domingo, 9 de diciembre de 2012

APOSTANDO POR LA VIDA : NIETZSCHE CON SPINOZA Y CONTRA CIORAN



 Escrito por Luis Roca Jusmet



  NIetzsche y Spinoza son dos filósofos que se presentan como antitéticos a nivel de manual. Nietzsche y Cioran son, en cambio, dos filósofos que parecen presentar secretas afinidades. Muchos son los lectores que siente fascinación por ambos. El filósofo contemporáneo Clément Rosset es un paradigma. Pero Nietzsche y Cioran son incompatibles, mientras que Nietzsche y Spinoza son mucho más afines en su ética. Hablo de ética y no de política. En este campo Nietzsche tiene una concepción jerárquica y antidemocrática, es antiigualitario. Spinoza, en cambio, defendía la democracia radicalmente. Es el sistema político que desarrolla todas las capacidades, todas las potencias. El hombre es un esclavo cuando se somete a sus pasiones o cuando lo hace a una Autoridad. La democracia conduce a seguir las leyes que la comunidad como conjunto ha decidido. Spinoza es, en este sentido, muy superior a Nietzsche. Cioran es, en cambio, un escéptico conservador en la política, aunque tuvo afinidades juveniles con el fascismo.

 Nietzsche se refiere a Spinoza de manera ambivalente, que no es poco. No es poco porque Nietzsche quiere derribar ídolos y no perdona a nadie : normalmente lo descuartiza. Que reconozca lo que tiene de bueno es ya un síntoma de respeto por parte de Nietzsche. A veces se ríe de Spinoza porque no soporta su ideal de conocimiento basado en el Amor de Dios. Aquí Nietzsche, cegado por su agresividad contra cualquier forma de deísmo, cae en la trampa y no es capaz de una lectura más sutil. Pero en su correspondencia Nietzsche señala lo mucho que le une a Spinoza. Deleuze fue el primero en unirlos.

viernes, 7 de diciembre de 2012

EL HOMBRE ES POLVO PRENDADO DE FANTASMAS


" Polvo prendado de fantasmas, tal es el hombre : su imagen absoluta, de parecido real, se encarnaría en un Quijote visto por Esquilo..."





   En el Breviario de podredumbre) en el fragmento titulado “Le mesonge immanent” escribe Cioran : Une poussière éprise de fantômes,- tel est l'homme: son imatge absolute, idéalement ressemblante, s'incarnerait dans un Don Quichotte vu part Eschyle... " ( Polvo prendado de fantasmas, tal es el hombre : su imagen absoluta, de parecido real, se encarnaría en un Quijote visto por Esquilo..." )
 El aforismo, genial y certero, me abre un horizonte reflexivo muy rico.

El hombre no es "sino la quintaesencia del polvo" dice Hamlet a Rosencranz y a Guildnsteirn frente al esplendor del Universo, del cielo y de la tierra. El polvo no tiene ni la noble solidez de la roca ni el ligero fluir del agua. Es un materia que se disuelve, que se pierde sin eliminarse en un movimiento circular. Ciertamente la dura frase bíblica "Polvo eres y en polvo te convertirás" nos sugiere esta inconsistencia humana tomada en sí misma. Pero para Cioran no hay un Dios que nos redima, seguimos siendo lo que somos, que es nada. Este maldito yo, por usar una certera expresión suya, no es nada. Ni siquiera es la Nada que los budistas nos ofrecen como un horizonte de salvación. Nadie nos salva ya, el mal está hecho : hemos nacido.
Solo nosotros nacemos, solo nosotros morimos. Los animales aparecen y desaparecen en este polvo que ni se reconoce como tal. Pero nacer implica la idea de algo, de alguien, es la conciencia que se materializa. Nuestro sistema nervioso, hipersensible, genera esta conciencia que no es otra cosa que un suponerse separado, que un desarraigo radical con la Naturaleza. Nacer es ser diferente y es esta diferencia la que nos condena. Morir es la idea que nos atraviesa, es el horror que nos espera. Somos algo y esta es nuestra desgracia porque nacemos, primero biológica y después simbólicamente cuando nos hacen entrar en el orden del lenguaje y de la ley. Algunos ilusos hablan de contrato social cuando lo único que hay es un nacimiento y una socialización violenta.
Ni más ni menos : el resto son palabras, consuelos, engaños que nos taponan la idiotez de lo real como diría un admirador de Cioran, Clemence Rosset.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Globalización. Formación. Europa y su legado.



Autora Ana Azanza

En este vídeo Sloterdijk trata el tema de la globalización, entendida en el sentido propio, globalización se da cuando se hace del mundo un todo esférico, un globo. Así los presocráticos, los filósofos griegos y en especial los estoicos que pensaron el mundo como un todo y se dieron por satisfechos. Habían encontrado el “truco” de Dios, cómo funciona el mundo y cómo Dios actúa en él, su entusiasmo dio lugar a la llamada ilustración griega. La inteligencia humana como sucursal de la divina. El modelo de la esfera como representación lógica y racional de la totalidad conforma la primera globalización.

Hubo que esperar siglos para que algunos intrépidos europeos, casualmente españoles y portugueses, se pusieran a construir barcos e hicieran posible dar la vuelta a ese “esfera”. Ellos proporcionaron la prueba fehaciente de que lo del “globo” no era sólo una construcción intelectual. Pero las primeras circumnavegaciones fueron una aventura demasiado arriesgada como para repetirlas alegremente. La segunda globalización dejaba la enormidad de la tierra en su punto.

La tercera y actual globalización, se caracteriza por introducir velocidades inhumanas en el mundo humano, y por lo que no sin cierta ironía descubre Sloterdijk, hoy todo el mundo es vecino de todo el mundo. No sabemos muy bien las consecuencias que se van a seguir de esta situación de vecindad global.

Consideraciones sobre la educación, la formación o “Bildung” alemana, y cómo esa formación se incrementó y difundió en Europa con instituciones inventadas para hacerlo a partir del siglo XVI. La formación está en el centro de nuestras sociedades modernas. La formación que da lugar al “estar en forma”, obsesión de nuestro mundo. Es difícil el juego de palabras que hace Sloterdijk en español por la diferencia “ser” y “estar”. “Ser” se ha convertido en “estar en forma”, en francés e inglés, el verbo es el mismo y el juego de palabras queda más redondo, de “être” hemos pasado a “être en forme”. Alude por supuesto al “souci de soi” foucaultiano.

El tema del crédito que no se puede devolver es dolorosamente actual. Las culturas sobreendeudadas favorecen la visión apocalíptica de las cosas. Esa visión crece en especial en los países islámicos que sueñan con el Apocalipsis de Occidente. Inquietantes pronósticos de Sloterdijk sobre las promesas de felicidad para los africanos que ven la prosperidad en la televisión sin poder disfrutar de ella.

Rémi Brague por su parte, se centra en Europa, su “ser” histórico, su misión ya cumplida de crisol de culturas y fermentación del pensamiento antiguo. No comparto su visión negativa de su propia generación, la de la posguerra, ni la visión de Europa como un estudiante poco capacitado que si hace horas extra es capaz de llegar a algo. Tampoco me parece muy justo decir que es la iglesia la que empujó al nacimiento del poder civil independiente de lo religioso. Cuando los papas medievales querían monopolizar lo sagrado, defendían su propio territorio de ingerencias.

Compara las grandes civilizaciones de la Edad Media, la curiosidad que ha caracterizado a Europa antes que a nadie por los demás pueblos y culturas. Los sucesivos renacimientos europeos han sido posibles por haber guardado esa herencia griega y judía.  España como lugar de transmisión jugó su  papel en la Edad Media con los traductores de Toledo.

La separación de lo político y lo religioso, de lo práctico y lo religioso la ve Remi Brague como una aportación del cristianismo. Incluso cuando Constantino lanzó como él dice su OPA sobre la iglesia hubo resistencias al poder político en los monjes que se retiraban al desierto. 

miércoles, 5 de diciembre de 2012

EL CAPITALISMO EMOCIONAL : EVA ILLOUZ



   La sociología cualitativa proporciona hoy al ciudadano crítico elementos fundamentales para entender la sociedad contemporánea. Al lado de los más reconocidos ( Wallernstein, Sennett, Bauman...) hay sociólogos más jóvenes pero que han desarrollado ya una actividad imprescindible. Entre estos destaca Eva Illouz, nacida en 1961 en Marruecos pero profesora de la Universidad Hebrea de Jerusalén. Su línea de investigación pasa por lo que podríamos llamar la sociología de las emociones. Hay dos titulos, publicados igualmente por Katz ( Intimidades congeladas y La salvación del alma moderna) que serán la base de estas reflexiones.

    Es interesante entender el sentido crítico que tiene este libro. No es crítico en el sentido de hacer una crítica desde un criterio determinado sino que lo es en el sentido de mostrar lo que hay detrás de un discurso ideológico, que en este caso es el terapéutico. No se trata de volver a la distinción absoluta de un Althusser cuando contrapone ciencia a ideología pero sí de recoger la posibilidad de un análisis racional y empírico que muestre lo que un discurso oculta. Como socióloga de mirada amplia trabajará materiales diversos, que van desde lecturas de textos hasta entrevista y, por supuesto, trabajo de campo. Se trata de distanciarse así de aquello que al presentarse como evidente nos atrapa sin posibilidad de crítica. Eva Illouz se presenta como una socióloga de la cultura que no quiere ser una "maestra de la sospecha" ( al estilo de Foucault) sino una estudiosa del modo como el lenguaje de la terapia ha reformulado la identidad contemporánea, constityéndose a la vez como teoría y como práctica. Teoría que es utilizada para entendernos a nosotros mismos y a los otros y práctica que nos dice lo que debemos hacer. Pero no son sólo los usos individuales los que hay que analizar sino sobre todo la manera como este discurso y sus efectos han invadido las instituciones ( empresa, escuela...) y en conjunto a toda la sociedad. Es lástima que la autora no utilice una noción, la de imaginario, que podría ser clarificadora en este sentido.
  
   La autora formula una hipótesis interesante : las ideas más exitosas ( como el psicoanálisis) son las que encajan en la vida social dando sentido a las experiencias contemporáneas; proporcionan una guía delante de situaciones sociales conflictivas y son institucionalizadas y puestas en circulación por las redes sociales. Es decir, que hay un abordaje pragmático ya que son las que nos ayudan a hacer cosas, es decir a encararnos con cuestiones prácticas y darnos pautas para resolverlas. Aquí hay el aspecto positivo de una noción althusseriana de ideología tal como la recogía Terry Eagleton : la ideología es básicamente operativa. Otra hipótesis metodológica es que los cambios culturales reciclan el viejo material cultural y coexisten con él. La pregunta específica que se hace la socióloga es de qué manera este nuevo discurso terapéutico rearticula creencias anteriores. En todo caso hay que remarcar que, como buena socióloga, Eva Illouz no solo delimita la temática y la temporalidad de su estudio sino también el espacio. En este sentido la sociedad de la que habla es EEUU pero no hemos de olvidar su papel hegemónico cultural en la sociedad capitalista globalizada y como este discurso terapéutico del que nos habla es cada vez más dominante en nuestra sociedad y especialmente en las instituciones educativas. 


sábado, 1 de diciembre de 2012

LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES DE LA ANTIGUEDAD. EL DEBATE ENTRE PIERRE HADOT Y MICHEL FOUCAULT

   Desde perspectivas y trayectorias diferentes dos filósofos franceses, Pierre Hadot y Michel Foucault han intentado extraer lo que podemos aprender de las escuelas filosóficas grecorromanas. Nacidos con pocos años de diferencia (Hadot en 1922, Foucault en 1926) hasta muy tardíamente no coincidieron en sus intereses. La muerte prematura de Foucault malogró un debate que podía haber sido muy fructífero. Mientras las referencias de Foucault a Hadot son puntuales y académicas, Pierre Hadot formula tras la muerte del anterior una crítica respetuosa pero clara a su planteamiento. Sin duda hay un debate de fondo muy interesante sobre la manera como ambos defienden la filosofía como forma de vida y en cómo interpretan a los antiguos según sus diferentes perspectivas. El debate que filosóficamente sería posible y fecundo se vuelve imposible. Es curioso comparar cómo trayectorias tan diferentes pueden converger en la madurez, a partir del interés mutuo que manifiestan a partir de 1980 (Pierre Hadot tiene 58 años y Michel Foucault 54). Foucault apoyará en este momento la candidatura de Pierre Hadot para la cátedra del College de France, que por cierto conseguirá.

    Las vidas de Pierre Hadot y de Michel Foucault, a pesar de ser de la misma generación y de un origen social relativamente similar (familias conservadoras de la pequeña o mediana burguesía) radicalmente diferentes. Hadot tiene un carácter estable y una vida relativamente convencional mientras que Foucault tiene una personalidad difícil y tortuosa y una vida bastante inestable, moviéndose siempre en los límites de la transgresión. Pero en la madurez Foucault parece buscar la serenidad que Hadot, por su parte, ya parecía haber encontrado.


Autoestima: Orgullo y vanidad

El autor de esta entrada,
delante de la tumba de Adam Smith
en Edimburgo (Canongate Kirkyard)

En La Teoría de los sentimientos morales de Adam Smith

 Al filósofo escocés Adam Smith se le suele recordar principalmente por su contribución a la historia de la economía política, y más concretamente como apóstol del utilitarismo liberal. Sin embargo la sexta y última edición que vio en vida de su Teoría de los sentimientos morales, revisada el año de su muerte (1790), rebosa desprecio por lo que el autor veía como el creciente egoísmo economicista de su tiempo. Fue su Teoría de los sentimientos morales (1759), y no su doctrina sobre la riqueza de las naciones, la que estableció su reputación como filósofo en toda Europa. Durante el siglo XVIII, dicha obra, que el propio Smith consideró siempre como superior a La Riqueza de las naciones fue traducida al francés tres veces, al alemán dos veces, y fue reeditada nada menos que veintiséis veces en inglés entre 1759 y 1825. Leída y comentada por los más eminentes filósofos de la ilustración -incluido Kant- fue objeto de análisis (y refutación) por filósofos como Victor Cousin hasta bien entrado el siglo XIX.

El renacimiento del interés por la Teoría de los sentimientos ha tenido que ver con la fascinación por la metáfora de la mano invisible, que describe el mecanismo de asignación óptima de recursos en una economía de libre mercado, y que se desarrolla incluso con más detalle en la cuarta parte de esta obra (Del efecto de la utilidad sobre el sentimiento de aprobación) que en la Riqueza de las naciones[1]. Lo cual no deja de ser una reducción sorprendente y empobrecedora, pues la teoría de la inteligencia emocional, el valor de la educación sentimental y el énfasis pedagógico actual en el concepto de empatía, podrían hallar en la obra del escocés filón inagotable para sus propósitos, tanto teóricos como prácticos.

Adam Smith fue un hombre extraordinariamente moderado y sensato. Para nuestro filósofo el derecho debía estar íntimamente vinculado a la moral. Smith no fue un utilitarista tan absoluto como se suele pensar, sino más bien un estoico que ensalza la frugalidad y la laboriosidad, y desprecia las riquezas materiales[2]; ni siquiera fue partidario de la desaparición de los aranceles, sino de su moderación y reforma. Pensaba que se podría vivir sin beneficencia, pero no sin justicia. De hecho, el control de las pasiones en el plano moral es el análogo al control del mercado en el plano económico. Cada persona debería poder actuar libremente en el mercado, siempre y cuando no viole las leyes de la justicia. Según su amigo y biógrafo Dugald Stewart, Smith declaró que el camino que cualquier país debe seguir para desarrollarse deberá fundamentarse en: paz, impuestos moderados y una tolerable administración de justicia. Por desgracia, y aunque Smith no concibiera nunca la economía separada totalmente de la moral, La Riqueza de las naciones se convertiría con el tiempo en el punto de partida de una ciencia autónoma que reivindicaría su absoluta independencia de la moral, y en un panfleto del liberalismo sin matices, con el resultado que estamos viendo y padeciendo…

Contra Hobbes y Mandeville, Smith no piensa que el hombre sea un lobo, ni un egoísta redomado, más bien concibe la sociedad como un espejo, puesto que el ser humano no sólo quiere ser aprobado por los demás en lo que hace, sino ser aprobable[3]. Es decir, en general ansiamos hacer las cosas bien, aunque no nos aplaudan por ello. Ello es así porque, en función de nuestras relaciones con los demás, llevamos o formamos dentro de nosotros, en nuestro corazón, un espectador imparcial, juez insobornable de cuanto realizamos. Ese espectador recuerda al demon socrático, y de hecho, Smith llega a llamarle “semidios” (“el gran recluso, el egregio semidiós dentro del pecho”[4]). El espectador imparcial resulta de un desdoblamiento de la personalidad y es fruto de la imaginación, o sea, de nuestra capacidad simpatética para ponernos en lugar de los demás. La simpatía con las motivaciones[5] de las personas constituye la base de nuestra aprobación moral de su conducta. Para Smith, el amor propio (self-love) es muy diferente del egoísmo (selfishness) y es compatible con la simpatía. Por eso, el buscar que nos estimen es tan natural como legítimo, y no debe ser confundido con la vanidad.

En la línea de toda la escuela escocesa moderna, David Hume y Adam Smith, que fueron íntimos amigos y frecuentes corresponsales, quisieron naturalizar el estudio de la moral, la política y la sociedad, descubriendo los mecanismos que explicaban la conducta humana, del mismo modo que Newton había descubierto los simples mecanismos que regulaban las relaciones entre los planetas y las estrellas. No obstante, la teoría de Smith es menos mecanicista y materialista que la de su amigo Hume, con el que sin embargo contrajo otras deudas filosóficas. Y por supuesto, Smith es mucho más cauto que su amigo en la expresión de sus sentimientos -o ausencia de sentimientos- religiosos. Precisamente, Smith se aparta de Hume porque no cree que sólo la utilidad pueda dar cuenta de la conducta humana. Tampoco sólo el principio de benevolencia de Hutcheson (su profesor y antecesor en la cátedra de Glasgow[6]). Para Smith, los verdaderos principios de la moral tienen que ver con la simpatía y el espectador imparcial que todos llevamos dentro. En la línea del empirismo y psicologismo británico de la época, se trata de una causa natural y de una razón psicológica: es el amor a lo honorable, el aprecio a la dignidad de nuestra propia personalidad lo que nos mueve a ser correctos y a realizar conductas apropiadas en cada circunstancia.

Igual que se considera a Hume un ilustre precedente del movimiento analítico, habría que considerar a Smith como un antecedente extraordinario de análisis de la emotividad humana en su relación con la conducta moral y ayudándose muchas veces de un fino análisis de los usos corrientes del lenguaje. Me ha impresionado sobremanera el fino análisis que en la parte VI de la Teoría de los sentimientos, cuando trata del carácter de la virtud y se refiere a la continencia, hace Smith de la autoestima, de sus excesos y defectos. Y, muy particularmente, de la distinción que realiza entre el orgullo y la vanidad.

Es tan agradable pensar bien de nosotros mismos y tan desagradable pensar mal, que para cualquier persona será preferible un exceso de autoestima que un defecto de amor propio. Sin embargo, al espectador imparcial y a las otras personas las cosas les parecerán muy distintas, pues siempre resultará más agradable, en los demás, un defecto de autoestima que un exceso, ya que soportamos mal a quienes nos imponen su superioridad –o lo que ellos creen que es su superioridad- porque su autoestima mortifica la nuestra. Es nuestro orgullo y vanidad lo que nos impele a acusar a otros de orgullo y vanidad[7].

Calculamos nuestros méritos según dos patrones diferentes. Uno es la idea de la exacta propiedad y perfección, en la medida en que somos capaces de elevarnos hasta esta noción[8]. El otro es el nivel de aproximación a esta idea que es alcanzado por el mundo. Nos juzgamos en función de estos dos patrones: el ideal, por un lado, y el qué pensarán o dirán los demás.
En la medida en que atendemos al ideal no podemos sino sabernos débiles e imperfectos, comprendiendo, como comprende el sabio, que nunca hay el menor motivo para la arrogancia y la presunción, y sí para la humildad y hasta para el remordimiento y la contrición. Pero cuando miramos hacia el patrón medio y mundano, bien podemos sentirnos por encima o por debajo de lo normal. En cada uno de nosotros hay un espectador ideal, un ilustre juez y árbitro de la conducta, aunque el sabio adquiera de este “semidiós”[9] un perfil más nítido y acusado, procurando en todo la asimilación en su propio carácter de ese arquetipo de perfección. En efecto, al juzgar nuestra conducta desde ese ideal de perfección, siempre hay razones para la modestia: “¿quién es tan perfecto como para carecer de bastantes superiores en muchos aspectos diferentes?”. Por eso el gran artista siempre percibe la imperfección de sus mejores creaciones y sólo el artista menor está plenamente satisfecho con sus logros. Y por eso la injusticia de los demás jamás incita al sabio a ser injusto[10].

Sin embargo, la atención del común de las personas no está principalmente dirigida hacia el patrón ideal, sino hacia la perfección ordinaria, lo que les dota de un escaso sentido de sus propias carencias e imperfecciones. Todos los grandes líderes, religiosos, militares o civiles, han sido orgullosos y vanidosos, y han conseguido hacer pasar sus vicios y pasiones por carismas. Y es esa excesiva autoadmiración del caudillo la que embauca y encandila a la multitud hacia el perfil del charlatán, del impostor y del demagogo, tanto civil como religioso, prueba de la facilidad con que el vulgo es engañado con las pretensiones más extravagantes e infundadas del orgullo y la vanidad, en el que miran y magnifican, como en un espejo deformante, sus miserables pretensiones. Tal insolencia puede que tenga una función social positiva, pues permite que las masas se embarquen en empresas extraordinarias, a las que no acudirían motu proprio, a la vez que fuerza su sumisión y obediencia. Smith cita los casos de Alejandro, Sócrates o César. El primero fantaseó con ser un dios; el ateniense, a pesar de su enorme sabiduría, creía recibir insinuaciones frecuentes y secretas de un ser invisible y divino; y Julio César, a pesar de su incólume cabeza, remontó su genealogía a la mismísima diosa Venus. El éxito y la popularidad trastornan fácilmente a las mentes más ilustres. La admiración nos hace aceptable un gobierno que sólo la fuerza irresistible nos impone.
Y es que la fortuna tiene una acentuada influencia sobre los sentimientos morales de la humanidad y la sabiduría de Dios está presente incluso en la flaqueza y locura del hombre, pues saca bien de mal. No obstante, no podemos compartir ni simpatizar con la autoestima excesiva de las personas en quien no detectamos ninguna superioridad nítida. Nos repugnan moralmente tanto el orgullo como la vanidad.

Smith contrasta con sobresaliente sutileza el perfil del hombre orgulloso y del vanidoso.
El orgulloso es sincero. Está convencido de su superioridad, aunque en ocasiones resulte difícil adivinar en qué se funda. Ansía que los demás le vean como él es, por eso desdeña cortejar la estima ajena y prefiere humillarla. Por el contrario, el hombre vanidoso no es sincero. En el fondo duda de su propia valía y por ello busca el halago y el aplauso sin cesar. Adula para ser adulado. “Su vestimenta, sus bienes, su modo de vida, todos proclaman un rango más elevado y una fortuna más caudalosa que la realidad”.

El hombre orgulloso no siempre se siente a gusto en compañía de sus pares, nunca halaga y a menudo no es cortés con nadie. Prefiere el trato de los más humildes, frente a los cuales puede hacer valer con facilidad sus altivas pretensiones. El vanidoso, al revés, corteja la compañía de sus superiores, le encanta ser invitado a la mesa de los grandes, en la que hará ostentaciones innecesarias con complacencia servil.


A despecho de sus insostenibles pretensiones, la vanidad es casi siempre una pasión alegre y desenvuelta, y a menudo afable. Pero el orgulloso es siempre grave, adusto y severo. Rara vez se rebaja el soberbio a la vileza de la mentira, aunque cuando lo hace busca intencionalmente perjudicar a otros.

Nuestro rechazo del orgullo y la vanidad nos suele equivocar a propósito de la verdadera valía de las personas a las que juzgamos orgullosas o vanidosas. Y puede que estemos equivocados en nuestro menosprecio, ya que muchas veces el orgulloso y el vanidoso valen más de lo que pensamos, aunque no tanto como el orgulloso piensa que realmente vale o el vanidoso desea que se piense que vale.

El orgullo es a menudo acompañado de varias virtudes respetables: veracidad, integridad, alto sentido del honor, amistad cordial y firme, entereza y resolución. A la vanidad le pueden acompañar varias virtudes afables: humanidad, cortesía, deseo de servir en los asuntos de poca monta e incluso una genuina generosidad en los asuntos relevantes, aunque esa liberalidad se despliegue espectacularmente, como un pavo real despliega su cola.
En su tiempo –recoge Smith- los franceses eran tachados de vanidosos, mientras que los españoles lo éramos de orgullosos, considerándose al primer pueblo como afable, y al español como respetable.

Para profundizar en su análisis de ambos vicios, Smith entra en el análisis semántico del lenguaje. Y así afirma que mientras que las palabras “vanidad” y “vanidoso” carecen de sentidos positivos, las palabras “orgullo” y “orgulloso” sí los pueden tener (también en español es esto cierto), y en este sentido positivo, el orgullo (o la soberbia) pueden confundirse con la aristotélica magnanimidad. En efecto, Aristóteles al retratar al magnánimo le otorgó ciertas facetas que suelen atribuirse al carácter español: resuelto en sus decisiones, pausado y hasta lento en sus actos, de voz grave, discurso reflexionado, movimientos despaciosos, aparentemente indolente y perezoso, nada dispuesto a dejarse agitar por menudencias, pero capaz de comportarse con una determinación firme y vigorosa; sólo amante del riesgo y audaz para enfrentarse a grandes peligros, con desconsideración hacia su propia vida.

Lo peor del hombre que se tiene a sí mismo por un dechado de perfección es que desdeña toda mejora ulterior. El soberbio es –o se cree- autosuficiente. Por el contrario, la vanidad puede ser un poderoso estímulo educativo. El gran secreto de la educación –escribe Smith- consiste en dirigir la vanidad hacia objetivos apropiados. El educador no debe permitir que el la vanidad del educando obtenga satisfacción conforme a logros triviales, debe sin embargo adularla respecto al logro de los objetivos que son verdaderamente importantes. Por eso, los educadores debemos estimular la ambición del joven vanidoso, y no ofendernos demasiado si éste se da ínfulas un poco antes de tiempo. La autoestima en la juventud es especialmente apropiada incluso si es exagerada, pues una juventud demasiado modesta y carente de ambiciones es frecuentemente seguida por una edad adulta insignificante, quejosa e infeliz.

También puede suceder que el orgulloso sea a la vez vanidoso, y el vanidoso orgulloso, pues es natural que quien tiene una exagerada autoestima quiera que los demás también lo estimen exageradamente; o que el humano que reclama servilmente más atención de los demás que la que él mismo se presta, acabe pensando de sí mismo –sobre todo si alcanza cierto éxito- mejor de lo que en realidad se merece. Como ambos vicios coinciden a menudo en la misma personalidad, tendemos a confundir sus características “y a veces encontramos la ostentación superficial e impertinente de la vanidad unida a la insolencia más maligna y escarnecedora del orgullo”.

Los individuos superiores pueden a veces subestimarse más que sobrestimarse. Tales personas ganan en el trato lo que pierden en dignidad, pues todos nos sentimos a gusto al lado de las personas modestas y sencillas. Pero éstas corren el riesgo del menosprecio público, pues los hombres de inteligencia no superior a la media nunca aprecian a un individuo más de lo que éste se aprecia a sí mismo. Es frecuente que los idiotas se crean más idiotas de lo que en verdad son. Cualquiera que se tome la molestia de estudiarlos –dice Smith- se dará cuenta de que en muchos aspectos sus capacidades no son menores que las de muchas personas a las que salva su vanidad y orgullo pues, aunque sean tenidas por necias, no son consideradas idiotas por nadie. Es decir, su elevada autoestima les libra de la desconsideración del prójimo.

El nivel de autoestima que contribuye más a la felicidad y alegría de la persona parece el más agradable al “espectador imparcial” que todos llevamos dentro. El varón o la mujer que se aprecian como deben, y no más, casi siempre obtienen de los demás la estima apropiada. No ambicionan más que lo que merecen y están satisfechos con ello. El orgulloso y el vanidoso, por el contrario, están siempre insatisfechos. El primero está atormentado por la indignación, por lo que él piensa que es el injusto estatus o rango alcanzado por otros. Mientras que el vanidoso o la vanidosa sufren el pavor incesante de la vergüenza que sufrirían si lo insostenible de sus pretensiones resulta descubierto.

Lo curioso es que aunque la antipatía que sentimos por soberbios y vanidosos nos impulsa a menospreciarlos, rara vez los maltratamos, salvo si nos ofenden personalmente. Nos conformamos, si hemos de sufrirlos como jefes o compañeros, con acomodarnos lo mejor que podemos a su insensatez. Pero con el individuo que se subestima -a no ser que seamos más generosos e inteligentes que la mayoría- tendemos a ser injustos y hasta crueles, reflejando o magnificando la injusticia que comete consigo mismo al no apreciarse en lo que vale. El humilde está mucho más expuesto a la sevicia que el orgulloso y el vanidoso. Por lo tanto, en casi todas las circunstancias y en cualquier aspecto, es preferible ser un poco demasiado orgulloso que un poco demasiado humilde. Es decir, que con respecto a la autoestima, un  cierto grado de exceso resulta, tanto para la persona como para el espectador imparcial, menos desagradable que cualquier grado de defecto.



[1] Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, 1776.
[2] En su excelente estudio preliminar de la Teoría de los sentimientos morales, C. Rodríguez Braun respecto al concepto de utilidad concluye que, para Smith, la utilidad no es el fundamento por el que aprobamos la virtud. Ese fundamento es la propiedad o corrección (propriety).
[3] Es evidente el paralelismo entre este concepto de aprobabilidad y el kantiano de universalizabilidad, como criterio para distinguir una acción debida de una indebida.
[4] Teoría de lo sentimientos morales. Trad., y ed., de Carlos Rodríguez Braun, Alianza, Madrid, 1997. Pg 438.
[5] Al contrario que Kant, Smith no separa la intencionalidad ética de las motivaciones naturales.
[6] Adam Smith nació en Kirkcaldy hacia 1723, en la costa este de Escocia, muy cerca de Edimburgo. Fue catedrático en la universidad de Glasgow, de Lógica y de Filosofía moral, entre 1751-1764. Fue nombrado rector de su antigua casa académica en 1787, cosa que le emocionó profundamente, pues sus años como profesor fueron los más felices de su vida.
[7] Cfr. las lacónicas, cínicas y profundas definiciones de Ambrose Bierce: “Egoísta, s. Persona de mal gusto, que se interesa más en sí mismo que en mí // Egoísta, adj. Sin consideración por el egoísmo de los demás” (Diccionario del diablo, Madrid, 1986).
[8] Recuerda la idea del bien platónica.
[9] Se ha visto en este “espectador imparcial” un precedente del superego freudiano. No me extrañaría que estuviera en la génesis de la idea del “otro generalizado” de G. H. Mead (Mind, self and society, ed. española: Espíritu, persona y sociedad, Paidós, 1982). En Mead el otro generalizado representa tanto la actitud de la comunidad -interiorizada por el individuo en sus procesos más genuinos de comunicación e interacción simbólica-, como la actitud general que adopta el pensamiento abstracto y que garantiza el control social del individuo.
[10] Kant distinguirá este criterio ético –tal vez influido por Adam Smith- convirtiéndolo en el absoluto y eminente principio de la razón en su uso práctico-ético.

Nota bibliográfica
Además de la edición citada de La Teoría de los sentimientos morales (nota 4.), puede hallarse en español  una buena edición de los Ensayos filosóficos de Adam Smith, que contiene la Relación de la vida y escritos de Adam Smith, escrita por su primer biógrafo, su amigo Dugald Stewart, con un excelente resumen de la teoría emotivista de A. Smith en el contexto próximo de la ilustración escocesa.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Comte Sponville, la filosofía como salvavidas



Autora Ana Azanza

Me he decidido a trabajar este vídeo entrevista de André Comte Sponville. No pensaba hacerlo. Así como he leído a Luc Ferry, conozco los libros de Comte Sponville sólo por los títulos. Y la primera vez que ví este programa no me “conmovió”, una expresión utilizada con frecuencia por este filósofo. Pero tras dedicarle un poco de tiempo, reconozco que merece la pena el esfuerzo. Comte Sponville ha escrito mucho sobre la vida, la muerte, el amor, el sufrimiento, las virtudes. Parece que lo hace de manera demasiado “simplista”, pero es una falsa impresión desde mi punto de vista. Me convence el hecho de que su filosofía es una necesidad vital, no una necesidad académica o de fama.

En los primeros compases de este programa se le ve pesimista, con un pensamiento que no me atrae por la “emoción negativa”, casi deprimente que parece transmitir. Pero conforme avanzan las preguntas llega a tocar puntos autobiográficos que dan una explicación de su forma de pensar. Realmente a André Comte Sponville la filosofía le ha servido para sobrevivir como confiesa al principio de la entrevista.

Es de resaltar las relaciones que establece entre filosofía y psicoanálisis, distinguiendo ambas prácticas. “La filosofía empieza donde termina el psicoanálisis”. Tras siglos de una filosofía meramente académica, de conceptos que van y vienen, se desarrollan y complican, he aquí un filósofo que añade a la necesaria erudición del universitario  su propia peripecia personal. Quizás no es justo decir que “añade” su biografía, ya que primero fue su vida, una infancia muy desgraciada según explica y luego el descubrimiento de la filosofía como una materia para la que estaba especialmente dotado, su tabla de salvación.

En los años universitarios de Comte Sponville, (nacido en 1952) en Francia dominaba la filosofía alemana. Heidegger era el astro alemán del momento, que implícita o explícitamente y por oleadas como ha expuesto Dominique Janicaud, (“Heidegger en France”) orientaba en diversas direcciones muchas de las discusiones de la filosofía francesa. Frente a la germanofilia de sus profesores, Comte Sponville se interesara por la tradición gala de Montaigne, Pascal, Descartes, más a tono con su tono y talante vital. En eso se parece a Nietzsche, más amigo de la filosofía francesa que de la alemana.

Coincido con él en preferir la genialidad del filósofo que logra llegar al gran público a la genialidad del filósofo que se queda para los especialistas. Como a Comte Sponville no me fascina el esoterismo filosófico, sin negar la necesidad de practicarlo para quien ha estudiado filosofía. Pero lo mejor de la filosofía se puede compartir con un público más amplio que no son los eruditos. La filosofía es un recurso de la humanidad que merece la pena sacar de las cátedras y vocear por la calle, como en nuestro país ha hecho Fernando Savater. No nos vendrían mal unos cuantos más “Savateres” en España.

Felicidad, verdad, sabiduría ¿cómo combinar estos tres grandes sueños en uno? Inevitable la sonrisa escéptica ante palabras tan sonoras y redondas después de 2.500 años de filosofía y de tantas catástrofes en la historia de la humanidad. Pero esos no son los motivos de Comte Sponville para un ejercicio escéptico sobre su propia disciplina filosófica. Más bien como tantos seguidores de Nietzsche, no tiene ídolos. Toda actividad humana, literatura, poesía, música tiene una parte de vanidad de la que es sano darse cuenta, aún practicándola como profesión, para no caer en el engaño de divinizar lo que se hace.

Importante el tema religioso, Comte Sponville se define a sí mismo como un “ateo fiel”. Michel Onfray lo llama “cristiano ateo” y Ferry lo ve más bien cercano al budismo. Expone su compromiso de juventud en movimientos católicos y su abandono de la fe. Prácticamente en la misma línea que Luc Ferry, asegura que la religión cristiana hace unas promesas demasiado bellas para ser verdad. Y de todas formas él no las cree, no tiene “esa gracia” y explica la mala y la buena razón por las que dejó de creer. A pesar de su increencia hay que subrayar su  análisis de las enseñanzas evangélicas, en especial la referencia al Sermón de la Montaña o Bienaventuranzas.

Es llamativo que sean los filósofos ateos y agnósticos los que hagan un análisis y una exposición de la religión cristiana más atrayente y relevante que los “profesionales” eclesiásticos, que martillean de vez en cuando con el relativismo de nuestra sociedad, pero sin reactivar el tesoro de enseñanza moral que dicen custodiar.

Comte Sponville y Luc Ferry han aprendido la lección, y defienden las enseñanzas de Jesús como norma de vida a la que se atienen. Combinado con otras muchas enseñanzas morales de los filósofos a lo largo de la historia, paradójicamente hacen del evangelio algo creíble. Digo paradójicamente porque sospecho que no es su intención generar seguidores del cristianismo. Comte Sponville piensa que la cuestión de Dios es indecidible, pero que eso no debe llevar a renunciar a 2000 años de cultura y valores judeocristianos, y lo piensa en especial de cara a la educación de los niños. El cantante Georges Brassens juega un papel en su evolución religiosa.
El amor y la justicia, como nudo del mensaje cristiano, la infancia y el elogio de la misma por Jesús de la que Comte Sponville no se siente cercano, prefiere el Jesús de la cruz que sufre el abandono, porque lo ve hermano de nuestra angustia e incluso nuestra desesperación.

Sobre la infancia Comte Sponville tiene mucho que contar y lo ha hecho en su libro “La vida humana” donde repasa las edades de la vida. Una pregunta del poeta y amigo Christian Bobin nos lleva a descubrir muchas claves del pensamiento moral del filósofo.

En cierto sentido prefiere las enseñanzas de Epicuro a las de la religión. Pero ello no le impide haberse inspirado en Buda sobre la vida como sufrimiento. Alterna las dos, la religión del amor y la alegría con la religión oriental sobre el dolor de vivir. El sermón de la Montaña con el de Benarés.
La lectura de un texto de Péguy sobre el hombre de 40 años emociona al filósofo pues en él ve reflejados sus sentimientos de padre hacia sus hijos. Se trata de una profunda y sentida reflexión que me parece se puede extrapolar en cierta medida a cualquier persona comprometida con la educación de la juventud.

Al final del vídeo se menciona la obra colectiva “Le grand livre de la mort à l’usage des vivants” de la que Comte Sponville escribió el prefacio. Médicos, psicoanalistas, religiosos, juristas hasta profesionales de las pompas fúnebres desfilan contribuyendo a tratar un tema tabú en nuestra sociedad pero no menos necesario de afrontar en todas sus consecuencias.