lunes, 7 de enero de 2013

Filosofía del abandono



Autora Ana Azanza

Presento esta entrevista de dos personas que además de su capacidad intelectual demostrada por los libros que ambos han publicado, tienen tras de sí una experiencia vital que hace de ellos seres humanos con mucho que enseñar.

Boris Cyrulnik es neuropsiquiatra, psicoanalista, autor del libro por el que llegué a él “Autobiografía de un espantapájaros”. En ese libro recoge experiencias de seres humanos del mundo entero, “heridos por la vida”, “espantapájaros”, seres necesitados de encontrar la “normalidad” de una vida en sociedad.  El sufrimiento es el mismo para todas las personas del planeta, pero la expresión del mismo, la reelaboración emocional del que lo ha pasado depende de los recursos de “Resiliencia” que la cultura dispone alrededor del afectado. La invitación a contarlo o la obligación de callar, el acompañamiento afectivo o el desprecio, la ayuda social o el abandono cambian el significado de la herida. Particularmente son las palabras y la posibilidad de contar historias lo que cambian las relaciones entre los humanos. Con las palabras tejemos la realidad, transfiguramos las cosas que tenemos a nuestro alrededor, también las vivencias.
Cualquier narración es una legítima defensa, basta dirigir nuestra historia a alguien que escucha para modificar nuestras relaciones, para no sentirnos igual.
Cyrulnik enseña que contar lo que nos pasó no es volver al pasado, sino que nos reconciliamos con la propia biografía. La fabricación de nuestra narración llena el vacío del origen que estorba a la propia identidad. Un hombre sin historia está como disperso, sin memoria y sin proyecto, sometido al presente en el brillo de lo inmediato.

Las calamidades humanas son más frecuentes que los terremotos o los tsunamis. Y le han permitido a Cyrulnik estudiar el mundo mental de los que las han provocado. Ocurren cosas tan increíbles como que hombres bien educados cometen actos perversos sin ser ellos mismos perversos.

Los supervivientes de cualquier genocidio o desastre humano, niños usados en la guerra por ejemplo, no están muertos del todo. Son espantapájaros, seres humanos ilusorios que sólo podrán ser verdaderamente humanos si su entorno les deja hablar. Sobre esas cuestiones empezando por su propia infancia de niño judío en la segunda guerra mundial, trata Cyrulnik en la entrevista.

Alexandre Jollien es un filósofo suizo, al que descubrí hace dos años por su libro sobre la “Algodicea”. Encantada de volver a encontrarlo y profundizar. Entonces escribí mi opinión sobre dicho libro, filosofía que vale, hecha desde la propia realidad, el propio cuerpo, la circunstancia de ser un discapacitado, y como afrontar la vida. Antes de nacer Alexandre Jollien se enredó el cordón umbilical alrededor del cuello varias veces lo que le provocó Atetosis, una discapacidad neuromotora.

Cuando no tenemos discapacidades miramos con lástima a los que las tienen, pero al leer “El oficio de ser hombre” somos los “capacitados” los que damos pena. Tenemos todo tan fácil que no valoramos ni disfrutamos nuestras capacidades. Menciona en el libro citado a Cioran, el filósofo rumano que se atrevió a ponerle semejante título a su obra: "Del inconveniente de haber nacido":

"El sufrimiento abre los ojos, ayuda a ver las cosas que no se habrían percibido de otro modo, Sólo es útil para el conocimiento y, al margen de ello sólo sirve para envenenar la existencia."

Los griegos hacían un juego de palabras "ta patemata matemata", lo que hace sufrir, enseña. Ellos inventaron la "algodicea" que parte de la experiencia de que no hay nada peor que un sufrimiento gratuito, absurdo, desprovisto de sentido. Mientras que la joven madre olvida alegremente los dolores del parto, mientras el trofeo del vencedor hace desaparecer los arañazos y las agujetas, los sufrimientos gratuitos y estériles no desaparecen nunca. Nos desposeen, nos privan poco a poco de la libertad. Así, frente al escándalo y, sobre todo, frente a lo absurdo de aquello que duele, los antiguos invitan a usar todos los medios posibles para hacer fructífero el momento doloroso.

No se trata de correr en busca del peligro, ni de revolcarse en el sufrimiento, sino de aprovecharlo cuando este se impone.

Aunque el sufrimiento envenene la existencia, también enseña. Pero, ¿cómo puedo practicar la algodicea? Los débiles me enseñan que sacar provecho del sufrimiento es, primero, aprovecharse, gozar de la vida. Celebrar lo que le da valor. Tampoco hay que caer en el espejismo de la curación perfecta, las heridas que recibimos en la vida se irán con nosotros a la tumba, forman parte de nosotros, así lo ve Cyrulnik al final de la entrevista.

El primer libro que dio fama a Alexandre Jollien fue precisamente “Elogio de la debilidad” que en 1999 recibió el premio de la Academia Francesa de apoyo a la creación literaria, cuando contaba sólo con 24 años. Desde entonces ha escrito “El oficio de ser hombre”, “Construcción de sí”, “El filósofo desnudo”, “Pequeño tratado del abandono”. Sobre este último le preguntan en la entrevista. Actualmente sigue escribiendo en su web,  donde la gente le aclama y le quiere como un auténtico guía y en la que anuncia que lamentablemente ya tiene todo el 2013 ocupado y no puede comprometerse a más conferencias.

Para alimentarse espiritualmente por una buena temporada…

3 comentarios:

  1. Presentas dos ejemplos de filosofía desde la experiencia vital, que es lo más interesante. El dolor no es bueno ni deseable pero existe. Me parece que lo más interesante de Nietzsche es la afirmación trágica d ela vida : apostar por la vida es asumir la parte de dolor que comporta. Es inevitable. Si no quieres sufrir tienes que anestesiarte para no vivir. Pero el dolor no nos hace mejores, aunque nos puede enseñar a serlo.
    Un abrazo, Ana.

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  2. El dolor, a parte de ser un necesario y útil mecanismo natural de autodefensa, puede acompañar a la alegría, en un parto o en la gestación de una obra apreciada; y hay placeres tristes, crueles (la crueldad es una especie de deleite), injustos, indecorosos... Pero nuestra sociedad, de un hedonismo grosero (nada que tenga que ver con el refinado de Epicuro), analgesiada, narcotizada, execra el dolor como execra la muerte, sentidos trágicos, como dice Luis, de la vida propiamente humana. Y sin embargo, es muy posible que la conciencia -como han sostenido antropólogos y filósofos- naciese del dolor, de la privación, de la contención y del resentimiento. Para bien y para mal. Pues hay una buena y una mala conciencia. Y por otro lado, puede ser que no haya posibilidad de compadecer o apiadarse de otros sin la experiencia de un sufrimiento análogo. La experiencia del abandono nos hace sensibles al abandono en general. La del fracaso nos brinda solidaridad con los fracasados... Tal vez por eso resulte que el éxito suele ir en detrimento de la sensibilidad y la solidaridad. Y que la gente humilde y doliente sea muchas a veces la más compasiva y piadosa.

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  3. Muy interesante. Deseo seguir leyendo y viendo el bloc. Te comparto el mio El correo hebdomadario. Saludos.

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