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miércoles, 29 de enero de 2025

SOBREVOLANDO LA MEDITACIÓN

 

Dibujo de IA Copilot

La meditación: reducción del estrés para la mayoría, el nirvana para pocos.

“Igual que en el piano, se necesitan diez años (por lo menos) 
para aprender a tocar las teclas del alma”. 
Pablo D’Ors
Por Mar Cruz

“En el budismo el yo es insustancial. Así que da igual si publicas mi nombre”. Me dijo Mu-shin, un monje budista, cuando le entrevisté. Me pareció muy irónico y me dio la risa, pero un par de días después me percaté de que ahí estaba toda la cuestión y se me había escapado. ¿A qué se refería con ese Yo? ¿Se refería al ego freudiano, al Ello? ¿Es un yo más profundo que se encuentra dentro de nosotros? De forma automática me vino a la mente el “llega a ser el que eres” del Oráculo de Delfos. Pero… ¿es que podemos ser otros?

La primera impresión es que meditar te hace desconectar de ti para poder liberarte de ti mismo. Entonces, ¿queremos olvidarnos o queremos encontrarnos? Somos unos seres extraños, híbridos de biología y cultura, como nos recuerda a menudo J.A.Marina. La inteligencia nos ha ampliado y facilitado la vida, pero parece que casi de forma proporcional nos ha entrampado, nos la ha complicado. Basta ver cómo han aumentado nuestros miedos: antes nos bastaba con el miedo a las fieras y a las tormentas, ahora el miedo más común es el de no realizarse personalmente entre otros miles que nos hemos fabricado.

Parece que el hombre del s.XXI tiene que hacer muchos malabarismos para sostenerse en pie. La meditación se presenta como una gran herramienta. Los famosos van por delante: Richard Gere, Madonna, Youval Noah Harari, Paul McCartrney, Oprah Winfrey…

El método parece sencillo: quietud y concentración en la respiración: un auténtico asalto a nuestra parte más primigenia, a lo más puro, a lo más esencial de la vida.

Es como si en el imaginario colectivo existiese una idea genuina de ser hombre y, por ende, un yo auténtico en cada uno de nosotros y andamos tras ello, no sólo en la meditación, por cierto, sino en todas esas modas de vivir en el campo, comida bio, ecologismo…Estoy rodeada de gente que se fabrica hasta sus propios detergentes y te miran mal si te equivocas reciclando.

Witold Gombrowicz, escritor polaco, dedicó toda su vida a mostrar el mito de la autenticidad, nos vino a decir que, si nos desprendemos de todas las máscaras, nos encontraremos con el vacío, porque ser persona implica ser “artificial”. Sin nuestros revestimientos culturales, no seríamos nada….

Pero ¿cómo reaccionar al observar que “la tecnología ha sofisticado de manera extraordinaria nuestras posibilidades de no ser nadie?” Ferran Toutain nos muestra cómo el individuo actual se reduce a una esponja que absorbe todos los fluidos que genera la sociedad. “La postmodernidad ha llevado hasta sus últimas consecuencias tanto la despersonalización del hombre como su afán por personalizarse”. De ahí el éxito de las identidades colectivas como medio para encontrar la ilusión de ser original. Otro gran malabarismo actual.

Vivimos tan cómodos con nuestras ilusiones que me resulta descorazonador averiguar, como decía André Bretón, que el “Yo” es una fantasía de las ciencias sociales.

Sería muy inquietante pensar que el supuesto “yo auténtico” que queremos descubrir pueda ser igual de impostor que nuestra máscara. Se dice que “Víctor Hugo era un loco que creía ser Víctor Hugo”. Toda una locura, por eso la filosofía no es para todos los públicos y puede uno “morir” fácilmente de sobredosis. Así que mejor a sorbitos…

La mayoría de los mortales quizás sólo acuda a la meditación para rebajar el estrés, cosa que en la Universidad de Massachussets aseguran que hace, además de otros beneficios como reducción de la ansiedad y los síntomas de la depresión secundaria. Así que como hecho fáctico si te quedas quieto y te concentras en la respiración aumentará tu sentido del bienestar. A mayor atención y concentración menos posibilidades de sufrir secuestros emocionales. Sólo por eso, vale la pena.

Además de la relajación y la concentración, los monjes añaden una tercera fase a esa práctica: la contemplación, que en su estado máximo puede llevarte al Nirvana. Y esto ya son palabras mayores y nos obliga a adentrarnos en el terreno de la metafísica.

Lo que parece claro es que la sociedad líquida (Zygmunt Bauman) en la que vivimos no está necesitada de más dogmas, sino de más cuerpo. Añoramos como nunca sentir el simple latido de nuestro corazón. Hasta Pablo d’Ors está revolucionando el catolicismo recuperando esta práctica como lo hacían los padres/madres del desierto y está teniendo éxito.

¿Cómo podemos comprender esa dimensión espiritual? Pues probablemente no podamos, como tampoco entendemos la física cuántica. Pero veamos por dónde pueden ir los tiros. La escuela de budismo japonés Rinzai utilizaba los koans en su práctica. Los koans eran unos acertijos para trabajar durante la meditación, en realidad, no pueden resolverse desde la lógica, hay que disolverse en ellos. Experimentar esa sensación es como dinamitar todo lo racional, romper con ello e instalarse en un plano más intuitivo y visceral. Debe ser como tomarse la pastilla roja de Matrix o sentirse el esclavo liberado de la Caverna de Platón. En esas experiencias hablan con frecuencia de fusión con el universo, con el todo… y cómo has arrasado con todo y estás en otro lugar, ahí ya no está ni tu ego ni tus máscaras ni tu yo más profundo y, probablemente, ni siquiera estás siendo más tú mismo. Estás comprendiendo el todo.

La comparación con Matrix requiere una aclaración porque no es tan fácil como tomarse una pastilla, es más bien como aprender a tocar al piano: mínimo diez años para aprender a tocar las teclas del alma -nos aclara D’Ors.

Muy impresionante todo y algo debe tener el agua cuando la bendicen. Filósofos como Schopenhauer conocieron el budismo y lo incorporaron en parte a sus filosofías.

Los efectos de la meditación no son equiparables al síndrome de Stendhal, pero sí intuyo una conexión con la experiencia estética porque la meditación como el arte tendría una función reveladora: mostrar lo que de ninguna otra manera sería accesible, revelar lo que el intelecto -o la razón- roba a la experiencia sensible, revelar el dios de cada cosa, como decía Heidegger.

sábado, 18 de junio de 2022

PERSONAS Y CLONES

 

Clones, JBL 2022

Con el refinamiento tecnológico del teletransportador el viaje de la Tierra a las Colonias de Marte no duraba más que unos minutos. La empresa Kinesion Preston se encarga de todo por un precio módico.

Pero ahora la empresa internacional de teletransporte se enfrenta a la demanda de un cliente descontento con sus servicios, porque acusa a Kinesion Preston de haberlo matado. En efecto, alega que el transportador funciona escaneando mediante precisa tomografía auxiliada por un potente ordenador cuántico todo el cuerpo del presunto viajero, célula a célula, pero a la vez que las destruye. El sistema transmite la información a Marte, a la velocidad de la luz y allí se reconstruye el cuerpo célula a célula y por supuesto el cerebro con sus millones y trillones de neuronas y conexiones sinápticas. La persona de marte parece, siente y piensa como la terrestre. Desapareció en el planeta madre y aparece aquí, en el planeta rojo.

lunes, 9 de diciembre de 2013

EL REQUIEM ATEO DE MICHEL ONFRAY

Michel Onfray, el filósofo ácrata, descendiente de Epicuro, Demócrito y admirador de Camus frente a Sartre,deja su pueblo Argentan; en el que ha vivido durante 37 años. En él pasó la infancia y tras interrupciones por estudios, en él se instaló con su mujer Marie Claude Ruel fallecida en agosto, víctima de un cáncer. La enfermedad duró 13 años y para Onfray Argentan se ha convertido en la ciudad del hospital y de las hospitalizaciones, las urgencias, la quimioterapia, las consultas médicas, la farmacia y al final la ciudad del cementerio donde descansa Marie Claude. Escogieron Argentan para vivir aunque los dos profesores trabajaban en sendas localidades: Michel Onfray en Caen y Marie Claude en Falaise. Cuando Onfray terminó su tesis doctoral le propusieron un puesto en la universidad de Friburgo, Suiza, luego otro en Ottawa. Pero decidieron quedarse en el pueblo. Más tarde entró en el instituto y casi 20 años después publica su primer libro. El primero de los 60 por el momento. Este mes acaba de publicar tres "Requiem Ateo" (poesía), "La constelación de la ballena" (novela) y el quinto tomo de su Diario hedonista.

miércoles, 29 de mayo de 2013

AUTOBIOGRAFIA E INTERSUBJETIVIDAD










Muy interesante libro del psicoanalista y neurólogo Boris Cyrulnik sobre cómo funciona la memoria, fundamento de la identidad personal. Cyrulnik ha experimentado que la memoria construye, no sólo archiva. Que trabaja, rehace, borra y reescribe en función de la propia vida para lograr un relato coherente. El psicoanalista y neurólogo ha trabajado sobre su propia experiencia como niño judío en la guerra mundial.   Cyrulnik tenia recuerdos de su infancia y pensaba que correspondían firmemente a la realidad de los hechos que había vivido. Pero cuando fue a reconocer los lugares, como la sinagoga de Burdeos, y las personas, la enfermera que lo salvó, se dio cuenta de que su memoria había cambiado ciertas cosas. La memoria transformó involuntariamente, pero reforzando las imágenes en el sentido de la vivencia que los hechos vividos supusieron para él. No es que la memoria engañe, sino que “trabaja” a favor de la coherencia del relato de nuestra vida.

No podemos ni debemos “adaptarnos” a una realidad sin sentido, como pudo ser la persecución sufrida por los judíos en la guerra.

lunes, 18 de julio de 2011

Género y políticas de identidad: Permanencia y cambio


(Comentario en torno a La dominación masculina de Pierre Bordieu y La tercera mujer de Gilles Lipovetsky)

Desde la segunda mitad del siglo XX se aceleró, de manera significativa, el ritmo de transformación de la condición femenina en el mundo occidental, entre otros múltiples factores debido al acceso a la educación superior, la incorporación masiva al mercado de trabajo y el incremento de la presencia de la mujer en la esfera pública.

Se trata de un proceso de cambio extraordinariamente complejo por la acción de fuerzas económicas, sociales, políticas y culturales mutuamente interconectadas. Así sucede con los cambios sociales (contracepción, divorcio, reducción de la tasa de nupcialidad) que han motivado la ruptura del modelo tradicional de familia, lugar privilegiado de reproducción de los esquemas patriarcales (subordinación jerárquica de la mujer al varón y su papel reducido a labores domésticas); la formación y educación de la mujer, que permite el desempeño de trabajos cada vez más cualificados, y la tarea crítica del movimiento feminista en la denuncia de los clichés ideológicos que la habían esclavizado, en la sociedad burguesa, al trabajo en el ámbito del hogar y al rol meramente reproductivo; un mercado en constante expansión, que crea nuevas imágenes de productos y servicios y provoca, con ello, la necesidad de incrementar la capacidad económica de la unidad familiar mediante el trabajo remunerado de la mujer, hasta entonces confinada al papel de ángel tutelar de la casa, para satisfacer los apetitos de consumo generados …

En cualquier caso, los analistas coinciden en señalar que los innegables avances registrados en el lugar de la mujer en la sociedad ocultan su permanencia en posiciones de avance solo relativas, como demuestra su infrarrepresentación en el desempeño de tareas científicas o técnicas o al frente de puestos de autoridad (poder político o financiero), reservados al varón, ubicándose mayoritariamente, en cambio, en actividades que se consideran adecuadas al ser femenino culturalmente definido: educación, sanidad, otros servicios…, concebidas como prolongación natural de los trabajos tradicionales del hogar y que resultan compatibles con las exigencias de la maternidad. Para Bordieu, la tasa de feminización de una profesión es índice de medida de su valor social, de manera que la mujer solo ocupa nichos laborales devaluados socialmente, que ya no encuentra apetecibles el varón o que, por el hecho de estar siendo atendidos por mujeres, pierden por ello su prestigio preexistente.

Por tanto, existe un largo camino por andar en la igualación de los roles de género. Frente a la eternización de la división sexual que se produce cuando se la entiende encarnada en esencias inmutables, se trataría de re-historizar la división de género, introduciéndola en la dinámica del cambio social, esto es, entenderla como un elemento construido culturalmente y no dado por la realidad, siendo por ello susceptible de reforma. Tal reto parece particularmente perentorio de abordar en las sociedades en que la discriminación sexista es la norma secularmente arraigada.

Bourdieu revela cómo la mujer es víctima de una violencia simbólica tanto más peligrosa cuanto que resulta imperceptible, pues se articula en una cosmovisión creada culturalmente pero que reviste la apariencia de ser conforme, por completo, con la naturaleza real de las cosas. Dicha concepción del mundo jerarquiza sus elementos aplicando un principio androcéntrico, que otorga prioridad a todos los valores que, en la lógica de las oposiciones binarias, se asocian arbitrariamente al polo masculino.

Sin embargo, la mera toma de conciencia de tal sojuzgamiento simbólico no produce una liberación automática respecto del mismo. Por el contrario, persiste una fuerte resistencia en la conciencia y acción, porque el programa de percepción del mundo bajo aquellas relaciones de poder, para el hombre y la mujer, se halla incorporado a su ser por medio de hábitos persistentes, adquiridos durante la socialización en la familia, la escuela, por la Iglesia o el Estado.

Para Lipovetsky, la cuestión más enigmática, a la hora de entender la identidad femenina en las actuales sociedades igualitarias, es la relativa continuidad de los roles tradicionales (papel todavía central en el hogar, predominio del elemento sentimental frente al racional o la elevada valoración de la estética en el mundo de valores femeninos). Los atributos atribuidos a la mujer durante tantos siglos y ahora reconfigurados en la sociedad posmoderna, coexisten con tradiciones que, para el autor, no responden meramente a inercias históricas, como arcaísmos resistentes, ni al impacto de un determinismo biológico en el orden social y psíquico, sino que se acomodan a la nueva autonomía individual de la mujer, como vectores de su identidad de género y poder.

Por su parte, Bordieu pone adecuadamente el acento en que no solo la mujer es sujeto pasivo de férreas estructuras simbólicas. También el hombre es prisionero y víctima de las representaciones dominantes, que le obligan a una confirmación constante de los estereotipos propios de la virilidad.

El avance cultural basado en la puesta en práctica de estos modelos de género en transformación, con nuevos patrones de conducta, permitirá a largo plazo un cambio social significativo, que no es susceptible de producirse sin más con la acción performativa de medidas políticas, como las cuotas de paridad propugnadas por el feminismo de la igualdad, cuya discutible eficacia critican por igual Bordieu y Lipovetsky. Ello sucede por la extraordinaria autonomía relativa de las estructuras sexuales frente a las económico-políticas (Bordieu), cuya evolución no corre pareja. Por ello, las modificaciones en una de esas esferas mediante reformas políticas puede dejar inalterada la situación en la otra durante, todavía, muy largos períodos.

En cualquier caso, tras la lectura de las obras de Bordieu y Lipovetski queda en el aire un aroma a utopía y fin de la historia. Con un esquema de interpretación típico del marxismo, Bordieu señala que, a la larga y al amparo de las contradicciones inherentes a los diferentes mecanismos institucionales implicados, la acción crítica podrá contribuir a la extinción progresiva de la dominación masculina.

Por su parte, la “tercera mujer” de Lipovetsky (superación dialéctica de la “mujer depreciada”, como ser inferior y peligroso para el orden social durante la antigüedad y el medievo, y la “mujer exaltada”, con la burguesía, solo en su condición de esposa y madre) se muestra para tal autor como un proyecto todavía indeterminado, con un destino imprevisible en su autocreación aunque, frente a su visión optimista, puede dudarse si la tan anhelada autonomía femenina no acabará sucumbiendo, como los ejemplos históricos previos, a un modelo heteronormativo (pensemos en la agresividad publicitaria del mercado y en la docilidad femenina a las imágenes impuestas por el mismo).

La última etapa en la dinámica igualitaria moderna sería, para Lipovetsky, la feminización del poder.
El feminismo de la diferencia ha dado origen a un nuevo mito, la mujer como sujeto revolucionario, depositario de las esperanzas de salvación de la humanidad merced a su reserva de valores elevados: sensibilidad, intuición, preocupación por el prójimo… Lipovetsky, sin embargo, prefiere la idea de una unidad del género humano pero descartando esa temida utopía de una sociedad hiperracional, en la que la diferencia de sexos sería solo anatómica.

jueves, 14 de julio de 2011

Un yo disperso



Algunos consideran el posmodernismo como la lógica cultural del capitalismo tardío. Algunos textos sobre el posmodernismo de Fredric Jameson se pueden encontrar en la red. Paidós publicó su muy citada obra El posmodernismo o la lógica cultural del modernismo avanzado, 1995. Este intelectual norteamericano, de formación marxista, afirmó que, en un mundo posmoderno, el sujeto no está alienado, sino fragmentado, pues para él la alienación supone centralización e identidad, y no es el caso que el sujeto posmoderno posea estas cualidades "modernas", propias -diríamos nosotros- del sujeto que se constituía leyendo, centrando y concentrando su atención. La atención del sujeto posmoderno se dispersa sin cesar, salta por el hipertexto, de aquí para allá, sabe donde empieza pero no donde acaba. El ordenador se ha convertido en el objeto de prueba del posmodernismo, como los sueños y las bestias pusieron a prueba la modernidad.

Esto piensa Sherry Turkle, quien estudió cómo afecta a nuestra forma de pensar(nos) La vida en la pantalla (Paidós, 1977), o "frente a la pantalla", si no reconocemos que se pueda vivir virtualmente dentro de ella. Sherry Turkle sacó punta a algunas de las tesis de Jameson.

Sin embargo, podemos preguntarnos si  no será esa fragmentación y fluidez del sujeto descompuesto en sus máscaras, en sus nicknames, en sus espacios virtuales, la especie posmoderna de su alienación. El crédito deviene privilegio de acceso a mazmorras telemáticas.

Escribe Emilio López Medina: "En contra de todo lo que dice la Filosofía, estoy dispuesto a defender que las personas no son las mismas a lo largo de su vida: es decir no existe una identidad personal". Me extraña que el gran aforista escriba esto. O tal vez se delate con ello como un cartesiano irredento. Lo que discuto de su tesis es que toda filosofía haya sostenido eso. Platón mismo habla a veces como si en cada uno de nosotros no hubiera una sola alma, sino al menos tres. El escocés David Hume puso en duda en plena Ilustración la sustancialidad e identidad del yo -Emilio conoce de sobra esa quiebra crítica de la metafísica-, y desde luego la filosofía posmoderna ha hecho del escepticismo de Hume uno de sus precursores más significados. El yo posmoderno se distribuye como un conjunto de máscaras en el escenario de la simulación mediática. Ya Hume asoció el yo al teatro o a una república en la que no solo hay gobierno y orden, sino también facciones que aspiran a arrebatárselo, y desorden. Jung hablaba de los complejos emotivos como almas parciales, almas que pugnan por hacerse con el control de la mente. ¿Puede hablarse en el caso del trastorno bipolar o de la esquizofrenia de una sola alma?

El yo posmoderno es un yo descentrado, distribuido por múltiples mundos superficiales, carece de profundidad y constancia. Se agota en sus apariencias, en sus superficies marcadas por las sombras de la cosmética. Huye del compromiso porque -pobrecillo- no puede asegurar quién será mañana. Hasta puede convertirse en un yo de quita-y-pon, un yo consumible, comprable y vendible, desechable, de usar y tirar, un yo clinex.

Sin embargo, de todo se cansa uno, y sobre todo de simular, por eso ese yo posmoderno es también un yo con ansia de identidad, con nostalgia del espíritu.

He aquí la trágica paradoja: en teoría, el yo unitario es una ilusión, o puede explicarse como una "idea de reflexión", como una especie de ramillete de rastros mnémicos, un hábito de la mente aportado por la costumbre y los juegos de lenguaje. La imagen del yo no sería más que el significado (sin referente) de la voz "yo" (significante). A fin de cuentas, el lenguaje es creativo. Pero don Quijote solo mata gigantes como molinos en la prosa de Cervantes. ¿No se hablaron  antiguas lenguas que solo sabían decir nosotros? La idea del yo reconoce su filiación con esa facultad de representación de la experiencia que es la imaginación-memoria (Madre de las Musas). En la amnesia (que puede ser también social, pérdida de conciencia histórica) no sabemos ya quién somos.

No tengo experiencia sensible del yo, no me lo corto cuando corto sus uñas. No sé cuánto pesa mi alma, ni  cuáles son las dimensiones espaciales o temporales de mi espíritu, si es que mi espíritu pertenece al espacio tiempo. Puede que no pueda decir que el yo exista, si por existencia entendemos la existencia aquí y ahora, en el espacio y el tiempo, pero en la práctica ¡el yo es la realidad más básica! No nos cansamos de pronunciar su nombre ni de oírlo pronunciado por otros. Escribo su nombre propio con orgullo al pie de mis mejores fotos, de mis mejores artículos. Todo lo refiero a él, sin pensarlo, a esa intimidad insondable, etérea. Pasa lo mismo con la libertad de ese yo; en teoría, la libertad es un concepto proversivo, uno de los grandes desiderata, un ideal de la razón e incluso del "corazón", pero la libertad no es algo que podamos meter en un matraz de laboratorio, pesar o radiografiar. Sin embargo, en la práctica, si niego la libertad, ipso facto me convierto en una cosa, dejo de ser persona. Puedo mandar al traste la responsabilidad (y esto es un gran alivio), pues si no soy libre no tengo por qué responder de lo que "me sucede", pero también pierdo la  dignidad, no valgo más que ninguna cosa, viva o inerte.