Mostrando entradas con la etiqueta Freud. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Freud. Mostrar todas las entradas

martes, 17 de febrero de 2026

DE LO SUBLIME

Imagen creada con la ayuda de IA Gemini

"Algunas virtudes necesitan espuelas, otras necesitan riendas" 
('quaedam virtutes stimulis. quaedam frenis egent')
Séneca. De vita beata, XXV, 6

LENITIVOS

Parte Freud en El malestar de la cultura (1929) de la condición trágica de nuestra especie. El sufrimiento nos amenaza por tres frentes principalmente: desde el propio cuerpo que nada más madurar decae sin remedio; desde el mundo exterior, capaz de encarnizarse con nosotros mediante terremotos, riadas, sequías y otros desastres naturales; y en las relaciones con otros seres humanos, tan tóxicas y destructivas a veces. Puede que "el sufrimiento que emana eventualmente de esta última fuente nos sea más doloroso que cualquier otro".

Lo sugirió Epicuro: Dese usted por feliz si escapa a estos sufrimientos. Estará lo mejor que pueda estar si nada le duele. Si no puede evitar al obscuro enemigo que nos roe las entrañas (el tiempo, según el verso bodeleriano), contra el dolor cabe adoptar ciertos procedimientos lenitivos. El más crudo y efectivo es la intoxicación, la ingesta de fármacos, el mareíllo engañoso del alcohol, el entontamiento que proporcionan los opiáceos... La farmacopea de nuestros días ha ampliado maravillosamente sus provisiones analgésicas y sus páginas de calmantes. 

En segudo lugar, cabe lo que llamaríamos el método estoico. Se trata de ejercer la libertad de la voluntad influyendo en nuestros impulsos, reduciendo sus pretensiones para evitar frustraciones o morbos, los que el estoicismo llamó "pasiones". Se trata -como explica Freud- de "dominar las mismas fuentes internas de nuestras necesidades". Esto lo ensayan también algunas filosofías orientales como el yoga. Por esta senda, uno no busca placeres, sino reposo, serenidad, paz interior, quietud mística una vez suprimido el deseo, moderando la vida instintiva bajo el gobierno de instancias psíquicas superiores sometidas al "principio de realidad". Limitamos los placeres intensos, pero también los dolores, dependencias y desilusiones concomitantes.

Es la soprosyne socrática, templanza, moderación o sensatez. "¡Qué rico soy, que poco necesito!", cálculo racional de las satisfacciones que, al modo de Epicuro, se conforma con las más elementales de comer pan cuando se tiene hambre, beber agua cuando se tiene sed y yogar los fines de semana con la parienta o el pariente, después de una cena romántica. El soberbio y enloquecido colmo de esta ascética es el de Diógenes, que se conformaba con vivir en un tonel y satisfacer sus deseos sexuales masturbándose. 

La estrategia estoica no es evitar del todo las diversiones ni las relaciones sociales, sino dosificarlas racionalmente. Con ello, hay que reconocerlo, limitamos las posibilidades de placeres intensos, pues el goce que experimentamos al satisfacer un impulso salvaje y primitivo, no sujeto a las riendas del Yo (o a la autoridad de lo logístico), es incomparablemente más intenso que el que se siente al saciar un apetito dominado por la voluntad racional (lo que Hegel y otros alemanes muy románticos llamaban Geist, espíritu).


SUBLIMACIÓN

Una tercera técnica para evitar pesares y sufrimientos es la sublimación que Freud interpreta como "desplazamiento de la libido" ("libido" sin tilde, "lívido" significa amoratado). Consiste en reorientar los fines instintivos, los impulsos y deseos, de modo que eludan la frustración del mundo exterior. Satisfaciones de esta clase son las que experimentan los artistas con sus creaciones por gracia de la encarnación de sus fantasías, también los investigadores al solucionar sus problemas especializados o al descubrir verdades nuevas. A estos placeres sublimes (nunca mejor dicho), por ser superiores los considera Freud "metapsicológicos" y le parecen más "nobles" y más "elevados, aunque su intensidad es muy atenuada comparada con los placeres que proporciona la satisfacción de los impulsos groseros que la Iglesia llamó "del mundo, del diablo o de la carne", porque los placeres sublimes, religiosos, científicos o estéticos, no conmueven físicamente, o no lo hacen con la intensidad de los instintos primarios.

Ernesto Cardenal escribió este epigrama en los años cincuenta del siglo pasado, poco antes de ingresar en un monasterio trapense, versos que ilustran muy bien este mecanismo psicológico de sublimación o desviación de los impulsos libidinosos: 

"Me contaron que estabas enamorado de otro / y entonces me fui a mi cuarto / y escribí ese artículo contra el Gobierno / por el que estoy preso." 

El poeta desvió sus deseos, que contrariaba su amada Claudia, o los sublimó poéticamente, convirtiendo su frustración en crítica política. El aspecto débil de la sublimación es que no está -según Freud- al alcance de cualquiera ni a disposición de la mayoría, que "solo es accesible a pocos seres", pues presupone disposiciones y aptitudes peculiares que, o no son habituales o no se dan en la medida suficiente. Y con todo, la sublimación no nos inmuniza frente a los atropellos de la necesidad o de la mala suerte y fracasa cuando el propio cuerpo se convierte en fuente de malestar, a causa de su vejez o de sus enfermedades.

La sublimación es parte de una serie de tendencias que buscan la independencia del mundo exterior, que ansían satisfaciones sustitutivas generando procesos mentales internos. Las ilusiones son a este respecto -como vio Ortega- un tónico imprescindieble de la voluntad de vivir, de mejorarse y de crear. Freud habla de la religión, precisamente, como de una ilusión, aunque en su siglo cientifista prefiere otras vías de sublimación. Cita a Goethe: 

"Quien posee Ciencia y Arte / también tiene Religión; / quien no posee una ni otra, / ¡tenga religión!". 

El aforismo enfrenta la religión con lo que Freud considera las dos máximas creaciones del hombre, afirmando que pueden sustituirse mutuamente en cuanto a su valor vital. El poeta no nos respaldaría si pretendiésemos privar de religión al común de los mortales que ni son científicos ni son artistas. También el gran humanista George Steiner sostiene que el pensamiento occidental ha sufrido un agotamiento de su capacidad creativa porque ha roto el vínculo con lo trascendente o lo "divino", porque toda creación humana significativa es, en última instancia, una metáfora de la creación teológica (Gramáticas de la creación, 2001). En efecto, nada bueno puede seguirse del nihilismo y del vacío denunciado por Gilles Lipovetzky). Tampoco es imprescindible imaginar un más allá...
"Estamos amasados con ilusiones -escribe Voltaire- , pero con una fortuna honrada y una mujer más honrada todavía, se puede ser todo lo feliz que permite la frágil naturaleza humana" (carta de 29 de abril 1771).

Incluso es posible obtener satisfacción en ilusiones reconocidas como tales sin que su discrepancia con el mundo real impida gozarlas. Freud anota en el segundo capítulo de El malestar de la cultura la importancia del trabajo como satisfacción indirecta, explicando cómo la simple faena de los oficios manuales, accesible a todo el mundo, puede desempeñar la funcion que tan sabiamente recomendaba Voltaire...

En efecto, el adalid francés de la tolerancia se quedó estupefacto ante el terrible terremoto de Lisboa que mató a miles de personas... "hay que conceder que el mal está en el mundo", exclamó en su poema de 1756. La naturaleza no es ninguna fuente de moral. A la naturaleza le importa un comino el sufrimiento o la dicha del honrado, o el éxito del malvado ("bicho malo nunca muere"). Natura naturans es del todo indiferente a la virtud y el vicio. Su Logos no tiene nada que ver con la razón moral o ética. Hasta el terremoto de 1755 Voltaire aceptaba la visión de este mundo como el mejor de los mundos posibles, concepción propia del racionalista Leibniz, pero su punto de vista cambió después de que miles de devotos murieran en las iglesias de Lisboa. En su novela Cándido o el optimismo satiriza el "buenismo leibniciano". Cándido es acosado por un mundo de muerte y homicidio, engaño e hipocresía, estupidez y maldad. Se encuentra una y otra vez con Panglos, su maestro filósofo, que afronta el mundo con un ramillete de citas de Leibniz, aunque él mismo no hace sino soportar desgracias y vellaquerías. Panglos es el "pan-glosador", el charlatán universal. Ante esto, el programa de Voltaire para una vida en medio del mal es este:
"El trabajo mantiene lejos de nosotros tres males: el aburrimiento, los vicios y la penuria (...) Trabajemos, pues, sin cavilar demasiado; es el único medio de hacer soportable la vida".
La novela acaba con la famosa frase de Cándido: "¡Tenemos que cultivar nuestro jardín!". Comentando este pasaje, Rüdiger Safranski cita la moraleja que extrae Gottfried Benn de la lección volteriana: "¡Ser tonto y tener trabajo, ahí está la dicha!". Sea como fuere, al trabajo hay que concederle gran importancia en la economía del bienestar (libidinal, para Freud) pues liga fuertemente al individuo con la realidad (y del placer, según el psicoanálisis) o, por lo menos, lo incorpora sólidamente a una parte de lo consistente. La actividad profesional ofrece particular satisfacción cuando ha sido libremente elegida, entonces facilita también ella una sublimación gratificadora... Pero incluso cuando uno no ha elegido su quehacer, es posible, si no hacer lo que uno quiere, querer de algún modo lo que uno hace, poniendo alma (como hace el artesano en sus artesanías) o amor (como hizo siempre el ama de casa, la dueña) en sus faenas cotidianas. Este es el "dios entre pucheros" de santa Teresa.

No obstante -escribe Freud- "el trabajo es menospreciado por el hombre como camino a la felicidad" y "la inmensa mayoría de los seres sólo trabajan bajo el imperio de la necesidad, y de esta natural aversión humana al trabajo se derivan los más dificultosos problemas sociales".




DESUBLIMACIÓN REPRESIVA

En El hombre unidimensional (1964), Herbert Marcuse introdujo el concepto "desublimación represiva" para explicar una paradoja cruel: cómo una sociedad, la nuestra, que parece ser más libre, sexualizada y permisiva, es, en realidad, más controladora que nunca. Marcuse conectó el psicoanálisis de Freud con la crítica social marxista. Mediante la sublimación, el arte y la alta cultura solían crear espacios de "negatividad", donde uno podía imaginar un mundo distinto al actual. Pues bien, la desublimación es el proceso inverso: la eliminación de esa mediación cultural. Los instintos ya no se reprimen ni se elevan; se liberan directamente en el mercado, que también los estimula mediante sofisticadas técnicas de marketing, los impulsos se satisfacen mediante acciones de compra y de consumo teledirigido. A esta desublimación, Marcuse añade el adjetivo "represiva" porque esta aparente liberación de ilusiones transmundanas no nos hace libres, sino que nos integra más profundamente en el sistema establecido de alienaciones mundanas.

Mecanismos de la Desublimación Represiva son, en primer lugar, la conversión de la sexualidad en mercancía. El amor deja de ser un acto de rebelión y una fuerza disruptiva, como lo fue el amor que se tuvieron Romeo y Julieta, un romance clandestino que anulaba la oposición política establecida entre sus familias. El sexo es en los Mass Media una herramienta de marketing y al integrarse en la producción y el comercio pierde su poder de protesta vuelto un entretenimiento más. La energía erótica queda así sometida y pierde su capacidad de crítica respecto al sistema.

Antes, la literatura, el arte o la filosofía representaron una "segunda dimensión" (la dimensión de lo que debería ser). Hoy, esa cultura se ha vuelto accesible, barata y masiva. Al estar en todas partes, pierde su poder de protesta y se vuelve puro entretenimiento y serie televisiva. La conciencia aplanada no busca más que satisfacciones inmediatas, la sociedad de consumo de masas ha eliminado la infelicidad que llevó a la revolución y la sustituye por la "infelicidad feliz" del conformismo indiferente y satisfecho.




CONSIDERACIÓN SAGRADA del SEXO. Nostalgia del espíritu

Desde una posición política radicalmente diferente, Julius Evola ha visto en el supuesto "progreso" de la modernidad una involución y caída en lo material. Su crítica a la desacralización del sexo es uno de los pilares de su obra, especialmente en su libro Metafísica del sexo (1969). Si para Marcuse la "liberación sexual" es una trampa del capitalismo (desublimación represiva), para Evola es algo mucho más grave: la pérdida de la capacidad del ser humano para contactar con lo trascendente a través del deseo. En efecto, en las sociedades tradicionales el sexo no era un simple desahogo biológico, sino un rito que posibilitaba mediante el orgasmo un tipo de conexión con lo absoluto. Democratizado y animalizado, despojado de su aura sagrada, el sexo se rebaja a higiene, entretenimiento, perversidad o patología. 

Évola desprecia tanto el materialismo biológico como el romanticismo burgués. La modernidad ha cometido el error de creer que "liberar" el sexo es hacerlo público y cotidiano, y con ello lo vuelve pornografía. Ha eliminado el pudor, cuya tensión psicológica favorecía la magia sexual. El hombre moderno está obsesionado con el sexo precisamente porque ya no puede extraer de él lo que realmente busca: una experiencia espiritual. Al fallar el espíritu, el sujeto moderno busca compensar esa carencia con cantidad, variedad o perversión. El "eunuco espiritual" ha sustituido la calidad por la cantidad. 

En su esfuerzo por recuperar la sabiduría erótica perdida, Julius Evola analiza en su Metafísica del sexo, tanto desde una perspectiva antropológica como mística, el mito del andrógino de Platón, el Tantra hindú y la magia sexual de los trovadores medievales... 

LO SUBLIME TRASCENDENTE

Kant pensó que lo sublime no es algo objetivo, ni natural ni artificial, sino un estado mental que surge cuando nos enfrentamos a algo que desborda nuestra capacidad de comprensión o resistencia, es lo trascendente concebido. Si el humano renuncia a los trascendente, si prescinde de ese anhelo de lo infinito que nos caracteriza y puede vislumbrarse en el encuentro personal, en su creación y en la de sí, entonce el individuo se traiciona a sí mismo. Por eso concluye Kant, en su reflexión sobre lo sublime subjetivo, que este es, en última instancia, un homenaje a la humanidad, puesto que al enfrentarnos a lo que nos supera (ya sea por tamaño, poder o fuerza), nos damos cuenta de que no somos solo seres biológicos, sino, y más allá, seres racionales y morales.

Recientemente, Rüdiger Safranski ha recordado esta obligación humana de permanecer fiel a la trascendencia para mantenerse firme en la dignidad del hombre. La traición a la trascendencia, la transformación del humano en un ser unidimensional fue ya para San Agustín el mal propiamente dicho, el pecado contra el Espíritu Santo (otro nombre de lo sublime). El mal tiene mucho que ver con "la indolencia del corazón". Tanto Schelling como Shopenhauer insistieron en que quien traiciona la necesidad metafísica menoscaba dramáticamente las posibilidades humanas. Autoafirmarse exclusivamente en el consumo o el deleite de lo material carece de sentido. El narciso acaba desesperando. La traición a la trascendencia hace al humano enemigo del humano y vuelve la vida peligrosa y amenazadora. 

Sin embargo, la trascendencia fundada solamente en lo sublime moral será demasiado poco para algunos, entre otros motivos porque no puede evitar toparse con el mal (opción de la libertad). El mal mantiene un secreto vínculo con la trascendencia como han visto todas las religiones, el imperativo categórico kantiano también, porque conduce más allá de los motivos empíricos de la propia conservación, su netativo es Sade, la trascendencia del sadismo no va hacia arriba, como la de Kant, sino hacia un mundo inferior de los excesos, hacia un abismo bien profundo que podemos llamar infernal... "Transgresión" es la trascendencia con ayuda del mal de la que habla Bataille, un recurso diabólico contra la angustia. Otros fundarán la trascendencia, no en los suburbios asqueantes de lo orgiástico o dionisíaco, sino en lo sublime estético o apolíneo, o en la sublime búsqueda de la verdad científica.

Las ciencias naturales nos dicen qué es el hombre, pero no quién es, el problema de la libertad (y su drama) consiste en que el humano todavía debe llegar a ser lo que es. Por eso la traición a la trascendencia, que es lo mismo que la renuncia a lo sublime, aunque vaya acompañada de un tremendo crecimiento de las capacidades tecnocientíficas, es lo peor que el hombre puede infligirse a sí mismo, es un despojo de sí, una caída en la privación absoluta de ser, porque somos algo que apunta más allá de nosotros mismos. Este es también el fenómeno de la conciencia como expansión del espíritu en nosotros ("amor" le llama Schelling, otros le llaman iluminación, superación del egoísmo, voluntad universal, etc.), una fuerza abierta para los demás y para sí misma, que se advierte en un universo de posibles relaciones y acciones. 

CONCLUSIÓN

La conciencia está siempre más allá de sí, se trasciende a sí misma, rebasa su propio ser y abre otros espacios y tiempos, como fin en sí misma... Pero puede también, vuelta exclusivamente hacia la inmanencia, reducirse a un simple instrumento, perderse en sus obras, entonces se trata sólo de hacer más confortable la rueda en la que se mueve el hámster. Esta es una de las formas de traición a la trascendencia, alejamiento de Dios, según la consideración cristiana, deslealtad perversa incluso si suponemos que el lugar de la trascendencia está vacío y es nada (sugestión nihilista), porque aún así hay que hacer ese espacio vacío digno para un dios venidero. También la trascendencia sirve a la inmanencia al posibilitar la compleción del mundo o, al menos, su mejora. Hay que conservar las fuerzas de la trascendencia (el entusiamo), pero dirigiéndolas a la inmanencia y no sólo a la oración o al culto. Al final, esta es nuestra esperanza: Todo se consumará en lo sublime.

CODA: Lo sublime del Pseudo-Longino

Durante siglos se creyó que el tratado Sobre lo sublime (Peri Hypsous) había sido escrito por Casio Longino, un autor del siglo III de nuestra era. También se especuló con que fuera obra de Dionisio de Halicarnaso, escritor de los tiempos de Augusto. El tratado refiere a lo sublime como estético "eco de la grandeza".  A diferencia de Kant, que miró lo sublime como respuesta subjetiva de la razón, el Pseudo-Longino lo ve como una técnica retórica, pero también como una cualidad del alma. Su tesis central es que lo sublime no busca persuadir (como la retórica común), sino arrebatar o extasiar al oyente (o al lector).

Las fuentes principales del estilo sublime son: la capacidad para concebir grandes pensamientos y vivir fuertes emociones; ciertas figuras de pensamiento y lenguaje, nobleza de dicción y composición digna y elevada. El miedo, lo sórdido de la vida y los pesares menudos, nada tienen obviamente de sublimes, y sin embargo el arte moderno no para de detenerse engolfarse en ello. En el epílogo de su obra, un filósofo que dialoga con Longino insiste en que la elocuencia sublime tiene su adecuado alimento en la libertad republicana. Longino no está de acuerdo y afirma que la falta de logros sublimes en el campo de las letras se debe a la decadencia moral, el afán de lucro, en el materialismo reinante, que valora lo mortal a expensas de lo inmortal. Sólo la creación de lo sublime eleva al hombre al nivel de los dioses.

En el capítulo XIII del tratado Sobre lo sublime se recuerdan las palabras de Platón en República IX, 586a:

"Los que desconocen el valor de la inTeligencia y de la excelencia (areté), y frecuentan a todas horas los banquetes y otros placeres análogos, son arrastrados, a lo que parece, hacia lo bajo, y por ahí andan errantes durante toda su vida; nunca han levantado los ojos a la verdad ni se han dejado arrastrar hacia ella; nunca han gozado de un placer sólido y puro, sino que, a la manera de las bestias, siempre con la mirada dirigida hacia abajo, encorvados sobre la tierra y sobre las mesas, se apacientan cebando su estómago y saciando su apetito sexual, y por causa de eso, coceándose y dándose cornadas unos a otros con sus cuernos y sus armas de hierro, se dan muerte dominados por un insaciable avidez".



domingo, 13 de julio de 2025

LA IDEA DE LO PERFECTO

 



Todos los mitos esconden un sentido profundo, una verdad que no puede explicarse racionalmente, pero que puede contarse para ser representada imaginativamente, por medi de alegorías emocionantes. Los grandes relatos de todas las religiones nos hablan del origen y del destino, del bien y del mal, es decir, de lo desconocido. Suponemos motivos para su conservación como "historia sagrada", aunque tampoco consientan ser explicitados, por eso perduran. Estas cosas, que no sucedieron, son para siempre -dejó escrito Salustio.

La tradición judía y su interpretación cristiana cuentan el relato de la caída de Adán y Eva, el mito del pecado original, esa "caída en el tiempo", según el pesimismo sarcástico y desesperanzado de Ciorán. La teología cristiana representaba así el bien como dificultad casi imposible, pues la naturaleza humana había sido corrompida. Era necesario que todo un Dios se sacrificase por nosotros para limpiar aquella mancha, aquella desobediencia genuina, la curiosidad de Eva (primera filósofa), la ambición imperdonable (hybris) de pretender ser como dioses. 

A pesar de nuestra predisposición innata al mal, Kant salva en nosotros un germen del bien, intención que ha permanecido en su total pureza y no puede ser exterminada o corrompida, impulso que no puede por cierto ser amor a sí mismo (egoísmo), "el cual, aceptado como principio de todas nuestras máximas, es precisamente la fuente de todo mal" (La religión dentro de los límites de la mera razón, 1ª parte, observación general) (1).



Según Iris Murdoch (2), la psicología moderna nos proporciona lo que podría llamarse una doctrina del pecado original o su reelaboración cientifista. Con este juicio alude a Freud sin ser freudiana. Freud descubrió el inconsciente y se podría decir que lo que nos ofrece es una imagen realista y detallada del hombre caído (o enfermo o neurótico). Tal perspectiva es esencial para una filosofía moral que analice los coceptos de motivo, intención y voluntad...

"Freud asume un punto de vista profundamente pesimista de la naturaleza humana. Ve la psique como un sistema egocéntrico de energía cuasi mecánica, determinado en gran parte por su historia individual, cuyos atributos naturales son sexuales, ambiguos y difíciles de comprender o controlar para el sujeto. La introspección revela tan sólo el tejido del motivo ambivalente [los sentimientos son ambivalentes y por eso el amor se transforma fácil en odio] y la fantasía es una fuerza más potente que la razón."

La fantasía -sus falsedades, ensueños y quimeras- nos deleitan más fácilmente que la verdad, nos conmueven más positivamente que los hechos, pues la verdad y la realidad pueden y son duras, la más dura de las realidades y las más segura es nuestra contingencia o -dicho en jerga existencial- nuestro "ser-para-la-muerte". De ahí, como han explicado el francés Jean-François Revel y más recientemente el judío Yuval Noah Harari en Nexus (2024)..., de ahí que la mentira pase por información más fácilmente que la descripción realista de los hechos o su explicación científica. La mentira organizada y la desinformación masiva se convierten en herramientas fundamentales para el control y la perpetuación de los sistemas totalitarios, porque la información (la buena y la mala) son poder.

El caso es que la objetividad y la falta de egocentrismo, es decir, la ausencia de egoísmo (y hoy, podríamos hablar incluso de la ausencia de narcisismo patológico o perverso), no son naturales y que la solidaridad y la actitud para compartir se aprende, la costumbre virtuosa de estar atento a los intereses ajenos, se adquiere artificialmente. El hombre nace bárbaro -como decía Gracián- y se hace persona cultivándose, perfeccionándose por medio de la cultura. No somos morales ni decentes por naturaleza. Tampoco inmorales, sino amorales, como nuestros parientes animales y cómo se muestra la naturaleza en general, pues al rayo le importa un rábano si parte a un manso o un canalla.

Desde luego, la terapia psicoanalítica no pretende hacer buenos a los seres humanos, sino facilitar "que funcionen". Sartre se apresuró en descartar el psicoanálisis al tacharlo de determinista, pero para Iris Murdoch, el determinismo inconsciente de la conducta no es el enemigo de la vida moral. Las ciencias naturales no son capaces hoy por hoy de reducir la libertad a determinación neurológica o fisiológica y la intuición nos muestra responsables de nuestras elecciones y decisiones. De no ser así, sobrarían la ética, el derecho penal, las cárceles e incluso la "educación de la ciudadanía". No es posible reducir a discursos neutrales la sindéresis (capacidad de juicio) que asociamos a la libertad responsable y a la valoración de las conductas.

Iris Murdoch

El auténtico problema está en proponer, desde la filosofía moral y la educación cívica, formas de relación con el hecho de que buena parte de la conducta humana está inspirada por una energía mecánica de estirpe egocéntrica. En la vida moral, el enemigo es el hipertrofiado e incansable ego. Esto lo han señalado muy bien algunas filosofías orientales hoy de moda. ¿Cómo combatir la soberbia del ego? ¿No fue el pecado original, precisamente, una exceso de orgullo, pura soberbia, lo que los griegos llaman hybris, la pretensión del humano de ser más que humano, superhombre o dios?

En la lucha contra el egoísmo como estrategia de perfección moral, la filosofía comparte métodos con las religiones... ¿Qué, quién, cómo es un hombre bueno? Es mucho más fácil discernir lo malo que definir lo bueno (cfr. Javier Echeverría en Ciencia del bien y del mal, 2007). Ya Epicuro se dio cuenta del valor puramente negativo de la felicidad, que definió como ausencia de dolor (= placer). El bien se muestra como ausencia de mal, la salud como no-enfermedad, la alegría como no-tristeza, etc. 

¿Cómo podemos ser moralmente mejores? ¿Qué significa ser "buena gente"? ¿Podemos hacernos libremente más perfectos? Tales preguntas forman parte del cuestionario dialéctico de Sócrates tal y como lo pinta Platón. Del cuidado del alma (su mejora y perfección) hizo Sócrates principal y recurrente asunto de su ironía, de su arte de preguntar reconociéndose ignorante. También Michel Foucault se ocupó de este asunto al final de su carrera, tras haber naufragado en experiencias-límite. Estas cuestiones, las morales, las más importantes y valiosas, aunque no las más urgentes, son las más problemáticas, y la Ética es, ciertamente, como muy bien percibió Aristóteles, su padre fundador, la ciencia problemática por excelencia, porque nadie ostenta el patrimonio de lo bueno o -por decirlo platónicamente- de la idea de lo perfecto sólo cabe un vislumbre (¿una intuición?).

Consideramos bueno a Sócrates (Erasmo lo santificó) y bueno a Cristo, a los santos y santas, a los beatos y beatas (a los que además, según la etimología del latín 'beatus', consideramos felices o asociados a la gloria de Dios Padre... En su ilustrada e ilustre racionalización de la fe, Kant hace del Cristo un "ideal de humanidad agradable a Dios" o "personificación del principio bueno", es decir, prototipo o arquetipo de una perfección moral tal como es posible de un ser del mundo, dependiente de necesidades e inclinaciones. Tal ideal no podemos pensarlo de otro modo sino bajo la representación de un hombre que estaría dispuesto no sólo a cumplir con sus deberes, sino que -aún tentado por las mayores atracciones (tentaciones)- a tomar sobre sí todos los sufrimientos hasta la muerte más ignominiosa por el bien del mundo e incluso por sus enemigos...

"En la fe práctica en este hijo de Dios (en cuanto es representado como habiendo adoptado la naturaleza humana) puede el hombre esperar hacerse agradable a Dios (y mediante ello también bienaventurado)." (Op. cit. 2ª parte, cap. 1º).

El bien resulta mucho más raro y difícil de describir que el mal, este es el motivo del tópico medieval que rebaja este mundo a "valle de lágrimas". Más duros aún con la naturaleza son los gnósticos que la suponen chapuza de un dios secundario o de un demiurgo demoníaco e imperfecto que consiente, por poner caso, que un niño contraiga un cáncer letal. Tal vez hallemos más fácilmente el bien mundano en el anonimato de gente sencilla (los "pobres de espíritu"), en la madre abnegada de familia numerosa, en el buen padre que alimenta y protege a los suyos sin dárselas de nada ni aspirar a deificarse... 

Para Iris Murdoch es significativo que en la filosofía occidental las ideas de bondad, de virtud y de excelencia moral (areté) hayan sido superadas o rebajadas a la idea de rectitud apoyada vagamene en algún concepto de sinceridad o autenticidad (3). Cree que tiene que ver con la desaparición de un trasfondo permanente en la actividad humana (Dios, Entendimiento agente, Razón, Historia, Espíritu...). El agente ya sólo aparece en el súbito y existencial salto deliberativo, decisivo, de la voluntad, esa condena sartriana a la libertad automática (no somos libres para dejar de ser libres, etc.). Pero el mismo Sartre nos dice que cuando deliberamos la suerte ya está echada. ¿En qué quedamos?, ¿arbitrio libérrimo y angustioso o compulsión autocreadora (lo cual sería otra especie de determinismo)?

La elección moral es un asunto misterioro, como reconoció Kant... Freud anunció que el mecanismo obscuro de las pulsiones inconscientes es poderoso y bastante invisible para su propietario; en contraste, la representación existencialista de la libertad, surrealista o racional, parece irreal, optimista, romántica, porque ignora lo que parece ser una especie de continuo trasfondo con vida propia, ¡y es en el tejido de esa vida donde se hallan las texturas del bien y del mal!

Cópula de polillas (Cyclophora puppillaria), 2025

Lo que realmente somos, lo que de verdad somos, ¿admite corrupción, caída, pecado; pero también virtud, perfección, mejoramiento? Es la Y griega con que los pitagóricos simbolizaban la vida moral, el dilema de escoger el buen o el mal camino. Si es así, uno de los principales problemas de la filosofía moral es el de si existen técnicas para la purificación y reorientación de una energía que es por naturaleza egoísta, de tal manera que cuando lleguen los momentos cruciales de elegir y tomar decisiones, que pueden ser correctas o equivocadas, estemos seguros de actuar bien.

La oración, por ejemplo... ¿Es útil una técnica como la oración en un mundo sin Dios, posmoderno, poscristiano, vagamente paganizado y de cielos vacíos?... Veamos qué dice Iris Murdoch de la oración:

"La oración no es en sí ninguna petición sino simplemente una atención a Dios que es a su vez una forma de amor. Ello conlleva la idea de gracia, de un auxiliio sobrenatural que supera las limitaciones empíricas de la personalidad. ¿Cómo es esta atención? ¿Pueden aquellos que no son creyentes aprovecharse con todo de una actividad así?". 

Murdoch define de este modo a Dios:

 "Era (o es) un singular, perfecto, trascendente, irrepresentable y necesariamente real objeto de atención"... "La filosofía moral debería retener un concepto cenital que tenga todas estas características", 

porque el creyente es capaz -sobre todo si concibe a Dios como persona- de dedicar su pensamiento a algo que es una fuente de energía. Sucede lo mismo con el enamoramiento... 

"Desenamorarse deliberadamente no es un salto de la voluntad sino la adquisición de nuevos objetos de atención y, con ello, de nuevas energías como resultado de un reajuste"... 

Cuando se presta atención a Dios, sólo su idea se muestra como una poderosa fuente de energía, a menudo positiva, pero también, ¡ojo!, puede ser negativa (mala fe), pues cabe la degradación de la idea de Dios y un usar a Dios como excusa moral; "hay una falsa trascendencia, como hay una falsa unidad". Esto es un hecho psicológico relevante para la filosofía moral.... 

"En el caso de la idea de un Dios personal y trascendente, la degeneración de la idea parece casi inevitable".

Puede que Murdoch esté pensando en los excesos del fanatismo monoteísta. No obstante, todos nosotros podemos autoayudarnos concentrando nuestra atención en cosas valiosas, en la buena gente, en las buenas compañías, en el gran arte e incluso en la Idea del bien o la forma de lo perfecto, en sí misma. La bondad realmente importa. El pensamiento de las cosas que aún tildamos de "divinas" nos perfecciona y eleva (como ya sabía Juan Huarte de San Juan en su Examen de ingenios, Baeza, 1575). 

Creer que existe Lo Perfecto (o Dios) vale de impulso creativo para obrar bien (4). Nuestra habilidad para actuar bien cuando llega la ocasión de tomar una decisión, de elegir una senda de vida o una vocación, etc. depende, en gran medida, de la calidad de nuestros habituales objetos de atención. Murdoch cita a este respecto la Carta de Pablo a los Filipenses (4:8):

"Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable (prosphilē), lo que sirve al buen nombre, toda virtud, toda disciplina loable, pensad en esto (tauta logizesthe)" (5).

"Toda disciplina loable", como es el gran arte, pero también la actividades productivas, el trabajo honrado, cualquier actividad humana creativa, como la pintura o la literatura, entraña una creciente revelación de grados de excelencia y otra de que en realidad hay poco que sea muy bueno y nada que sea perfecto. La idea de perfección opera así no sólo en el campo de estudio, sino también en la comprensión de las conductas que Aranguren llamaba "propiamente humanas", es decir, morales.

"La idea de perfección nos conmueve y probablemente nos cambia (como artistas, trabajadores, agentes) porque inspira amor en nuestra parte más noble (...) La idea de perfección es también un productor natural de orden (...) Este es el verdadero sentido de lo 'indefinible' del bien (...) Siempre está más alla´y es desde ese más allá desde donde ejerce su autoridad."

De ahí la soberanía que Murdoch atribuye a la IDEA DE LO PERFECTO en su filosofía moral. 

JBL, La Esperilla julio 2025

Para saber más: 

Sobre Iris Murdoch y el psicoanálisis, en este mismo blog. 

Notas

(1) "Sólo puede uno amarse a sí mismo de modo moral (decente) en cuanto es uno consciente de su máxima de hacer del respeto a la ley moral el supremo motivo impulsor de su albedrío", anota Kant. 

(2) La soberanía del bien (1970) 2ª parte "De Dios y del Bien".

(3) el concepto de autenticidad cobra singular relieve en la obra de Charles Taylor, influido por Iris Murdoch.

(4) Murdoch piensa que los atributos de perfección y existencia necesaria están tan próximos e íntimamente relacionados que desde algunos puntos de vista son el mismo. Cita expresamente la prueba ontológica de San Anselmo de Canterbury, que resume así:  "Dios es perfecto y la perfección implica existencia. Si Dios fuese perfecto sin existir, sería posible concebir otro ser tan perfecto como él que, además, estaría dotado de existencia. Nada más grande que Dios puede ser pensado y por tanto debe existir también en la realidad". Murdoch no cree que haya ninguna "prueba" plausible de la existencia de Dios salvo alguna forma de prueba ontológica que debe ahora adquirir creciente importancia en teología como resultado de la reciente "desmitificación".

(5) Pablo escribe esta carta en prisión (años 61-63). En Filipos, la ciudad fundada por el padre de Alejandro Magno, a la sazón colonia militar romana, había fundado el apóstol una comunidad cristiana (iglesia) en la casa de Lidia, tratante en púrpura y mujer bondadosa, oriunda de Tiatira. Traduzco sobre la versión original facilitada por Gemini (IA): Τὸ λοιπόν, ἀδελφοί, ὅσα ἐστὶν ἀληθῆ, ὅσα σεμνά, ὅσα δίκαια, ὅσα ἁγνά, ὅσα προσφιλῆ, ὅσα εὔφημα, εἴ τις ἀρετὴ καὶ εἴ τις ἔπαινος, ταῦτα λογίζεσθε.

lunes, 1 de julio de 2024

ORBE INCONSCIO

 

Collage de Max Ernst, 1934


"Un hombre tiene derecho a amar a mujeres con extáticas cabezas de pez. 
Un hombre tiene derecho a que le resulten asquerosos los teléfonos tibios 
y a exigir teléfonos fríos, verdes y afrodisíacos 
como el sueño alucinado de las cantáridas".

Dalí. Declaración de independencia de la fantasía 
y declaración de los derechos del ser humano a su locura, 1939

El psicoanálisis y el humanismo están condenados a llevarse mal. Lo mismo que la obscenidad y el decoro, el exhibicionismo y el pudor. Pío Baroja definió el psicoanálisis como "el cubismo de la medicina" y Virginia Woolf se burló de él en su novela Orlando. Pero la figura del guía espiritual, del gurú y su críptico, indescifrable, "divino" mensaje, oral o escrito, embrujan a los desolados y hasta suscitan un grado casi histérico de adulación y discipulazgo. El caso más sobresaliente es el de Lacan y su obscuro galimatías sobre hipotética jerigonza inconscia.

El psicoanálisis no se fía de aquello que eleva al hombre muy por encima de su condición animal: las intenciones del lenguaje. Desde su perspectiva, expresiones y textos han de abordarse por lo que no dicen, desde aquello a que aluden o insinúan (lo cual puede cambiar mucho según el intérprete), han de leerse o auscultarse con la mayor de las sospechas porque se prejuzga que su superficie es engañosa y que su significado auténtico está oculto y sólo puede ser desentrañado por un abogado del diablo o por un chamán titulado.

El psicoanálisis se inventó como indagación y terapia de la histérica y del neurótico, es decir, fue diseñado para el enfermo mental, y sin embargo ha resultado incalculable y poderoso su impacto y efecto sobre nuestra cultura, sobre el cine y las artes en general, sobre la comunicación social, las prácticas sexuales, el humor...  A algunos les tienta pensar que en lugar de curarnos manías, el psicoanálisis nos ha enfermado de otras. Todos nos hemos convertido en psicoanalistas, detectores de lapsus, vigilantes de las traiciones del inconsciente, recelosos ante las imposiciones del Super-yo... Todos somos Edipo, y a ratos, tal vez, también Medea, Moisés o Electra. De Narciso, para qué vamos a hablar: se mira en todos los escaparates y acapara los Mass Media con su innegable gramur.

En uno de los breves y agudos ensayos de El beso de la finitud, Óscar Sánchez Vadillo muestra coraje al considerar a Freud un teratólogo del alma, que es lo mismo que decir un detective perseguidor de monstruosidades anímicas. Sin embargo, Sánchez Vadillo no cree que el alma humana sea necesariamente un laberinto repleto de minotauros y dioses trans, o un escenario de crímenes imaginarios. Lo cierto es que Freud fue amigo de ritos y mitos ancestrales, de secretos primitivos, un intelectual "gótico y esotérico" -le llama-, que oculta sus gustos pre-ilustrados bajo un barniz de positivismo cientifista. 

Fue el doctor vienés experto en morbideces paleontológicas de la cámara obscura de la mente y, descendiendo la escabrosa escala vertical del lenguaje, se aventuró a penetrar buscando desentrañar las simbologías del delirio, de la alucinación o del sueño, para sondear en ellas los horrores atávicos -tanáticos más que eróticos, apunta Sánches Vadillo-, pues la idea de que las representaciones de los sueños sean verdaderos símbolos no deja de ser un postulado indemostrable, mucho más si presumimos la perversa y polimorfa condición asesina e incestuosa de nuestras pulsiones más hondas. Nuestras pobres almas apenas podrían contener los bestiales impulsos del cuerpo y para liberar a esas alimañas instintivas recurren al autoengaño, la iracundia o el sueño recurrente.



Coincido con Óscar en el dictamen: dada la condición de hebreo del doctor Freud, es presumible el fondo bíblico, vetero-testamentario, de esta peregrina y parcial interpretación del alma humana, cuyos fondos son tan insondables como Heráclito los pintara hace dos mil quinientos años. Arrastramos, según el Génesis, una culpa genuina: el asesinato del padre, un pecado original que cobra ahora un cariz sexual: el deseo de la madre, la nostalgia del útero. Óscar Sánchez no cree ni en esta culpa originaria ni en que la cultura ofrezca sólo malestares como jaula domesticadora y represiva. La cultura -diría Savater- es todo aquello que hacemos para conjurar la muerte. Es no sólo un recurso contra la necesidad, la angustia, el aburrimiento y los sufrimientos de la existencia, sino también un paliativo técnico, un consuelo proporcionado por el arte, la satisfacción de la curiosidad, la esperanza ofrecida por los grandes y pequeños relatos, la civilizada superación de la ferocidad y el egoísmo azaroso de los genes... 

Para Sánchez Vadillo no hay más sueño latente que el manifiesto, ni otro manifiesto que el latente. Los sueños son su propia interpretación y no precisan de brujos intermediarios a sueldo. La visión freudiana de un instinto salvaje, acallado o reprimido por el Super-Yo, por las normas y la cultura, le parece a Óscar Sánchez una descripción ridícula, pueril, del comportamiento humano. Digo yo que no somos ángeles cabalgando jabalíes o panteras y estoy de acuerdo en que no se puede hacer ciencia positiva con los sueños, muchos de los cuales, tal vez, no sean sino desechos de la Memoria, madre de las Musas.

No obstante, es muy verosímil que la producción espontánea de imágenes oníricas du­rante las fases de movimientos oculares rápidos (fases REM) o de sueño profundo (sueño con sueños) cumpla una importante función purificadora en la mente humana, enfatizada por Segismundo Freud, una función esencial para la profi­laxis psíquica del organismo. Soñar es necesario. Nos es imprescindible. Impedir que el sujeto sueñe se ha usado como instrumento de tortura o lavado de cerebro; a los pocos días de interrumpir sus sueños, el torturado delira... La hipótesis freudiana expli­ca dicha función de los sueños como una liberación de pulsiones y afectos reprimidos, no sólo de deseos sexuales, sino también de pasiones como el odio o el terror. El "Ello" (el conjunto de las pulsiones inconscientes) evitaría así la angustia del "Yo" ( de la consciencia) ante la censura del "Super-Yó" (ideal inconsciente del "yo": una especie de moral primitiva), el cual actúa durante la actividad consciente de la mente. Esto quiere decir que el incons­ciente ("Ello") busca a través del sueño una satisfacción imaginaria para sus deseos frustrados, una purificación (catarsis). Tal vez por eso, ciertos pintores han mostrado en sus obras predilección estética por la exploración de las pulsiones más obscuras del inconsciente humano a través de la representación de imágenes oníricas, "surrealistas". Con su alegato a favor de la locura, verbigracia, Dalí quería hacer, de pacientes infelices, monarcas que vuelven del exilio neurótico-racional al delirio personal. 

La noción de Inconsciente no era nueva. Giner de los Ríos censura la confusión entre acto inconsciente ("inconscio", escribe) y acto irreflexivo. Para el psicoanálisis el inconsciente es ese contenedor interior lleno de represiones, como residuos indecorosos, y colocado bajo presión creadora de neurosis por el impulso de lo reprimido que avergüenzaSegún Sloterdijk, la noción de inconsciente procede de la filosofía idealista, sobre todo de Schelling, Schubert, Carus, y de las filosofías de la vida del siglo XIX, particularmente de Schopenhauer y Hartmann. Por su parte, Sánchez Vadillo nos recuerda que Leibniz, consciente de que la mente nunca descansa, descubrió el insconciente antes que Freud, eso si no consideramos al daimon socrático algo análogo en clave deiforme; las mismas "manías" platónicas y sus correlativos "entusiasmos" se antojan puntos de fuga del pesado fardo de la conciencia, emancipaciones del iluso y exigente Yo hacia especies más antiguas de animación, más dependientes de las circunstancias y del clima grupal (clan, tribu), y cuyos vestigios tal vez podamos entrever en el autismo y la esquizofrenia.

Sloterdijk anota la eficacia en la praxis psicoanalítica de un resto de holismo ético: "sólo quien pudiera liberarse de la fijación en una estructura defensiva, la neurosis, habría cumplido las condiciones para el regreso a una percepción total, no desfigurada, de su situación existencial y, con ello, se supone, para la salud psíquica" (Esferas III. Espumas, "Fin del excurso"). Sea como fuere, es dudoso que la verbalización de la latencia interior sea otra cosa que una invención deseable, intencional o interesada. La función catártica del goce estético y de la fantasía, a través de los procesos de identificación con per­sonajes del drama, de la comedia, de la tragedia (o con las figu­ras de un icono o un ídolo mediático), fue ya muy bien comprendida por Aristóteles. Más modernamente, el premio Nobel Francis Crick y el ma­temático Mitchison han llegado a la conclusión de que soñamos para olvidar, los sueños serían algo así como la basura de la mente, un excedente desechable de la memoria, que elimina­mos para desocupar su "archivo", esto explicaría que sean los recuerdos más inestables del día los que se expresan en forma de sueños...

El sueño es un arte poético involuntario. Puede que su poesía esté basada en el simbolismo de las imáge­nes, más que en el sentido de las palabras; de ahí la inutilidad ociosa -y costosa- de querer hacer hablar al inconsciente. Freud ensayó una hermenéutica, una lógica de la interpretación de los sueños, probablemente en vano. El arte o la pretensión poética de interpretar los sueños es tan antiguo como la humanidad. El profeta Daniel interpretaba los sueños del rey persa Nabucodonosor, y Artemidoro de Daldis (siglo II) fue el Freud de la Antigüedad, su manual de interpretación de los sueños es el más antiguo que se conserva y sin duda fue conocido por el doctor vienés. Si bien Artemidoro destacaba la importancia del símbolo onírico, era consciente de su valor relativo y dependiente de quien lo sueñe. Sueños tuneados, personalizados. 

Freud aspiraba a convertirse en un "Galileo del mundo interior de los hechos" (Arnold Gehlen). Sloterdijk valora positivamente el cambio "revolucionario" de acento entre lo central y lo periférico: "lo que trastoca la seriedad y revisa lo decorum transforma la cultura en su totalidad". El romanticismo preparó la rehabilitación del sueño como fuente de significados, y en el psicoanálisis confluyeron las sospechas de Nietzsche (un profeta posromántico), así como las críticas a la "superestructura" tanto marxistas como positivistas...

"El nuevo arte de la lectura de signos, apenas perceptibles, de contextos tanto íntimos como públicos de sentido integró las ocurrencias, tics, desviaciones y actos fallidos más privados en supuestos significativos subversivamente ampliados. En tanto que esa revisión trazó nuevamente las fronteras entre sentido y no-sentido, seriedad y no-seriedad, proporcionó al espacio cultural una conformación decididamente diferente. Ahora lo no-significativo podía saldar viejas cuentas con lo significativo. Desde entonces los sueños ya no son espumas; señalan, en todo caso, un espumar endógeno de los sistemas psíquicos y suscitan la formulación de hipótesis sobre las leyes a las que están sujetos el desarrollo de síntomas y la efervescencia de imágenes interiores"
Sloterdijk. Esferas III, Espumas, Prólogo: "Interpretación de la espuma".

Las ideas de Freud y sus colegas, como el disidente y místico Jung, han influido poderosamente en la iconografía contemporánea del Surrealismo, y aún en los medios comunicativos de masas, en el kitsch y en la publicidad, que utiliza deliberadamente la simbología de las referencias a una sexualidad latente y omnipresente para hacer más atractivos o excitantes sus produc­tos. Por referirnos a lo próximo, recordaremos que Dalí entendió su trabajo como acción paralela al llamado "descubrimiento del inconsciente por el psicoanálisis"ese mito científico que en los años veinte y treinta fue recibido como motivo y tema de maneras diversas tanto por las vanguardias artísticas como por el público culto y al que Lacan, un admirador y rival de Dalí, volvió a dar prestigio entre los años cincuenta y setenta, al reanimar el lema surrealista de "vuelta a Freud".

La recepción surrealista del psicoanálisis vienés confirma que el freudismo consiguió sus primeros éxitos entre artistas y ciudadanos cultos, no como método terapéutico, sino como estrategia de interpretación de signos y de manipulación del trasfondo. Si bien el psicoanálisis reveló la importancia de la sexualidad en tiempos en que la hipocresía de las costumbres la ocultaba (ese es sin duda su mérito histórico), su divulgación y vulgarización ha contribuido a un exceso contrario. Hoy la Internacional Publicitaria de un mercado en trance de globalización funciona mejor espoleando pulsiones que reprimiéndolas. Hasta el punto de que las personas se identifican preferentemente más por su orientación sexual, incluso por sus parafilias, que por sus profesiones u oficios, más por lo que lucen entre las piernas, que por lo que bulle en sus cabezas. Como dice Sánchez Vadillo, la descarga sexual resulta hoy tan fácil, la pornografía tan a mano, que nadie necesita ya recanalizar su libido sublimándola en arte, religión o filosofía. "El acto sexual se ha convertido en religión, sus creyentes ascéticos acuden al gym de fitness a rezar".

La iconología tradicional representa al sueño como a un león dormido (entre los griegos), un joven coronado de amapolas adormideras (romanos), por un lagarto o un lirón, también como a un mancebo dormido sobre un cuerno de la abundancia del que salen vapores y figuras oníricas...
¡Sueño de una sombra es el hombre! Pero si llega la gloria, regalo de los dioses, hay luz brillante entre los hombres, y amable existencia, cantó Píndaro.


sábado, 14 de mayo de 2022

IRIS MURDOCH Y EL PSICOANÁLISIS

 

La filósofa "wittgensteniana neoplátonica"
Iris Murdoch (1919-1999)
 

Iris Murdoch no tuvo reparo en usar la simbología del psicoanálisis en sus novelas. Se sirvió con provecho de los conceptos del “mundo encantado y sugestivo, curiosamente autodeterminante de la teoría psicoanalítica”. En el que las distintas escuelas son “otros tantos mágicos jardines, cada uno dotado de su propia flora y configuración, y cada uno rodeado de su propia muralla” –eso escribe en La máquina del amor... Sin embargo, en un simposio sobre sus obras que tuvo lugar en la Universidad de Caen en 1978 mostró sin tapujos su desconfianza hacia el psicoanálisis y en general respecto a las teorías “profundas” de la mente. Lo definió como una empresa de salvación, es decir, como una soteriología. Si bien justificaba su práctica en casos de emergencia, como estrategia terapéutica, pero a ella misma no le hubiera gustado nada ser psicoanalizada.

domingo, 30 de mayo de 2021

EL PILOTO AUTOMÁTICO

 En septiembre de 1909, cinco hombres llegaron a Worcester cerca de Boston en la costa este de los Estados Unidos para conquistar el Nuevo Mundo con una idea. El jefe era un tal doctor Freud de Viena. Diez años antes, este neurólogo había presentado un nuevo tipo de tratamiento para la histeria en su libro La interpretación de los sueños

La obra contenía una visión escandalosa de la psique humana: según Freud, hay un tremendo estruendo debajo de la superficie de la conciencia. Los impulsos profundamente arraigados, especialmente la energía sexual o la libido, son laboriosamente controlados por los principios aprendidos de la moralidad y buscan una salida en el desliz de la lengua, los sueños y las neurosis. Son disfraces, sublimaciones, como lo llamó Freud, del inconsciente.

viernes, 10 de enero de 2020

SUEÑOS Y SEXUALIDAD

Cópula de típulas sobre una asperilla (rubiácea)


Freud pensó que los sueños podían ser explicados principalmente por pulsiones o manías sexuales reprimidas. Exageraba. El filósofo francés Miguel Foucault se esforzó por probar que la sexualidad no es sólo una realidad biológica, sino también una “cultura”, una idea o una ideología histórica; la afirmación moderna de la productividad específica humana, un discurso que resulta de la desacralización clínica de las actividades carnales y de su genitalización. Según Foucault, desde el siglo XVI el hablar de sexo no sólo no ha sufrido un proceso de represión o restricción, sino que ha estado sometido a mecanismos de incitación creciente que han tendido además a la diseminación e implantación de sexualidades polimorfas (M. Foucault. Historia de la sexualidad, 1, I).

jueves, 7 de noviembre de 2019

BANCOS DE SUEÑOS


Ana Azanza por la traducción

Estaba desnudo. También Laura” así comienza uno de los más de 20.000 sueños recopilados en el Banco de los sueños de G. William Domhoff. “Me hallaba reconectando el bajo eléctrico sin barnizar, supongo que también estaba desnudo. En un momento apreté un tornillo para asegurar una cuerda y entonces me dí cuenta de que no estaba sosteniendo el bajo sino a Laura…” Este sueño es uno de los muchos con la etiqueta “desnudo” en la base de datos de sueños, y Domhoff explica que soñar con estar desnudo o expuesto en público de formas que traicionan el miedo o la vergüenza es algo que le ocurre a mucha gente, ¿por qué?

domingo, 12 de abril de 2015

LA VIENA DE FREUD: POLITICA Y PSICOLOGIA



LA VIENA DE FREUD: POLITICA Y PSICOLOGIA
 Ana Azanza

Dice Bruno Bettelheim que el nacimiento del psicoanálisis en Viena de mano de S. Freud no fue ninguna casualidad. Antes que él el barón von Krafft.Ebing profesor de psiquiatría había escrito "Psychopathia Sexualis" en 1866 y había revolucionado las ideas sobre las perversiones sexuales.

sábado, 5 de octubre de 2013

LAS MUSAS DE EDVARD MUNCH

Este año 2013 se celebra el 150 aniversario del nacimiento de Edvard Munch. Siempre se aprovechan estas efemérides para refrescarnos en la memoria a los homenajeados, las más de las veces con poco disimulados fines comerciales. Pero lo que me lleva a recordarlo aquí son más bien sus Musas, mujeres extraordinarias que marcaron su vida y su arte. Hemos oído hablar poco de ellas, porque fueron amores prohibidos que había que esconder, pero conocemos perfectamente sus bellos rostros, que podemos evocar en la Madonna, la Vampira o El Puente. Me gustaría que esta entrada nos permitiera conocer mejor a este artista mayúsculo y averiguar cómo puso en marcha su revolución introspectiva en la pintura, y cómo llegó a alcanzar un lugar clave en la historia de la cultura occidental, siempre apoyado o en conflicto con sus Musas. Sin ellas, no se entenderían sus grandes logros.  
1.     La Musa familiar
Edvard Munch, el más conocido de los pintores noruegos, nació el 12 de diciembre de 1863. Era el segundo hijo de los cinco que tuvieron Laura Bjolstad y Christian Munch. Esta familia fue un auténtico desastre de salud física y mental, y Edvard pagó con creces el peso de su herencia genética. Las escenas de enfermedad y muerte fueron una constante desde sus recuerdos más tempranos. La madre falleció a causa de tuberculosis cuando él tenía sólo cinco años, el día 29 de diciembre de 1868, con el árbol de navidad puesto en el salón de la casa. Su hermana favorita, Sophie, la mayor, moriría de la misma enfermedad con 15 años, y fue un suceso tan traumático para él que lo llegó a pintar en multitud de ocasiones a lo largo de cuatro decenios. Edvard tenía otra hermana pequeña que padecía esquizofrenia, y él mismo tuvo que soportar una niñez enfermiza. Hasta estuvo a punto de morir a los 13 años.
Su padre era un médico militar de clase media, emparentado con sacerdotes, profesores y artistas. “Mi padre pertenecía a una familia de poetas, con signos de genio pero también de degeneración”. Munch anotó igualmente: “Mi padre era temperamentalmente nervioso y obsesivamente religioso… hasta el punto de la insania. De él heredé las semillas de la locura”. Christian Munch, palabra que significa “monje”, tenía un apellido muy acorde con sus frecuentes arrebatos pietistas. Hizo de su vivienda una especie de monasterio urbano en Kristiana, la capital de Noruega, que fue rebautizada como Oslo en 1925. La familia era muy aficionada al espiritualismo, corriente que tuvo gran predicamento en América y Europa en la segunda mitad del siglo XIX. Tenían costumbre de leer en voz alta libros de literatura, lo mismo que historias de fantasmas. Ese ambiente ocultista en que Edvard creció hizo que tuviese siempre un enorme interés por los fenómenos sobrenaturales e intentó plasmar lo irracional en sus obras. Todo un desafío al realismo de corte burgués.
Karen Bjolstad
 Pero entre tanta oscuridad mental hubo una luz muy potente que consiguió atraer a Munch hacia la creatividad. Fue su tía Karen, que vino a vivir con la familia tras el fallecimiento de su hermana Laura y se hizo cargo de la casa con firmeza pero también con dulzura. Karen Bjolstad era una artista a su estilo doméstico. Hacía collages con musgo, paja y hojas, un género muy popular en aquella época, y los vendía en las tiendas de la ciudad. Embarcó a los niños en aquella pequeña industria, con la que redondeaba los ingresos del hogar. Así fue como Edvard aprendió a recortar siluetas en papel para crear aquellos paisajes vegetales, y dio sus primeros pasos con el dibujo. La tía Karen estaba muy orgullosa de su destreza y guardó cuidadosamente sus trabajos. Los más antiguos que se conservan los hizo con 12 años. Siempre fue su confidente y, en sus cartas, él le contaba con detalle todos sus éxitos.

sábado, 20 de abril de 2013

EVA ILLOUZ Y LOS LIBROS DE AUTOAYUDA

Autora: Ana Azanza 

EVA ILLOUZ, El sufrimiento triunfante


Luis Roca me sugirió la lectura de Eva Illouz “La salvación del alma moderna”, (2010). Fue a propósito de Onfray y su crítica al mito Freud, creador del psicoanálisis.  “La salvación del alma moderna” no es propiamente una crítica a Freud, sino un estudio profundo y documentado en hechos y realidades de la sociedad estadounidense que han dado pie a la hegemonía del discurso terapéutico en ese país, y por extensión a todos los países que de manera más o menos cercana nos podemos considerar en su órbita. Esto último es una estimación personal. Me parece que la presencia de las terapias “psi” en la sociedad es mayor en nuestros vecinos del norte.

jueves, 7 de marzo de 2013

FREUD Y ONFRAY





 Escrito por Luis Roca Jusmet

Voy a intentar contestar de una manera concisa las preguntas que me hace mi amiga Ana a raíz de la polémica que ha desencadenado Michel Onfray con su libro sobre Freud. En el blog tenemos un vídeo en que se le hace al mismo Onfray una entrevista y en el que Ana hace un excelente resumen del libro.
Yo no he leído el libro, por lo que no entro en su crítica. Pero sí en algunas de las cuestiones que comenta Ana y que aparecen en la entrevista. En todo caso he de decir que no comparto el punto de vista de Onfray, porque desmitifica para caer en una mistificación. Esto quiere decir que hacer caer un personaje divinizado ( que está bien) para demonizarlo ( que está mal) mezclando muchas cosas de manera confusa.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Crepúsculo de un ídolo



Autora Ana Azanza

Se pueden activar los subtítulos.

Michel Onfray explicó la obra de Freud durante 20 años en el instituto, el psicoanálisis forma parte del examen de bachillerato.  Antes lo había descubierto de adolescente, leyó los tres ensayos de la sexualidad, cuando le explicaron que según Freud al contrario de que lo que enseñaban otros en el confesonario la masturbación no provocaba el crecimiento de las orejas sino que era una etapa normal en el desarrollo. En la universidad siguió un curso sobre Freud, se enteró de que el doctor vienés obtenía resultados, curaba. Y conoció los 5 casos más célebres de los efectos salutíferos del psicoanálisis. Y que Freud solo a partir del autoanálisis descubrió universales humanos: el complejo de Edipo, el banquete primitivo, la horda primitiva, la muerte del padre...etc. Explicó "Totem y tabú", los estadios de la sexualidad, el nacimiento de la ley, al mismo nivel que el imperativo categórico kantiano o la alegoría de la caverna. Freud era un momento importante de la historia de la filosofía.

En el instituto Onfray descubre que cuando narra estas historias de Edipo y Electra, los alumnos se sienten "tocados", alguno de ellos después de clase le cuenta asuntos personales, su infancia, sus problemas. Se Hablan del porqué de la pedofilia o de las violaciones. El profesor se ve convertido en psicoterapeuta muy a su pesar. El marido de otra profesora era psiquiatra y aceptó ocuparse de los alumnos.  Había cierto "chamanismo" en el hecho de ser profesor, podría haber estado todo el curso explicando psicoanálisis y obtener un ascendiente peligroso sobre los alumnos. Pero el espíritu libertario de Onfray le impide seguir y guiar a los demás. No le gusta tener "ovejas" que pastorear. El siguiente encuentro con el psicoanálisis será en la universidad creada por él.

 En 2002 inauguró su universidad popular de Caen. Cuando no se está en la universidad lo más fácil es montar una propia. En realidad lo hizo impulsado por el hecho de que Jean Marie Le Pen llego a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas y esto no sólo le indignó, sino que pensó que si una gran parte de la población apoyaba una propuesta nacionalista y racista, la gente tiene razón del hartazgo porque la política tradicional no soluciona,  pero por otra parte la ideología excluyente no es una buena salida. De ahí que elevar la cultura del pueblo, dar instrumentos para la reflexión fuera su propuesta. Por eso creó la universidad popular de Caen en la línea de los ilustrados, hay que expandir la cultura, sacarla de los cenáculos y mostrar los recursos que ofrece la reflexión. No todo el mundo tiene el arte para poner en pie una iniciativa parecida y convencer a otros 16 amigos especialistas de diferentes campos de que participen en el proyecto, un proyecto por el que nadie gana un céntimo y por el que nadie paga tampoco. Pero Onfray lo llevó adelante.

En esa universidad imparte sus conferencias que han dado lugar a los diferentes volúmenes de “Contra historia de la filosofía”. Se ocupa de personajes olvidados por los manuales o por las explicaciones oficiales, empezó por los antiguos, continúo por los medievales, dedicó tres cursos  al siglo XIX y tras explicar Jean Marie Guyot y Nietszche que es su gran maestro del pensamiento, planeó dedicar un cuarto año a Freud, tratándolo como un filósofo vitalista.

Onfray da una conferencia por semana que según dice le lleva 30 horas de preparación. Es un obrero del trabajo filosófico, ha calculado todos los tiempos de lectura y escritura que hacen falta, se plantea el trabajo intelectual no como diletante ni como una cuestión de vanidad intelectual, es entre otras cosas lo que hace de él un personaje muy atractivo filosóficamente hablando, incluso aunque no se compartan todas sus ideas. La cultura, la filosofía, la lectura y la escritura no son un pasatiempo, son como cualquier trabajo actividades que ayudan al cuidado de sí, a la construcción personal y a la vez tienen una dimensión de servicio social. Ese aspecto de “servicio social” de la filosofía es el que me parece mas valioso y que se echa en falta entre nosotros. Tenemos algunas islas aquí y allí, pero no hay un diálogo continuado de filósofos españoles o hispanohablantes, por ensanchar la comunidad,  que ilustraran al país y en el que participara, sino la totalidad, sí una gran parte de la población, al menos con titulación universitaria o con inquietudes culturales-intelectuales-espirituales.

El mero hecho de que un libro de filosofía sobre Freud pueda dar lugar a escándalo y controversia nacional y que genere varios debates televisivos en franja horaria de mayor audiencia me parece envidiable, sanamente envidiable.

Así que en 2010 su libro número 50 incendió la discusión. El “Crepúsculo de un ídolo” empezó vendiendo 50.000 ejemplares en una semana, motivo suficiente para que algunos trataran a Onfray de nazi, fascista, antisemita, agente de la ultraderecha. Antes de la publicación, Onfray solo había llegado a Freud desde Nietzsche y quería presentarlo como un filósofo vitalista ante su público de la universidad popular. Fue entonces cuando leyó “El libro negro del psicoanálisis” una obra de 2005 en la que participa un puñado de especialistas en psicología. Este libro también fue denostado por el establishment “psi” francés con parecidos insultos que se le dedicarían a Onfray cinco años más tarde. Al acceder a dicho “Libro negro” Michel Onfray comprobó que se hablaba de hechos reales de la vida del maestro del psicoanálisis ignorados por el público. Por ejemplo: que el psicoanálisis existía antes que él, y siguió existiendo durante su vida y después que él, Freud no fue su creador propiamente hablando. Sólo se hizo más famoso que nadie gracias a esta práctica. Según Onfray el psicoanálisis no cura, hay un 30% de éxito por el llamado efecto placebo, más o menos lo que ocurre en la gruta de  Lourdes o lugares similares en que se ven los ex votos de los sanados por efectos milagrosos del agua o la simple visita.

En este vídeo me parece interesante la intervención de Boris Cyrulnik, psicoanalista practicante que asegura que muchas de las afirmaciones de Onfray que han provocado tanto escándalo entre los colegas él las había leído ya. Solamente cambia el ponerlas a disposición del gran público y el carácter polémico de Onfray. No pretende desanimar a los que recurren al psicoanálisis, que por otra parte discute que esté tan extendido como se dice. Las sesiones de Freud costaban  450 euros la hora, se ha molestado en calcular al cambio. Freud prescribía una sesión diaria de lunes a viernes y había que pagar en metálico, todo libre de impuestos. Con esas bases no era una terapia muy popular en la Viena de principios del siglo XX, aunque hoy los hospitales de día de la salud pública francesa ponen psicoanalistas a disposición de la población.

Además Onfray asegura que en una sesión de psicoanálisis es el ego el que sale todo el tiempo: “yo y mi padre”, “mi  madre”,  “mi infancia”. Demasiado narcisismo. Le parece que Freud extrapolaba sus propios problemas al resto de la humanidad. Concretamente el complejo de Edipo de querer relaciones con su madre y matar al padre, como origen y explicación de ciertos sufrimientos, de demasiados sufrimientos no le acaba de convencer. Desmonta algunos de los casos que le hicieron famoso como el del pequeño Hans. Supuestamente este niño tenía miedo a los caballos y la explicación de Freud era que el bocado de los caballos le recordaba el bigote de su padre, y en el fondo temía que su padre lo castrara por querer acostarse con su madre. Pero el pequeño Hans ya adulto reconoció que tenía miedo de los caballos porque una vez vió una caída del caballo que le impactó. Hay más desmontajes de la leyenda en el libro de Onfray, el caso Dora, la pretendida renuncia a la práctica de las relaciones sexuales a los 37 años que no fue tal, puesto que si bien dejó las relaciones con su mujer eso no le impidió relacionarse con su cuñada, el destrozo que le hizo en la cara a una paciente queriéndole curar con cirugía de alguna enfermedad y olvidando retirar 50 cm de gasa antes de cerrar, la muerte de una amigo por ingesta de cocaína que él le había recetado…Oscuridades de la biografía freudiana, como la “atención flotante”, concepto creado por Freud para justificar que el analista eche una cabezada durante la sesión, pues los inconscientes hacen el trabajo. La supuesta renuncia a la sexualidad de Freud se debía a que según confesión propia debía sublimar toda su energía en la creación del psicoanálisis.

En el siglo XIX las ciencias humanas pretendían cientificidad como las naturales, de esa ola  participó el psicoanálisis. En la actualidad pro Onfray y anti Onfray parecen estar todos de acuerdo en que no es ciencia, la prueba es que ante el relato de un sueño cada psicoanalista da su interpretación propia, no hay una común. La tesis final de Onfray es que Freud tomaba sus propios deseos por la realidad de los demás.

La pregunta que queda tras la lectura del libro es cómo y por qué ha podido tener tanto éxito si las bases no eran seguras. Eso daría lugar a otro libro pero Onfray asegura que no es su tema. En los últimos capítulos del libro muestra el modo como se organizó la “secta” freudiana. Primero exclusión de algunos colaboradores, (Adler, Jung) formación de un círculo de adeptos dispuestos a darle la razón en todo al maestro y a quitársela al resto de la “malvada” humanidad. Fabricación del personaje “elegido” con la gran biografía escrita por Jones, 1500 páginas para mostrar los signos de persona marcada desde el nacimiento para una misión. Leyenda dorada de Freud creada y mantenida por sus seguidores, reuniones de iniciados, anillo para todos los pertenecientes al círculo cercano, corresponsales en diversos países, organización de los congresos y las revistas.

La relación con su hija Ana que recogerá el legado paterno no parece cabal, la tesis de Onfray es que no le dejó vivir aparte de la “leyenda del psicoanálisis”. Han acusado al filósofo de Caen de que si Freud pasó de la filosofía al psicoanálisis Onfray hace el camino inverso, Onfray quiere matar al padre. Sólo que él no ha tenido problemas con su padre. La filosofía de un hombre es su vida, una tesis nietzscheana del prefacio de la "Gaya ciencia"que le es muy cara, le lleva a interesarse por las vidas de todos los filósofos que explica en su “Contrahistoria”. El pensamiento es confesión vital. También Onfray ha sufrido, primero como huérfano sin serlo alojado cuatro años en una institución con curas que abusaban aunque no de él, luego ha tenido un infarto de miocardio, y alguna otra enfermedad grave. Pero partiendo de la miseria y de no haber nacido en una familia acomodada, no se hunde en ello, sino que hay una superación en su vida. Invita a la reflexión y como Montaigne hacía dictando sus confesiones que no escribiéndolas, ese decir en voz alta ya es terapéutico.

Hay otros caminos para la autorrealización personal, otras terapias. El psicoanálisis posfreudiano es una opción, pero con conocimiento de causa, sin leyendas. El arte, la música, la filosofía, no la “Crítica de la razón pura” con la que un ciudadano corriente tiene poco que hacer, tampoco con la “Gramatología”, todo ello es muy interesante para los profesores de filosofía.

Pero para el ser humano en general la filosofía está en Séneca, en la carta a Meneceo, en Epicuro, en Marco Aurelio o Epicteto. Habla del recurso a los filósofos antiguos cuando la filosofía era una forma de vida y no motivo de parloteo para iniciados. De adolescente Onfray descubrió que hay una moral sin religión, que hay una diferencia entre el bien y el mal, hay cosas que nunca se deben hacer, y para afirmarlo no hace falta ni estar loco ni ser creyente. Basta ser persona. Hubo filósofos antes del cristianismo, seres humanos con un  sentido de la existencia. Este extremo se ve que ha sido determinante en su recorrido vital. La moral no es el privilegio ni de las religiones ni de ninguna institución. Le ha pasado lo mismo con el psicoanálisis, Onfray necesita poner de relieve que hay más psicologías y psicoanálisis que el freudiano, antes y durante y después de Freud. 

Hay otros interesantes vídeos sobre la cuestión



viernes, 30 de septiembre de 2011

La pedagogía de Coetzee


En su reputada novela Verano, el escritor sudafricano J. M. Coetzee se refiere a su filosofía de la enseñanza como una filosofía del aprendizaje, procedente de Platón. El autor explica a una brasileña, Adriana, que está preocupada por el entusiasmo que el profe ha provocado en su hija adolescente, de qué manera, "antes de que se produzca el verdadero aprendizaje, el estudiante debe tener cierto anhelo de verdad, cierto fuego en su corazón. El auténtico estudiante arde por saber. Reconoce o percibe en el profesor a una persona que se ha acercado más que él o ella a la verdad. Desea hasta tal punto la verdad encarnada en el profesor que está dispuesto a quemar su yo anterior para alcanzarla. Por su parte, el profesor reconoce y alienta el fuego en el estudiante, y reacciona a él ardiendo con una luz más intensa". De este modo, ambos, profesor y alumno, se elevan a una esfera superior.

Por supuesto, la teoría no tranquiliza en absoluto a Adriana. Todo ese idealismo no casa muy bien con su sentido práctico. Y de nada sirve que el profesor se enamore de ella y le escriba interminables cartas de amor. La teoría arriba expuesta parece más radical y personal que la de Platón; para el ateniense, el proceso de aprendizaje (paideia) no implica tanto una renuncia al yo anterior, cuanto su  liberación de la ignorancia o del apego a la apariencia, o sea una conversión del alma a la verdad, del alma con todas sus potencias, sensibles, anímicas, emotivas e intelectuales.
Más adelante, un colega de Coetzee se refiere a la enseñanza como una especie de contagio:
"Los alumnos pronto descubren si lo que les estás enseñando te importa. En caso afirmativo, están dispuestos a considerar la posibilidad de que también les importe a ellos. Pero si llegan a la conclusión, acertada o no, de que no te importa, no hay nada que hacer, sería mejor que te fueras a casa".

No cabe sublimación de la profesión docente: "las filas de la profesión docente están llenas de refugiados e inadaptados", de gentes que nada más buscan la seguridad de un sueldo mensual. Eso sí, ser profesor permite estar en contacto con una generación más joven.

Adriana, que no ve en el profesor sino a un débil y peligroso soñador, recuerda una carta en que Coetzee, que se ha enamorado locamente de ella, le habla de cómo había aprendido los secretos del amor escuchando a Shubert: "cómo sublimamos el amor a la manera en que los químicos del pasado sublimaban sustancias innobles". La brasileña, maestra de danza, busca el término "sublimar" en el diccionario de inglés. Sublimar: calentar algo y extraer su esencia. En portugués tenemos la misma palabra, "sublimar", aunque no es corriente. A la brasileña, más atenta a cuestiones prácticas, tanta sublimación le parece una solemne tontería, pues cree que, "por debajo de las bonitas palabras, lo que un hombre quiere de una mujer suele ser muy básico y muy simple". Pero Coetzee insiste en que Schubert le había enseñado a sublimar el amor. Sin duda, para él, esta sublimación forma parte del proceso de aprendizaje.

Coetzee da voz y protagonismo a Adriana como a otros personajes que en la novela Verano desmitifican sistemáticamente su figura de premio Nobel de literatura, así que no deja de ser paradójico que quien desmitifica así sostenga en la narración -como alter ego de sí mismo- una postura platónica y sublimatoria. La brasileña le reprocha haber divorciado el alma del cuerpo...
"Para él, el cuerpo era como una de esas marionetas de madera que mueves mediante cordeles. Tiras de este cordel y se mueve el brazo izquierdo, tiras de ese y se mueve la pierna derecha. Y el auténtico yo está allá arriba, donde no puedes verlo, como el tirititero que tira de los cordeles".
Para Adriana, maestra de danza de profesión, nadie que disocia así el cuerpo del alma puede bailar bien, porque la danza es encarnación. No me extraña que diga esto una brisileña, fueron los brasileños quienes añadieron al fútbol el ritmo de la danza. En la verdadera danza -explica Adriana Nascimento-, el cuerpo manda, el cuerpo dirige, formando con el alma un todo. "¡Porque el cuerpo sabe! ¡Sabe! Cuando el cuerpo siente el ritmo en su interior, no necesita pensar". La marioneta no puede bailar, porque la madera no tiene alma ni puede sentir el ritmo.

Esa disociación del alma y el cuerpo puede tener que ver con la educación calvinista holandesa, que aspira a formar a los niños como el artesano da forma a un recipiente de arcilla, según una imagen predeterminada. Por el contrario, su madre -la madre real o imaginaria de Coetzee- creía más bien que la tarea del educador debería ser la de identificar y estimular las aptitudes naturales del niño o la niña, las aptitudes innatas que les convierten en seres únicos. Si imaginamos a la niña o al niño como una planta, el educador debería alimentar las raíces de la planta y observar su crecimiento, en lugar de podar sus ramas y "darle forma", como predican los calvinistas.

En una nota inserta en el capítulo final del libro, Coetzee se propone desarrollar una teoría de la educación original, cuyas raíces estarían en Platón y Freud, y cuyos elementos serían la condición de "discípulo" como aspiración del alumno a ser como el profesor, y el idealismo ético del profesor que se esfuerza por ser digno del estudiante. Y cuyos peligros son: la vanidad o complacencia del profesor por el culto que le rinde el estudiante y, en segundo lugar, el sexo, el sexo como atajo hacia el conocimiento. Al final de la nota se reconoce como incompetente en asuntos del corazón.

A lo largo de la novela, el protagonista indirecto de la misma, el personaje J. Coetzee, se muestra torpe en este campo, de ahí el carácter simbólico que adquieren las palabras de la bailarina y de "lo femenino", como una "rarefacción superior de la mujer, hasta el punto de convertirse en espíritu" (J. M. Coetzee. Verano, trad. de Jordi Fibla, Debolsillo, abril, 2011).