi espíritu, si es que mi espíritu pertenece al espacio tiempo. Puede que no pueda decir que el yo exista, si por existencia entendemos la existencia aquí y ahora, en el espacio y el tiempo, pero en la práctica ¡el yo es la realidad más básica! No nos cansamos de pronunciar su nombre ni de oírlo pronunciado por otros. Escribo su nombre propio con orgullo al pie de mis mejores fotos, de mis mejores artículos. Todo lo refiero a él, sin pensarlo, a esa intimidad insondable, etérea. Pasa lo mismo con la libertad de ese yo; en teoría, la libertad es un concepto proversivo, uno de los grandes desiderata, un ideal de la razón e incluso del "corazón", pero la libertad no es algo que podamos meter en un matraz de laboratorio, pesar o radiografiar. Sin embargo, en la práctica, si niego la libertad, ipso facto me convierto en una cosa, dejo de ser persona. Puedo mandar al traste la responsabilidad (y esto es un gran alivio), pues si no soy libre no tengo por qué responder de lo que "me sucede", pero también pierdo la  dignidad, no valgo más que ninguna cosa, viva o inerte.