viernes, 27 de abril de 2012

LAS VOCES DE LOS ÁNGELES

LAS VOCES DE LOS ÁNGELES: UNA UTOPÍA MUSICAL DEL RENACIMIENTO EN FERRARA
 Hace ya 20 años descubrí, escuchando Radio Nacional, el Concierto Secreto de las Damas de Ferrara, un repertorio exquisito de madrigales compuesto por un maestro renacentista de extraño nombre, Luzzasco Luzzaschi. Unas voces angelicales  cantaron, hace cuatrocientos años, los más hermosos poemas de amor,  dignos de alegrar las estancias de un soñado paraíso musical. Eran las de Livia D’Arco, Laura Peperara y Anna Guarini, las tres jóvenes e ilustres Damas de Ferrara, bellísimas y portentosas cantantes e instrumentistas que, en las postrimerías del siglo XVI, hicieron posible un auténtico milagro, el de la perfección musical. Ante el secreto impuesto por el duque de Ferrara, como parte de una bien orquestada campaña propagandística, la Europa culta solo pudo atisbar, entre asombrada y envidiosa,  el talento de las Damas, únicamente accesible a unos pocos privilegiados. A la muerte del duque, casi todas las maravillosas composiciones especialmente escritas para ellas se perdieron. Por tanto, no debería extrañarnos ignorarlo todo acerca de este prodigioso episodio histórico.
Hace tres años, en nuestra visita a Ferrara, esperé ilusionada que la guía  que nos acompañaba mencionara a las Damas, pero pude comprobar que tampoco sabía nada al respecto. Este vacío de información me convenció de la necesidad de divulgar las increíbles circunstancias que rodearon al Concerto delle Donne. El problema reside en que quien esto escribe no es historiadora y carece de formación musical pero, tal vez, el formato multimedia y el contenido felizmente heterogéneo de este blog se presten  a paliar tales carencias, ayudándome a  transmitiros una imagen  de conjunto a partir  de las escasas y fragmentarias noticias, muy pocas en castellano, que he podido recopilar con tiempo y paciencia. Y, con ellas, la emoción que produce poder viajar mentalmente a ese momento irrepetible de la cultura occidental.

LUCREZIA BORGIA


1.- EL ESPLENDOR ARTÍSTICO DE LA CORTE DE FERRARA

Todo comenzó con Lucrecia Borgia (1.480-1.519). La hija del cardenal Rodrigo Borgia, más tarde Papa con el nombre de Alejandro VI, siempre fue utilizada por su familia como instrumento en  sus luchas de poder. Con tal fin,  en 1501 se dispuso su tercer matrimonio con Alfonso D’Este, duque de Ferrara, ciudad-estado del norte de Italia cercana a Bolonia y Mantua.
La bella e inteligente Lucrecia- que alabaron los poetas de su entorno como gentil y honesta, muy al contrario de lo que sugiere la leyenda negra de los Borgia-, contribuyó a  transformar  la belicosa Ferrara en una de las cortes más cultivadas de Italia, embellecida por magníficos palacios, plazas y jardines que hacen de ella, todavía hoy, una joya del Renacimiento.

miércoles, 11 de abril de 2012

Los motivos de la risa (humor y filosofía)


Puede que la sonrisa sea la distancia más corta entre dos personas. Pero la risa es otra cosa... En ciertos ambientes, el filósofo puede resultar ridículo... Legendario ridículo el que hizo Tales delante de la criada, o el que tal vez hiciera Sócrates ante el tribunal que le juzgaba.
     En un diálogo de Platón (Gorgias), Calicles le reprocha a Sócrates que la filosofía sea cosa de risa si se practica fuera de tiempo. Le reconoce –eso sí- cierto valor educativo, “y no es desdoro filosofar mientras se es joven; pero, si cuando uno es ya hombre de edad aún filosofa, el hecho resulta ridículo, Sócrates, y yo experimento la misma impresión ante los que filosofan que ante los que pronuncian mal y juguetean” (485ª).
     Esta risa -un tanto irritada- del libertino, del desenfrenado, delante de quien, como Sócrates, dedica su talento a la búsqueda de la verdad y la virtud, y no a la procura de utilidades y placeres, tiene muy poco que ver con la risa benevolente de la que nos habla Aristóteles. 
     El Estagirita entiende por ridículo lo feo estético y lo feo moral: lo anómalo, irregular, torpe, absurdo… El humor cómico surge, según Aristóteles, de una forma de engaño y desconcierto ante lo que nos coge desprevenidos y no daña. Lo ridículo puede así definirse como defecto o deformidad que no produce dolor o daño a los demás.
     En su Ética a Nicómaco, Aristóteles relaciona la risa con las virtudes y el juego. Como el juego, el humor como diversión tiene su recompensa en el placer que nos causa la actividad misma, igual que la virtud y la felicidad. Pero no podemos estar divirtiéndonos siempre, pues la seriedad, y no la comicidad, es la virtud rectora de la vida. Los que se exceden en lo que hace reír son considerados por Aristóteles bufones vulgares, siendo así que la mayoría de los hombres se complacen con las bromas y burlas más de lo debido, molestando a otras personas. Tal chocarrería es tan extremosa como la del áspero e intratable que no se ríe nunca, que carece por completo de sentido del humor. “El que es gracioso y distinguido se comportará, pues, como si él fuera su propia ley. Tal es el término medio, ya se lo defina por su tacto o por su viveza de ingenio” (Ética a Nicómaco, IV, 8).

    Aunque la vida requiera seriedad, ¡y la economía no digamos!, más tal vez que la filosofía, el poseer sentido del humor también me parece a mí cosa existencialmente seria. Nunca he despreciado a la protagonista de aquella copla, quien se casó con un enano por hartarse de reír, ¡ole ahí! Mejor enano y gracioso, que alto, guapo y singracia.

     Hobbes, de otro modo que Aristóteles, desarrolló una teoría de la risa como superiorioridad frente al defecto del prójimo, una teoría de la risa malevolente. "Hiena de risa" -podríamos decir-, sin caer en solecismo. "El hombre es para el hombre como un lobo, ¡y como una hiena!". No debe extrañar que Hobbes pensase así, teniendo en cuenta la baja consideración que le merecían los instintos generales e innatos del pueblo llano, y del humano en general
     El estado de humor que provoca risa sería un sentimiento de superioridad, a sudden glory, una vanidad súbita causada por un acto propio con el que uno se complace, o por “cierta deformidad en otro, con relación a la cual uno se siente súbitamente superior” (Leviathan, I, 7ª). La risa es así "el humo" de la soberbia, que mira por encima del hombro las debilidades e impericias de los demás, que se jacta riente –como Calicles frente a Sócrates- con afán de dominio, de las propias “virtudes” y habilidades conducentes al éxito.
      Según Hobbes, la risa adopta cuatro situaciones. 1) Se ríen los hombres deseosos de aplauso con las cosas que hacen bien; 2) con sus propios chistes; 3) de las debilidades de los demás; y 4) de las gracias cuyo ingenio consiste en un elegante descubrir y representar en nuestras mentes algún absurdo ajeno.
     ¡Menos mal que nos queda esta cuarta instancia, para reír sin vergüenza, e impunemente! Aunque, y contra Hobbes, creo que es perfectamente posible reírse también del absurdo de sí mismo. En esto, el pueblo andaluz ha resultado maestro.

Bibliografía
Platón. Diálogos, II, Gredos, Madrid 1983.
José Luis Suárez Rodríguez. Filosofía y humor. El guiño de la lechuza. Apis, Madrid 1988.

lunes, 9 de abril de 2012

Tristeza del pensamiento


En 2007 Siruela publicó un opúsculo de George Steiner, Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento. La idea de partida de esas reflexiones es el pesimismo romántico de  Schelling (1809), para quien la tristeza  amenaza toda vida mortal, como un velo de pesar que se extiende sobre la naturaleza entera. De ahí su afirmación de una profunda e indestructible melancolía que contamina con su oscuridad cualquier proceso mental. Una metáfora de ese malestar sería el  persistente ruido de fondo como eco del Big bang cosmológico: ya desde la creación del universo aparecieron la pesadumbre y la materia oscura. 
Desde estas premisas, Steiner elabora unas tesis provisionales acerca de las limitaciones que lastran la grandeza del pensamiento, y que pueden servirnos como antídoto útil contra los sueños dogmáticos de la razón. A riesgo de simplificar la riqueza de ideas del autor, intentaré resumirlas:

PRIMERA TESIS
 El pensamiento es ilimitado, infinito, el signo  más destacado de la eminencia humana. La poderosa imagen de Pascal nos dibuja como “cañas pensantes”. Nada escapa a las posibilidades de la imaginación. La ciencia ficción es capaz de crear universos alternativos. El modo subjuntivo nos permite enunciar toda posibilidad contrafactual. Gracias  al pensamiento conseguimos dominar la naturaleza. Pero la infinitud  de nuestras ideas es, lamentablemente, incompleta: no sabemos cuál es su concreta relación con la realidad, esto es, el grado en que el pensamiento coincide con su objeto, ni si nuestro análisis  racional no es más que una ficción. Somos capaces de formular las preguntas esenciales acerca del origen y sentido de la vida, y de ese impulso interrogador surgen la cultura, la ciencia y la religión, pero no logramos alcanzar respuestas concluyentes para las mismas. En el tumulto del pensamiento resuenan la duda y la frustración.

domingo, 11 de marzo de 2012

Telepatía

Como Roberto Carlos, también creo en la telepatía:
Que cosa linda que me vuelvas a llamar
Necesitaba oír tu voz y conversar
Que coincidencia cuando más pensaba en ti
Telepatía
Creo que el cerebro, la mente, el espíritu humano, emite algún tipo de señal a larga distancia o, tal vez, al margen de toda distancia, en sintonía o sincronía inespacial.

En los espacios cortos, eso tiene también que ver con el poder de la mirada, aún si ésta no es captada como tal mirada por nuestra conciencia. La mirada de los demás nos afecta. Es conocido el fenómeno de la "angustia de auditorio". Incluso si uno lleva años dando conferencias o actuando en un escenario, nadie es inmune al efecto de la mirada de los demás. Esto se ha probado con otros primates. Se les han colocado electrodos y se ha comprobado cómo su actividad electronerviosa cambia cuando se les mira, aunque ellos no sepan que se les mira.

jueves, 2 de febrero de 2012

Meditación para andar más (y hablar menos)

Autora Ana Azanza


Dado el éxito del "filósofo que anda" voy a dar otras pinceladas antes de prestar el libro.

David Henry Thoreau (1817-1862)


Tercer hijo de un fabricante de lápices, estudió en Harvard College. Fue maestro en una escuela pública en la que duró dos semanas: no quería dar castigos corporales a los alumnos y no entendía la enseñanza más que si se alternaba con largos paseos. Fue preceptor en Nueva York y en 1845 se construye una cabaña cerca de Walden Pond, al lado de un lago. Vive solo durante dos años, se pasea, lee, escribe. Lo detienen en 1846 porque se niega a pagar impuestos en protesta por la guerra contra Méjico. A su muerte dejó un aobra fascinante, "Walden" que recoge su experiencia en los bosques. Y el primer tratado filosófico sobre el andar: "Walking".

Frente al desarrollismo capitalista que entonces empieza, frente al ansia de enriquecimiento sin límites Thoreau propone una nueva economía que diferencia "provecho" de "beneficio".
¿Qué provecho saco de una larga caminata por el bosque? ninguno, nada produzco que pueda ser vendido, no hago ningún servicio a la sociedad de la que sacar un dinero. Andar es desesperadamente inútil y estéril. En términos económicos es un perfecto despilfarro del tiempo. 

Y sin embargo para mi vida, no diré interior sino total, absoluta, el beneficio es inmenso: un momento en el que he permanecido en la vertical de mí mismo, sin que me invadan las preocupaciones volátiles, ensordecedoras, sin ser alienado por el cacareo incesante de los charlatanes. Me he capitalizado a mí mismo todo el día. Un tiempo en el que me he quedado a la escucha o contemplando: la Naturaleza me ha dado todos sus colores. A mí solo. Cuando ando no dejo de recibir toneladas de pura presencia. Al final la marcha me habrá resultado más beneficiosa cuanto menos provechosa.

La diferencia entre el provecho y el beneficio es que las acciones que me proporcionan un beneficio podría hacerlas cualquier otra persona. De ahí surge el principio de la competitividad.

Lo beneficioso por el contrario depende de mis gestos, de mis actos, de momentos de mi vida que no puedo delegar en otro. Thoreau pudo escribir en su correspondencia: "para saber lo que tienes que hacer pregúntate, ¿puede hacerlo alguien en mi lugar? Si la respuesta es sí, déjalo a no ser que sea absolutamente indispensable". Vivir en el sentido más profundo de la expresión no puede hacerlo nadie en mi lugar. 

"Si yo no soy yo, ¿quién lo será en mi lugar?"

Thoreau no rechaza el cálculo económico. Al contrario: "calculemos siempre ¿qué gano y qué pierdo? ¿qué pierdo de vida pura cuando me esfuerzo en ganar más dinero? Eso les cuesta a los ricos ser ricos: trabajar, preocuparse, velar, nunca dejar la tarea. Hace falta un tejado bajo el que guarecerse, paredes, una cama, unas sillas. Pero ¿Cuáles? si quieres un palacio con comodidades te hará falta trabajar duro, olvidarte del color del cielo y del tiempo que hace. Thoreau concluye que con un tejado, tres sillas, una cama y una manta es suficiente. Cambiando las alubias que cultiva por un poco de arroz consigue mucho: el tiempo que le queda para pasearse, entre tres y cuatro horas diarias, y disfrutar sin límites d e los espectáculos gratuitos de la naturaleza.

Para ganar lo suficiente para vivir le basta trabajar un día a la semana. Todos los días laborables de más sólo sirven para ganar lo inútil, lo futil, el lujo y devorar lo esencial. 

Thoreau no fue demasiado lejos en sus paseos, no salió "a ver otros mundos". Y sin embargo su relato Walden fascina más que cualquier relato de viajes por la radicalidad de su conversión que hace parecer sosas las grandilocuentes epopeyas de los aventureros. El sentido del andar no es ir hacia la alteridad, otros mundos, otras caras, otras civilizaciones. Está más bien al margen de cualquier mundo civilizado.
Andar es ponerse al margen de los que trabajan, al margen de las carreteras en las que se permite la velocidad, al margen de los explotadores, de los laboriosos, de la gente seria que siempre tiene algo mejor que hacer que acoger la pálida dulzura de un sol de invierno o la frescura de la brisa de la primavera. 

Andar no es sólo cuestión de verdad, también es cuestión de realidad. No la realidad como una exterioridad física ni como lo que cuenta para el sujeto, sino como lo que aguanta: principio de solidez y de resistencia. Andar es comprobar cada vez que la tierra resiste. En cada paso todo mi peso corporal encuentra apoyo y toma impulso: 

"Por todas partes hay un fondo serio".

Los caminos llenos de nieve hacen temblar las piernas, el pie se hunde y se puede pisar el hielo. También en los suelos demasiado mojados, llenos de piedras o de arena, el cuerpo se ve obligado a sostenerse a sí mismo, a llevar el peso hacia arriba. La blandura de la tierra inquieta al pie, por el contrario las aceras son demasiado duras para caminar; resuenan como tambores vacíos. La regularidad perfecta de los caminos asfaltados acaba por aburrir a los pies, la realidad no es tan monótona.


Thoreau decidió que dedicaría a escribir el mismo tiempo que hubiera dedicado a andar.Para evitar las trampas de la cultura y de las bibliotecas. Puesto que sino se escribe lo que se ha leído en otros. Escribir debería de ser un testimonio de la experiencia muda, viva, y no el comentario de otro libro. El libro es el testigo que se pasa un corredor a otro en una carrera de relevos. El libro que nace de la experiencia te envía a la experiencia. Los libros no son los que nos enseñan a vivir sino los que nos dan ganas de vivir, de vivir de otra manera: de encontrar en nosotros la posibilidad de la vida, su principio. La vida no está entre dos libros, entre dos lecturas, sino que el libro hace esperar una existencia diferente. No es lo que nos hace escapar del gris de la cotidianeidad, sino lo que nos hace pasar de una vida a otra.

"Es vano sentarse a escribir cuando uno se ha levantado para vivir."

Hay que buscar la escritura de lo real. escribir sólo en la prolongación de lo que se ha andado, de los pasos marcados. Porque entonces en el pensamiento no se busca más que lo sólido. No hay que escribir más que lo que se ha vivido intensamente. No tener como base sólida más que la experiencia:

"Hay que atravesar el barro de la opinión, de los prejuicios, de la tradición, de la ilusión, de la apariencia, esos aluviones que cubren el globo, desde París a Londres, de Newe York a Boston y a Concord, pasar a través de la Iglesia y del Estado, de la poesía, la filosofía y la religión, hasta llegar al fondo sólido, a las rocas que están en su sitio y que podemos llamar realidad, hasta poder decir: esto es, sin error."

En el andar se trata de la propia realidad de uno. El hombre no se siente "en" la naturaleza, sino que se siente natural. No se trata de "comunión" o de "fusión". Estas expresiones son apropiadas para las grandes experiencias místicas en las que el pensamiento llega a su culmen y se desvanece en el Todo. Andar hace sentir la participación: siento en mí el vegetal, el mineral, el animal. Me siento hecha de la misma madera que el árbol del que toco la corteza, del mismo tejido de las hierbas que acaricio, y mi respiración cansada cuando me paro se acompasa con la la liebre, el zorro, la ardilla que se me paran delante.

Esta prueba de realidad reencontrada a lo largo de todo el día gracias a la solidez del suelo, y también al al consistencia de mi ser repetida en la espesura que me rodea, acaba en mí por una plenitud de confianza. Andar como se suele decir "vacía la cabeza". Andar llena el alma de otra consistencia. No la de las ideas o las doctrinas, no la de las citas, las teorías, sino la de la plena presencia del mundo. Esa presencia que en la marcha se ha ido depositando regularmente en el alma  a lo largo del día. Y cuando cae la noche, no hace falta casi pensar: basta respirar, cerrar los ojos y sentir en el cuerpo las capas de paisajes que flotan y se recomponen: el color del cielo, el resplandor de las hojas, la silueta de las colinas. Confianza que no es una esperanza sino una certeza muda. El hombre que anda durante todo el día por la noche es alguien seguro.





Thoreau prefiere irse "au petit matin". Hay que irse al alba, "la del alba sería cuando don Quijote salió de la venta". En esa hora indecisa, azul, se sienten los balbuceos de la presencia. Andar por la mañana es reencontrar la pobreza de nuestra voluntad, en el sentido en el que querer es lo contrario de acompañar. El día no empieza como un acto de voluntad, antes bien, el sol va saliendo con una certeza tranquila. Andar por la mañana es comprender la fuerza de los comienzos naturales. 

"La salud se mide por el amor a las mañanas". 

Andar cuando hace frío. La felicidad de andar con tiempo frío está en el fuego que se nota arder en el pecho:

"Existe un fuego subterráneo que se incuba en la naturaleza y nunca se apaga, y ningún frío puede con él... Ese fuego subterráneo tiene su altar en cada pecho humano. En efecto, en el día más frío y la colina más expuesta, el caminante alimenta en los pliegues de su chaqueta un fuego más caliente que el que alumbra en el hogar. Un hombre sano equilibra cada estación, de manera que en invierno el verano está en su corazón: Ahí está el sur."

La primera energía que se siente al andar es la propia. No se trata de una explosión de fuerza sino de una irradiación continua y sensible.
Los indios americanos consideraban la tierra como una fuente de sabiduría. Acostarse sobre ella permite descansar, sentarse sobre ella da sabiduría en los consejos, andar sintiendo el contacto con la tierra hace más fuerte y más resistente. La Tierra inagotable pozo de fuerza, porque es la Madre originaria y porque encierra en ella todos los antepasados muertos. Es el elemento de transmisión, mejor que levantar los brazos para implorar la gracia de  las divinidades celestes, el indio americano prefiere andar descalzo sobre la tierra. El suelo tranquiliza, fortifica, lava y cura. Sentarse o echarse en el suelo permite a los indios pensar más profundamente y sentir más vivamente, contemplar con mayor claridad los misterios de la vida y sentirse más cercano a todas las fuerzas vivas. 

Me voy a andar...

sábado, 28 de enero de 2012

Filosofía del andar

Autora Ana Azanza


Hacía tiempo que tenía pendiente hacerme eco de este maravilloso libro de Frédéric Gros, habitual estudioso de la historia de la psiquiatría (Creation et folie), profesor en la universidad de París VII y editor de los últimos cursos que Michel Focuault pronunció en el Collége de France:

Marcher, une philosophie

Se hace eco de las meditaciones que sobre el andar hicieron grandes pensadores, Rousseau, Nietzsche, Thoreau, el poeta Rimbaud que pasó su vida huyendo a pie de todas partes.

Comienza el libro con un simple reconocimiento: andar no es un deporte. No hay marcas que batir, no hay espectáculo, ni ropas especiales de marca que ponerse. No hay técnicas que necesiten de un lento y largo aprendizaje. Para andar lo esencial son las dos piernas, lo demás es vanidad. ¿Quieres ir más rápido?, no andes, haz otra cosa, vete en coche, esquía, vuela. No te dediques a andar.

Nietzsche se pasó la vida andando. De sus paseos destaca el movimiento de ascensión. Dice Zaratustra: "soy el hombre que viaja, que sube las montañas, no me gustan las llanuras, no puedo quedarme sentado mucho tiempo, y cualquiera que sea mi destino futuro, siempre necesitaré caminar y ascender, la experiencia es siempre de uno mismo" Andar es para Nietzsche elevarse, trepar, subir.

El cuerpo que sube hace un esfuerzo, está en tensión continua. Ayuda al pensamiento en su ascensión: un poco más lejos, un poco más alto. No hay que desfallecer, hay que movilizar la energía para avanzar, apoyar firmemente un pie y alzar el cuerpo lentamente, luego reencontrar el equilibrio. Lo mismo que el pensamiento: una idea sirve para elevarse a otra cosa más increíble, más nueva.

Tenemos que subir siempre más arriba, lentamente, pero cada vez más alto, para obtener un punto de vista separado sobre nuestra vieja civilización. Compasión que siente Nietzsche al ver a los humanos ocuparse en mil cosas, en ir a misa o a jugar, buscando el reconocimiento de los demás, dejándose ahogar por tristes imágenes, pobres de si mismos. Mientras que desde arriba se comprende que es el veneno de las morales sedentarias lo que enferma al hombre.



En el curso de un largo paseo siempre encontramos ese paso del collado en el que de pronto aparece un nuevo paisaje. Está el esfuerzo, la subida y luego el cuerpo se gira y ve a sus pies la inmensidad, o bien al girar en el camino, ocurre una transformación: una cadena de montañas, un esplendor que nos estaba esperando.

Cuando andamos las noticias no importan. Si se trata de una larga caminata de varios días enseguida se olvida todo lo que ocupa al mundo, el último eco del último caso. Ya no interesa enterarse de cómo empezó todo ni cómo siguió. "¿Sabes la última noticia?". Cuando se anda todo esto no importa. Al estar en presencia de lo que dura absolutamente nos despegamos de las noticias efímeras que normalmente nos hacen cautivos. Es extraño observar como, cuando se anda lejos durante mucho tiempo, uno llega a preguntarse cómo podía interesarse por esas cosas. La respiración lenta de las cosas hace aparecer el jadeo cotidiano como vana y enfermiza agitación.

La primera eternidad con la que nos encontramos es la de las piedras, del movimiento de las llanuras, de las líneas del horizonte: todo eso resiste. Y al ser confrontados con esta solidez que está por encima de nosotros los hechos cotidianos, las noticias aparecen como polvo arrastrado por el viento. Es una eternidad inmóvil que vibra ahí mismo. Andar es hacer la experiencia de esas realidades que insisten, sin hacer ruido, humildemente -el árbol que crece en medio de las rocas, el pájaro que está al acecho, el arroyo que encuentra su curso- sin esperar nada.



Andar acalla de pronto los rumores y las quejas, detiene el interminable parloteo por el que uno comenta sobre los otros sin cesar, o se evalúa, se recompone, se reinterpreta a sí mismo. Andar silencia el indefinido soliloquio en el que surgen los agrios rencores, las satisfacciones imbéciles, las venganzas fáciles. Estoy en frente de esta montaña, ando en medio de los árboles y pienso: están ahí. Están ahí y no me esperaban, están ahí desde siempre. Llegaron mucho antes que yo y seguirán mucho después.



Llegará un buen día en que dejaremos de estar preocupados, acaparados por las tareas, prisioneros de ellas, muchas de ellas las inventamos, nos las imponemos a nosotros mismos. Trabajar, juntar ahorros, estar siempre pendiente para no perdernos las ocasiones de hacer carrera, ambicionar tal o tal puesto, terminar deprisa, inquietarse por los demás. Hacer esto, ir a ver aquello, invitar a fulano: obligaciones sociales, modas culturales, agitación... Siempre haciendo algo. ¿Y ser? Lo dejamos para más tarde: siempre hay cosas mejores, más urgentes, más importantes que hacer. Mañana será otra día. Pero mañana trae consigo las tareas de pasado mañana. Túnel sin final. Y a eso le llaman vivir...



Incluso los momentos de rélax deben llevar la marca de esta obstinación: deporte a ultranza, descansos excitantes, fiestas caras, noches competentes, vacaciones caras. De tal forma que al final no queda más salida que la melancolía o la muerte.

Nada se hace mientras se anda, nada más que andar. Pero el hecho de no tener que hacer otra cosa permite reencontrarse con el puro sentimiento de ser, de redescubrir la simple alegría de existir, la de la infancia. Así el caminar al descargarnos, al arrancarnos de la obsesión por hacer, es un juego de niños. Maravillarse del día que hace, del resplandor del sol, de la grandeza de los árboles, del azul del cielo.No necesito para ello ninguna experiencia, ninguna competencia. Por eso precisamente hay que desconfiar de los que andan demasiado y demasiado lejos: ya lo han visto todo y sólo hacen comparaciones. El niño eterno es el que nunca ha visto nada tan bello porque no compara. Cuando uno se va durante días o semanas, no sólo deja atrás su oficio, a sus vecinos, sus negocios, sus costumbres, sus preocupaciones. También quedan atrás nuestras identidades complicadas, nuestras máscaras. Ya nada de eso sirve porque para andar sólo se necesita el cuerpo. Ni el saber ni las lecturas ni las relaciones van a ser útiles: bastan las dos piernas y dos ojos para ver.

Andar, irse solo, ascender montañas o atravesar bosques. No eres nadie para las colinas ni para las grandes masas forestales. No eres ni un rol ni un estatus, ni siquiera un personaje, sólo eres un cuerpo, un cuerpo que nota las piedrecillas del camino, la caricia de las hierbas más altas, y el frescor del viento. Cuando se anda, el mundo ya no tiene ni presente ni futuro. Ya no queda más que el ciclo de las mañanas y de los atardeceres. Hay que hacer lo mismo cada día, andar. Pero el que andando se maravilla (el azul de las piedras bajo la luz de un atardecer de julio, el verde plateado de las hojas de un olivo a mediodía, las colinas violetas por la mañana) no tiene ni pasado, ni proyectos, ni experiencia. En él está el eterno niño. Andando no soy más que una simple mirada.

"En el bosque, un hombre deja sus años como una serpiente su antigua piel, y sea cual sea el período de su vida en este momento, siempre es un niño. En el bosque se encuentra la juventud eterna... Siento que nada puede pasarme, ni infortunio, ni desgracia que la naturaleza no pueda reparar puesto que tengo mis ojos. De pie sobre la tierra desnuda, la cabeza bañada en una alegre atmósfera, elevándose en el espacio infinito, todos nuestros egoísmos y mezquindades, desaparecen. Me transformo en una pupila transparente, no soy nada y veo todo" (R-W Emerson, "Naturaleza")

Con sus sacudidas la Naturaleza nos despierta de la pesadilla del hombre....

Cuando voy en coche a veces me paro, hay paisajes, contemplo la línea pura de las montañas, soy transportada a fascinantes desiertos, atravieso increíbles bosques. A veces me paro, doy algunos pasos, hago una foto. Me enseñan y detallan; el nombre de los árboles, la forma de las plantas, el revés de los relieves. También el sol quema, los colores son igual de brillantes, el cielo igual de generoso.


Pero andar impregna. Andar interminablemente, hacer pasar por los poros de la piel la altura de las montañas cuando se les enfrenta durante largo tiempo, respirar durante horas la forma de las colinas bajándolas lentamente. El cuerpo es moldeado por la tierra que pisa. Y progresivamente ya no está en el paisaje, es el paisaje. No se trata de una disolución como si el que anda se desvaneciera y se transformara en una simple inflexión, una línea suplementaria. Porque en él de pronto se ilumina esta relación. Es como un instante que estalla. Un fuego brusco: el tiempo se enciende. Sentimiento de eternidad, de golpe la vibración de la presencia. La eternidad aquí, como una chispa...

domingo, 15 de enero de 2012

Paleoantropología en crisis





Autora Ana Azanza

Interesante documental sobre Anne Dambricourt, paleoantropóloga cuyas tesis sobre la evolución humana produjeron una agria polémica entre los darwinistas acérrimos. Según Anne Dambricourt el secreto de la evolución del cuerpo humano estaría en este hueso de la base del cráneo que tiene forma de mariposa y que se llama esfenoides, lo dice hacia el minuto 14.


Todo empezó por la tesis doctoral de Drambicourt de 1983 sobre las mandíbulas fosilizadas de nuestos antepasados. Se le ocurrió girar los cráneos y comparar no las mandíbulas sino la base de los cráneos del joven chimpancé y del Neandertal. Los cráneos se mueven al pasar de una especie a otra, si la forma de la mandíbula cambia se debe a que cambia la posición de la base del cráneo.

La evolución que conduce a la especie humana desde el australopitecus se debería a que dicho hueso aparentemente de forma inesperada se pliega en cada nueva especie. El hueso está más plano en los monos y mucho más curvado en el hombre. Esa curvatura influye en la visión estereoscópica, en la que los dos ojos se usan conjuntamente.
Lo curioso del caso es que sus investigaciones sobre la diferente curvatura van en la línea de lo que una odontóloga ha observado en los niños que padecen de los dientes debido a la posición o forma del hueso. Nuestros dientes se mueven. La odóntologa corrige la posición de los dientes en los niños. En Europa el 70% de los niños tienen problemas, en USA el 80%,  en Japón el 95%. Cada vez tenemos más problemas con la posición de los dientes. Filogénesis y ontogénesis parecen coincidir. La base del cráneo se flexiona a lo largo de la evolución, siempre en el mismo sentido.

Este descubrimiento va en contra de los defensores de las mutaciones del ADN al azar, de los que dicen que el hombre es un "mono que baja del árbol" y habita en la sabana. La adaptación al medio sería el motor de la evolución. Pero ¿si el secreto de la evolución estuviera dentro y no fuera de nosotros?

Lo determinante ya no sería vivir en la sabana, puesto que parece ser que los primeros especímenes capaces de ponerse de pie seguían viviendo en los árboles, o al menos eran capaces de hacerlo. Yves Coppens, el descubridor de Lucy, autor de documentales reputados se opone a esta nueva idea.
Pero los propios científicos discuten sobre la definición del taxón homínido.

En 1997 un fósil de australopitecus descubierto en Sudáfrica dió un vuelco a la investigación. Su pie estaba más adaptado a la vida en los árboles que en la sabana. Podía separar el dedo gordo de sus pies de los demás dedos, y por tanto podía subir por los troncos. Philip Tobias dice que todos los fósiles de plantas y animales de Africa del este no presentan ningún signo de adaptación a la sabana. Sino que todos están adaptados a la vida en el bosque.

Molestó su descubrimiento ya que parece apoyar a los creacionistas partidarios de una intervención divina en la evolución. No me parece que los enemigos de Dambricour tengan forzosamente razón, me interesa su teoría de una especie de memoria de la vida que está dentro de cada uno de los vivientes y que da lugar a los cambios.

 Esto de que el secreto de nuestros cambios fisiológicos y físicos como especie estén en un hueso con forma de mariposa que sin avisar se pliega en determinados individuos me parece digno de atención. La forma del hueso me ha recordado a lo que con frecuencia he escuchado al profesor José Biedma sobre la  etimología de la palabra alma.

Algo sobre esta polémica investigadora se puede leer aquí:

http://www.multilingualarchive.com/ma/frwiki/es/Anne_Dambricourt-Malass%C3%A9

En el vídeo se muestra el único fósil de australopitecus conservado (min. 28). La curvatura del esfenoides da una explicación al origen del lenguaje humano. Durante cuatro millones de años reinarán los australopitecus, que nunca dominaron el fuego, este personaje tenía el futuro dentro de él. Hace 2 millones de años el esfenoides se flexiona una segunda vez y aparece el "homo", ergaster, habilis, erectus... tienen el esfenoides más curvado que en el australopitecus. Aparece el lenguaje: la nueva posición del esfenoides liberó la laringe, haciendo posible la palabra (min. 31:54). Los primeros hombres no podían pronunciar las vocales, utilizaban chasquidos de la lengua contra el paladar, los dientes y las paredes de la boca. Habla el científico del lenguaje descubriendo los secretos de esos primeros idiomas humanos. Y hablan las mujeres bosquimanas que explican que sus antepasados han aprendido de los animales a realizar sonidos..

Hace 160.000 años el esfenoides se volvió a plegar, el cerebro se complica, está mejor irrigado. Y vemos una evolución cultural rápida, ha aparecido el homo sapiens. Con su pensamiento abstracto, la herramienta no es sólo útil, también es objeto de prestigio, aparece el arte sobre las paredes rocosas. Es la primera forma de escritura.

Dado que el blog se titula Espíritu y Cuerpo encontrar que en un hueso con forma de mariposa está el secreto de nuestro cuerpo humano es el artículo que no podía faltar.


Lo curioso del caso es que podría ser que en el futuro dicho hueso se curve aún más  y dé lugar a cambios importantes, ¿quizás a otra especie? la ciencia ficción ya no me interesa tanto. Pero el vídeo merece la pena.