martes, 18 de diciembre de 2018

CIENCIA, SABIDURÍA E ILUSIONES FILOSÓFICAS


(En torno a Jean Piaget)


Jean Piaget, famoso sobre todo como psicólogo y experto en epistemología genética[1], reconoce que su primitiva vocación fue la filosofía, pero que apostató de ella atraído por el método científico y desengañado por lo que denuncia: la soberbia de la filosofía cuando pretende rectificar a la ciencia, actitud equivocada que él critica como una ilusión narcisista y una traición a su propio espíritu de búsqueda. Cita para ello la autoridad de Jaspers:

“La esencia de la filosofía es la búsqueda de la verdad y no su posesión (el subrayado es de Piaget), incluso cuando se traiciona a sí misma, lo que a menudo ocurre, hasta degenerar en dogmatismo, en un saber puesto en fórmulas… hacer filosofía es caminar”.
 
Su libro Sabiduría e ilusiones de la filosofía[2] es un alegato en defensa del método científico en las investigaciones sobre las cosas del espíritu. Piaget no pretende atacar a la filosofía como tal, sino sus extralimitaciones. La filosofía constituye una “sabiduría” (sophía, sagesse) imprescindible para los seres racionales. Su función principal es coordinar las diversas actividades del hombre. Pero la filosofía no puede ni debe aspirar a alcanzar un saber objetivo. Ni mucho menos a corregir a la ciencia, saber metódica y laboriosamente probado.

La distancia principal que separa a la ciencia de la filosofía es la que media entre la comprobación y la especulación. Mas la filosofía no es sólo especulación, sino que incluye instituciones escolares y universitarias, tradiciones ideológicas, corrientes de autoridad intelectual, canalización de mentes, incluso un ejercicio espiritual revestido de cierta aureola, sucedáneo y tal vez soporte necesario de la religión. Parece por tanto que quien examina racionalmente sus límites, su función o sus excesos, necesariamente debe participar de un positivismo estrecho o de una incomprensión congénita.

Según Piaget, no es su caso. La filosofía debe mucho a la ciencia. Los sistemas más grandes de la historia de la filosofía nacieron todos de una reflexión sobre las ciencias o de proyectos que hacían posibles nuevas ciencias. Las grandes filosofías han sido siempre reflexiones sobre las ciencias ya constituidas o matrices de ciencias en formación. Las metafísicas (en plural porque son diversas e incompatibles) son, en realidad, fes razonadas y como tales seguro que resultan psicológicamente imprescindibles, pero cuando se les atribuye el alcance de un saber objetivo, se convierten en ideologías totalmente falsas.

La filosofía debe contenerse a la hora de enjuiciar cuestiones de hecho, sobre todo si lo hace mediante consideraciones puramente reflexivas. Piaget reconoce que estuvo a punto de consagrarse a la especulación filosófica, pero que, habiendo entendido sus peligros, sus ilusiones y múltiples abusos, prefirió comunicar su experiencia y justificar sus convicciones laboriosamente adquiridas. De ahí su “desconversión” de la filosofía.

La función principal de la filosofía es la coordinación de valores morales con conocimientos particulares o científicos. También es valiosa determinando los límites del conocimiento científico y proporcionando una teoría lógica del razonamiento y del conocimiento, es decir, una epistemología.

Critica Piaget la excesiva dependencia de la filosofía respecto a los textos… “Toda la educación de un filósofo consiste en estudiar los textos y no los diferentes métodos que conducen al saber”. Reconoce su deuda con la filosofía biológica de su maestro Arnold Reymond del que proceden dos ideas que no abandonaría nunca: la de que todo organismo posee una estructura (o forma aristotélica) que puede modificarse por influencia del medio pero conservándose, de manera que todo verdadero conocimiento es siempre más asimilación que imitación. Y la segunda, que los factores normativos del pensamiento corresponden biológicamente a una necesidad de equilibrio por autorregulación, de modo que la lógica responde a un proceso de equilibración.

Su desconversión de la filosofía estuvo motivada por ciertos descubrimientos. Si por una parte nada provoca mejor un examen de sí mismo que los principios de la enseñanza filosófica[3], hay también que reconocer que la reflexión solitaria e íntima presenta grandes limitaciones y peligros, empezando por el hecho de que la reflexión interior constituye –se reconozca o no- un comportamiento social interiorizado (P. Janet[4]). Reflexionando uno corre siempre el riesgo de ser víctima de sus deseos inconscientes, y en el caso de la reflexión filosófica dichos deseos inconscientes pueden estar ligados a valores intelectuales o morales individuales o grupales, de modo que la nobleza de las causas multiplica el riesgo de autopersuasión, en detrimento evidente de la objetividad y de la veracidad de los resultados alcanzados.

Al contrario que la hipótesis científica, la reflexión especulativa carece de instrumentos externos de control, fácilmente hace pasar por criterio de verdad, por certidumbre o evidencia[5], lo que no es más que una satisfacción intuitiva o estética asociada claro está a la personalidad del pensador, lo que concluye en una sabiduría o fe razonada, pero no en un saber probado. Los problemas metafísicos que refieren a la coordinación de valores entrañan necesariamente elementos de fe o de convicción, que por su naturaleza escapan obviamente a la contrastación experimental.

Científicamente, muy al contrario, y tratándose de hechos –y no de valores- el acuerdo de los investigadores es posible independientemente de las creencias metafísicas o ideológicas. De ahí que la epistemología –cada vez más interna a cada ciencia autónoma- dependa de la regla de plantear los problemas únicamente en términos tales que permitan la comprobación intersubjetiva. La dependencia respecto a las transformaciones sociales y políticas es mucho más fuerte en las corrientes filosóficas que en los progresos de las ciencias particulares. Y es que el yo reflexivo, creyéndose libre, sigue inconscientemente la corriente o la presión del grupo social, y tanto el sociocentrismo como el egocentrismo se halla en las antípodas de la cooperación racional asociada a los avances científicos.

Nadie puede encontrar la verdad meditando en su despacho en soledad a la sola luz de su genio. Y es mucho menos legítimo aún que sus conclusiones le consientan una ingerencia plausible en los contenidos de la ciencia. La evidencia intuitiva no puede significar mucho más que una certidumbre subjetiva.

Es cierto que la frontera entre la filosofía y las ciencias es siempre movediza. Y es también cierto que ningún hecho existe nunca en estado puro, pues siempre es solidario de una interpretación. Piaget mantiene la distinción en cualquier edad entre lo físico y lo lógico-matemático, pero también afirma la evidencia de transiciones entre lo sintético y lo analítico.

“La filosofía es una toma de posición razonada con respecto a la totalidad de lo real” –define Piaget[6]. Por totalidad de lo real podemos entender a) las actividades superiores del hombre, morales, artísticas, religiosas, b) la posibilidad de que exista bajo las apariencias y los conocimientos particulares una realidad última, una cosa en sí, un absoluto, y c) el conjunto de los posibles al que puede y debe abrirse la filosofía (Leibniz, Renouvier, etc.).

Piaget rechaza el positivismo estrecho como una “filosofía sin humor” (Oppenheimer). La ciencia moderna misma es esencialmente un saber “abierto”. Por mucho que se descarte, la explicación causal es una necesidad del espíritu. Conceptuar los problemas metafísicos como problemas “sin significación” es algo que no se puede admitir desde el punto de vista del conocimiento, porque nada permite clasificar definitivamente un problema como físico o metafísico, aunque carezca de “significación cognoscitiva actual”. El problema del determinismo o indeterminismo de la naturaleza era un problema “metafísico” a finales del XIX, y sin embargo es un problema físico en el siglo XX que opone L. de Broglie a la escuela de Copenhague; el problema de la libertad humana, por ejemplo, carece por el momento de significación científica, pues no contamos con una técnica que permita resolver la contradicción de sentirnos y conocernos a la vez como dependientes y libres. Ni siquiera existe una máquina cibernética suficientemente compleja para poder determinar su propio determinismo (cfr. Gödel). Problemas como este sin significación actual desde un punto de vista científico son problemas de significación humana permanente y por tanto legítimos problemas filosóficos… El sentido de la vida, la finalidad de la existencia. Comportan una determinación del presente por el futuro. Y sin embargo, este concepto, aparentemente ilusorio, abarca relaciones objetivas de utilidad funcional, de adaptación, de regulación anticipatoria, biológicamente pertinentes. La cibernética también ha hallado determinadas soluciones que ha calificado como “equivalentes mecánicas de la finalidad” (teleonomía[7]). Negar un problema vital aunque carezca de soluciones cognoscitivas ciertas es sencillamente absurdo.

Para Piaget, la noción de equilibrio permite escapar a la de finalidad. El proceso de equilibrio descansa en una serie de probabilidades crecientes dispuestas en secuencias tales que cada estadio se vuelve el más probable después del precedente. Por último, la equilibración conduce a la reversibilidad operatoria. El universo físico presenta fenómenos reversibles (mecánica) e irreversibles (termodinámica, etc.), así la vida mental atestigua la existencia de estructuras irreversibles (Gestalts) y reversibles (inteligencia operatoria).

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Cualquier organismo crece y se forma
buscando equilibrio con su hábitat, según Piaget
Los problemas filosóficos son problemas que se imponen a título de compromiso. Así la opción de a) una vida sin valores, b) con valores relativos e inestables, o c) vinculada a valores absolutos y que comprometen íntegramente. Para Piaget, las ideas raramente nacen a partir de un conocimiento absoluto, y su filiación no puede ser reconstruida sólo por la reflexión ni por ejemplos ficticios. Un hombre sensato no debe confundir los géneros y aceptar como verdades demostradas lo que no son más que hipótesis. Sin embargo, no tendrá más remedio que buscar un equilibrio entre lo que ha comprobado que es cierto y los valores que le orientan. Necesita, pues, una concepción de conjunto que vincule lo que sabe y lo que cree. Y ese es justamente, para Piaget, el valor de la filosofía, en tanto que posición razonada respecto de la totalidad de lo real. En este sentido, todo hombre adopta una filosofía. Piaget se pregunta por qué entonces la filosofía se ha vuelto una especialidad y cuál es su significado como tal.

Durante mucho tiempo la filosofía ha sido solidaria de la ciencia. La orientación biológica de Aristóteles y la matemática de Platón ponen en evidencia las diferencias esenciales de sus sistemas. Y a Piaget le resulta bastante incomprensible que se suponga la posibilidad de formar filósofos sin ninguna preparación científica. Y es que los grandes sistemas filosóficos nacieron como reflexiones sobre descubrimientos científicos. Los sistemas sin vínculos con las ciencias no crean una epistemología original, ponen más bien el acento sobre la defensa e interpretación de los valores, en una teología trascendente con Plotino, rigurosamente inmanente como la de Spinoza, o en un idealismo radical con los poskantianos alemanes.

Descartes descubrió el sujeto epistemológico a raíz de las innovaciones matemáticas y físicas que le obligaron a revisar la epistemología de Aristóteles. El gran interés de su postura es que no reduce todo a ideas innatas, sino que además de las adventicias que proceden de la percepción, reconoce la existencia de ideas “facticias” debidas a las manipulaciones operatorias del espíritu, como es el caso de las nociones algebraicas.

En opinión de Piaget, la argumentación de Locke y de Hume contra las ideas innatas no es concluyente, porque algunas estructuras hereditarias pueden manifestarse no desde el nacimiento sino por progresiva maduración, y tales estructuras desempeñan un papel decisivo en la formación de nociones y de operaciones. Además, el empirismo clásico ha subestimado el papel de la lógica que, en opinión de Piaget, procede de las coordinaciones generales de las acciones del sujeto. Además, como mostró Leibniz “ese nuevo Aristóteles” el empirismo de Locke resultaba inepto para explicar el ipse intellectus. Los conocimientos que construye el sujeto no dependen sólo de la experiencia, pues todo aprendizaje supone una lógica. Kant se dio cuenta de que la inteligencia no se contenta con recibir unas huellas como en un encerado, sino que estructura lo real por medio de formas a priori de la sensibilidad y de la inteligencia.

Si la filosofía de Kant dependió del impulso de la física de Newton, la dialéctica de Hegel también nació bajo la influencia del espíritu histórico y sociológico. Los progresos que han llevado del realismo ingenuo al constructivismo han sido en general solidarios de la historia de las ciencias, antes del trágico divorcio de la ciencia y de la reflexión filosófica. En cuanto a la dialéctica marxista, Piaget la trata como una metafísica que pretende, como cualquier otra, dirigir las ciencias, lo cual es tan nefasto para las ciencias como para ella misma.

Piaget agrupa los problemas clásicos de la filosofía en cinco puntos: 1. La búsqueda del absoluto o metafísica, 2. Las disciplinas normativas no cognoscitivas como la moral o la estética. 3. La lógica o teoría de las normas formales del conocimiento. 4. La psicología y la sociología. 5. La epistemología o teoría general del conocimiento.

La metafísica o filosofía primera es naturalmente cuestión de convicciones que sólo pueden acreditarse como meramente posibles o plausibles (convenientes) agrupadas en función de una coordinación general de los valores, esto es una sabiduría (sophía, sagesse), pero no un saber objetivo.

Las grandes morales históricas, como las revoluciones estéticas, nacen de la experiencia de personalidades excepcionales como Cristo o Buda. Pero nada impide buscar en las normas una lógica ni comparar unas con otras. Nada impide tampoco relacionar los problemas éticos con problemas de decisión o con la teoría de los juegos. Por otra parte, están los lazos de la filosofía moral con la del derecho. El mismo concepto de “derecho natural”, inicialmente construido contra el “derecho divino” de los reyes o de las élites nobiliarias, se ha vuelto una noción netamente metafísica que, en algunos casos, y contra el derecho positivo, merecería más el nombre de “derecho sobrenatural”.

Con Kant, la teoría del conocimiento o su lógica quiso sustituir a la metafísica tradicional, metafísica que Kant marginó a la fundamentación del juicio moral, es decir, a lo que el gran filósofo de Köningsberg llamó el orden de la razón pura práctica.  Pura razón, porque Kant creyó que la experiencia no es una fuente fiable para saber qué debo hacer, sino que la razón es aquí suprema legisladora al formular, no proposiciones, sino imperativos.

La lógica, aun nacida en un clima metafísico y biológico, es ciertamente muy apreciada por Piaget como disciplina rigurosa e independiente, capaz de prestar valiosos servicios a todas las ramas de la filosofía y de la ciencia. Su matematización durante finales del siglo XIX ha resultado fundamental e irradiado a otras disciplinas tecno-científicas. Aunque el sueño de una reducción de la matemática la lógica ha resultado iluso, hacia 1930 Gödel abrió nuevas posibilidades al pensamiento lógico matemático y, en general, a la epistemología general de las ciencias y de la filosofía, probando la imposibilidad de demostrar la no contradicción de una teoría con sus propios medios o por medios “pobres”. Lo que significa que para garantizar la coherencia de una teoría hay que construir otra sobre ella aún más sólida, que así mismo requerirá de otra, como en un juego de muñecas rusas. Para Piaget, el teorema de Gödel posee una indudable relevancia epistemológica pues contradice tanto el platonismo extremo como el reduccionismo positivista.

El conflicto entre la lógica escolástica y la matemática fue más aparente que real, ya que ésta ha sido capaz de integrar a aquélla como una parte suya, y no es nada en comparación con el conflicto que opone a la psicología científica con la filosófica. La psicología ha conquistado su autonomía con un considerable retraso respecto de la lógica. En general, las ciencias experimentales han surgido después que las deductivas.

El conocimiento supracientífico es para Piaget un ideal falso. Y tampoco es aceptable admitir –como los averroístas latinos- dos clases de verdades. La verdad exige un descentramiento con respecto al Yo o respecto de la autoridad del Maestro, es decir, la concreción de procedimientos de verificación admisibles por los que dudan. Piaget se extiende en criticar las pretensiones de verdad supracientífica de la fenomenología o del bergsonianismo, filosofías que conoce muy bien, sin entregarse a ningún materialismo dogmático.

Tanto en el caso de la propuesta de un conocimiento metafísico centrado en el Yo y sus poderes (v. gr. Maine de Biran) o fundado en la crítica de la ciencia (Maritain), lo único común según Piaget es la añoranza de un conocimiento metafísico “superior” a la ciencia, pero el genio de Kant ya puso de manifiesto las contradicciones y antinomias en que desembocan ambas posturas, y precisamente lo hizo en su crítica a la “psicología racional”.

La verdadera crítica de la ciencia consiste en mostrar que el sujeto epistémico toma parte activa, de tal modo que el conocimiento aparece como una interacción entre las operaciones estructurales del sujeto y las propiedades del objeto. Y no hay ninguna razón para suponer que la “experiencia interior” escapa a esta regla común. El Yo no es una sustancia, ni una fuerza ni una causa, sino que debe su identidad a una “unidad de percepción” interna. La deuda de Piaget con el kantismo es evidente.

Piaget parece más bien seguir a Goethe cuando afirma que todo conocimiento está ligado a la acción y condicionado por esquemas anteriores de actividad. Y por tanto, el verdadero punto de partida del universo de la ciencia hay que buscarlo en el mundo de las acciones y no en la percepción consciente o en la introspección, separadas de su contexto motor y práctico, pues la operación del pensamiento prolonga la acción corrigiéndola sencillamente en vez de contradecirla[8].

La tesis fundamental de Bergson según la cual la inteligencia no es apta para entender la vida  y se adapta sólo al espacio y a la materia inorganizada, y aún sólo a los aspectos estáticos y discontinuos[9], es muy discutible precisamente porque la inteligencia procede de la acción en general y no sólo de la acción sobre la materia. Bergson olvida por completo la existencia de las operaciones, y es en el motor operativo donde reside la inteligencia misma. Hay continuidad entre la autorregulación orgánica, el más central de los procesos biológicos, y la autocorrección mental que constituye la lógica. No podemos comprender cómo las matemáticas se adaptan a la realidad física de manera tan admirable si las estructuras lógico-matemáticas no arraigan en la organización biológica. Por eso la cibernética consigue imitar ciertos aspectos esenciales de lo vivo. Los dispositivos con bucles o feedbacks proporcionan una explicación posible de las regulaciones y nos dan hoy unos “equivalentes mecánicos de la finalidad”.

La crítica de Piaget a Husserl es más considerada, porque Husserl no contradijo las ciencias y sólo quiso completarlas con un modo de conocimiento específicamente metafísico mediante su reduccionismo fenomenológico, que se opuso tanto al idealismo como al apriorismo kantiano o al empirismo positivista. Además, la fenomenología inspiró la teoría psicológica de la Gestalt, si bien su actualismo soslaya las dimensiones historias y genéticas. Al proponer como método una intuición trascendental de las esencias, la fenomenología incurre en un psicologismo. Decir que una intuición es “verdadera” supone un paso del hecho a la norma, una justificación normativa.

La obra de Heidegger expone el trágico divorcio del Ser y del Saber, pero la filosofía no es un saber del Ser. Trata de asegurar su revelación y por lo tanto tiende a le mística o a la poesía, y no puede eludir esta vocación respetable. El divorcio del Ser y del saber también puede marcar la insuficiencia de la ciencia en revelar el Ser (lo que nunca ha pretendido hacer) tanto como el fracaso de la metafísica como productora de verdades.

La filosofía tiene razón cuando se atiene a los territorios a los que la ciencia no puede ni quiere ir o no puede ir por ahora. Pero si le reprocha a la ciencia el ocuparse sólo de “apariencias”, ésta contesta que puede que éstas sean los caminos más seguros que conduzcan al Ser. En cuento a señalarle límites al saber científico, ya la propia ciencia ha construido un catálogo extensísimo de sus ignorancias e impotencias.

Piaget combate las ambiciones de la psicología filosófica, entendiendo por ésta una psicología que quiere ser distinta de la científica y que pretende completarla o suplantarla. Psicología espiritualista o racional que pretende trascender los hechos en beneficio de las “esencias”, aun no entendiendo bien en qué consistan éstas. Pero los hechos son siempre lecturas de la experiencia (“el estudio empírico de la experiencia refuta el empirismo”, F. Gonseth) y una comprobación es siempre solidaria de un sistema de interpretación, de una teoría. Y la interpretación consiste en hipótesi(s) explicativa(s). La experiencia es inseparable también de la deducción, tanto más valiosa si se formaliza conforme a modelos lógicos y matemáticos. La objetividad no está ahí, sino que se la conquista mediante un método, que comporta una ascética.

Si bien el fondo del psiquismo es irracional, siendo como es la emoción una actitud mágica[10], la imagen una ausencia de objeto que quiere hacerse pasar por presencia, etc., el hecho de que el psicólogo quiera comprender los azares de la mente, o sea  sus irracionalidades, no quiere decir que se encuentre obligado a pensar “al azar” o irracionalmente. Comprensión y explicación son dos puntos de vista complementarios, pero ambos racionales.

La intencionalidad es desde luego una dimensión fundamental de la vida mental. Crea significaciones y tienen razón los fenomenólogos cuando ven en ella un lazo indisociable entre el sujeto y el objeto, pero nada impide contemplarla como un esquema de asimilación integradora con una dirección marcada por la satisfacción de necesidades e intereses. Igual que la intencionalidad se ofrece a un tratamiento científico, nociones como conciencia o introspección pueden consentirlo, aunque estemos lejos de alcanzar un conocimiento exacto de tales experiencias.

Claparède, psicólogo de la conducta, vincula el nacimiento de la conciencia a las circunstancias que ponen obstáculos a una actividad, y halla su base en las razones de desadaptación. El desarrollo de una actividad no da lugar a reflexión mientras esté adaptado. La conciencia procede así de la periferia y se dirige al centro. La dificultad e insuficiencia de la introspección empleada por el filósofo para el autoconocimiento es que carece de control, con lo cual no tenemos manera de saber si no se trata de una proyección del Yo o del grupo social al que pertenece. El psicólogo filosófico (cuyo modelo negativo es Sartre, para Piaget), bajo el pretexto de que se ocupa de esencias, de intuiciones, de intenciones y de significaciones, olvida toda objetividad, toda comprobación. Pero todo conocimiento válido supone una descentración. La historia de las ciencias está hecha de descentraciones, desde el geocentrismo de Aristóteles al relativismo de Einstein.


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Esquema del desarrollo de la inteligencia según Piaget

La intuición directa del Yo no es una forma válida de conocimiento sobre la que se pueda apoyar una metafísica espiritualista. El fenomenólogo se encierra en el laberinto de la subjetividad sustancializándola, como si el sujeto fuese una mónada leibniciana dotada de intención y de finalidad. Pero el Yo no es para Piaget una fuerza, sino un regulador de la acción. La misma noción de causalidad, que no es reductible como pretendió Hume a mera asociación, se justifica como acción productiva del sujeto. Lo que hay en el inconsciente no es un “Yo profundo”, sino un conjunto de esquemas de acción susceptibles de ser reconstituidos. No se puede explicar el mundo a partir de la conciencia como pretende la fenomenología, porque la misma conciencia tiene una historia que la vincula con el esquematismo de la acción de un organismo vivo. Para Piaget, la conciencia es una función de la conducta.

Tampoco existe la menor prueba de que el mundo vivido (Lebenswelt) constituya una experiencia originaria como pretende Merleau-Ponty. Las significaciones no las posee una conciencia genuina, sino que resultan de una serie de actos. También la experiencia vivida es solidaria de una historia de “tomas de conciencia”.

La psicología filosófica reprocha constantemente a la científica el no desembocar en una antropología susceptible de expresar al hombre en su totalidad, sin embargo, las psicologías filosóficas más que desembocar en una antropología son el reflejo de una personalidad, precisamente porque usan como método exclusivo la introspección centrada exclusivamente en el Yo propio. Confunden así el estudio de la subjetividad en general con la importancia dominadora de la subjetividad personal. Una antropología actualizada tendría que coordinar obviamente lo descubierto sobre la evolución y la conducta humana por ciencias particulares diversas como la paleontología o la psicología científica.

Dos son también las tentaciones que en general amenazan toda especulación relativa a la vida: 1. el recurso a unas explicaciones incomprobables y 2. la tendencia a proyectar en los procesos elementales unas propiedades que pertenecen a los niveles superiores del comportamiento y de la vida mental, como el de atribuirles intenciones a los genes[11] o psiquismo a la ameba[12]. Igual que no es posible concebir la verdad fuera de toda comprobación, tampoco es posible concebir la vida fuera de la naturaleza como pretende el espiritualismo biológico (Bergson) al situar, por ejemplo, la memoria fuera del plano espacio-temporal.

En conclusión, la filosofía es imprescindible como síntesis razonada entre las creencias, cualesquiera que sean, y las condiciones del saber. Busca una sabiduría que no es sólo intelectual, pues implica una toma de posición vital. Pero si una filosofía quiere acreditarse de verdad como sabia, distinguirá entre las tomas de posición personales o de grupos limitados, relativas a las creencias aceptadas por unos pero no compartidas por otros, y las verdades demostradas asequibles a todos. Puede haber varias sabidurías, pero sólo existe una verdad. Es así porque en filosofía no puede haber consenso ni saber definitivo. En cuanto un conocimiento filosófico se asegura con razones apodícticas deja de ser filosófico para convertirse en científico. Por tanto, es una ilusión que la filosofía pretenda alcanzar un conjunto de verdades “particulares” que oponer a las científicas. Cuando esto hace más bien está investida de un espíritu reaccionario y, a menudo, agresivo hacia las ciencias jóvenes.

Es legítimo que el filósofo se ocupe de los límites de la ciencia, pero con dos condiciones: 1. No olvidar los límites de la filosofía, y 2. Tener presente que la ciencia está esencialmente “abierta”, sus únicas fronteras conocidas son las actuales. Es posible que lo que hoy sólo se ofrece a un esfuerzo “comprensivo”, filosófico, mañana pueda ser explicado científicamente. La psicología, obviamente, no agota la naturaleza humana. Y ello por dos razones “frente a las cuales sólo puede uno inclinarse: La ciencia ignora la libertad y la relación con Dios”. Contrariamente a las ciencias –y citando a Jaspers- Piaget afirma que la filosofía, contrariamente a las ciencias, no progresa…

“El caminar filosófico consiste en reajustar sin cesar cierto número de posturas esenciales, y prácticamente permanentes, a la etapa del saber en el momento considerado, pero siempre después de una decantación y una maduración suficientes. Esto explicaría la rareza de los grandes filósofos comparada con el número de creadores en todos los terrenos particulares de la ciencia. Pero explicaría sobre todo la incomprensión que muestra el sentido común de los filósofos medianos frente a unas disciplinas en constante evolución, y cuya comprensión por la sola lectura de textos es, por eso mismo, constantemente superada”.

Piaget propone por ello, y para superar el conflicto entre ciencia y filosofía, una profunda reforma de la enseñanza filosófica. Esta debe proporcionar a los que empiezan no sólo una lectura comprensiva de los textos clásicos, sino también una iniciación a la práctica de la investigación, que podría suponer la formación filosófica en institutos interfacultades.

No nos parece desatinado. Cualquier especulación, reflexión filosófica o posicionamiento racional, o razonable, sobre la totalidad de lo real y la existencia, hoy, ha de tener en cuenta el saber probado, lo descubierto por la ciencia (aletheia) si no quiere degradarse a ideología (en sentido marxiano) o dejarse seducir por ilusiones y sentimentalismos confortables.

Notas

[1] Es conocida la tesis de Piaget de que la inteligencia se construye por niveles de equilibración sucesivos.
[2] Ediciones Península, Barcelona 1970. Traducción de Francisco J. Carrrillo y Marie-Claude Vial de Sagesse et illusions de la philosophie (1965).
[3] El nacimiento de la Filosofía está asociado con Sócrates a la puesta en práctica del mandamiento apolíneo: ‘¡Conócete a ti mismo!”.
[4] Piaget cita al respecto a P. Janet, pero también podría haber citado la psicología de G. H. Mead, que explica la conciencia por un proceso de interiorización del proceso social de comunicación.
[5] Y también la evidencia tiene su evolución y su historia, incluida la evidencia matemática.
[6]  En el capítulo II. “Ciencia y Filosofía” de Sabiduría e ilusiones de la filosofía, Península, Barcelona 1970.
[7] Jacques Monod ya habló de una imprescindible causalidad “teleonómica” en su famoso libro El azar y la necesidad. R. Ruyer prefirió hablar de “tematismo” en lugar de finalismo, pero supuso que la ontogénesis “prepara el futuro”. Para este autor, en los seres vivos habría un “potencial” situado fuera de la naturaleza observable.
[8] Pertenecería por tanto a otro orden la contemplación estética o mística, ese bios theoretikós que deja en paz a la cosa al percibirla o pensarla.
[9] Para Bergson es el instinto solo o prolongado por la intuición el modo de conocimiento adaptado a la vida y a la “duración pura”.
[10] Piaget ironiza sobre el tratamiento sartriano de la emoción, que le parece completamente insuficiente, no obstante considerar a Sartre un notable dramaturgo.
[11] O “egoísmos” como hace Dawkins en su célebre El gen egoísta.
[12] Como hizo R. Ruyer en sus Elementos de psicobiología (1946), un psiquismo anterior al sistema nervioso. Ruyer insistió en que la ameba es capaz de adquirir unos condicionamientos, unas costumbres, etc. Incluso habla de la “subjetividad de las moléculas”.

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