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jueves, 22 de junio de 2023

FILOSOFÍA DEL ARTE Y ESTÉTICA ORSIANA

 

A Antonio César Fernández, excelente profesor de Historia del Arte, 
misionero salesiano asesinado en Burkina Faso el 15 de febrero de 2019. 


EL NACIMIENTO DE LA ESTÉTICA

La Filosofía del Arte fue un invento del siglo XVIII, una ocurrencia ilustrada. Nació como estudio y reflexión sobre las "bellas artes", queriendo abarcar más que los preceptos técnicos (perspectiva, cromatismo, etc.). Los autores del Siglo de las Luces rendían tributo a los debates del siglo anterior: la famosa "querelle des anciens et des modernes", que comparaba la calidad y el estilo de modernos y clásicos.

lunes, 17 de enero de 2022

De personas y cosas




En 2016 se celebró en Nueva York una exposición de arte invisible. Su numeroso público miraba las paredes como si no estuvieran vacías; alguno las contemplaba con gesto de aprobación, con los brazos cruzados y apoyando el mentón en una mano. La artista, Lana Newstrom, declaró a la prensa que el hecho de no poder ver nada en ella no significaba que no hubiese dedicado horas de trabajo a la creación de las piezas invisibles o que la obra no existiera, pues existía en su imaginación. Recientemente hemos conocido las esculturas inmateriales de Salvatore Garau (dice que ya ha hecho nueve, pero como si dice que son noventa), que asegura que basta con que él, el artista, señale un espacio vacío y nos asegure que ahí, aunque nada veamos, hay una escultura.

Dijo Kant: “Cien táleros reales no contienen más que cien táleros posibles. [Sin embargo] yo soy más rico con cien táleros reales que con un simple concepto”. Salvatore Garau es más rico con los 18.000 dólares reales que le pagaron por una escultura que se reduce a concepto (¿cómo no se le ocurrió al comprador pagar con dólares conceptuales?). El arte invisible o inmaterial (el límite radical del arte conceptual) es como el traje invisible que confeccionan Guido y Luigi Farabutto para el Emperador en el cuento de Andersen. No hay arte si no se manipula la materia. Sin agujas, tejidos, hilos y manos que sepan coser, no hay traje que tape las vergüenzas del emperador.




Una obra de arte no lo es porque la produzca el artista; al contrario, el artista sólo es artista cuando produce una obra de arte. Las esculturas inmateriales de Salvatore Garau o las pinturas invisibles de Lana Newstrom no son obras de arte porque ellos sean artistas; Lana y Salvatore dejan de ser artistas cuando crean arte invisible (creado ex-nihilo, como crearía Dios) y ponen todo su arte en explicarnos con detalle en qué consiste. Goethe dijo a un escultor: “Escultor, trabaja y no hables”. Yo digo: “Si sólo hablas y no esculpes, no eres escultor”. Para que una escultura o una pintura produzcan significado es necesario manipular una realidad material que tiene unas cualidades propias. Para comprender el sentido de una obra de arte es necesario percibir esas cualidades, la realidad sensible que la fundamenta. De una escultura inmaterial podemos percibir sensiblemente lo que su autor nos cuenta de ella: palabras habladas (oídas) o escritas (vistas). Pero entonces no es la escultura inmaterial la obra de arte, sino lo que de ella nos dice su autor; su significado no se encuentra en ella, sino en las palabras que aluden a ella. La obra de arte invisible consiste, pues, en las palabras que necesariamente la acompañan; sólo percibimos su título (“Afrodita llora” o “Yo soy” son dos de los nombres con que Garau titula sus ¿nueve o noventa? obras) y lo que su autor nos explica de ella. En definitiva, son las palabras las que nos permiten diferenciar una pieza de otra, una invisibilidad de otra. Nuestra sensibilidad, que es física, material, corpórea, debe ser impresionada por algo físico, material, corpóreo.




Todos los artefactos que existen son obra de la razón humana que opera sobre la materia sensible, ya sean científicos, artísticos o técnicos (ya sea un teorema, un poema o una hoguera). La filosofía ha solido desvincular la razón delcuerpo y la sensibilidad, determinando una racionalidad meramente conceptual. Pero la razón humana -sostiene el filósofo español Xavier Zubiri- está fundada en algo más modesto pero más decisivo: la percepción sensible de las cosas como siendo “de suyo”, como teniendo en propiedad las cualidades que percibimos en ellas. El ser de una aguja reside en coser, pinchar, etc. Esto es innegable, dice Zubiri, pero no es lo primero y radical, porque si puedo coser o pinchar con ella es porque tiene cierto tamaño, forma y composición: no puedo coser con una canica. El coser de la aguja es su “para mí”, pero la realidad de la aguja no consiste en coser, sino en tener “de suyo” tales o cuales propiedades que me permiten coser con ella (propiedades que no dependen de que yo utilice la aguja). Las cosas siempre son para mí instrumento, pero sólo porque lo que es “de suyo” me permite utilizarlas como tal. Esto quiere decir que las cosas son reales antes de ser percibidas por mí, y sólo por ello puedo percibirlas como reales, y sólo porque las percibo en forma de realidad puedo significarlas y añadirles propiedades, es decir, puedo crearlas, darles un sentido que de suyo no tienen. Las cosas, pues, tienen para nosotros dos dimensiones inseparables: tienen realidad y tienen sentido, son “de suyo” y son “para mí”. Y el ser para mí implica siempre libre creación, pero libertad relativa, condicionada: de la misma manera que la naturaleza no puede hacer surgir la vida de un átomo de carbono, el ser humano no puede fabricar una aguja de agua. Ocurre, además, que la tradición cultural en la que cría al individuo también pone límites. El contexto histórico cierra posibilidades que virtualmente están abiertas: el artista que talló la Venus de Willendorf tenía capacidades físicas y mentales para esculpir la Venus de Milo, pero no contaba con las posibilidades históricas para hacerlo efectivamente.




¿Y qué tiene todo esto que ver -se preguntará quien haya llegado hasta aquí- con esta exposición? Mucho –respondo-, en tanto que me sirve para ilustrar las virtudes que sobresalen en el proyecto Entretela de Isabel Cabello: la armonía entre concepto y realidad material; la coherencia y potencia plástica con la que ha sabido plasmar un ámbito de realidad concreto; y el valor, la pasión y la capacidad de trabajo necesarios para embarcarse en un proyecto de esta envergadura. Es la configuración final de la materia la que tiene que aprobar o reprobar la obra proyectada por la mente del artista, y buena parte de las obras conceptuales no dejan de ser proyectos cuya materialización expresa mucho menos que su explicación (algunos no expresan nada sin ella). En Entretela hay una presencia rotunda de la materia que el arte invisible niega. Es notable en cada pieza una preocupación formal y una manipulación cuidadosa de los materiales que están a mil leguas del propósito de adornar visualmente matracas teóricas, reflexiones supuestamente trascendentales, o simples provocaciones no demasiado ingeniosas (me ha venido a la cabeza el plátano pegado a la pared con cinta adhesiva de Mauriccio Cattelan… Dicho esto, el arte conceptual también nos ofrece imágenes sugerentes y metáforas sorprendentes de hondo significado). Los cuadros de Isabel Cabello no necesitan textos explicativos que expresen más que los cuadros mismos. Pero tampoco son puro formalismo. Precisamente la segunda gran virtud de esta obra radica en la adecuación entre lo expresado y la forma de expresarlo, en la coherencia y potencia plástica con que Isabel Cabello ha sabido plasmar un ámbito de realidad concreto.

En cuanto a la forma, no sería un despropósito etiquetar estas piezas bajo el rótulo ready-made (obras compuestas por objetos sacados de su contexto original). Pero es insalvable el abismo que se abre entre el origen (un urinario, un taburete, una rueda de bicicleta) y el destino de La Fuente o Rueda de bicicleta de Duchamps. En Entretela, al contrario, los objetos (telas, prendas, piezas de crochet, bordados y encajes, algunos originales de los años cincuenta) consiguen evocar con fuerza su ámbito de origen. Hay algo mucho más difícil que reproducir objetos o figuras: plasmar ámbitos de realidad, encarnar un mundo y que los demás puedan verlo. Una obra de arte es más valiosa cuanta más capacidad posee de remitirnos a las realidades más valiosas de nuestra vida. Entretela encarna un ámbito de realidad: la vida de las mujeres en el mundo rural andaluz vista por los ojos de una niña. Rilke decía que la verdadera patria del hombre es la infancia, y se puede decir que al adulto siempre le aflige la nostalgia de esa patria de la que fue expulsado y a la que nunca volverá. En este caso, nostalgia doble: por la infancia perdida y por ese mundo de Entretela que se estaba yendo cuando éramos niños y ya se ha ido para siempre.




Isabel Cabello podría haber representado convencionalmente esa realidad pretérita. Podría haber pintado a las mujeres de su familia cosiendo, lavando, cocinando… en definitiva, realizando esas operaciones en gerundio. Pero ha preferido -y ha hecho bien, puesto que en ello radica la singularidad y el valor de su obra- evocar esas operaciones realizadas en el pasado a través de objetos que portan su huella profunda. Son las cosas las que manifiestan la presencia de las personas ausentes. En lugar de retratar a su abuela cosiendo, ha recogido y recosido lo que su abuela cosía, y con ello ha realzado la presencia de su abuela. Así, el ámbito de realidad que plasma la obra queda íntimamente ligado a los materiales que la componen. Ocurre lo mismo con los colores: el blanco (de las paredes encaladas, de las sábanas tendidas al sol), el negro y los grises (el luto), los rojos que contrastan... Un mundo sobrio materializado con sobriedad. 

Una actitud característica de muchos artistas contemporáneos es el adanismo, la manía de creer que con ellos empieza lo bueno, que el pasado es un lastre del que desembarazarse. La originalidad y la provocación se convierten entonces en los motores de la creatividad. Es cierto que el arte contemporáneo debe ser original, y que siempre va a escandalizar a los reaccionarios, pero originalidad y provocación deben ser efectos colaterales del arte, no su finalidad. Hay que buscar la originalidad, claro, pero no a costa de romper con un pasado que -nos guste o no- sostiene el presente, no a costa de sacrificar lo que de valioso hay en él.

 


Distinguía Ortega y Gasset entre ideas y creencias: las primeras se tienen, en las segundas se está. Las creencias son las ideas arraigadas, el suelo fértil donde depositar la semilla de las ideas nuevas. Extrapolando estos conceptos al mundo del arte, mejor que arrasar con el pasado sería que el artista acoplara su inteligencia y sensibilidad a los repertorios estéticos que hereda (el conjunto de formas, materiales y haceres coherentes entre sí y relativamente estables que le permiten expresar su sensibilidad). Las creencias nos impulsan a repetir y recrear lo ya conocido; las ideas son las que nos permiten improvisar, inventar, experimentar. El equilibrio entre ambas es fundamental, pues algo que resultara totalmente novedoso acabaría siendo absolutamente incomprensible (pero como no hay nada totalmente novedoso no hay nada absolutamente incomprensible). Si introducimos ideas nuevas sin tener en cuenta las creencias en las que deben arraigar, hay una alta probabilidad de que no funcionen (las esculturas inmateriales parecen funcionarle muy bien a su autor, pero dudo mucho que les funcionen a sus espectadores). Y si no introducimos ideas nuevas (por miedo a romper la estabilidad de las creencias) no avanzamos, nos quedamos -como en el Antiguo Egipto- haciendo siempre lo mismo.



Antes de ver los cuadros, había leído el texto de presentación de Entretela. Luego, al verlos, me llamó la atención una frase: “[Este proyecto es] un camino sin filtros, donde la desnudez de los sentimientos…”. El impulso inicial que activa la voluntad puede ser oscuro, impreciso, fugaz: “sonidos, olores, e imágenes de mi niñez”. Pero la obra se resuelve haciéndola, manipulando una materia que impone siempre sus condiciones, hasta conseguir -filtrando mucho, trabajando mucho, con pasión y atrevimiento- el resultado buscado. La creación de una obra requiere y carga sobre ella la experiencia de toda una vida, el trabajo de toda una vida. Pero de esto el autor no es consciente… es algo que anda por ahí, y cuando es preciso sale (o no). Ahora bien, del trabajo empleado en el momento preciso de creación sí que es consciente el artista. Entretela no es efectista, no es fácil, no es fullera; los elementos que la integran tienen su porqué, su posición dentro de una estructura, tanto plástica como narrativamente. Hay mucho trabajo, del de verdad, no del trabajo invisible que ha ocupado taaaaantas horas a Lana Newstrom y Salvatore Garau. Y por eso el resultado obtenido es bien visible. Espero y deseo que la recompensa sea digna del resultado, porque lo merece.



José Javier Villalba Alameda

sábado, 24 de agosto de 2019

El arte como plasmación de “realidades ambitales”




Según el filósofo Alfonso López Quintás, el arte no reproduce objetos o figuras, sino que plasma “realidades ambitales”. Gracias a la experiencia estética auténtica el ser humano entra en relación de presencia con la realidad que se encarna en la obra de arte, la cual no intenta reproducir figuras de ciertas realidades objetivas, sino algo mucho más fértil: plasmar ámbitos de realidad que constituyen el verdadero entorno del ser humano. Así, por ejemplo, al grabar las Manos orantes, Durero no se limitó a reproducir miméticamente la figura de dos manos, sino que dio cuerpo sensible a un “ámbito de súplica”. Otro ejemplo: las catedrales son ámbito real de encuentro entre el hombre y Dios, y no una mera realidad propia de los objetos materiales. Con esas realidades ambitales es con las que el hombre e encuentra en su vida. Para Quintás, el arte nos permite crear relaciones con los modos de realidad, modular el sentimiento de realidad. Cada obra de arte encarna un mundo, y es más valiosa en tanto que posee capacidad de remitirnos a las realidades más valiosas de nuestro entorno.

domingo, 3 de julio de 2016

ESCULTURA DE SÍ


“La escultura de sí” es una obra de ética y estética escrita por Michel Onfray tras los pasos de Nietzsche. Hay que tomar esta circunstancia, “tras los pasos”, de forma literal. Onfray viajó por Italia, estuvo en Venecia, costa de Liguria, luego en Suiza, en Sils Maria en la Engandina. Visitó casas, pueblos, montañas, lagos, bosques, rocas, lugares de inspiración del filósofo. La coda del libro titulada “Cita bergamasca” describe las impresiones de ese viaje.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Cultura simbólica en el Paleolítico superior. Orígenes del arte y la religión.


La “explosión creativa” del Paleolítico superior.

Hace alrededor de 40.000 años ocurrieron en una serie de cambios tecnológicos, nuevas conductas sociales y la aparición de una cultura simbólica cuya manifestación más espectacular es el arte paleolítico. Estos cambios están asociados a poblaciones de Homo sapiens que convivieron en Europa occidental con el Homo neanderthalensis en la transición del Paleolítico medio al superior. “Explosión creativa”, “explosión cultural”, “revolución del Paleolítico superior” o “revolución humana”, ha sido denominado este estallido de creatividad, esta profunda transformación cuyos productos nos caracterizan como especie.

Respecto del origen de lo específicamente humano nos movemos, inevitablemente, en el rango de las conjeturas más que en el de las firmes conclusiones científicas. Hasta ahora no se ha podido determinar con exactitud cuándo, cómo y dónde se originaron los diversos componentes que constituyen eso que llamamos cultura. No obstante, un registro arqueológico cada vez mejor estudiado y el actual desarrollo de las ciencias cognitivas permiten realizar conjeturas que nos acercan a la comprensión de los problemas relacionados con el origen de la mente humana y sus productos culturales. Las preguntas a las que tratan de responder las disciplinas susceptibles de ofrecer respuestas sobre el origen de la mente de los humanos modernos son: ¿qué ocurrió en la mente del Homo sapiens para provocar la “explosión creativa” en ese momento y ese lugar?, ¿surgieron entonces –y lo hicieron de manera repentina- las características específicas que nos definen como especie humana?, ¿cómo evolucionó la mente humana?, ¿cuáles fueron las bases sobre las que surgió?, ¿cuál es la relación entre la conciencia, el lenguaje, la religión o el arte?, ¿son estas cosas las que nos definen como humanos?, ¿es posible trazar una línea entre lo que es humano y lo que no lo es?, ¿separa esa línea dos espacios diferenciados cualitativa o cuantitativamente?

La cuestión, entonces, es determinar qué características posee la mente del hombre moderno que la diferencia de la de sus parientes homínidos extinguidos, y si es cierto que éstos no produjeron la cultura simbólica que nos caracteriza como especie.

lunes, 17 de agosto de 2015

CULTURAS Y CIVILIZACIÓN



“NUESTRA ALMA SE EXPANDE A MEDIDA QUE SE LLENA”
                                                           Montaigne


“El miedo a los bárbaros” de Todorov ha resultado lectura veraniega "superprovechosa" . Pensamos que los bárbaros son los inmigrantes que se amontonan en la isla de Cos o en el Canal de la Mancha para entrar en Inglaterra.

domingo, 26 de abril de 2015

El Hombre Musical

Saludos de nuevo a todos. Hace ya muchos días que tenía la intención de retomar el blog tras un tiempo de trabajos y conciertos en distintos lugares que me ha impedido seguir con la actividad normal de publicaciones.

Hoy voy a aprovechar para publicar la entrada tanto en mi blog como en el blog "Espíritu y cuerpo", en el que escribí hace años un artículo titulado "Sobre los afectos y el arroz y atún", y que os invito a leer.

Voy a dedicársela a mi estimada y protectora tía madrina, Encarnación Lorenzo Hernández, quien me anima incansablemente desde la distancia a proseguir por el incierto camino de la música y me da ideas, nuevos puntos de vista y perspectivas de futuro en esta maravillosa dimensión del conocimiento.

Encar me sugirió la posibilidad de escribir alguna vez sobre lo que escucho cuando voy andando por la calle, los sonidos que me envuelven y lo que me sugieren, el intervalo de la sirena de una ambulancia y su significado o la respuesta que genera a quien la escucha. Y por qué le genera una respuesta determinada. Trataré además de darle un enfoque antropológico al tema. Vamos allá.

viernes, 10 de mayo de 2013

JACQUES RANCIÈRE : EL ARTE COMO EMANCIPACIÓN



 


 Escrito por Luis Roca Jusmet

  Jacques Rancière , uno de los pensadores de la izquierda radical vivos más interesantes, elabora una teoría estética como desarrollo de su trabajo de filosofía política. La emancipación es el hilo conductor fundamental del discurso de Rancière. La emancipación entendida como el desarrollo de las capacidades de cualquiera. Todos somos iguales en nuestras capacidades básicas y nuestra creatividad. La política, la pedagogía y la estética son los terrenos entrelazados a partir de los cuales articula sus análisis y propuestas. Rancière no es un escritor fácil ni tampoco sistemático. Su filosofía es una búsqueda, una aventura intelectual que quiere compartir, no unos saberes que quiere transmitir. En esto es consecuente con su teoría pedagógica, expuesta en el Maestro ignorante (1987): no se trata de enseñar al que no sabe sino de proporcionar al que no sabe instrumentos para que aprenda por sí mismo. Pero su camino es complejo porque el camino y el rigor intelectual lo exigen. Hay que ir desgranando en un trabajo paciente esta elaboración de Rancière. Lo que nos importa a nosotros, lo que le importa a Rancière es que lo que nos dice nos sirva. No para repetirlo sino para integrar estos materiales en nuestra propia experiencia.

lunes, 28 de mayo de 2012

FENOMENOLOGIA DEL COLOR, HENRY-KANDINSKY

Autora Ana Azanza


Michel Henry, "Ver lo invisible", sobre la pintura de Kandinsky

Michel Henry (1922-2002)

Ya que estamos con las artes traigo a colación a este filósofo francés y su magnífica exposición en clave fenomenológica sobre Kandinsky. Me ha entusiasmado esta obra de Michel Henry, “Voir l’invisible”, un libro que calificaría de místico, aunque en realidad es un ejemplo de fenomenología aplicada al arte.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Ser creativo

 Autora del post, Ana Azanza


El tema de la creatividad en el arte me parece una cuestión muy pertinente para este blog. Y dado que no soy artista debo reconocer que hoy en día el arte contemporáneo despista mucho, no es fácil saber si te están tomando el pelo.
Me he topado con una opinión que creo cualificada sobre lo que significa ser creativo. Me refiero a la opinión de Albert Boadella. Asistí a una de sus representaciones teatrales: don Quijote en Manhatann. Creo que es un espectáculo que no podré olvidar. Fue una obra altamente creativa, divertida, bien montada, obra de arte y sin demasiado derroche de medios, una representación más bien sobria, muy bien hecha.

Esto dice Boadella a propósito de ser creativo

:http://www.elsjoglars.com/blog.php?post=486

La creación del mundo

Dentro de unos días debo impartir una conferencia sobre mi forma de hacer teatro en unas jornadas que llevan por título La Creación del Mundo. El lema, sin duda muy sugestivo, resulta totalmente contradictorio con la forma como he forjado mi teatro y he percibido las artes en general. Así me tocará explicarlo ante un auditorio seguro de asistir a los razonamientos de un creador.
En uno de nuestros múltiples decálogos escénicos figura como primer mandamiento “Dejar a Dios como único creador” Parece una obviedad, si nos remitimos a nuestra cultura judeocristiana. Sin embargo, lejos de ser una simple butade refleja un principio esencial que debería regir el ánimo de todo artista en el momento de encararse a una obra. Esta concepción “creativa” es un fenómeno muy actual derivado precisamente de una época que induce al practicante de un arte a repeler cualquier forma de tradición. Todo debe empezar y acabar en uno mismo pues el “yo” obsesivo es hoy la base de cualquier expresión artística que se precie. De aquí la cantidad ingente de productos de esta índole que no alcanzan ni los mínimos técnicos exigibles. Me refiero, naturalmente, al principio indispensable de comunicación con el espectador. El término crear, tal como expresa la primera acepción del diccionario de la lengua española, es “Producir algo de la nada” o sea, absolutamente contradictorio con el acto de elaborar una obra de arte, la cual necesita siempre de la referencia externa y muy especialmente de la tradición artesanal del propio oficio.
Mi teatro no existiría sin la substancia de Aristófanes, Moliere o la Commedia dell’arte por citar solo unos pocos. Pero es que estos colegas titiriteros tampoco hubieran existido sin sus predecesores y así hasta el primer simio que expresó su ánimo amenazante golpeándose a si mismo el pecho para atemorizar a sus rivales. Pienso que nos encontramos ante una confusión interesada, pues aprovechando la epidemia relativista que nos invade, se coloca en el mismo rasero al bricoleur de materias plásticas y Vermeer, eso para no citar las petulantes comparaciones con los manipuladores de alimentos.
Hace unos días, durante el coloquio de una conferencia sobre toros donde, entre otras cosas, alababa la importancia vital de la tradición en la firme y sutil evolución de la lidia, una señorita me preguntó qué significaba exactamente la tradición en el arte. Le respondí que la primera sinfonía de Beethoven, si la escuchaba sin saber a quien pertenecía, era muy fácil confundirla con una obra de sus antecesores Mozart o Haydn pero que esa duda ya no sucedía con la tercera o la quinta que a su vez ejercieron influencias decisivas en otros grandes compositores.
En definitiva, el influjo desacertado que le confiero al término "crear" puede parecer una nimiedad si consideramos sus beneficios publicitarios pero como toda palabra falseada en su significado no resulta totalmente impune. Induce a los jóvenes artistas a una concepción errónea sobre el punto de partida. Se miran a si mismos en lugar de mirar a su exterior. Pierden el sentido de su acto que no es expresar fanáticamente las propias “neuras” sino catalizar las ajenas, y lo que es aún peor, están convencidos que van a inventar algo cuando precisamente todo existe ya en su entorno. Solo se trata de poner la luz sobre lo oculto y devolverlo a la realidad para que tome una nueva dimensión. En este preciso sentido, es mejor cambiar el endiosamiento que conlleva el vocablo "crear" por algo más científico como la simple función de desvelar, y así de paso, cumplimos con el segundo mandamiento que dicta: No tomarás el nombre de Dios en vano.