lunes, 11 de julio de 2016

EL VALOR DE LA ESPERA


« Il existait deux voies qu’une culture pouvait emprunter après avoir satisfait ses besoins matériels fondamentaux. La première était celle de la réflexion et de l’étude : prendre du recul, observer, chercher la connaissance et l’inspiration dans le monde environnant. La seconde consistait à investir toute son énergie dans la protection de sa bonne fortune. »
                                      Greg Egan. Gloire (2007, trad. Bragelonne, Paris 2009)

Ante la dificultad de encontrar obras de Greg Egan traducidas al español, decidí comprar un relato suyo en versión francesa: Gloire (2007, traducción 2009). Dos exploradoras espaciales pertenecientes a una gran confederación galáctica no dudan en encarnarse en otra especie, la raza de los Noudah, y en atravesar veinte años luz para acceder a los secretos matemáticos de una tercera especie desaparecida: los Niahs.

Los actuales inquilinos del planeta en el que vivieron los Niahs no tienen aún tecnología como para viajar por el espacio exterior y no comprenden que una raza más antigua, de la que no saben si proceden, dedicase tres millones de años a buscar la fórmula matemática definitiva, el teorema capital. Como nosotros, aún están engolfados en pugnas y conflictos entre bloques políticos.

Es muy interesante el dilema civilizatorio que se plantea en el relato del escritor de ciencia ficción australiano. Los Niahs desaparecieron hace un millón de años. Y no se sabe por qué. Escribían en porcelana irrompible sus descubrimientos y sus restos arqueológicos prueban que disfrutaron de una cultura sofisticada, aunque nada permite deducir que hayan viajado a otras estrellas o se hayan dispersado por el universo exterior. Todo hace pensar que una vez hubieron alcanzado un cierto confort material, se consagraron a diversas formas de arte, sobre todo a las matemáticas.

Joan y Anne, las dos investigadoras, creen que una civilización que emplea tres millones de años estudiando matemáticas tiene sin duda algo que enseñar a la Amalgama (así se llama la confederación de inteligencias avanzadas de la galaxia). La Amalgama ha superado ya la fase de imperialismo territorial o expansión violenta, y las naciones y federaciones que incluye resuelven pacíficamente sus tensiones.

Ninguna cultura de la Amalgama ni de otras civilizaciones ancestrales había logrado antes tal profundidad de análisis. Los Niahs expresaban sus descubrimientos matemáticos mediante hipercubos analógicos heptadimensionales de una elegancia flipante. Estaba claro que buscaban un teorema que unificara a todos los demás. Y seguramente lo encontraron. Joan y Anne lo denominaban metafóricamente el Big Crunch.



Y especulando podríamos pensar que una vez que lo hallaron, perdieron todo interés por la vida. ¿Podría haberse producido con ello un suicidio colectivo a escala de toda una cultura? ¿O un largo periodo de aletargamiento y esterilidad acabó con los Niahs, una vez resuelto el Gran Problema y alcanzada la Gran Meta?

El principio de este razonamiento es importante: Es la búsqueda, no el hallazgo, lo que dota a una cultura de energía. Fue la generación siguiente a la de aquellos pioneros que extendieron la civilización occidental hasta la costa del pacífico los que inventaron el gran cine. Luego, a falta de ideas, casi hemos de conformarnos con meros “efectos especiales”.

Evidentemente, es inverosímil que una cultura entera pierda de la noche a la mañana las ganas de vivir, y con ello sucumba en seguida. Tal vez sea preciso para ello el empuje o la presión de una fuerza externa: epidemia, invasión, cambio climático, cataclismo cósmico…

No hay acción sin esperanza y no hay esperanza sin meta. La navegación por el mar proceloso de la vida se hace imposible si no sabemos donde está el norte. El filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han alude a ello en su ensayo sobre El aroma del tiempo y el arte de demorarse (Herder, 2015). Cuando la vida y la comunicación se resuelven en un instante, como en la mensajería instantánea, se pierde la rica semántica del camino, se olvida el sentido místico de la peregrinación, desaparece el enorme valor de la espera. Donde no existe la duración de un marchar, sólo queda el instante de un zumbido de teléfono móvil.
“El tiempo se desintegra en una mera sucesión de presentes. La época de las prisas no tiene aroma”.
La historia moderna tenía su propio horizonte de salvación secular: emancipación, libertad, igualdad, fraternidad, una meta cosmopolita de paz universal (Kant). Su soteriología (doctrina de salvación) se llamaba progreso. Parecía evidente que los cambios históricos, fueran reformas o revoluciones, se orientaban a la consecución de una humanidad más justa y feliz, o sea, suponían un progreso hacia una meta, si bien esta podía situarse en el infinito. Todavía los avances científico-técnicos se venden y publicitan en esa liturgia pseudorreligiosa, pseudomágica, la de una salvación de la carne en un futuro inmediato, o remoto pero posible.

Pero, por muchos políticos que no se hayan enterado todavía y sigan publicitando sus programas con el eslogan del “progresismo”, la verdad es que dos guerras mundiales y un par de colosales desastres atómicos acabaron con esa creencia, con la teleología del Gran Relato del Progreso que sustituyó al Gran Relato de la Divina Providencia.

En la postmodernidad que habitamos ya no hay un horizonte universal, y tal vez sea porque ese horizonte ya esté realizado: fin de la historia. Quizá, como afirma el filósofo francés Jean-Luc Nancy, la semilla del espíritu cristiano, secularizada, se ha realizado como humanismo católico, capitalismo protestante y progreso técnico ilustrado (razón instrumental). Aunque yo mucho me temo que mientras que las dos últimas potencias (capitalismo y tecnociencia) triunfan y se desarrollan, el humanismo cae en picado (y el auge el animalismo no deja de ser un síntoma de ello).

Es muy difícil fiarse del hombre occidental cuando éste ha renunciado ya a buscar el regreso a Ítaca rompiendo su compromiso con Penélope. Es muy difícil ser filántropo si no vemos en el humano una imagen de Dios, un dios posible. Puede incluso que entonces, afianzados en la misantropía por los grandes desastres históricos y ecológicos causados por los hombres, más la falta de objetivo de toda evolución natural, nos volvamos del todo estériles, como ese viejo Schopenhauer que paseaba solo y sólo confiaba ya en su perrillo.

Se acabó el compromiso con la Historia. También con  la propia Biografía como un relato con sentido. Fuera promesas, fuera compromisos. Velocidad y prisas. Únicamente queda el zapping para quienes a pesar de todo no quieren perderse nada: el disfrute de fragmentos de vida en los que esperamos todavía encontrar la realización gozosa de nuestras disposiciones. "¡No te lo pierdas, no te lo pierdas!", nos grita el publicista. Y así saltamos de una placer a otro sin solución de continuidad, sin duración, sin relato, sin sentido.

Compañías de superficie en redes sociales. Todos vagabundos y okupas. Para Byung-Chul Han no es posible la libertad sin un sostén, y como ya no hay narración sobre la que gravite la duración de nuestras vidas, lo que queda es desorientación, zumbido sin rumbo. Atolondramiento.

Por eso las exploradoras espaciales del relato de Greg Egan, Joan y Anne, una vez hallado el teorema del Big Crunch (tan largo como el radio de la galaxia) que encontraron tras tres millones de años de esfuerzos analíticos los Niahs dudan si revelarlo o no a Amalgama, la confederación galáctica. Si los Buscadores sacian de golpe su sed de conocimientos, corroída entonces su razón de vivir, ¿no languidecería con ello su cultura hasta desaparecer?

No destriparé la historia completamente confesando aquí lo que las exploradoras espaciales decidieron.

Nota bene

Sobre el transhumanismo de Greg Egan en Axiomático véase mi entrada en Signamento.

1 comentario:

  1. Precisamente estaba pensando algo parecido al leer "Muerte aparente en el pensar" de P. Sloterdijk, lo importante no es tanto el descubrimiento científico en sí como el camino que lleva a él. La vida filosfófica, científica, la vida humana es "ejercicio", y lo fundamental es que nos pasamos la vida ejercitándonos. Pensamos que por obtener tal o cual diploma, pero lo que importa es el hecho del ejercicio, el camino.

    Se expresa en un dicho vulgar alemán, "der Weg ist das Ziel", el camino es la meta, y a mi parecer no tiene remedio. Puesto que caminantes somos todos, con independencia de la posmodernidad ambiente o lo que quiera que sea el marco en el que vivimos, y no "hay de otra" más que seguir poniendo un pie delante de otro, física y espiritualmente.

    O sea que como dice Sloterdijk de forma comprensible y asequible, ¡por una vez!, la muerte del pensar es sólo aparente.

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