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sábado, 9 de noviembre de 2019

LA RAZÓN NO NOS SALVARÁ


Llegó el momento de aceptar los límites de nuestro modo de pensar. 


Cuando me pregunto qué se puede hacer para alejar a la civilización del abismo, confieso estar cada vez más desconcertado por el enigma central de la psicología cognitiva contemporánea: ¿hasta qué punto somos conscientes de que hemos de cambiar nuestras mentes? No me refiero a cambiar de opinión sobre quién es el mejor delantero en la Liga de fútbol americana, sino a cambiar nuestras convicciones sobre los principales problemas personales y sociales que deberían unirnos, pero invariablemente nos dividen.

domingo, 6 de septiembre de 2015

IDENTIDAD Y SOCIEDAD



David Precht (1965) se ha convertido en uno de los filósofos más populares de Alemania, con sus libros ya traducidos a 26 idiomas “¿Quién soy yo?” (2015), “Amor, un sentimiento desordenado” (2011), “El arte de no ser egoísta” (2014). Con el primero de los libros mencionados pretendía explicar la filosofía a los más pequeños, y consiguió escribir una obra superventas. Precht que estudió germanística y filosofía nació y creció en un hogar alemán “multicultural”, con hermanos adoptados de otros continentes. Su tesis versó precisamente sobre la obra de Musil “Der Mensch ohne Eingeschaften” y sus implicaciones filosóficas. Hoy sigue siendo conocido por dirigir un programa mensual en la televisión alemana que consiste en una entrevista “a fondo”, un verdadero cara a cara, con filósofos, escritores, pensadores y autores de todos los ámbitos.

viernes, 13 de febrero de 2015

DATOS NEURONALES Y DERECHOS FUNDAMENTALES

Traducción
Ana Azanza

Ha dejado de ser ciencia ficción: los Estados  y las empresas acumulan neurodatos y controlan así nuestros pensamientos y sentimientos. Por ahora no hay protección de datos que reaccione contra este ataque a la esfera privada.

 Dara Hallinan, Philip Schütz, Michael Friedewald y Paul de Hert
 
La libertad de pensamiento es el corazón de un orden democrático. En la época de la vigilancia masiva de los lugares físicos y virtuales el espíritu humano es el último bastión de la libertad absoluta y de la privacidad. O al menos eso creíamos, porque parece que este bastión empieza a desmoronarse, ya que cada vez se almacenan más datos de las neuronas y de los procesos que tienen lugar en el cerebro.


En principio los neurodatos se utilizan para objetivos médicos. Se espera entender mejor las enfermedades neurológicas gracias a los procedimientos de la medicina nuclear que dan imagenes de la medula espinal. Por otra parte con el electroencefalograma, que mide los impulsos eléctricos del cerebro,  se ha descubierto que las personas pueden con un poco de ejercicio controlar esos impulsos.

domingo, 16 de noviembre de 2014

MEMORIA SANA VS MEMORIA TRAUMÁTICA



Escrito por Ana Azanza

Boris Cyrulnik (Burdeos 1937) es un psicólogo, psicoanalista y neuropsiquiatra, profesor en la facultad de medicina de Toulon. Pero quizás lo más destacable de su curriculum sea la razón biográfica por la cual eligió esta dedicación profesional en la que ha cosechado éxito y popularidad. En uno de sus últimos libros “Je m’en souviens” narra su infancia de la que ya había dado algunas pinceladas en “Biografía de un espantapájaros”. Cyrulnik fue un niño judío de la Francia ocupada que a los 8 años se vio solo en el mundo, pues la Gestapo detuvo a sus padres. Ambos morirían en el campo de concentración.

domingo, 17 de noviembre de 2013

DE LA INVESTIGACION DEL CEREBRO A LA MEDITACIÓN

Entrevista traducida por Ana Azanza

"Congregados los sentidos, surge el alma" 

Bioy Casares



¿Cómo hace nuestro cerebro para crear la imagen de uno mismo?

El físico Christof Koch (1956) investiga el origen de nuestra conciencia.
Nuestro cerebro está formado por kilo y medio de agua, proteína y grasa. ¿Cómo es posible que de esa tambaleante masa puedan salir todas nuestras vivencias? Los pensadores más optimistas se asustan ante la pregunta. Christof Koch sin embargo afirma que el enigma de la conciencia se puede descifrar. Causan sensación sus experimentos con los que ha descubierto las células del cerebro que reconocen a las estrellas de Hollywood.
El millonario Paul Allen de Microsoft ha invertido una fortuna en el  Allen Institute for Brain Science en Seattle, dirigido por Christof Koch. Es vegetariano, porque dice que incluso en los gusanos se puede reconocer huellas de la conciencia.
ZEITmagazin: Señor Koch,¿podemos a la vez hablar y disfrutar conscientemente de la comida?
Christof Koch: Probablemente no. La conciencia requiere normalmente atención. Y por lo general sólo se puede estar atento a una sola cosa. Cualquier otra cosa la enmascara. Si está usted en una conversación muy animada, aunque las papilas gustativas de su lengua se exciten, notará poco el sabor de la comida.
ZEITmagazin: La atención es por tanto un filtro. ¿Qué es la conciencia?

viernes, 27 de septiembre de 2013

HUMANISMO FRENTE A ROBOTISMO

Traducción Ana Azanza

El robotismo es una enfermedad social


David Gelernter, profesor de "computer Science" en Yale University, habla en este artículo en favor de un resucitado humanismo y en contra del robotismo anhelado por muchos jóvenes que sueñan con ser robots.

¿Por qué los investigadores del cerebro tienen tanto miedo de la subjetividad? Porque nos ven como un perro con Iphone.

Se acerca una crisis intelectual, la ciencia  y la filosofía del espíritu amenazan a la cultura occidental con lo contrario del humanismo: llamémoslo Robotismo. Si Protágoras dijo que el hombre es la medida de todas las cosas, ellos dicen que el ordenador es la medida de todos los hombres.
Robert Downey Jr.




La ciencia tiene cada vez menos sitio para los individuos humanos y su subjetividad. Pero sólo podemos ver el mundo desde nuestro propio espíritu. Vemos un mundo en el que hay bien y mal, fealdad y belleza, justicia e injusticia, un mundo de deberes morales. No sólo vemos el mundo también lo sentimos. No somos puras máquinas amontonadoras de información, somos seres conscientes. Nuestra vivencia consciente (aunque sólo sea accesible para nosotros) es tan real como el árbol ahí fuera ante la ventana o los fotones que inciden en nuestra piel.
Si la ciencia quiere ocuparse de toda la realidad y no sólo de una parte, no puede limitarse a la realidad objetiva, tiene que tener en cuenta también la realidad subjetiva.

domingo, 17 de febrero de 2013

Fusión de almas



Un cerebro humano –que no sea el de un neurólogo- no se preocupa de sus componentes físicos diminutos, esos miles de tipos de neuronas de los que apenas conocemos bien tres o cuatro, ni de cómo funcionan según extrañas fórmulas matemáticas. De un cerebro normal emerge, según sus predisposiciones y en un ambiente social propicio, y no sin conflictos y pugnas entre complejos emocionales y cognitivos alternativos, un gestor al que llamamos "yo". Ese yo que decide ver una serie televisiva, maneja un todoterreno, cría peces tropicales, paga la tarifa telefónica y eléctrica, se casa, decide tener hijos… Si trata de elaborar una explicación verosímil de su conducta, entonces el papel protagonista no correrá a cargo del hipocampo, ni de la amígdala cerebral, ni del cerebelo o la corteza, las glías o cualquier otra estructura física viscosa y ciega, sino que el protagonismo se lo atribuirá a un oscuro ente invisible llamado “yo”, "mente" o "alma", ayudado por otros misteriosos actores llamados “ideales”, “recuerdos”, “conceptos”, “creencias”, “intenciones, “amistad”, “empatía”, “lealtad”, etc. El yo tiene toda la razón. Cuando sufro un dolor de espalda agudo por causa de la protrusión de una vértebra cervical, no es el tálamo el que se duele, soy yo el que sufre y se lamenta y se tiende y decide ir al médico o tomar medicamentos. Por cierto que fue Descartes quien en  1664 describió lo que hasta la fecha aún se conoce como "vía del dolor." Ilustró cómo “partículas de fuego”, viajan al cerebro, y comparó la sensación de dolor con el sonido de una campana.

El yo no está hecho sólo de sensaciones placenteras y dolorosas más o menos reales, sino también de fantasías, como los cuentos que él mismo se cuenta acerca de su pasado y de su futuro. Es el más imprescindible de los mitos. Éstos lo constituyen más fundamentalmente que cualquier otra cosa, como su personal estructura narrativa.

Pues bien, en ese etéreo mundo, ajeno del todo a la neurología, el cerebro ha cedido casi por completo la autoridad al alma, cuyo gestor es eso "yo". Digo “casi” porque es evidente que el cerebro, y el sistema nervioso y endocrino en general, siguen siendo causa irresponsable de la actividad involuntaria (representaciones oníricas, delirios, ilusiones, alucinaciones), de los reflejos, la actividad “vegetativa” y de las reacciones emocionales inmediatas. Pero es el yo el que se percibe a sí mismo como motor e impulsor de la actividad anímica, de la fuerza y otras virtudes del carácter, de la energía del alma.

Tal vez ese actor protagonista no sea más que una representación, una “persona”, un actor,  una imagen compleja nacida de una pasión anónima, una manera compacta, holística, de autorreferencia de millones de entes infinitesimales y de billones de invisibles transacciones químicas que cada segundo tienen lugar entre ellos. Puede también que ese yo no sea más que un teatro o un extraño bucle de autorrepresentación (Hofstadter), como un espejo borgiano en el que se refleja una figura de otro espejo hasta el infinito, una imagen fractal resultado de una presión evolutiva que forzó a ciertos cerebros muy grandes a hacer una evaluación cada vez más compleja y multinivel del entorno hasta que, al cabo de millones, incluso de miles de millones de años, el repertorio de categorías para las que esos cerebros disponían de respuesta se hizo tan rico que el sistema, como una cámara de vídeo, fue capaz de apuntar hacia sí mismo. Y ese diminuto destello de autorrepresentación resultó a la postre el germen de la conciencia, del “yo”, de ese gran motor en y de nuestros cuerpos, que se arroga con razón la responsabilidad última de su causalidad.

Físicamente, es cierto, soy un cuerpo, pero metafísicamente -también es cierto- tengo un cuerpo, y puedo quitarlo de en medio de un golpe y acabar con todo su dolor con sólo precipitarlo desde un quinto piso, porque a , ese “yo” me parece, con todo motivo, el responsable último de todas mis decisiones y de todos mis actos. Si se trata de una ilusión, resulta no obstante tremendamente eficaz y posee una increíble capacidad de supervivencia. Si no fuese así, mi amiga no apreciaría para nada el regalo que le hago por su cumpleaños. Queda naturalmente por explicar quien es ese  (self) al que le parece que ese yo es el responsable de su vida anímica. A este respecto, Paul Ricoeur ha dicho cosas importantes en su Sí mismo como otro, a las que otro día me referiré, si el cuerpo aguanta.

Desde el punto de vista metafísico (o “mentalista”, que dirían los Damasio) ignoro por completo la física impersonal de esas microentidades que dibujó Ramón y Cajal y hacen funcionar el cerebro, pero se trata de una distorsión soprendentemente fiable y totalmente imprescindible (Hofstadter, Yo soy un bucle extraño, 13). De hecho, el “yo” de un físico de partículas o de un neurólogo no está menos arraigado que el de un novelista, un jornalero o un albañil. Nuestros conocimientos de física no pueden contrarrestar la larga experiencia acrisolada en la cultura y en el lenguaje. Así pues, los conceptos del “yo”, del alma o del espíritu, por su incomparable eficiencia, resultan un recurso explicativo indispensable y no un mero apoyo que pueda ser abandonado cuando tengamos los suficientes conocimientos científicos.

La idea de un yo aislado, individual, sí que me parece que debe ser desechada. En primer lugar porque me percibo a mí mismo a través del efecto que produzco en otros. Me alimento de la conversación; “amistad”, “amor” son algunos de los nombres románticos que puedo darle a esta interminable dialéctica de las almas. Córtese el intercambio de símbolos y se verá con qué rapidez el yo se deshace en la soledad y la locura (no conozco mejor descripción de este fenómeno que la que hizo el novelista francés Michel Tournier en Viernes o los limbos del pacífico). Se crea el yo, desde la segunda infancia y sobre todo en la adolescencia, bajo la atenta mirada de los demás. El reclamo de la atención ajena es por eso el “hambre” del alma, su apetito principal. O como dice Hofstadter, “mi autosímbolo va creciendo a partir de un vacío inicial”.


Dicho autosímbolo adquiere enseguida –antes de lo que suponía Jean Piaget- una capacidad de representación universal o una “universalidad representacional” gracias al uso de símbolos. Se trata de un poder tan extraordinario como misterioso: la capacidad para formar patrones que pueden ser percibidos como representación de algo, real o ideal, recordado o percibido, imaginado o soñado, pasado, presente o futuro, exterior o interior, patrones que tienen la misma forma o estructura de lo representado (isomorfismo). Esa facultad nos permite importar ideas y eventos sin haberlos tenido que experimentar.

Digan lo que digan los “animalistas”, existe un abismo insalvable entre mi perro y yo, entre los humanos y el resto de las especies. Eso que nos sitúa a parte, como seres limítrofes, que diría el desaparecido (in corpore que no in animo) Eugenio Trías, es naturalmente el alma, porque el repertorio de símbolos disponible se ha hecho en mí ilimitadamente extensible. Es el infinito a que apelaba Descartes para demostrar la existencia de Dios. Los sistemas que superan ese umbral de Gödel-Turing tienen la capacidad de modelar dentro de sí mismos a otros seres y de refinar esos modelos a lo largo del tiempo e incluso de inventar seres imaginarios sacándoselos de la manga, entre ellos, el ideal de sí mismos. Y no es necesario que sean novelistas para ello. Una vez superado este umbral, los seres con conciencia adquieren una insaciable ansia de conocer la interioridad de otros seres universales y por eso leen novelas, ven películas, se apuntan a redes sociales, se meten en la cabeza de otras personas, fagocitan las experiencias de sus semejantes.

“El ansia casi insaciable de absorber experiencias ajenas que crea la universalidad representacional se encuentra apenas a un paso de la empatía, en mi opinión, la más admirable virtud de la humanidad. ‘Ser’ otra persona de una manera profunda no consiste sólo en ver intelectualmente el mundo como ella y sentirse unido a los lugares y momentos que la modelaron; consiste en mucho más. Supone adoptar sus valores, asumir sus deseos, vivir sus esperanzas, sentir sus anhelos, compartir sus sueños, estremecerse con sus temores, formar parte de su vida, fundirse con su alma” (Hofstadter, op. cit. 17).

Somos nudos en una trama compleja de relaciones sociales en la que los muertos -cuyas almas siguen vivas en sus cuadros, partituras o escritos- también cuentan. La cultura no es más que un vasto diálogo con esas almas muertas a la vez que con las vivas e incluso con las que imaginamos que vivirán. La idea de una "economía sostenible", por ejemplo, no nace sino de ese tener en cuenta las almas de los que han de venir. 

Si mantengo conversaciones francas e íntimas con otros seres humanos la interpenetración de nuestros respectivos mundos se hace tan grande que nuestros puntos de vista empiezan a fundirse. Mi alma se extiende por el alma de otra persona, habito su cabeza, me contagio de sus creencias y prejuicios. En diversos grados, los seres humanos vivimos dentro de otros seres humanos, sin tecnología neurológica alguna. “La interpenetración de almas es una consecuencia inevitable del hecho de que nuestros cerebros sean máquinas representacionales universales”. Este es para Hofstadter el verdadero significado de la palabra “empatía”. La capacidad de hacer nuestra, parcialmente, la interioridad y conciencia de otros seres es lo que marca la diferencia entre la magnanimidad de las almas grandes (con mucha consciencia) y la pusilanimidad de las criaturas con alma pequeña o del todo desalmadas. El sentido de la moral marca la consciencia de un ser.

"Un cerebro = un alma = un yo" es una ecuación demasiado simplista. 

Primero, porque en ciertas almas hay varios "yoes" disponibles. Jung hablaría de varios complejos emocionales (y cognitivos) pugnando por la hegemonía. El más fuerte triunfa, pero puede ser derribado por otros en los fenómenos de conversión o discutido permanentemente por un rival (personalidades esquizofrénicas o bipolares). 

Segundo, porque toda persona vive parcialmente en el cerebro de otra(s). Es un mito (en el mal sentido) la existencia de fronteras herméticas entre almas. Las almas de los muertos perviven en las memorias de los vivos, al menos durante un par de generaciones. Ese yo cartesiano autosuficiente y adánico es la ilusión de un "self" mucho más dependiente de lo que Descartes suponía (incluida la su dependencia de la tradición escolástica, por supuesto, 'si fallor, sum' que dijo San Agustín).

Tercero, porque un yo puede compartir varios cuerpos, no sólo trascendiéndose en un generoso "nosotros", sino incluso manteniendo la individualidad permeable de un yo. Se trata del fenómeno que describe Hofstadter como entrelazamiento. Mediante el lenguaje, no sólo puedo darme órdenes a mí mismo, sino que puedo convertir a otros cuerpos en extensiones flexibles del propio, como saben todos los sargentos y publicistas del mundo. Mi yo no está sólo conectado a mi cuerpo, sino también al cuerpo de otras personas. Las almas se entrelazan y fusionan. Cabe incluso imaginar que dos o más cuerpos compartan un único yo. Hofstadter cita el caso de las gemelas Chaplin, Greta y Frida. Parecen actuar como si fueran una, colaboran cuando hablan, una empieza y otra acaba la palabra o la frase, o hablando a la vez, con un desfase apenas perceptible. Las personas que las han tratado sugieren que la táctica más natural es considerarlas como una única persona.


El fenómeno de la fusión de almas no es raro en las parejas bien avenidas que viven juntas durante decenas de años. Sus almas son como dos gotas de agua que se funden en una sola, en un alma de nivel más alto, donde uno más uno es igual a uno. Por eso, a veces, si una fallece, la que queda no es capaz de suturar la herida y arrastra hasta la tumba el hueco doloroso que dejó la otra, ahora aparentemente inerte.

sábado, 18 de junio de 2011

Se podrá resucitar el cuerpo pero no la mente

Autora Ana Azanza

Gracias a este simpático científico chino me he enterado de qué es un conectoma y de las investigaciones que algunos "locos" científicos se han empeñado en llevar a cabo.

Empieza hablando de nuestro DNA que nos identifica, y puede estar en la base de enfermedades y desórdenes mentales. Pero a Sebastian le gusta pensar que "Soy más que mis genes". Y así se lo hace repetir al público.
De hecho su lema es "Soy mi conectoma" . Sólo se ha logrado conocer el conectoma de un gusano que tiene 300 neuronas, el C Elegans, las conexiones entre sus neuronas son su conectoma. Pero cada uno de nosotros tenemos un cerebro infinitamente más complejo que el de ese animal.

Con 100 billones de neuronas las conexiones son diez mil veces más que en el gusano.

¿Estarán nuestros recuerdos almacenados en las conexiones entre las neuronas de nuestro cerebro? lo que me hace ser yo serían esas conexiones de mis neuronas, únicas por otra parte. La información que me hace a mí ser yo.

¿Quizás también la personalidad y el intelecto están encriptadas en esas conexiones?

Hacen falta muchos años de trabajo para encontrar y dibujar el mapa de un solo conectoma. Sólo una neurona es como un árbol frondoso y muy ramificado.En el laboratorio colorean las neuronas para ver sus conexiones. La sinapsis la conexión entre dos neuronas las describe como dos amigos hablando por teléfono.

¿Son diferentes los cerebros de hombres y mujeres? Para responder a esta pregunta pone el ejemplo del cerebro gofre, sería el del hombre, y el cerebro como un plato de espagueti, el de la mujer.

Verdaderamente la complejidad del cerebro humano se puede relacionar con el sentimiento de la insignificancia que tuvo Pascal ante "los espacios infinitos". Quizás la infinidad está dentro de nosotros mismos.

¿Tendrá la humanidad algún día la tecnología adecuada para dibujar el conectoma de un ser humano recogiendo todas las conexiones neuronales del cerebro? Sebastian Seung piensa vivir para verlo.

Nuestra personalidad cambia con la edad. Las neuronas como los árboles tienen nuevas ramas, otras mueren. Las sinapsis son eliminadas, otras se empequeñecen. ¿Por qué cambian las conexiones? hasta cierto punto nuestro ADN tiene mucho que ver, pero no sólo. La actividad neuronal juega un gran papel. Como la corriente de agua hace su trabajo en el lecho del río, las conexiones trabajan nuestro cerebro. Nuestras experiencias pueden cambiar nuestro conectoma. Por eso cada conectoma es único, incluso en gemelos idénticos. Nuestra forma de pensar puede cambiar nuestras conexiones.

La actividad neuronal no para, está en continuo movimiento. El conectoma sería el camino que se va haciendo en nuestro cerebro a fuerza de pisarlo. La actividad de las neuronas puede cambiar ese camino, nuestro conectoma. La actividad de las neuronas es la base física de nuestros sentimientos, pensamientos y percepciones.

El objerivo de estos científicos sería deshacer el lío que tienen las neuronas entre sí y buscar los caminos de nuestra actividad  neuronal, por ejemplo el conectoma del pianista que sabe tocar una sonata de Bethoven.

La muerte sería la destrucción del conectoma.

La crionización puede conservar el cuerpo y que alguna futura evolucionada civilización lo resucite. Pero los recuerdos no se pueden recuperar.

Construir y reconstruir nuestro propio cerebro con la tecnología más evolucionada, todo un sueño de la humanidad al alcance de una tecnología que va a suponer un cambio en nuestra manera de vernos a nosotros mismos como especie.

Es todo lo que da de sí mi inglés, a lo  mejor si lo escucháis encontráis más matices que he pasado por alto en el vídeo que ayudan a maravillarse todavía más ante la complejidad del contenido de nuestros cráneos.