viernes, 22 de febrero de 2013

FILOSOFIA Y MEDICINA : DISCURSOS Y PRÁCTICAS, PARADIGMAS Y MODELOS

   Escrito por Luis Roca Jusmet






¿Qué es lo que puede aportar hoy la filosofía a la medicina? Lo primero que hay que subrayar es que tanto la una como la otra se nombran de muchas maneras, por lo que hay que clarificar desde el principio de qué estamos hablando. Mi planteamiento de la filosofía no es metafísico sino crítico, por lo que no pretendo construir una teoría metafísica desde la que fundamentar la medicina o una determinada medicina. La filosofía como actividad crítica quiere pensar las cosas de otra manera que como ellas mismas se presentan. Sócrates, fundador de la filosofía, no es un nuevo sabio sino aquél que cuestiona el supuesto saber de su época, es decir las creencias sociales dominantes. Lo que puede por tanto aportar la filosofía es una problematización de los discursos de las diferentes medicinas existentes en nuestra sociedad, lo cual puede relativizar los diferentes planteamientos, ver si son o no son compatibles entre sí y en qué medida. Si la respuesta es positiva, pueden ser complementarias unas con respecto a las otras, o, en caso contrario, deben plantearse como opciones alternativas. En cualquier caso hay que evitar también el relativismo del todo vale buscando criterios consistentes, a la vez racionales y empíricos, que cuestionen prejuicios encubiertos pero que dejan cada cosa en su lugar.

Mi definición de medicina es que es un conjunto de prácticas con eficacia curativa que se justifican a través de un determinado discurso. Esta eficacia curativa la defino de una manera operativa y por tanto cualquier práctica que se mantiene la tiene necesariamente. El antropólogo Lévi-Strauss definía la eficacia simbólica para describir la situación de una práctica que genera unos efectos por la confianza que la sostiene, aunque se derive exclusivamente de la fe que se tiene en ellos. En este sentido cualquier práctica que cure, independientemente de porqué, es en principio medicina. La medicina es históricamente una práctica social necesaria que se ha desarrollado de manera empírica y que a partir de esta experiencia ha ido elaborando un discurso teórico más o menos estructurado para fundamentarla. Es una construcción social que está relacionada con otras muchas prácticas sociales y que por ello no es independiente de ellas. Creo que aquí tendríamos que entrar en una aportación de la filosofía de la ciencia que es la noción de paradigma (entendido como la matriz conceptual de las que surgen los conceptos y las prácticas de cada discurso) para ver en qué se fundamenta cada discurso médico.

domingo, 17 de febrero de 2013

Fusión de almas



Un cerebro humano –que no sea el de un neurólogo- no se preocupa de sus componentes físicos diminutos, esos miles de tipos de neuronas de los que apenas conocemos bien tres o cuatro, ni de cómo funcionan según extrañas fórmulas matemáticas. De un cerebro normal emerge, según sus predisposiciones y en un ambiente social propicio, y no sin conflictos y pugnas entre complejos emocionales y cognitivos alternativos, un gestor al que llamamos "yo". Ese yo que decide ver una serie televisiva, maneja un todoterreno, cría peces tropicales, paga la tarifa telefónica y eléctrica, se casa, decide tener hijos… Si trata de elaborar una explicación verosímil de su conducta, entonces el papel protagonista no correrá a cargo del hipocampo, ni de la amígdala cerebral, ni del cerebelo o la corteza, las glías o cualquier otra estructura física viscosa y ciega, sino que el protagonismo se lo atribuirá a un oscuro ente invisible llamado “yo”, "mente" o "alma", ayudado por otros misteriosos actores llamados “ideales”, “recuerdos”, “conceptos”, “creencias”, “intenciones, “amistad”, “empatía”, “lealtad”, etc. El yo tiene toda la razón. Cuando sufro un dolor de espalda agudo por causa de la protrusión de una vértebra cervical, no es el tálamo el que se duele, soy yo el que sufre y se lamenta y se tiende y decide ir al médico o tomar medicamentos. Por cierto que fue Descartes quien en  1664 describió lo que hasta la fecha aún se conoce como "vía del dolor." Ilustró cómo “partículas de fuego”, viajan al cerebro, y comparó la sensación de dolor con el sonido de una campana.

El yo no está hecho sólo de sensaciones placenteras y dolorosas más o menos reales, sino también de fantasías, como los cuentos que él mismo se cuenta acerca de su pasado y de su futuro. Es el más imprescindible de los mitos. Éstos lo constituyen más fundamentalmente que cualquier otra cosa, como su personal estructura narrativa.

Pues bien, en ese etéreo mundo, ajeno del todo a la neurología, el cerebro ha cedido casi por completo la autoridad al alma, cuyo gestor es eso "yo". Digo “casi” porque es evidente que el cerebro, y el sistema nervioso y endocrino en general, siguen siendo causa irresponsable de la actividad involuntaria (representaciones oníricas, delirios, ilusiones, alucinaciones), de los reflejos, la actividad “vegetativa” y de las reacciones emocionales inmediatas. Pero es el yo el que se percibe a sí mismo como motor e impulsor de la actividad anímica, de la fuerza y otras virtudes del carácter, de la energía del alma.

Tal vez ese actor protagonista no sea más que una representación, una “persona”, un actor,  una imagen compleja nacida de una pasión anónima, una manera compacta, holística, de autorreferencia de millones de entes infinitesimales y de billones de invisibles transacciones químicas que cada segundo tienen lugar entre ellos. Puede también que ese yo no sea más que un teatro o un extraño bucle de autorrepresentación (Hofstadter), como un espejo borgiano en el que se refleja una figura de otro espejo hasta el infinito, una imagen fractal resultado de una presión evolutiva que forzó a ciertos cerebros muy grandes a hacer una evaluación cada vez más compleja y multinivel del entorno hasta que, al cabo de millones, incluso de miles de millones de años, el repertorio de categorías para las que esos cerebros disponían de respuesta se hizo tan rico que el sistema, como una cámara de vídeo, fue capaz de apuntar hacia sí mismo. Y ese diminuto destello de autorrepresentación resultó a la postre el germen de la conciencia, del “yo”, de ese gran motor en y de nuestros cuerpos, que se arroga con razón la responsabilidad última de su causalidad.

Físicamente, es cierto, soy un cuerpo, pero metafísicamente -también es cierto- tengo un cuerpo, y puedo quitarlo de en medio de un golpe y acabar con todo su dolor con sólo precipitarlo desde un quinto piso, porque a , ese “yo” me parece, con todo motivo, el responsable último de todas mis decisiones y de todos mis actos. Si se trata de una ilusión, resulta no obstante tremendamente eficaz y posee una increíble capacidad de supervivencia. Si no fuese así, mi amiga no apreciaría para nada el regalo que le hago por su cumpleaños. Queda naturalmente por explicar quien es ese  (self) al que le parece que ese yo es el responsable de su vida anímica. A este respecto, Paul Ricoeur ha dicho cosas importantes en su Sí mismo como otro, a las que otro día me referiré, si el cuerpo aguanta.

Desde el punto de vista metafísico (o “mentalista”, que dirían los Damasio) ignoro por completo la física impersonal de esas microentidades que dibujó Ramón y Cajal y hacen funcionar el cerebro, pero se trata de una distorsión soprendentemente fiable y totalmente imprescindible (Hofstadter, Yo soy un bucle extraño, 13). De hecho, el “yo” de un físico de partículas o de un neurólogo no está menos arraigado que el de un novelista, un jornalero o un albañil. Nuestros conocimientos de física no pueden contrarrestar la larga experiencia acrisolada en la cultura y en el lenguaje. Así pues, los conceptos del “yo”, del alma o del espíritu, por su incomparable eficiencia, resultan un recurso explicativo indispensable y no un mero apoyo que pueda ser abandonado cuando tengamos los suficientes conocimientos científicos.

La idea de un yo aislado, individual, sí que me parece que debe ser desechada. En primer lugar porque me percibo a mí mismo a través del efecto que produzco en otros. Me alimento de la conversación; “amistad”, “amor” son algunos de los nombres románticos que puedo darle a esta interminable dialéctica de las almas. Córtese el intercambio de símbolos y se verá con qué rapidez el yo se deshace en la soledad y la locura (no conozco mejor descripción de este fenómeno que la que hizo el novelista francés Michel Tournier en Viernes o los limbos del pacífico). Se crea el yo, desde la segunda infancia y sobre todo en la adolescencia, bajo la atenta mirada de los demás. El reclamo de la atención ajena es por eso el “hambre” del alma, su apetito principal. O como dice Hofstadter, “mi autosímbolo va creciendo a partir de un vacío inicial”.


Dicho autosímbolo adquiere enseguida –antes de lo que suponía Jean Piaget- una capacidad de representación universal o una “universalidad representacional” gracias al uso de símbolos. Se trata de un poder tan extraordinario como misterioso: la capacidad para formar patrones que pueden ser percibidos como representación de algo, real o ideal, recordado o percibido, imaginado o soñado, pasado, presente o futuro, exterior o interior, patrones que tienen la misma forma o estructura de lo representado (isomorfismo). Esa facultad nos permite importar ideas y eventos sin haberlos tenido que experimentar.

Digan lo que digan los “animalistas”, existe un abismo insalvable entre mi perro y yo, entre los humanos y el resto de las especies. Eso que nos sitúa a parte, como seres limítrofes, que diría el desaparecido (in corpore que no in animo) Eugenio Trías, es naturalmente el alma, porque el repertorio de símbolos disponible se ha hecho en mí ilimitadamente extensible. Es el infinito a que apelaba Descartes para demostrar la existencia de Dios. Los sistemas que superan ese umbral de Gödel-Turing tienen la capacidad de modelar dentro de sí mismos a otros seres y de refinar esos modelos a lo largo del tiempo e incluso de inventar seres imaginarios sacándoselos de la manga, entre ellos, el ideal de sí mismos. Y no es necesario que sean novelistas para ello. Una vez superado este umbral, los seres con conciencia adquieren una insaciable ansia de conocer la interioridad de otros seres universales y por eso leen novelas, ven películas, se apuntan a redes sociales, se meten en la cabeza de otras personas, fagocitan las experiencias de sus semejantes.

“El ansia casi insaciable de absorber experiencias ajenas que crea la universalidad representacional se encuentra apenas a un paso de la empatía, en mi opinión, la más admirable virtud de la humanidad. ‘Ser’ otra persona de una manera profunda no consiste sólo en ver intelectualmente el mundo como ella y sentirse unido a los lugares y momentos que la modelaron; consiste en mucho más. Supone adoptar sus valores, asumir sus deseos, vivir sus esperanzas, sentir sus anhelos, compartir sus sueños, estremecerse con sus temores, formar parte de su vida, fundirse con su alma” (Hofstadter, op. cit. 17).

Somos nudos en una trama compleja de relaciones sociales en la que los muertos -cuyas almas siguen vivas en sus cuadros, partituras o escritos- también cuentan. La cultura no es más que un vasto diálogo con esas almas muertas a la vez que con las vivas e incluso con las que imaginamos que vivirán. La idea de una "economía sostenible", por ejemplo, no nace sino de ese tener en cuenta las almas de los que han de venir. 

Si mantengo conversaciones francas e íntimas con otros seres humanos la interpenetración de nuestros respectivos mundos se hace tan grande que nuestros puntos de vista empiezan a fundirse. Mi alma se extiende por el alma de otra persona, habito su cabeza, me contagio de sus creencias y prejuicios. En diversos grados, los seres humanos vivimos dentro de otros seres humanos, sin tecnología neurológica alguna. “La interpenetración de almas es una consecuencia inevitable del hecho de que nuestros cerebros sean máquinas representacionales universales”. Este es para Hofstadter el verdadero significado de la palabra “empatía”. La capacidad de hacer nuestra, parcialmente, la interioridad y conciencia de otros seres es lo que marca la diferencia entre la magnanimidad de las almas grandes (con mucha consciencia) y la pusilanimidad de las criaturas con alma pequeña o del todo desalmadas. El sentido de la moral marca la consciencia de un ser.

"Un cerebro = un alma = un yo" es una ecuación demasiado simplista. 

Primero, porque en ciertas almas hay varios "yoes" disponibles. Jung hablaría de varios complejos emocionales (y cognitivos) pugnando por la hegemonía. El más fuerte triunfa, pero puede ser derribado por otros en los fenómenos de conversión o discutido permanentemente por un rival (personalidades esquizofrénicas o bipolares). 

Segundo, porque toda persona vive parcialmente en el cerebro de otra(s). Es un mito (en el mal sentido) la existencia de fronteras herméticas entre almas. Las almas de los muertos perviven en las memorias de los vivos, al menos durante un par de generaciones. Ese yo cartesiano autosuficiente y adánico es la ilusión de un "self" mucho más dependiente de lo que Descartes suponía (incluida la su dependencia de la tradición escolástica, por supuesto, 'si fallor, sum' que dijo San Agustín).

Tercero, porque un yo puede compartir varios cuerpos, no sólo trascendiéndose en un generoso "nosotros", sino incluso manteniendo la individualidad permeable de un yo. Se trata del fenómeno que describe Hofstadter como entrelazamiento. Mediante el lenguaje, no sólo puedo darme órdenes a mí mismo, sino que puedo convertir a otros cuerpos en extensiones flexibles del propio, como saben todos los sargentos y publicistas del mundo. Mi yo no está sólo conectado a mi cuerpo, sino también al cuerpo de otras personas. Las almas se entrelazan y fusionan. Cabe incluso imaginar que dos o más cuerpos compartan un único yo. Hofstadter cita el caso de las gemelas Chaplin, Greta y Frida. Parecen actuar como si fueran una, colaboran cuando hablan, una empieza y otra acaba la palabra o la frase, o hablando a la vez, con un desfase apenas perceptible. Las personas que las han tratado sugieren que la táctica más natural es considerarlas como una única persona.


El fenómeno de la fusión de almas no es raro en las parejas bien avenidas que viven juntas durante decenas de años. Sus almas son como dos gotas de agua que se funden en una sola, en un alma de nivel más alto, donde uno más uno es igual a uno. Por eso, a veces, si una fallece, la que queda no es capaz de suturar la herida y arrastra hasta la tumba el hueco doloroso que dejó la otra, ahora aparentemente inerte.

jueves, 14 de febrero de 2013

¿ INTELIGENCIA EMOCIONAL Y AUTOESTIMA ? NO, GRACIAS


Escrito por Luis Roca Jusmet
 
 El término autoestima no me gusta. Autoestima quiere decir quererse. ¿ Quién se quiere y quién no se quiere ? Es difícil de decir, a veces la autocompasión es una forma de quererse... En todo caso podría significar querer la imagen propia con lo cual nos remite al peligroso mundo del narcisismo. Sociólogos brillantes como Richard Sennett ya nos han advertido de su naturaleza destructiva

 
  


viernes, 8 de febrero de 2013

EL PROBLEMA CUERPO/MENTE : NI DUALISMO NI MONISMO




Escrito por Luis Roca Jusmet



   Antonio Damasio, reconocido neurólogo con una buena formación filosófica, reivindica a Spinoza después de criticar a Descartes. Damasio mantiene que a la luz de lo que sabemos hoy del cerebro no es posible mantener una postura dualista como la de Descartes. Sostiene que quien conoce lo que dice la neurociencia y defiende una postura dualista ( como si mente y cerebro-cuerpo fuesen dos realidades independientes) lo hace por motivaciones religiosas. Así, es la fe católica la que llevó a destacados neurocientíficos como John Eccles a defenderlo. 

 

  En todo momento hay una explicación paralela de los procesos cerebrales que sustentan cada proceso mental o consciente. Aquí nos encontramos entonces con una cierta ambigüedad que se manifiesta en la última nota del apéndice final, que trata sobre la equivalencia entre mente y cerebro. La ambigüedad reside en que Damasio acepta la identificación entre los dos términos como haría un materialista reduccionista pero al mismo tiempo sigue manteniendo el término mente cómo de una realidad diferente al cerebro. Aquí parece acercarse más a las teorías emergentistas que aunque consideran que el cerebro y las actividades neuronales son la base física de la mente, los estados mentales no pueden reducirse a los anteriores. Pero en el fondo Antonio Damasio sigue manteniendo un materialismo reduccionista. Damasio nos da una imagen muy interesante del cerebro: es como una estructura física, donde cada elemento ocupa un lugar que está relacionado con otros, en la que se teje una red neuronal. Como bien nos dice, la gran paradoja del cerebro humano es que es al mismo tiempo universal (la organización y los patrones de conexión neuronal siguen unas pautas con pocas variaciones) y singular, ya que cada cerebro es distinto entre un humano y otro gracias a nuestra plasticidad neuronal. El ser humano es un cuerpo y lo es en el único mundo real, que es el físico. La mente es una imagen del cuerpo que tienen los animales que tienen memoria y emociones. La conciencia es un nivel superior de la estructura cerebral, que tenemos los humanos exclusivamente (que se sepa, por lo menos) y que nos permite una idea del cuerpo. Para Damasio la conciencia es el resultado de una combinación de determinados circuitos cerebrales capaces de unir las percepciones con los recuerdos, que se mantiene porque tiene una función evolutiva.

domingo, 3 de febrero de 2013

MICHEL SERRES, FILÓSOFO DEL PLANETA


Autora Ana Azanza


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Presento en este vídeo a Michel Serres (1930), filósofo, marino, historiador de la ciencia, deportista, amante de los grandes espacios, sean desiertos, sean las cumbres del Himalaya. Profesor en universidades de los cinco continentes, fiel a su idea de que un docente que no ponga en contacto su saber con todas las culturas y sensibilidades sería hoy profesor a medias. La ciencia está mundializada, pero también la enseñanza, por eso lleva más de 30 años en Stanford y se ha paseado por Sudamérica, Sudáfrica, India, Corea. Ha experimentado que lo que en unos países se entiende con una explicación de un minuto en otros se necesita una hora, es decir, sabe muy bien que el hombre con h mayúscula de la filosofía no existe.

jueves, 31 de enero de 2013

EL LENGUAJE NOS HACE HUMANOS




Escrito por Luis Roca Jusmet

  Helen Keller, nacida en EEUU a principios del siglo XX, fue una niña  que con pocos meses de vida se quedó ciega y sorda por una infección vírica aparentemente inofensiva. El caso es paradigmático por lo que tiene de extraordinario: considerada prácticamente una deficiente mental a causa de su grave limitación sensorial, acabó escribiendo libros e inventando un método de aprendizaje del lenguaje para los niños sordo-ciegos. En una película de los años setenta, dirigida por Arthur Penn y titulada El milagro de Annie Sullivan, se muestra como este niña de nueve años realiza el duro aprendizaje para entrar en el Orden simbólico del Lenguaje y de la Ley. Inicialmente la niña es absolutamente primaria en todos los aspectos. Consigue superar su condición gracias al esfuerzo de su maestra para inscribirla en el lenguaje simbólico. Ésta sabe que es la única vía de acceso al mundo humano, que no es otro que el estructurado por el lenguaje, el universo de la palabra. Porque de lo que se trata, como muy bien entiende esta maestra, Annie Sullivan, no es enseñarle la relación que hay entre una cosa y un signo, ya que esta asociación puede entenderla, con un método adecuado, hasta un  primate. Tampoco es cuestión de adiestrarla para cambiar su conducta salvaje por unos hábitos socialmente aceptables, porque esto también lo conseguimos con un perro. Lo que hay que poner en juego es una mediación que nos permita establecer un vínculo simbólico (es decir lingüístico) entre nosotros y el mundo exterior, que básicamente son los otros.

miércoles, 23 de enero de 2013

LAS SIBILAS, ORÁCULOS DE SABIDURÍA



¿Quiénes fueron las Sibilas? Esas fascinantes mujeres vivieron en la Antigüedad y fueron reverenciadas por su capacidad para entrar en contacto con el más allá y vaticinar el futuro. Jugaron un papel decisivo para la política de ciudades e imperios, y cayeron en el descrédito y el olvido con el cristianismo. Los datos históricos que conservamos acerca de ellas son escasos y confusos. Su imagen está rodeada de mitos y leyendas extraordinarios, que nos hablan de una cosmovisión muy distinta a la nuestra. Intentaremos comprender por qué llegaron a ser tan importantes en el mundo antiguo. En un recorrido histórico, veremos cómo la figura de la sibila resurgió en la Edad Media como profetisa cristianizada, con un maravilloso canto que hoy está siendo recuperado como patrimonio de la humanidad, y examinaremos el auge y transformación de su imagen en el Renacimiento, como una expresión cualificada del eterno femenino del que hablaron Goethe y Nietzsche. Al final del viaje podremos disfrutar con un bonito montaje audiovisual, que espero que ilustre adecuadamente esas metamorfosis.


1. La Sibila en Grecia
Una de las primeras referencias escritas a la Sibila de Delfos la encontramos en Heráclito (544-484 a.C.) pero la figura se remonta a un pasado mucho más remoto. “Sibylla” quiere decir profetisa o mujer sabia, y era el nombre que recibían quienes se dedicaban al oráculo más prestigioso de la antigüedad. Los griegos consideraban a Delfos el “ómphalos”, el ombligo del mundo. En un paraje de  singular belleza, al pie del majestuoso monte Parnaso, el dios Apolo se reunía con las Musas, en un bosquecillo de laurel, su planta emblemática, a cantar, danzar y recitar poesía con su lira. Pero antes de convertirse en esta idílica Arcadia, el lugar fue escenario de un cruento sacrificio que otorgó al dios solar sus poderes de adivinación. En un tiempo remoto esa mágica montaña fue sede del culto  arcaico a la diosa madre minoico-micénica y, después, morada de la diosa Gea (Tierra) y la gran serpiente Pyto, poseedora de la sabiduría. Para apoderarse de ella, en un combate que prefigura el de San Jorge contra el dragón, Apolo mató a la Serpiente, se purificó en la fuente Castalia y enterró las cenizas del mítico animal en un sarcófago bajo el “ómphalos” de piedra, que marcaba el kilómetro cero para los griegos. Sobre él se erigió un santuario excavado en la roca, donde la sibila o “pitia” (de ahí la palabra “pitonisa”) actuaba como intermediaria entre los hombres y el dios.