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| Johan Huarts Prufung der köpfe zu den Wissenschaften. Traducción de G. Ephraim Lessing, 1752. Reproducción de la ediciÓn francesa del Examen de ingenios, (atlantica, Biarritz, 2000) |
En el capítulo V de la edición de 1594 de su Examen de ingenios para las ciencias
(EI), Juan Huarte afirma que el entendimiento no puede obrar sin la memoria y sin la imaginación porque la inteligencia precisa imágenes. Cita en su favor a
Aristóteles: ‘Oportet intelligentem phantasmata speculari’. En efecto, sin la
memoria de nada sirve ni la facultad imaginativa –escribe Huarte–: “el
oficio de la memoria es guardar estos fantasmas para cuando el entendimiento
los quiera contemplar” y si los recuerdos son olvidados es imposible a las
demás potencias psíquicas obrar. “Vemos por experiencia que cuanto más se ejercita la
memoria recibiendo cada día nuevas figuras, tanto se hace más capaz”. La memoria es el
músculo de la inteligencia y la imaginación su ojo.
Aunque la inteligencia requiere de la memoria, Huarte ve cierta oposición entre memoriosos y entendidos, fundada en “la enemistad que el entendimiento tiene con la memoria”. No sucede lo mismo con la reminiscencia (la anamnesis platónica) que Huarte asocia más bien a la imaginación, antes que a la memoria.
Tres obras o acciones son las principales del
entendimiento: inferir, distinguir y elegir. Según esta última, la capacidad de elección, la libertad sería hija del entendimiento y no sólo de la voluntad. Los mejores ingenios
–piensa Huarte— no requieren prácticamente de maestros, son autodidactas. Estos
ingenios “engañaron a Platón” al hacerle decir que nuestro saber es un cierto
género de reminiscencia oyéndolos hablar y entender lo que jamás fue considerado
por los hombres antes de ellos.
A estos grandes ingenios hay que permitirles que escriban libros porque son capaces de inventar a partir de lo que los clásicos dejaron escrito. La república, sin embargo, no debería consentir que los que carecen de invención escriban libros, pues no son sino monos de imitación y ya no hay (se refiere Huarte a su tiempo, lo que podría valer también hoy) quien no componga una obra hurtando de aquí y tomando de allá (o sea, mediante plagio). A los ingenios inventivos llama Huarte “caprichosos”, sacando este adjetivo de la lengua toscana y asociándolo a las virtudes de la cabra, ya que este animal es siempre amigo de andar a sus solas por riscos y alturas y aficionado a asomarse a grandes profundidades; por donde no sigue vereda ninguna ni quiere caminar con compaña. Tal propiedad como esta se halla en el alma racional cuando tiene un cerebro bien organizado y templado: jamás descansa en ninguna contemplación, todo es andar inquieta buscando cosas nuevas que saber y entender.
Como hemos señalado, Juan Huarte asocia la facultad
imaginativa a la reminiscencia platónica y, por su parte, la memoria al sentido
común, y no hace estas facultades distintas a aquellas representativas que
junto con el entendimiento conforman las tres potencias orgánicas del ingenio
humano. Si la imaginación –como en Kant— es una potencia activa, la memoria lo
es pasiva, recibe y guarda lo que la imaginación y la percepción le ofrecen, con
mayor fidelidad y durabilidad cuando la impresión es intensa.
La risa es pasión que descubre mucho cómo sea la imaginación
de cada cual. “La risa y el andar del hombre lo delatan” (Eclesiástico). Para
Huarte, la risa es causada por una aprobación de la imaginación cuando vemos u
oímos algún hecho o dicho que cuadra muy bien. Cuando la potencia imaginativa
es muy buena no se contenta con cualquier cosa. Por eso vemos que los hombres
de gran imaginación pocas veces ríen y que los más graciosos, decidores y
apodadores, jamás se ríen de las gracias y donaires que ellos mismos dicen ni
de la que oyen de otros porque tienen una imaginación tan delicada que aún sus
propios donaires no hacen la correspondencia que ellos querrían. A esto se
añade que la gracia, además de tener buena proporción ha de ser nueva y nunca
vista ni oída. Los chistes manidos ya no hacen gracia. La risa no compromete
sólo la imaginación, sino que afecta también a otras potencias que gobiernan
nuestro psiquismo. El donoso no se ríe de la gracia que dice porque antes de
que la eche por la boca ya sabe lo que va a decir. De ello concluye Huarte que
los muy risueños no tienen una gran imaginación, sino que más bien andan faltos
de ella y por eso cualquier gracieta, aun la chocarrera, les complace.
Huarte asocia también la prudencia y destreza de ánimo a la imaginativa que anticipa y conoce lo que está por venir. A la destreza del ánimo o de la mente la llama solercia, agudeza o astucia, pero también habilidad para cavilar y engañar. La vincula a la prudencia ciceroniana como habilidad práctica para distinguir lo bueno y lo malo (que aquí sería más bien lo que conviene y lo inconveniente), una maña de la que a veces carecen los hombres de gran entendimiento por falta de imaginación. La destreza anímica entendida como solercia o mera “prudencia de la carne” (San Pablo), apartada del sentido de la justicia, no merece más nombre que el de malicia pedestre, inhumana y demoníaca.
La verdadera sabiduría pertenece al entendimiento, potencia esta en la que no cabe doblez, sino claridad y rectitud. Por eso:
"Los hombres de grande entendimiento no valen nada para la guerra, porque esta potencia es muy tarda en su obra, y amiga de rectitud, de llaneza, de simplicidad y misericordia, todo lo cual suele hacer mucho daño en la guerra" EI, 1575.
No obstante, como apuntó Federico Climent (en su edición del Examen,
1917), para Huarte entra en los dominios de la imaginación, y no sólo del entendimiento, todo
cuanto demanda armonía, concordancia y proporcionalidad de las partes y por eso
incluye entre las ciencias propias de la potencia imaginativa las artísticas y el
cálculo, dejando para el entendimiento las que tienen por objeto la verdad en
sí, y para la memoria aquellas cuya sustancia está en la letra. Por eso el
gobernar la república pertenece a la imaginativa (EI, XI, 1575). De las
potencias del hombre sólo la imaginación es libre de pensar lo que quisiere e influye poderosamente en las funciones del cuerpo:
“De aquí se desprende con cuánta razón encomiendan los moralistas la meditación y consideración de las cosas divinas; pues sólo con ella adquirimos el temperamento que el alma ha menester y debilitamos la naturaleza inferior” (EI, V, 1504)… Por eso “el avisado y discreto es la mona de Dios, que le imita en muchas cosas; y aunque no las puede hacer con tanta perfección, pero todavía tiene con él alguna semejanza en rastrearle.”(EI, 1575, IV).
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"El poder de la imaginación y la fecundidad del entendimiento en el Examen de ingenios de Juan Huarte de San Juan. Del origen hispánico de la filosofía moderna":
