miércoles, 21 de agosto de 2013

Walter Benjamin: Cuerpo y alma mezclados hasta el vértigo

Autora: Ana Azanza 


El título del post lo tomó prestado del autor de este libro magnífico sobre uno de los escritores que parecen haberse puesto de moda en algunos círculos. A lo mejor me he enterado tarde de la moda, pero me es igual. He disfrutado de esta lectura a tope, reído y llorado y me he emocionado con una persona que vivía la vida "en otra onda" diferente a la frecuencia ordinaria.


Bruno Tackels, dramaturgo y ensayista belga, es el autor del libro“Walter Benjamin. Una vida en los textos” editado en 2009 en francés y en 2012 en español en la universidad de Valencia.
Benjamin es un autor enigmático y difícil, nada “conceptualizable”  ni clasificable, al que había conocido antes de este libro por las “Las Tesis sobre la historia” que de él edita y comenta Reyes Mate.





Tackels ha dedicado otros dos libros a Benjamin. Ignoro cuántas obras se han escrito sobre la vida y obra de este genio de la escritura, pero el sólo hecho de que Tackels haya dedicado 20 años a leer a Benjamin, me parece una buena carta de presentación para la solvencia del libro.

Hace un recorrido estrictamente cronológico en la vida del escritor, que empezó en 1892 en el seno de una familia judía acomodada en Berlín y terminó en septiembre de 1940, en la ratonera que supuso para él intentar abandonar la Francia ocupada por los nazis para entrar en la España de Franco con el propósito de viajar a América. La fecha de la muerte, un baile entre el 24 y el 25 de septiembre, el hecho de que sus huesos depositados “provisionalmente” en el cementerio de Port Bou nunca pudieron ser rescatados y repatriados, añaden o muestran la sinuosidad, lo inaprensible, lo fragmentario de un escritor que sin duda tenía una inteligencia y una sensibilidad fuera de lo común. Por si fuera poco se ve que las autoridades municipales de Port Bou  no estaban puestas en nombres germánicos y creyeron que el apellido era el nombre. Con lo cual en la lápida y en los documentos figurara como sr. Walter, Benjamin. Tras la lectura de esta obra intuyo que el equívoco no le hubiera molestado.

El libro es denso y  extenso. Pocas cosas se habrá dejado su autor en el tintero. No sólo se limita a la biografía entrelazada con la composición de sus escritos y viceversa. Al final del libro vienen unas notas de lectura sobre los 10 ensayos más destacados del berlinés. Tackels se resistía a escribir esta obra porque al propio Benjamin le parecía que la biografía del escritor no debía figurar, y se burló del que osó “biografiar” a Kafka. Pero en este caso vida y obra están tan entrelazadas que ha hecho bien en desoír el principio benjaminiano. Además una particularidad de Benjamin captada maravillosamente por el ensayista es que, nos hable de lo que nos hable, y los temas de Benjamin son un auténtico bazar, siempre sale a relucir el hombre que fue este desarraigado de la vida. El mismo desarraigo lo colocó en una especie de posición elevada sobre la sociedad que ya la quisieran para sí muchos de los autores contemporáneos que lo entendieron a medias y lo amaron a medias. Me refiero en especial a sus compañeros de la Escuela de Frankfurt, Horkheimer y Adorno.

Tackels se hace eco de que las mismas personas que en vida no le comprendieron, las visiones de Benjamin no eran visibles ni audibles cuando las formuló por eso le cuadra el nombre de profeta, se apresuraron a homenajearlo unos cuantos años después de su muerte. Nadie como Benjamin ha sufrido el saqueo, la cita sin autor. Hay mucha desvergüenza intelectual por el mundo.
Benjamin que vió y descuartizó como nadie el “mito del progreso” cuando todos corrían como locos tras él, incluidos algunos de los más conspicuos intelectuales contemporáneos, se ha visto también barrido por ese viento de la historia. Eso dice Tackels, por el uso fraudulento que se ha hecho de él. Pero pienso que en eso se equivoca el belga, él mismo es un ejemplo de que todavía se puede respirar como dice ese viento de libertad y apertura mental, de desconcierto que producen los textos benjaminianos. A pesar de la mercantilización que nos domina, siempre hay rendijas por las que se cuela ese viento fresco del espíritu libre, como lo fue el de Benjamin.

Tras conocer todos los malos pasos y dificultades que tuvo para sobrevivir de los que no dejo de hacer materiales para una obra asombrosa, me he planteado que Benjamin, como ángel que era hubiera necesitado otro ángel que se ocupara de él, siguiéndolo a distancia pero vigilando para que no cayera en los diversos hoyos que se encontró. Bertolt Brecht le ofreció su casa en Dinamarca, los de Frankfurt le contrataron para que pudiera escribir algún tiempo, Hannah Arendt como prima política también se preocupó de que se publicaran algunos inéditos y fue capaz de llamar por su nombre a los amigos que no se comportaron como tales hasta el final. Scholem desde Jerusalén fue amigo y corresponsal hasta el último momento, a pesar de algunos desencuentros normales cuando la gente se aprecia. Pero no fue suficiente.

Su existencia fue desastrosa, como corresponde a su descomunal inteligencia. Nacido en una familia de comerciantes, será incapaz de preservar su herencia intelectual y material. Si su padre había hecho negocios con las obras de arte, él se dedicó a coleccionarlas y admirarlas. Benjamin además de escritor y filósofo, lector infatigable, viajero empedernido, fue coleccionista, empezando por una de tarjetas postales. Para alguien que se pasó gran parte de su vida sin domicilio fijo no era la afición más cómoda. Estudiante brillante, su tesis no fue comprendida por sus maestros y de ahí que lo excluyeran de los círculos académicos. Radical en su pensamiento no le encajaba ninguna etiqueta, kantismo, positivismo, formalismo lógico...En el terreno afectivo se metió en relaciones triangulares y amores desgarrados que como dice el biógrafo fueron el método infalible para asegurarse la soledad y el abandono. Igual de incapaz para comprometerse políticamente, siempre veía los límites de cualquier proyecto y comprendió que las ideas se quiebran cuando las usan los hombres.

Su devoción por la ciudad de París, por la que se sintió deslumbrado desde su primera visita en 1913 y que le inspiraría una obra tan preciosa como el Libro de los Pasajes se convirtió en una trampa mortal. De haber tenido una pizca de sentido práctico hubiera comprendido antes que no podía quedarse por más tiempo en la ciudad de la luz, que los nazis avanzaban. Pero fue incapaz de tomar esa decisión que en su momento a lo mejor le hubiera salvado la vida. Se vió atrapado se puede decir por su amor a la Biblioteca Nacional, en la que le gustaba leer y escribir y a las calles y gentes que le sirvieron para muchos de sus textos. Fue internado en un campo de trabajo en Nevers, y sólo las “influencias” de algunos escritores pudieron sacarlo de ahí. Pero la huida a pie por los Pirineos no salió bien.

La lógica de este libro sobre Benjamín es todo menos sistemática, no hay un sentido global de su vida ni hay un sentido global de su obra. La dispersión se impone. Tackels asegura que el género literario que más le cuadra es el ensayo, y este libro se puede ver como una colección de ensayos sobre los diferentes ensayos que escribió Walter Benjamin. Una lógica paradójica que ni acaba de unificar ni acaba de dispersar. La seducción de Benjamin es que va más allá una y otra vez.  Si nuestra lógica habitual, analítica, examinadora nos lleva a un callejón sin salida,  Benjamin ilumina, salta por encima de todas las tapias y de todos los obstáculos de lo cuadriculado. Es muy desconcertante. La verdad no es ni coherencia lógica, ni hechos, ni una mezcla de ambos, con Benjamin se tiene la impresión de sabor agustiniano de que la verdad es iluminación. La diferencia es que no se trata de una iluminación genérica, sin que en cada ocasión donde hay un obstáculo Benjamin ilumina.

Ya se trate de dialéctica, de materialismo, de la fotografía, del teatro, del intelectual, del progreso, del ritual, de la historia, del cine, del arte, de la poesía, de la guerra o de la paz, de Goethe, de París, de Berlín, de Baudelaire, de los ángeles o de los demonios, del aura, de la alegoría, de los sueños….Benjamin en sus ensayos tiene una chispa de luz que ilumina el camino, pero como rayo de luz potente deslumbra a la vez. No es fácil de entender, y a veces dudo de que se pueda entender. Muchos de los textos benjaminianos hay que saborearlos. En ese sentido recuerda un poco a la filosofía poética de María Zambrano, que también tiende a escaparse de los moldes habituales y que en el mismo sentido ha sido igual de incomprendida. 

El ensayista Tackels nos anima a descifrar su vida para comprender la nuestra. Benjamin no fue leído en su momento porque no era legible. Elabora un pensamiento cincelado de destellos poéticos, frases concisas y fulgurantes, chocantes que incluso enmascaran el sentido. Son como fragmentos de un cristal que reflejara el todo.
 Además de los escritos, Benjamin participó en programas de radio. Lamentablemente no se han conservado las grabaciones, aunque sí los guiones de los programas.
Poco comprensible, fragmentario, poco publicado en vida…. Benjamin lo tenía todo para que su obra se hubiera olvidado. Pero más vale tarde que nunca, Rolf Tiedemann publicó sus obras completas en los años 70 y acaba de hacer una revisión con una línea editorial algo más benjaminiana, que imagino significa más fragmentaria.

“Aventuras del alma, hay que salirse de los senderos trazados”, dice en uno de sus escritos más tempranos Diario de Wengen, “para atreverse a buscar en episodios aislados de la experiencia vivida, pragmática, común que nos acompaña la única clave y la única expresión esencial del pensamiento humano.”

Tras la guerra sólo Arendt, Scholem se acordaban de sus textos. Malraux y Bataille se ocuparon de darlo a conocer en Francia.

Al parecer Benjamin ya ha “polinizado” el mundo y este libro es un intento de ampliar el número de lectores. Conmigo lo ha conseguido.

De todos los ensayos benjaminianos, los que dedicó al lenguaje, al arte y el ensayo sobre la traducción son mis favoritos.

Un libro que no es ni para el tren, ni para leer “entre dos puertas” como dicen los franceses. Mejor llevárselo al campo y estarse una semana de retiro sumergidos en la vida y obra de un ser excepcional.



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