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viernes, 18 de julio de 2014

Miedo al Dolor

“Lo fácil es sufrir” es el provocativo título del ensayo de mi paisano José María García García (nacido en Huesa, Jaén, 1967). Sevillano de residencia, licenciado en Filosofía y doctor en Psicología, su libro, editado por Alegoría (Sevilla 2013), es el resultado de su experiencia como psicoterapeuta reconocido.

Es un libro útil para modificar ciertas tendencias generales en la Edad de la Queja, cuyas masas consumidoras se ven infectadas por el narcisismo soberbio y el narcisismo llorica. Parte su autor de la distinción entre "sufrimiento" y "dolor", palabras que suelen usarse como sinónimas. 

El dolor supone una amenaza directa a nuestra integridad física, es un signo, un aviso natural, también suele incorporar una lección saludable, no repetimos por naturaleza las acciones que nos resultan dolorosas, por eso hay que empeñarse en fumar o tomar alcohol. Sin embargo, entiende José María por “sufrimiento” la potenciación emocional y/o cognitiva del dolor. Y resulta que muchas veces el sufrimiento no es otro que la incapacidad para hacer frente a las causas que producen el dolor. “Porque no hay entendimiento, hay sufrimiento”. El mismo miedo a dolor, muchas veces puramente imaginario o injustificado, es causa principalísima de sufrimiento.

miércoles, 29 de mayo de 2013

AUTOBIOGRAFIA E INTERSUBJETIVIDAD










Muy interesante libro del psicoanalista y neurólogo Boris Cyrulnik sobre cómo funciona la memoria, fundamento de la identidad personal. Cyrulnik ha experimentado que la memoria construye, no sólo archiva. Que trabaja, rehace, borra y reescribe en función de la propia vida para lograr un relato coherente. El psicoanalista y neurólogo ha trabajado sobre su propia experiencia como niño judío en la guerra mundial.   Cyrulnik tenia recuerdos de su infancia y pensaba que correspondían firmemente a la realidad de los hechos que había vivido. Pero cuando fue a reconocer los lugares, como la sinagoga de Burdeos, y las personas, la enfermera que lo salvó, se dio cuenta de que su memoria había cambiado ciertas cosas. La memoria transformó involuntariamente, pero reforzando las imágenes en el sentido de la vivencia que los hechos vividos supusieron para él. No es que la memoria engañe, sino que “trabaja” a favor de la coherencia del relato de nuestra vida.

No podemos ni debemos “adaptarnos” a una realidad sin sentido, como pudo ser la persecución sufrida por los judíos en la guerra.

domingo, 3 de febrero de 2013

MICHEL SERRES, FILÓSOFO DEL PLANETA


Autora Ana Azanza


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Presento en este vídeo a Michel Serres (1930), filósofo, marino, historiador de la ciencia, deportista, amante de los grandes espacios, sean desiertos, sean las cumbres del Himalaya. Profesor en universidades de los cinco continentes, fiel a su idea de que un docente que no ponga en contacto su saber con todas las culturas y sensibilidades sería hoy profesor a medias. La ciencia está mundializada, pero también la enseñanza, por eso lleva más de 30 años en Stanford y se ha paseado por Sudamérica, Sudáfrica, India, Corea. Ha experimentado que lo que en unos países se entiende con una explicación de un minuto en otros se necesita una hora, es decir, sabe muy bien que el hombre con h mayúscula de la filosofía no existe.

lunes, 7 de enero de 2013

Filosofía del abandono



Autora Ana Azanza

Presento esta entrevista de dos personas que además de su capacidad intelectual demostrada por los libros que ambos han publicado, tienen tras de sí una experiencia vital que hace de ellos seres humanos con mucho que enseñar.

Boris Cyrulnik es neuropsiquiatra, psicoanalista, autor del libro por el que llegué a él “Autobiografía de un espantapájaros”. En ese libro recoge experiencias de seres humanos del mundo entero, “heridos por la vida”, “espantapájaros”, seres necesitados de encontrar la “normalidad” de una vida en sociedad.  El sufrimiento es el mismo para todas las personas del planeta, pero la expresión del mismo, la reelaboración emocional del que lo ha pasado depende de los recursos de “Resiliencia” que la cultura dispone alrededor del afectado. La invitación a contarlo o la obligación de callar, el acompañamiento afectivo o el desprecio, la ayuda social o el abandono cambian el significado de la herida. Particularmente son las palabras y la posibilidad de contar historias lo que cambian las relaciones entre los humanos. Con las palabras tejemos la realidad, transfiguramos las cosas que tenemos a nuestro alrededor, también las vivencias.
Cualquier narración es una legítima defensa, basta dirigir nuestra historia a alguien que escucha para modificar nuestras relaciones, para no sentirnos igual.
Cyrulnik enseña que contar lo que nos pasó no es volver al pasado, sino que nos reconciliamos con la propia biografía. La fabricación de nuestra narración llena el vacío del origen que estorba a la propia identidad. Un hombre sin historia está como disperso, sin memoria y sin proyecto, sometido al presente en el brillo de lo inmediato.

Las calamidades humanas son más frecuentes que los terremotos o los tsunamis. Y le han permitido a Cyrulnik estudiar el mundo mental de los que las han provocado. Ocurren cosas tan increíbles como que hombres bien educados cometen actos perversos sin ser ellos mismos perversos.

Los supervivientes de cualquier genocidio o desastre humano, niños usados en la guerra por ejemplo, no están muertos del todo. Son espantapájaros, seres humanos ilusorios que sólo podrán ser verdaderamente humanos si su entorno les deja hablar. Sobre esas cuestiones empezando por su propia infancia de niño judío en la segunda guerra mundial, trata Cyrulnik en la entrevista.

Alexandre Jollien es un filósofo suizo, al que descubrí hace dos años por su libro sobre la “Algodicea”. Encantada de volver a encontrarlo y profundizar. Entonces escribí mi opinión sobre dicho libro, filosofía que vale, hecha desde la propia realidad, el propio cuerpo, la circunstancia de ser un discapacitado, y como afrontar la vida. Antes de nacer Alexandre Jollien se enredó el cordón umbilical alrededor del cuello varias veces lo que le provocó Atetosis, una discapacidad neuromotora.

Cuando no tenemos discapacidades miramos con lástima a los que las tienen, pero al leer “El oficio de ser hombre” somos los “capacitados” los que damos pena. Tenemos todo tan fácil que no valoramos ni disfrutamos nuestras capacidades. Menciona en el libro citado a Cioran, el filósofo rumano que se atrevió a ponerle semejante título a su obra: "Del inconveniente de haber nacido":

"El sufrimiento abre los ojos, ayuda a ver las cosas que no se habrían percibido de otro modo, Sólo es útil para el conocimiento y, al margen de ello sólo sirve para envenenar la existencia."

Los griegos hacían un juego de palabras "ta patemata matemata", lo que hace sufrir, enseña. Ellos inventaron la "algodicea" que parte de la experiencia de que no hay nada peor que un sufrimiento gratuito, absurdo, desprovisto de sentido. Mientras que la joven madre olvida alegremente los dolores del parto, mientras el trofeo del vencedor hace desaparecer los arañazos y las agujetas, los sufrimientos gratuitos y estériles no desaparecen nunca. Nos desposeen, nos privan poco a poco de la libertad. Así, frente al escándalo y, sobre todo, frente a lo absurdo de aquello que duele, los antiguos invitan a usar todos los medios posibles para hacer fructífero el momento doloroso.

No se trata de correr en busca del peligro, ni de revolcarse en el sufrimiento, sino de aprovecharlo cuando este se impone.

Aunque el sufrimiento envenene la existencia, también enseña. Pero, ¿cómo puedo practicar la algodicea? Los débiles me enseñan que sacar provecho del sufrimiento es, primero, aprovecharse, gozar de la vida. Celebrar lo que le da valor. Tampoco hay que caer en el espejismo de la curación perfecta, las heridas que recibimos en la vida se irán con nosotros a la tumba, forman parte de nosotros, así lo ve Cyrulnik al final de la entrevista.

El primer libro que dio fama a Alexandre Jollien fue precisamente “Elogio de la debilidad” que en 1999 recibió el premio de la Academia Francesa de apoyo a la creación literaria, cuando contaba sólo con 24 años. Desde entonces ha escrito “El oficio de ser hombre”, “Construcción de sí”, “El filósofo desnudo”, “Pequeño tratado del abandono”. Sobre este último le preguntan en la entrevista. Actualmente sigue escribiendo en su web,  donde la gente le aclama y le quiere como un auténtico guía y en la que anuncia que lamentablemente ya tiene todo el 2013 ocupado y no puede comprometerse a más conferencias.

Para alimentarse espiritualmente por una buena temporada…

martes, 5 de julio de 2011

Poco sufridos


La felicidad..., la alegría, el grado limitado pero real de la felicidad que podemos alcanzar en esta vida, no solo está asociado a la capacidad y la oportunidad de disfrute, sino también -tal vez sobre todo- a la capacidad para resistir y tolerar los inevitables sinsabores, desencuentros, pérdidas y problemas, o quizá, a la habilidad con que aprendamos y desarrollemos esos mecanismos de defensa que tan bien describió el psicoanálisis: represión, racionalización, sublimación, transferencia, desplazamiento...

Dicho en términos más morales, menos mecanicistas: para ser feliz hay que ser un persona sufrida. Pero somos nada sufridos, al menor síntoma de dolor, nos narcotizamos, buscamos un analgésico. Y nos quejamos más que un cantaor de flamenco, "¡ay!, ¡ay!". Sin embargo, aguantar sin quejarse permite conservar a los amigos; la gente se aleja de quien continuamente se queja, aun con razón. Uno huye del quejoso relator de achaques, del que no ve más que malintenciones y conspiraciones por doquier, del "querulante" que denuncia sin cesar los "delitos" de los demás pero no la idiotez propia.

Los estoicos hicieron de la tolerancia al sufrimiento una vocación filosófica. El filósofo galduriense Emilio López Medina sigue su senda. Acaba de publicar un libro de aforismos: El Dolor (Octaedro, 2011), del dolor en su más amplia acepción: infelicidad, decepción, fracaso, desilusión, desesperanza, hastío, desamparo, enfermedad...

Los estoicos sabían que para sufrir poco hay que ambicionar poco o -dicho a la inversa- conformarse con poco. Conformarse con los placeres más simples formaba parte de la refinada estrategia hedonista, epicúrea, a fin de cuentas, como dijo Oscar Wilde, los placeres sencillos son el último refugio de los seres complicados. A la naturaleza no se la puede doblegar, ni engañar, aunque se la pueda instrumentalizar, así que solo nos queda conformarnos con su terrorífico dominio, con su fascismo inclemente. Esta noción de la conformidad con lo inevitable, en última instancia, con la muerte, se abarraganó con la noción cristiana de resignación durante el fin del mundo antiguo. Conformidad, resignación, mortificación, prácticas de fortalecimiento de la voluntad, virtudes olvidadas, hábitos mentales saludables de los que el consumismo nos ha desarraigado, porque el que se conforma con lo que es y tiene, no gasta, no despilfarra. La austeridad, la sobriedad nos hacen ahorrativos, ¡pero nos ahorran muchísimos sinsabores y dolores de cabeza!

No obstante, ese principio de sabiduría, el de que la felicidad se halla en comer pan cuando se tiene hambre y beber agua cuando se tiene sed, el de que la alegría se encuentra en las pequeñas cosas, le parece a nuestro amigo Emilio L. Medina de lo más antipedagógico: porque si los jóvenes lo comprendieran y asumieran, "toda ambición, todo afán de superación y progreso desaparecerían ab ovo". Solo los viejos y los enfermos deben conformarse con poco, huyendo del dolor y del sufrimiento.

El estoicismo mismo es una filosofía crepuscular, una lírica más que una épica, la escenificación de una tragedia más que un drama real. Una filosofía para ancianos, no para jóvenes. Los jóvenes no se entregarían a una ética analgésica, indolora, grosera o refinadamente hedonista, no renegarían como lo hacen de todo esfuerzo, de todo compromiso, si se enamoraran de una causa justa, si percibieran como valioso algo más grande que ellos mismos, algo por lo que luchar. La juventud siempre ha estado dispuesta a sufrir, incluso a entregar la vida, por una ilusión sublime, por una pasión ideal. Pero el desencanto, la desilusión, el desengaño, sólo parecen dejar lugar a ese misil contra la línea flotación del ideal que es el sarcasmo, expresión retórica de la desilusión. Desdichadamente, también la desilusión contra la "clase" política se expresa, negativamente, en  sarcasmos, más que en propuestas positivas.

Emilio cita a Gide: conquistar la alegría vale más que abandonarse a la tristeza. Pero comenta que lo malo es que el abandono es más fácil (y a veces más dulce) que la esforzada conquista. La pasividad -tan frecuente en muchos escolares como una especie de disrupción- resulta de un abandonarse para no dolerse, de una huida del sufrimiento, por pequeño que éste sea: un suspenso en un ejercicio, una burla del compañero por un lapsus en la lectura...

Se les tendría que haber habituado al sufrimiento, al menos a ciertos sufrimientos. Antes se nos enseñaba a ser sufridos, a resignarnos, a aguantar firmes la frustración y el dolor... Si llorábamos por una leve herida, "¡ten cuidado, por ahí se te saldrán las tripas!". Aprendiamos a aguantarnos y eso nos hacía fuertes. Si al menor dolor, se les da un calmante, ¿cómo se conformarán con el dolor crónico en que la vida deviene? Una vida que se les ha disfrazado edulcorada, como un inmenso parque de atracciones, el cual no es sino evasión, paréntesis, escape de la vida. Se les ahorran pequeñas molestias, se les lleva en coche al colegio para que no les llueva, se les arropa demasiado...

Al contrario que Emilio, no creo que la felicidad se dé en ese estado transitorio de descuido ante la vida, de desatención ante ella. Tal vez yo siga siendo demasiado vitalista, pero creo que la felicidad auténtica tiene que ver con el logro de metas muy reales, con ese alivio glorioso después del sufrimiento, como el abrazo tras el parto, como el gozo que experimentan los argonautas de Apolonio cuando, tras durísimos trabajos, ven por fin relucir, flamante, el vellocino.

El "racionalista" Descartes, que dedicó su última gran obra a las pasiones del alma, lo supo: la felicidad depende, sobre todo, del modo en que equilibremos y armonicemos el juego completo de nuestros sentimientos. Sin embargo, ese juego no es solo un solitario que juguemos con naipes propios, porque nuestra vida se desarrolla en un complejo entramado social en el que siempre debemos sacrificar una baza para ganar otras.