martes, 27 de diciembre de 2016

UNA PSIQUIATRÍA NACIONAL



UNA PSIQUIATRÍA NACIONAL

Ana Azanza

He tenido la oportunidad de escuchar en vivo al psiquiatra giennense Enrique González Duro. Había oído hablar de él en Jaén a algunas personas del gremio “psi” y hace tiempo leí su Biografía de Franco así como su Biografía del miedo.

Nacido en Laguardia, hijo de un médico, fue un niño enfermo que no acudió a la escuela y aprendió a leer en casa donde se aficionó a la lectura. Era un chiquillo despierto que ya entonces observó “cosas raras” que ocurrían en la posguerra española y a las que nadie daba explicación. Uno de esos sucesos inexplicables lo presenció un buen día en plena plaza de la Audiencia. Se trataba de un desfile o procesión de mujeres mal vestidas y nauseabundas con el pelo cortado al rape, iban sucias porque se les había dado aceite de ricino que como se sabe tiene un efecto laxante. Los chiquillos de Jaén las perseguían haciendo mofa: “¡Pelonas! ¡Pelonas!”. Espectáculo dantesco. Preguntó en casa y obtuvo la callada por respuesta.
 Resultado de imagen de los psiquiatras de Franco
Pensó que sería un fenómeno propio de su ciudad natal pero con el tiempo descubrió que las pelonas fue un invento de la represión franquista contras las mujeres de los republicanos. El pelado se inventó aquí, el hacer beber aceite de ricino venía de Italia. Y parecido escarnio sufrirían en Francia tras la Liberación las mujeres novias de nazis.

Un episodio notable en la vida de Enrique González Duro fue su intento de renovación del manicomio de Jaén. En 1981 fue llamado por la Diputación para dirigir dicho establecimiento y en 1983 tras muchas y variadas peripecias que ha contado por lo menudo en sus Memorias de un manicomio fue despedido. Los políticos querían cambio pero no tanto cambio y no ese cambio.
 Resultado de imagen de enrique gonzález duro
La charla que impartió en la Universidad de Jaén duró poco más de hora y media, se me hizo corta. El contenido lo he desgranado en otro lugar, yo, al menos, hubiera seguido allí las horas que hiciera falta. Tocó tantos temas interesantes de los que habló con conocimiento de causa que lamento haberlo conocido de forma tan breve y somera.

En su libro Los psiquiatras de Franco. Los rojos no estaban locos además de explicar cómo fue la lucha por el poder de los psiquiatras que quedaron adeptos al régimen tras la catástrofe de 1936 a 1939, expone los intentos de llevar a cabo una “psiquiatría nacional” de los prohombres de la disciplina entonces: López Ibor, Vallejo Nágera y Marco Merenciano.

Las truculencias son muchas en esta historia. Abreviando, consta que Marco Merenciano denunció a su maestro el sabio catedrático de la universidad de Valencia Juan Peset y efectivamente consiguió que lo ejecutaran en 1940. Merenciano ocupó su cátedra.

De acuerdo con la ideología franquista había que poner en marcha una auténtica psiquiatría nacional, para ello los psiquiatras mencionados contaban con una voluntad española, una tenacidad ignaciana y un lenguaje español del alma. Los patrióticos médicos prescindían de ideas extranjerizantes y disolventes del auténtico espíritu. Quisieron encontrar términos de verdadera naturaleza hispánica, encontraron pocas y no pudieron ir muy lejos con gana, desgana, gracia, desgracia….etc.

Muchos pacientes de la posguerra no querían o no podía expresar su sufrimiento de guerra y posguerra, sobre todo si formaban parte de la España derrotada. De modo que los psiquiatras se tenían que limitar a traducir concepciones extranjeras sin reflexionar sobre lo observado, vivido y padecido en el solar patrio. De usaban muchos textos traducidos de la psiquiatría alemana y todos los practicantes de esta disciplina eran germanófilos.

La construcción de una psiquiatría nacional era poco menos que imposible, partiendo de cero, sin metodología, sin investigación rigurosamente científica. Se teorizaba mal. Hubo intentos de exhumar la obra de Llull, Arnaldo de Vilanova, Luis Vives, Ignacio de Loyola…buscando los fundamentos de una antropología hispánica. Pero no había seriedad en el intento, puesto que se cerraba los ojos a la dura realidad del presente.

La contradicción estaba servida: se pretendía una ciencia autóctona pero los españoles se limitaban a reflejar las teorías de sus colegas alemanes de la época. Se traducían las obras con extensas introducciones de los médicos españoles, que pretendían aclarar y corregir los “errores doctrinales”. V. von Weizsäcker fue un psiquiatra admirado que defendía que el pecado podía influir en determinadas enfermedades psíquicas. Tanto Marco Merenciano como López Ibor se unieron a la explicación de la enfermedad psi en la “naturaleza caída”, de ahí la conveniencia de que el psiquiatra fuera cristiano y católico.

Se habló de una psicoterapia nacional para convertir al individuo enfermo y hacerlo apto para que la filosofía y la religión lo encaminasen hacia superiores valores. Esta psicoterapia se presentaba como alternativa al psicoanálisis, al que se estimaba sospechoso por “manosear la cuestión del sexo a propósito de todo”. El pueblo español era católico en su mayoría y no debía exponerse a esas desviaciones.

El psicoanálisis que daba importancia a las pulsiones inconscientes era inasimilable por una psicoterapia nacional basada en el eje diamantino del hombre español. López Ibor mantenía que el hombre español debía olvidarse de sus pulsiones, de sus necesidades materiales e instintivas, reprimiendo las fuerzas del inconsciente demoníacas y revolucionarias. El inconsciente es inabordable por un psiquiatra del orden franquista.
Entre las terapias no freudianas admitidas estaban las de Jung, Adler, Künkel, Allers…herejes del freudismo que habían desexualizado el psicoanálisis.

El objetivo de las terapias de posguerra era adaptar el individuo al orden social vigente. El psiquiatra Sarró fue el que más se empeñó en una psicoterapia española. Se preguntaba ¿Cura la verdad o cura el amor sobre sí mismo?La misión del médico era ayudar al enfermo en cuanto a su salud no a la verdad. En los casos en los que la curación pudiera obtenerse mediante pequeñas intervenciones psicoterapéuticas externas no había razón para llevar más lejos el proceso de clarificación interna de la personalidad.
En los casos más graves había que ir más a fondo. “¿Hemos de reconocernos como sexualidad, como ambición más o menos frustrada o como cosmovisiones del arquetipo? ¿y por qué no como el camino del alma hacia Dios del que nos aleja el pecado y nos acerca la gracia, o como cristiano que necesariamente cae y se levanta ante la faz divina?”

La interpretación teológica era pues la más adecuada. El sacerdote podía estar más capacitado que el médico, la psicoterapia española se aproximaba peligrosamente a la “cura de almas”.

La cura psicoterapéutica tenía que dar al hombre enfermo una dirección sana para su vida, por ello tenía que ver con la espiritualización, con la elevación metafísica del hombre enfermo. Incluso durante la cura había instantes de íntima comunión religiosa, el enfermo descubría la inmortalidad de su alma, a imagen de las Siete moradas y el Camino de Perfección de santa Teresa. El enfermo español aunque no fuera católico tenía que recurrir a un facultativo católico, porque el español es religioso por definición y el médico tenía una “gracia profesional”.

La psicología española fue adquiriendo tintes religiosos, tratando de lograr la mayo compenetración religiosa e ideológica entre el médico y el paciente que juntos debían buscar un mayor acercamiento a Dios. Era preciso encontrar un lenguaje psiquiátrico nuevo, el “camino del ser”, prescindiendo de la “transferencia freudiana”.
Qusieron buscar la fuente española de la psiquiatría antes del positivismo y hubo pocos hallazgos. El entusiasmo por la psicoterapia nacional se fue apagando poco a poco.

Brillantez no faltó en la literatura psiquiátrica española de la época, pero no fue operativa literatura. Todo se quedó en mera retórica sin repercusión en la práctica clínica. La psiquiatría entonces dominante nunca creyó que la psicoterapia curase. Si acaso la psicoterapia servía para favorecer la captación de clientes, al que había que dejar satisfecho en su “transacción” con el médico, lo que por supuesto no era preciso con los pacientes de la beneficencia que poblaban los manicomios en manos de las Diputaciones provinciales.

En la consulta privada hacía falta cierta psicoterapia para explicarle al paciente sus padecimientos, no hacía falta que la explicación fuera verdadera. Incluso una vez “curado” el paciente necesitaba que el médico le orientara en su futuro. Es decir, que el paciente tenía que volver con más frecuencia a la consulta. Igual que cuando se padece una enfermedad crónica o incurable, así el enfermo se concienciaba de su situación vital, aceptaba su destino y soltaba la pasta. En este sentido cualquier psicoterapia valía, desde la persuasión, la sugestión o la “palmadita en la espalda”. La auténtica intimidad del enfermo permanecía incognoscible e inalterada. Bastaba una buena placa en el portal y un buen caché para que el médico se ganara la confianza del paciente por su prestigio.

No he podido evitar pensar en dos personas a las que considero estafadas por la “psiquiatría nacional”. Muchos años después de la posguerra estos planteamientos seguían en boga en España, mi pensamiento se dirige a dos mujeres ya fallecidas que padecieron lo suyo y por motivos distintos a manos de psiquiatras espiritualistas de este estilo cuyas consultas costaban un riñón y que no curaban, la enferma se convertía en cliente. Mi propia madre fue víctima de una médico numeraria de esta escuela, tuve ocasión de vivirlo en directo. Y mi amiga Isabel Caballero, paciente que nunca fue de Enrique Rojas, psiquiatra de postín con consulta en Serrano, autor de best sellers y un fraude de los pies a la cabeza, pero que goza del beneplácito del poder establecido

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