lunes, 28 de mayo de 2018

El pesimismo antropológico de Maquiavelo.



El pesimismo antropológico es el fundamento del realismo político de Nicolás Maquiavelo. Sus ideas acerca de los principios que deben guiar las acciones del príncipe proceden de la consideración negativa de la naturaleza humana. La propensión humana hacia el mal debe tenerla el príncipe siempre presente, y su acción política debe tener como objeto minimizar sus consecuencias sociales.

La tesis esencial de su pensamiento político, que tan mala fama le ha dado, esto es, que cualquier medio, por inmoral que resulte, es políticamente válido siempre que sea eficaz para conseguir y mantener del poder, el cual debe orientarse hacia el buen común, está determinada en gran parte por la idea de la natural disposición del hombre a hacer el mal y por el propósito de evitar sus consecuencias negativas para la sociedad. 
La obra teórica de Maquiavelo es instrumento de acción política, como demuestran sus obras más conocidas, El príncipe  y Discursos sobre la primera década de Tito Livio. En ellas describe y explica los fenómenos políticos y el comportamiento de sus actores para después realizar valoraciones que sirvan de pauta para la acción política. Esto último es muy claro en El príncipe (1513), obra de circunstancias que Maquiavelo escribe obligado por los acontecimientos políticos y militares de Italia. Se trata de un manifiesto nacional de urgencia cuyo fin es provocar la acción de los italianos contra la invasión extranjera, como deja patente el título de su último capítulo, Exhortación a librar a Italia de los bárbaros.
La reflexión política carece de sentido para Maquiavelo si no tiene como finalidad hacer frente a las necesidades políticas del momento, que en el ámbito del florentino estaban entonces determinadas por una situación caracterizada por las luchas internas de la República de Florencia, las luchas entre los estados italianos y la lucha de los estados hegemónicos europeos (Francia y España) en el ámbito italiano. Y es precisamente porque la reflexión política pretende ser eficaz por lo que debe ser realista, es decir, basarse en la experiencia histórica y en los hechos tal como se nos presentan. Maquiavelo es consciente del peligro que corre un príncipe que fundamenta su acción política en lo que debería ser y no en lo que efectivamente es:
Siendo mi propósito escribir algo útil para quien lo lea me ha parecido más conveniente ir directamente a la verdad real de la cosa que a la representación imaginaria de la misma. Muchos se han imaginado repúblicas y principados que nadie ha visto jamás ni se ha sabido que existieran realmente; porque hay tanta distancia de cómo se vive a cómo se debería vivir, que quien deja a un lado lo que se hace por lo que se debería hacer, aprende antes su ruina que su preservación (…) Por todo ello es necesario a un príncipe, si se quiere mantener, que aprenda a poder ser no bueno y a usar o no usar de esta capacidad en función de la necesidad (El príncipe, C. XV).
Este pasaje es clave porque nos muestra la importancia que la concepción antropológica tiene en el pensamiento político de Maquiavelo. Hay que huir de los planteamientos político-abstractos y teológico-metafísicos de la tradición grecolatina y cristiana, en la que política y moral (desde Sócrates por lo menos) van indisolublemente unidas. Maquiavelo se basa en el conocimiento de la naturaleza humana que la experiencia y la historia le otorgan. Y sobre ésta no cabe hacerse muchas ilusiones: esa naturaleza es mala y el príncipe que pretenda comportarse como bueno entre tantos que no lo son ira derecho a sus ruina. En política la actitud prudente nace de la desconfianza basada en la conciencia de la naturaleza malvada del hombre y de que ésta se manifiesta en cuanto la ocasión es propicia. En los Discursos encontramos el mismo planteamiento:
Como demuestran todos los que han meditado sobre la vida política y los ejemplos de que está llena la historia, es necesario que quien dispone una república y ordena sus leyes presuponga que todos los hombres son malos, y que pondrían en práctica sus perversas ideas siempre que se les presente la ocasión de hacerlo libremente (Discursos I, 3).
Aceptar esta realidad, indiscutible para Maquiavelo, será el punto de partida de toda acción política y legisladora en aras, no sólo del mantenimiento el poder político, sino de cualquier tipo de organización social que permita la convivencia humana. Maquiavelo pretende el bien de la república, lo que sucede es que, debido a la natural maldad humana, sólo un príncipe fuerte que la tenga en cuenta y obre en consecuencia podrá garantizar el bien común. Es decir, que el príncipe actúe al margen de la moral puede redundar en favor de la comunidad. Esto era muy difícil de aceptar y Maquiavelo se aseguró una legión de críticos y que su nombre pasara a la posteridad para adjetivar a aquellos que se conducen por el principio “el fin justifica los medios” (lo que, por cierto, Maquiavelo nunca dijo).
Maquiavelo cree que no se puede hablar de la naturaleza humana sin considerar cómo la determinan las pasiones humanas. El análisis del componente pasional del hombre fundan es esencial para el florentino. Los griegos siempre tuvieron en cuenta la fuerza de las pasiones humanas como fuente de desequilibrio y conflictividad, y resolvieron que la conflictividad social siempre venía acompañada por el sometimiento de la razón por las pasiones. Platón, Aristóteles y los estoicos dieron buenas muestras de esta manera de pensar. Más tarde, en esa misma línea, Erasmo de Rotterdam, con su “Elogio de la locura” (un elogio de la mesura) describe cómo el poder de las pasiones perjudica al hombre y a la sociedad.
Se ha señalado la importancia que las pasiones juegan en la reflexión política de Maquiavelo. Términos como “pasiones”, “ánimo”, “deseo”, “voluntad”, “apetito”, “humores” o “ambición” son de los más usados por el florentino, y, entre ellos, el más utilizado, “ambición”, la pasión más poderosa, según Maquiavelo, aquella cuya satisfacción induce a los hombres a hacer el mal y que constituye en política el impulso básico de los seres humanos. Ambición de riqueza y, sobre todo, de poder y gloria, que llega a determinar los objetos y fines de la política. Ambición, además, que es producto de una contradicción esencial en la naturaleza humana entre los deseos insaciables y sus posibilidades de realización efectiva. Ambición que obliga a los hombres a ir siempre más allá de lo que la dura realidad les permite:
En efecto; cuando los hombres no combaten por necesidad, combaten por ambición, la cual es tan poderoso en el alma humana, que jamás la abandona (…) Causa de esto es haber creado la naturaleza al hombre de tal suerte, que todo lo puede desear y no todo conseguir; de modo que, siendo mayor el deseo que los medios de lograrlo, lo poseído ni detiene el ánimo, ni detiene las aspiraciones (Discursos, I, 37).
Asimismo son los hombres arrogantes e inconsistentes y, en general, indignos de confianza. Son, en general, “ingratos, volubles, falsos, cobardes y codiciosos [y suelen tener] menos miramientos para perjudicar a quien se hace amar que a quien se hace temer” (El príncipe, C. XVII). Además, “a casi todos los hombres satisfacen lo mismo las apariencias que la realidad, y muchas veces les agitan más las primeras que las segundas” (Discursos, I, 25), lo que, unido a la ya indicada desconfianza que el príncipe que quiera mantenerse en el poder debe tener hacia los hombres, obliga al príncipe a ser simulador y desleal a la palabra dada. Maquiavelo, una vez más, llevado por su pesimismo antropológico, aconseja escoger siempre el comportamiento inmoral siempre que sea necesario. Aunque sea “loable que un príncipe mantenga su palabra y viva con integridad y no con astucia”
el vulgo siempre se deja llevar por la apariencia y el resultado final de las cosas, y en el mundo no hay más que vulgo (…) un príncipe de nuestro días (…) jamás predica otra cosa sino paz y lealtad, siendo total enemigo tanto de una como de la otra (El príncipe, XVIII).
Es la identidad y uniformidad esencial de la naturaleza humana la que permite comparar el presente con las situaciones políticas de los tiempos pasados. La naturaleza humana es inmutable; los hombres sufren y se ven zarandeados por las mismas pasiones antes y ahora, “en todas las ciudades y todos los pueblos existen los mismos deseos y los mismos humores, y así ha sido siempre” (Discursos, I, 39). Lo humano siempre presenta el mismo rostro, no cabe esperar repúblicas utópicas, ni que desaparezcan la violencia, la ambición, la imposición por la fuerza, las luchas civiles por el poder. Todo ello es consecuencia de la constitución natural e inmutable del hombre, de las pasiones que no pueden ser eliminadas, sino a lo sumo atemperadas y canalizadas constructivamente para el ordenamiento político y social del Estado. Inmutabilidad que no permite albergar ninguna esperanza respecto a la conquista de la sociedad ideal, pero sí permite, en cambio, por su carácter histórico y empírico, ser ejemplo de lo que se debe y no se debe hacer. Permite tal uniformidad en la historia basada en la igualdad de la naturaleza humana, establecer equivalencias y comparaciones de sucesos históricos diferentes, y esperar que las mismas causas ocasionen los mismos efectos en tiempos y circunstancias diferentes.
En paralelo a la consideración de la historia como ejemplo de acción política, Maquiavelo reconoce la presencia en la naturaleza humana de rasgos positivos, tales como la admiración ante la virtud ajena, “pues, en opinión de todos los escritores, las virtudes se alaban y admiran aun en los enemigos” (Discursos, I, 58). Rasgo este especialmente útil para los príncipes, que deben “leer historia, poniendo atención a las acciones de los hombre eminentes, viendo cómo se condujeron en las guerras, examinando las causas de sus victorias y derrotas, a fin de evitar éstas e imitar aquellas” (El príncipe, XIV).
Pero no sólo los hombres, también la fortuna es voluble, caprichosa y cruel, pero sólo es relativamente incontrolable, pues si lo fuera absolutamente toda acción humana sería superflua, y ya hemos visto que la reflexión política de Maquiavelo está orientada a la acción. Sería absurdo aceptar un fatalismo en el que no cupiera remedio alguno contra la fortuna. Así que, a pesar del radical pesimismo respecto a la naturaleza humana, algo podrá hacer el hombre para controlar su natural predisposición al mal en orden al bien común. Aunque Maquiavelo afirma la existencia de una tendencia natural a la maldad en el hombre que parece impermeable al control de la razón, es eso, una tendencia, y no un hecho insuperable e irreversible. No se nos impone a los hombres un fatal destino, y el que tenga la virtud (prudencia y determinación) para aprovechar los picos de la fortuna (la dificultad del asunto la ilustra el dicho “la ocasión la pintan calva”) puede escapar de la rueda de la fatalidad y determinar, en parte, su destino.
La tarea del legislador es crear mediante el orden político un cuerpo social que excluya las tendencias asociales de los individuos, grupos y clases sociales. Y no sólo de generarlo, sino de mantenerlo como sea, lo que redundará en el bien común y en la gloria personal. La fuerza, la violencia, las acciones inmorales, el disimulo y el cultivo de las apariencias generan y, sobre todo, mantienen el orden social en el que todos se benefician. Es el bien común lo que debe prevalecer como finalidad de la acción política, y sólo secundariamente -como efecto colateral, podríamos decir- la gloria del gobernante. El objetivo de éste es el de mantener a los ciudadanos como servidores del bien público y activos participantes en las instituciones de la comunidad, sobre todo en la defensa militar de la república.
Maquiavelo explica en los Discursos, con ejemplos históricos, cómo un exceso de riqueza y poder del Estado convierten a los ciudadanos en ociosos, hasta el extremo de  dejar la defensa militar en manos de mercenarios (en el caso concreto de Italia, sostiene en El príncipe que a este estado de cosas se llegó después de la paz de Lodi, que ponía fin a una larga guerra entre las ciudades-estado italianos). El círculo vicioso en el que se instalan los estados: estabilidad-expansión-conquista-paz-prosperidad-ocio-corrupción-disolución-lucha por la existencia-estabilidad, sólo puede romperse gracias a la regeneración de los ciudadanos mediante tres recursos que deben imponer los legisladores, como describe en los Discursos, con cierto regusto platónico, el poco platónico Maquiavelo: mantener a los ciudadanos en cierta igualdad social que impida enriquecimientos y empobrecimientos excesivos, imponer leyes e instituciones que estimulen el comportamiento virtuoso en pro de la comunidad y que castiguen el individualismo, y mantener vivos los viejos usos y costumbres como pegamento social. Respecto a esto último la religión es muy útil. Para Maquiavelo, la religión tiene fundamentalmente una función política. Por un lado, imponiendo y legitimando el comportamiento del buen ciudadano, y por otro, por su carácter y capacidad para manipular al pueblo en ocasiones extraordinarias, dada la tendencia de éste a dejarse llevar por la retórica, el engaño, la hipocresía y las apariencias: “Y en verdad han tenido que recurrir a un dios cuantos dieron leyes extraordinarias a un pueblo, porque de otra suerte no hubieran sido aceptadas” (Discursos I, 10). Y todo esto, claro, en orden a la eficacia política, y no a la moralidad. Vemos aquí también entrelazados pesimismo antropológico y realismo político.
Maquiavelo elabora una teoría política, o mejor, realiza consideraciones históricas que sirven como modelo para la acción política, en coherencia con determinados supuestos antropológicos; supuestos que le alejan de cualquier propuesta idealista o utópica. Maquiavelo parte de la creencia en una esencial igualdad de la naturaleza humana y en que ésta propende al mal. La política no es otra cosa que el intento de ordenar los efectos de la frágil e imperfecta naturaleza humana en su convivencia en sociedad. Maquiavelo no pretende hacer un tratado sobre la naturaleza humana, sino sólo descubrir un principio básico que determine la acción política. Así, la maldad innata al hombre, tesis antropológica, se convierte en el fundamento de una teoría política.

José Javier Villalba Alameda.

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