Uno de los personajes en la Escuela de mandarines (1974) de Miguel Espinosa, Donato, deriva del MALO, o sea del DIABLO, la inteligencia del ser humano. Según este punto de vista, "la fruto prohibido que dio la Serpiente a Eva nos abrió los ojos” significa que nos transformó y recompuso inteligentes; el fruto prohibido era la capacidad para discernir intelectualmente, para "leer dentro", según etimología de la voz "inteligencia" (intus legere). Desde esta perspectiva, la inteligencia sería lo contrario de la inocencia y la habría abolido definitivamente. El cándido, el inocente, no discierne el bien del mal o entiende que todo es bueno, es el pánfilo "buenista" que acepta todo lo que le llega y cae del Cielo o surge de la Tierra, porque carece de inteligencia para distinguir lo uno de lo otro, lo bello de lo feo, lo dulce de lo amargo, el bien del mal. Pero –protesta Espinosa–, ¡fijar la procedencia de la inteligencia en el Maligno supone valorarla enemiga del humano! Puede, a veces.
En su tratado filosófico-alegórico, Historia del diablo (1965), Vilém Flusser aborda la figura del
MALIGNO como categoría existencial y fenomenológica que encarna el absurdo, la
pérdida de fundamento y –en analogía con la tesis de Donato antes citada– la
dinámica entera de la cultura occidental. Es lo que significa el dictamen de la
abuelita cuando, a la vista de las novedades tecnológicas y de las posibilidades
maravillosas que ofrecen los teléfonos inteligentes, exclama: “¡Cosas del
diablo!”. Sólo que la conjetura de Flusser va más en serio que la frase de la anciana, y es mucho más trágica, que religiosa.
El diablo de Flusser no quiere la destrucción del humano, sino su complicidad activa en la construcción de un mundo artefacto alternativo, en el despliegue del artificio y de la abstracción contra las existencias particulares, naturales, creadas por al Altísimo, es decir, otras realidades diferentes y de distinto signo a las venidas a la existencia por la voluntad del Dios-Creador, contra el que se rebeló el Ángel Indócil con su ‘non serviam’, con su “¡No obedeceré!”.
La técnica inspirada por “LUCIFER” (etimológicamente “Portador de luz”) se acredita así como contra-naturaleza, el eslogan publicitario de su burda arquitectura es la ilusión del progreso y la esperanza de conseguir sus promesas terrenales, el reemplazo de la creación por modelos, imágenes, simulacros, conceptos, es decir, por aparatos técnicos que nos otorguen placer incesante.
El diablo es
fanáticamente “progresista”. Alentando el desarrollo científico y tecnológico,
Lucifer contribuye a que se pierda el enlace del humano con el sustrato genuino
de la creación, nuestra conexión original con la naturaleza y, por lo tanto, el vínculo genuino de la criatura con
su Creador. Apartar al humano de Dios es a lo
que, artificialemente, aspira el Diablo animando el progreso material de la cultura.
El diablo de Flusser es revival contemporáneo del mito de Prometeo y de la figura faústica del demonio Mefistófeles recreada por Goethe.
En efecto, al final de su vida, Fausto ya no busca los placeres de la carne ni
la magia abstracta; ahora está poseído por la soberbia del progreso y de la
ingeniería. Quiere ganarle terreno al mar, desecar ciénagas y construir un
Imperio técnico donde el hombre sea el dueño absoluto del entorno.
Mefistófeles, lejos de disuadirlo, se convierte en su capataz, en el operario
sumiso de sus planes de desarrollo, sabiendo que en el corazón de esa aparente
filantropía y avance civilizatorio late la verdadera alienación.
El diablo de Fussler es también inspirador del progreso técnico e
impulsor del intelecto calculador que lo ordena. El intelecto sólo se magnifica cuando se plasma en dominio material. El bienestar tecno-científico es su
aliciente, lecho mullido, trampa dorada. El dominio del mundo lleva por precio
la enajenación del humano, pero la locura nos pasa desapercibida, no sabemos lo locos que estamos, anestesiados por
el confort y las satisfacciones inmediatas que la tecno-ciencia nos procura, y
por la hipnosis cotidiana con que los tecno-medios de comunicación nos entretienen y distraen de nos. El
diablo hace pasar por lo bueno la vacancia espiritual y la comodidad asegurada,
la protección del Estado y el crecimiento histórico de producción y el
consumo. Nuestra consumación queda regulada por decreto-ley.
El método de perversión que usa el diablo es la intelectualización y tecnificación de nuestros apetitos. Esto recuerda o rehabilita la provocadora tesis de Rousseau en su Discurso sobre las ciencias y las artes (1750), en el que el ginebrino sostenía que las ciencias y las artes no nacen de las virtudes humanas ni de una noble búsqueda de la verdad, sino de nuestros vicios y pasiones más bajos. Para Rousseau, el progreso científico no confirma nuestra elevación moral, sino que señala síntoma de sociedad corrompida, porque ha abandonado la pureza del "estado de naturaleza" (un mito como otro cualquiera). Por eso afirma el autor de El Contrato social, que la astronomía ha nacido de la superstición (astrología); la elocuencia de la ambición, el odio, el lisonjeo y la mentira; la geometría, de la avaricia que mide y delimita propiedades; la física de una vana curiosidad; e incluso la moral, según su visión, nació del orgullo humano (Nietzsche la asociará más tarde al rencor de los débiles). Según esto, no sólo nacen las ciencias del vicio, sino que además lo alimentan generando lujos y ociosidades, pues al liberarnos del trabajo físico nos sumergen en una comodidad blanda. Y se sabe que lo que facilita, debilita. En una palabra, en lugar de hacernos mejores ciudadanos, las ciencias y las técnicas nos vuelven charlatanes, hipócritas y esclavos de las apariencias.
Análogamente, Fussler hace depender el progreso tecno-científico de la intensificación y metamorfosis de nuestros apetitos viciosos, de la ambición y el ansia de dominio. Gula y lujuria se refinan y transforman en consumo masivo de pornografía y de una gastronomía sofisticada (para ricos) o en comida rápida y procesada (para pobres) que halaga el paladar con su saturación artificial de grasas y azúcares; la avaricia se sublima en acumulación de datos, no sólo de capitales; la pereza se disfraza de automatización... El individuo, subordinado al funcionamiento del aparato, se llama "funcionario", máxima aspiración, lacayo del Amo-Estado.
El pecado definitivo es, por supuesto, la soberbia
de creernos –gracias a la tecno-ciencia– verdaderos dioses, amos y
dueños de la Tierra y creadores de universos, cuando en realidad somos prisioneros de
nuestros inventos; o la vanidad de suponernos sujetos en trance de ser dioses, según el sueño del transhumanismo, mientras la cirugía estética diseña patosas monstruosidades.
Podemos cifrar la tragedia del intelectual moderno en esta fórmula: La sustitución
de lo concreto por lo abstracto deviene en mundo programado, funcional y
carente de todo significado trascendente. Mundo de estímulos incesantes, ayuno de todo sentido.
Mefistófeles no necesita ya corromper a Fausto con bajezas sensuales; le
basta con estimular su genialidad constructora y su deseo de orden racional. Al
final, el progreso técnico se vuelve autónomo, y el "bien" de la
civilización es la herramienta que el diablo utiliza para agenciarse la complicidad del humano frente al Superior.
MEFISTÓFELES, GRAN CAPATAZ DEL PROGRESO
(Escenario: Una vasta costa pantanosa. Fausto, anciano y ciego,
escucha el golpe de las palas. Cree que su pueblo trabaja por la libertad; en
realidad, son los Lemures mandados por Mefistófeles, que cavan su fosa).
Me envuelve la tiniebla, mas dentro de mi mente
estalla una luz clara, una idea potente.
¡Hay que acabar la obra! El sabio solo es dueño
del mundo si el destello de su audaz pensamiento
se convierte en ceniza, en sudor y en cemento.
¡Que se reúnan las masas! ¡Que se cumpla mi sueño!
¡Mefisto, trae más hombres, que domen la marea!
Que la razón del sabio gobierne la materia.
¿Ves cómo el intelecto no es un río inocente?
Te di el saber del libro y te causó desprecio;
te di el amor de un ángel y te pareció necio.
Pero mira este fango que mi pala domina:
¡esta es la gran agudeza que al mundo ilumina!
No hay mayor inteligencia, mi querido doctor,
que la que ordena el caos con rigor de agrimensor.
Tú diseñas los planos, tu soberbia los guía:
crea puertos, canales, diques de arquitectura,
borra el viejo paisaje de la burda natura.
¿Acaso no es hermoso ver al hombre elevado
como dios sustituto de El de arriba sentado?
Tú pones la idea, el cálculo, el rastro,
y yo pongo la fuerza que mueve catastro.
mide el tiempo en las horas de un estricto horario.
El progreso es el arte que al diablo le cuadra:
mientras más la ciencia calcula y encuadra,
más se olvida el esclavo de su alma divina
y más besa el progreso que al fin lo confina.
¡Sigue, sabio Fausto! Modifica la tierra,
que el mayor intelecto entre muros encierra.
Cavas canales al mar..., y es tu fosa en la historia.
Nos trabajas el suelo, nos limpias la duna;
creyendo ser libre, nos dejas tu cuna.
Para el dios Neptuno preparas la fiesta:
mientras más luz pretendes, más noche te resta.

