domingo, 27 de octubre de 2013

La fuerza mágica de la muerte según Hegel

Si tuviera que decir en pocas líneas cuál es la concepción hegeliana de la muerte, diría lo siguiente:
Tener conciencia de la muerte no significa sólo tener la certeza de que vamos a morir, sino comprender que la muerte es constitutiva de nuestra conciencia.
Dicho de otro modo, tener conciencia de la muerte implica comprender que la muerte no es algo que nos espera al final del recorrido de la vida, sino que nos hace ser lo que somos.
Para mayor claridad consideremos lo siguiente:
A diferencia del animal, y por supuesto del vegetal y el mineral, los humanos no somos seres dados. Nuestra naturaleza no está definida de suyo. Ya que nuestra naturaleza se define, entre otras cosas, por nuestra apertura e inacabamiento.
Así, el hombre no es un ser natural; no es un ser dado; el hombre es un ser cuya naturaleza consiste, justamente, en llegar a ser. Llegar a ser lo que era, pero lo era no de manera inmediata, ya dada, sino como finalidad a realizar.
Y esa finalidad puede quedar truncada. Ya que el humano puede fracasar en ser; puede perderse a sí mismo. Los animales, en cambio, no fracasan ni se pierden a sí mismos. Los animales padecen, por supuesto, pero son siempre lo que son hasta que mueren y dejan de serlo. A los animales, como al hombre, al vivir les va la vida, lo que no es poco, pero a diferencia del hombre no deben llegar a ser lo que son, no les va el ser.
Eso, la posibilidad y necesidad de llegar a ser, es lo que expresan intuitivamente tanto el hombre común y mundano como el hombre religioso cuando dicen 'estamos aquí, en el mundo, para algo'.
Incluso en un nivel prosaico y cotidiano se pone en juego esa intuición. Por ejemplo en los padres que le dicen a su hijo adolescente (sabemos que los adolescentes suelen vivir en la inmediatez propia de su edad y su entorno) que debe prepararse para 'llegar a ser alguien' en la vida.

Es cierto que en un sentido exterior al hablar así esos padres están pensando en el futuro económico y social de su hijo más que en su ser esencial. Sin embargo, en un sentido más profundo, que no excluye la preocupación social sino que se expresa a través de ella, se reconoce ahí una intuición muy certera: que los humanos no somos por el mero hecho de ser sino que debemos llegar a ser.
Debemos realizar nuestro ser. Debemos llegar a ser 'alguien', porque 'alguien' no sólo es lo opuesto a 'nadie', sino que es distinto a un mero 'algo'.
De modo que los humanos estamos extrañados, enajenados, como arrancados, del ser inmediato. Estamos situados en un lugar sin lugar, en un no lugar, entre la naturaleza y lo que habremos de ser.
A ese hiato, ese corte, ese salto al vacío, Hegel lo llamó la negatividad. Y en el 'trabajo de lo negativo', como le decía, reconocía lo más propio y también lo más elevado de la condición humana.
La muerte que nos habita, la muerte constitutiva, entonces, no es el simple saber que nos vamos a morir, sino la negativización que constituye nuestro ser. Es el hecho de ser 'ex-táticos', de estar 'fuera', sin lugar, respecto de lo inmediato o lo que simplemente es.
Así, no se trata de que por la muerte vayamos a dejar de ser, sino que por la muerte somos lo que somos: seres humanos, seres espirituales.
Ahora bien, enfrentar esa suerte de inficionamiento de nuestro ser por la muerte, por la negatividad, no es nada fácil. Por eso Hegel dice en un momento de su Fenomenología que la vida verdaderamente humana, la vida espiritual, es:
"no la vida que se aterra ante la muerte y quiere mantenerse pura en la devastación, sino aquella que aguanta la muerte y se mantiene en ella"
Es decir, el planteo de Hegel implica una toma de distancia no sólo de la conciencia ordinaria, que se aturde con todo tipo de narcóticos (químicos, imaginarios, etc.) para no enfrentar a la muerte, sino también de un idealismo y una religiosidad ingenuas y débiles que pretenten escaparse de la 'devastación'.
Al contrario, aguantar la muerte, soportar la negatividad y mantenerse en ella, es, justamente, lo que nos permite realizarnos. Así, paradójicamente, de la negatividad resulta el ser; el ser devenido. De soportar la muerte resulta la vida propiamente humana.
Por eso, a dicho aguantar la muerte, a ese soportar el trabajo de lo negativo, Hegel lo llamó 'fuerza mágica'. Es decir fuerza creativa, realizadora. En sus palabras:
"Y este demorarse es la fuerza mágica que transforma eso negativo en ser"
Si soportamos la muerte, si nos demoramos en lo negativo, es decir si no nos escapamos de ello, transformamos lo negativo mismo en ser.
De ese modo, de nuestro estar 'fuera' y como arrancados de lo inmediato, de nuestra carencia de lugar, hacemos algo, nos hacemos. Por eso, a continuación de esa observación sobre la 'fuerza mágica', Hegel aclara que dicha fuerza es el sujeto.
Ser sujeto, es decir no cosa, no 'ente' (entendido como 'lo que es'), es ser un ser que deviene lo que es; un ser que se realiza.
Dicho sea de paso, y para ligarlo a nuestro ejemplo cotidiano, ser sujeto es justamente ser 'alguien'. No alguien en su rol social ni en un sentido psicológico sino alguien como estructura de ser: ser sujeto, subjetividad, no cosa, no animal, no mero ente, ni tampoco pieza de un engranaje colectivo.
Respecto a todo este tema, Alexandre Kojeve ha hecho una observación muy interesante. Y si bien no comparto su lectura sobre Hegel, concretamente no comparto su pretensión de anular la dimensión metafísica en la obra del filósofo, debo reconocer que en este tema ha puesto el dedo sobre un punto clave: la relación entre la muerte y el lenguaje.
El pensador ruso señala que ese trabajo de lo negativo del que habla Hegel, trabajo a la vez destructor y creativo, es decir destructor de lo inmediato y creativo de lo que deviene, es inseparable del lenguaje.
Pues, el lenguaje traspone la realidad a un orden diferente al de la pura inmediatez. Por lo tanto el lenguaje, en cierto sentido, desrealiza lo real, lo negativiza. Pero, a la vez, recupera la realidad a un nivel distinto y superior.
Cabe señalar que eso lo saben muy bien los poetas. Pues si bien todos convivimos con las palabras, y de hecho estamos atravesados del principio al fin por ellas, los poetas mantienen una relación muy especial con el lenguaje. Y en virtud de esa relación son muy conscientes de que la palabra es una alquimia que transmuta tanto lo que en ella se evoca como al que habla.
Por eso una poetisa hispanoparlante, Ola Orozco, dijo que para el poeta, al momento de escribir:
"El ser entero ha cesado de ser lo que era para convertirse en una interrogación total, en una expectativa de cacería en la que se ignora quién es el cazador y cuál es el animal al que se apunta"
Volviendo a Hegel, puede decirse, entonces, que ser habitados por la muerte, ser sujetos, ser pensantes, y ser hablantes, son distintos aspectos de una misma cosa.
En fin, dejamos acá. Seguramente hay mucho más que decir sobre este tema. De mi parte, aclaro que no me considero hegeliano ni soy especialista en su obra. Sólo admiro su grandeza intelectual y he aprendido algunas cosas importantes en el esfuerzo, por momentos muy penoso, por comprenderlo.
Pero, más allá de Hegel la muerte nos toca íntimamente a todos; y es una cuestión que merece ser pensada y que nunca podemos dar por sabida.
Datos: de ese trabajo de Kojeve sobre la muerte y Hegel conozco la edición de Leviatán (Argentina, 2006) que lleva por título 'La idea de la muerte en Hegel'. Las citas de Hegel las tomé de su 'Fenomenología del Espíritu' en la edición de Pre Textos (Valencia, 2006). La cita de Orozco está tomada de su trabajo 'Alrededor de la creación poética', incluido en la antología 'Relámpagos de lo invisible' editado por el FCE.
































4 comentarios:

  1. Enhorabuena, Máximo. He leído varias veces tu entrada y me parece estupenda. Pero no te voy a proponer reflexiones filosóficas, esa es tu parte del trabajo, sino psicológicas y antropológicas. En primer lugar, una pregunta en el aire para la que no tengo respuesta, pero sospecho que podría seguírsele la pista con los libros de Mircea Eliade, que seguro que se ocupó de esto: ¿por qué tantos y tan distintos pueblos, de tradiciones culturales diferentes, condensan sus rituales y su meditación más intensa sobre la muerte precisamente en estas fechas de noviembre? Apuesto por la teoría de los ciclos de la naturaleza y el cambio de estaciones. Un detalle: supongo que a ti, con la reflexión sobre el sentido mágico de la muerte en Hegel, te habrá pasado como a mí al escribir sobre Drácula, que no has intentado de propósito la concordancia de fechas. En mi caso, cuando ya estaba el texto para publicar, me di cuenta de que coincidía con Halloween. En fin, algo que tenemos asimilado en el inconsciente, supongo.
    Y fuera de esa pequeña banalidad, algo un poco más serio. Pretendemos para la filosofía occidental un valor universal, como escrita para todo hombre, pero está claro que la experiencia occidental sobre la muerte es solo un modelo entre otros posibles. En muchas culturas animistas, como en la Roma arcaica o en múltiples pueblos africanos, asiáticos o de Oceanía, la muerte no es más que un cambio de estatus hacia un nivel ontológico incluso superior, y esos seres novados siguen teniendo vida activa, así que, para la visión del mundo de sus miembros, no va a servir la negatividad hegeliana en la misma forma que para nosotros, o lo será de forma diferente. He estudiado con cierta atención un caso muy curioso en Madagascar, el ritual de Famadihana. Por si tuvieras interés en conocerlo, te pongo el enlace:http://anthropotopia.blogspot.com.es/2013/06/madagascar-antropologia-y-animacion.html
    Reflexionando sobre tu excelente texto, me ha venido a la cabeza un sorprendente paralelismo entre la religión cristiana y el ateísmo. A pesar de que son tan distintos, en cuanto al poder de los muertos sobre los vivos se comportan de manera muy parecida y contraria a esas culturas animistas. Para el ateísmo, con la muerte se acaba todo. Y en un determinado sentido, el de la vida material, para los cristianos también. Se entra en una dimensión estrictamente espiritual y, en principio, ningún espíritu puede actuar directa y físicamente en el mundo. Ese privilegio está reservado a unas pocas almas superiores, avanzadas, las únicas capaces de alterar las reglas inexorables del mundo físico, los santos con sus milagros. Esta es la teoría general, expresada de una manera un poco fría pero espero que nadie la encuentre irrespetuosa, porque no es mi intención en absoluto hacer burla de estos dogmas, solo descentrar un poco el punto de observación. Pero en culturas como la de los Merina, en Madagascar, la muerte carece de una dimensión trágica porque no la entienden en absoluto un sentido equiparable al nuestro. Da lo mismo si están equivocados o en lo cierto con esa creencia. Lo que importa es que para ellos no vale nuestra teoría supuestamente universal acerca del poder fundante de la muerte.


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  2. Interesante lo que señalas Encarna. Es claro que hay diversas experiencias culturales sobre el fenómeno de la muerte. De hecho yo mismo he intentado estudiar el tema, concretamente asociado a la escatología, dentro de un marco conceptual muy distinto al hegeliano.

    Si te interesa puedes ver mi 'postmortem' en el siguiente enlace http://laescalera-sophia.com.ar/teosofia/post_mortem.pdf (por favor no pienses que hago 'autopropaganda', sólo lo menciono por si encontraras algo de interés ahí).

    Estoy de acuerdo contigo en ciertos puntos, pero no en todos: propongo ir por partes...

    Hegel como buen occidental moderno estaba centrado en el sujeto, y en ese peculiar fenómeno que es la conciencia de sí. Dentro de este marco intelectual y cultural, y a mi juicio con mucho acierto, el filósofo distinguió dos modos de ser: el ser en sí y el ser para sí.

    Ser 'en sí' es el ser considerado en su inmediatez, en el mero hecho de ser. Mientras que ser 'para sí' es el ser en tanto él mismo es alguien para sí mismo. Y en este ser para sí, en este volver a sí mismo, veía Hegel algo que trasciende lo natural inmediato.

    Ese 'salir' más allá del ser en sí y volver a sí mismo como 'ser para sí', es la fuerza de lo negativo. Hasta ahí Hegel (sobre simplificado, obviamente).

    Entonces, yendo a tu planteo, creo que tienes mucha razón en que no puede universalizarse es el lugar central que ocupa la conciencia subjetiva en la obra de Hegel. En eso acuerdo contigo, y pienso que el filósofo cedió a una clara tentación eurocéntrica cuando asumió que todo el derrotero del espíritu en la historia conducía a esa toma de conciencia del sujeto (que en su forma máxima llamaba 'el saber absoluto')

    Pero no estoy tan de acuerdo en que eso invalide las observaciones sobre la fuerza de lo negativo. En todo caso puede haber diferencias muy grandes en cuanto al modo de representar esa cuestión.

    Hegel habló un lenguaje conceptual, pero diversos mitos, desde Shiva a Dionisio, pasando por el descuartizamiento de Osiris por los titanes, etc. (y menciono sólo los que me vienen a mente de modo espontáneo, pero son mucho más) hablan a su manera de esa 'fuerza mágica' de lo negativo.

    Se trata de lo destructor como factor inherente a lo creativo, la muerte como factor constitutivo de la vida.

    Si lo vemos así, y nos abrimos a reconocer esa fuerza mágica de lo negativo en otros modos de representación mental (simbólicos, míticos, rituales, etc.) creo que acordarás conmigo en que Hegel no estaba tan descaminado. Es decir, aunque estuviera descaminado en varios aspectos, al menos en ese punto intentó articular una verdad que tiene alcance universal.

    Como sea, no intento probar nada. Habría que pensar más detenidamente en todo esto. En fin, ¡cuántas cosas para pensar y estudiar mejor!

    Como sea, la muerte nos ha hecho hablar... Señal de que estamos vivos ;-)

    Gracias por tu interés, y más aún por tus observaciones

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  3. "To die, to sleep; to sleep: perchance to dream: ay, there's the rub" -murmura Hamlet.
    La dificultad, el dilema... La huida.
    Toda la cultura, cualquier cultura, se puede interpretar como un vasto conjuro contra la muerte. En lo material y en lo espiritual.
    La conciencia es como una de esas lámparas que admiten grados, Encarnación. En Occidente alcanzó tal intensidad, constancia, hipertrofia, que ha estado algunas veces a punto de fundirse, o se ha fundido del todo. Es la conciencia de la muerte lo que asusta, ¡y activa! A más conciencia, mayor activación. El materialista que cree que no somos más que un relámpago entre dos nadas, bulle con la desesperación del libertino (carpe diem). Eros y Tánatos se tocan más de lo que pensamos. ¿Amaríamos si no muriésemos? Seguramente no.
    La muerte es parte de la vida. La eternidad misma ya sería un infierno, tedio absoluto -como insinúa alguna de las máscaras de Drácula-. Los dioses alguna vez envidiaron la mortalidad de los humanos.
    Y sin embargo, de un modo u otro, seguiremos siendo. Pues el ser no tiene adónde ir. Pues fuera de él, la inconcebible nada. Universos paralelos, multiversos, el tiempo y el espacio no son más que dimensiones locales. Así que nos espera lo que ni siquiera podemos imaginar. Ya lo sentenció el melancólico príncipe de Éfeso.
    Un abrazo a los dos, Max, Encarnación, amigos, cuyas letras tanto me estimulan.

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  4. Gracias por esas, diría 'bellas', observaciones José. Y de mi parte también un abrazo a ambos.

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