martes, 11 de julio de 2017

SALMERÓN Y LA "CONSILIENCIA"

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Nicolás Salmerón (1838-1908)

En su Prólogo al libro de Hermenegildo Giner[1] Filosofía y Arte (Madrid, 1878), Nicolás Salmerón comenta los méritos de la obra del hermano del fundador de la Institución Libre de Enseñanza: su sentido universal, la indagación reflexiva y sistemática, y la profesión de la ciencia como maestra de la vida.

En el contexto del krausismo español de la época, defiende a este frente a quienes “se satisfacen con aprender motes para librarse de estudiar las cosas”. Escribe Salmerón que, al contrario que el dogmatismo escolástico, anclado en un saber osificado y formulario, que no respeta la libertad de pensamiento y conciencia sin los cuales es imposible el progreso de las ciencias[2], Sanz del Río, el introductor del krausismo en España, no uniformó mentes ni se precipitó en conclusiones, aunque merece ser considerado maestro del “sistema de la conciencia”, pues siguiendo una “disciplina de la idealidad” no formó sabios presumidos, sino diligentes investigadores, siendo así iniciador de nuestro renacimiento filosófico: “sólo pueden los soberbios vituperar lo que no alcanzan a concebir”.
 

Admite Salmerón, eso sí, que nuestro genio nacional propende a una idealización fantástica[3]. Y es de suponer que incluyera ya en esta “idealización fantástica” al propio krausismo, pues el amigo almeriense de Sanz del Río y Francisco Giner de los Ríos evolucionó hacia el positivismo[4].

Interesa reseñar aquí como Salmerón se declara partidario de lo que hoy se llama consiliencia, de la reunificación de las dos culturas, la de letras y la de ciencias, partidario de la unidad del conocimiento. Es decir, el intelectual almeriense está a favor de una reflexión filosófica que tenga en cuenta el saber probado de la ciencia, así como a favor de una ciencia que no se desvincule de la reflexión ética y estética; en la línea de un pensar que busque la unidad indivisa de la realidad, superando el dualismo que ha hecho hostiles a Física y Metafísica, superando el dualismo entre empirismo e idealismo, entre objetivismo y subjetivismo. Y esto por un motivo de peso: pues del fondo de la experimentación brotan datos especulativos y también la especulación filosófica necesita conocer los datos de la observación y la experimentación naturalista.

Nicolás Salmerón muestra talento profético cuando fija el punto de concierto entre los saberes, o consiliencia, en el conocimiento del cerebro, en lo que él llama Psicología fisiológica y nosotros llamamos hoy Neurociencias.

También ensalza el interés didáctico y educativo de la obra de Hermenegildo Giner de los Ríos que prologa, ya que busca encarnar la verdad en la virtud en vez de esterilizarla con intelectuales abstracciones. Y es que la formación interna del espíritu no se logra sin el arte.

Como afirmó Schopenhauer, todo lo físico es al propio tiempo metafísico. Hay continuidad entre lo de abajo y lo de arriba, el cuerpo y el espíritu. Así, la evolución de lo inconsciente debe explicar la producción de la conciencia en el mundo. Dos hechos encuentra Salmerón innegables al respecto:

1. La correspondencia entre el sistema nervioso –particularmente el cerebro- y los grados y funciones de la conciencia.

2. El hecho de que no somos conscientes (“conscios”) de todo el alma.

Salmerón da pruebas de un optimismo racionalista, idealista: la razón “inside” en el fondo de todo mecanismo natural y es fundamento de sus relaciones esenciales. No extrañe por ello que entienda la filosofía como búsqueda, en el mundo de la conciencia, de los principios de la razón, y como una interrogación por las leyes de la vida racional.

Por conocimiento define Salmerón la compuesta interior relación de presencia e intimidad, siendo pues la unidad que la verdad exige no una hipóstasis trascendental, sino una relación de comunión inmanente entre lo conocido y el que conoce, entre objeto y sujeto, una relación de sustantiva presencia objetiva y auténtica e íntima recepción subjetiva. 

No hay pues una división radical entre objeto y sujeto como han pretendido el materialismo y el espiritualismo. No es el espíritu el que conoce, sino todo el hombre en su unidad metafísica y en su concreción física, que son inseparables.

Apuntando hacia una concepción monística del mundo y del humano Nicolás Salmerón se opone a todo dualismo. No cabe pensar ya la fuerza como abstracción de la materia; son la misma cosa. Contra el dualismo cita tres hechos: los reflejos, los instintos y la inspiración. Y añade como mérito de Hermegildo su consideración de la Ética como parte de la Biología.

En torno a esos tres hechos antes señalados ofrezco aquí el texto del que fue catedrático de Metafísica en la Universidad de Madrid y Presidente de la I República durante mes y medio (1873), cargo político al que renunció por problemas de conciencia ante la firma de unas condenas a muerte.

“Notaremos tres puntos capitales desconocidos e inexplicables por el tradicional dualismo: los movimientos reflejos, cuya faz interna o espiritual y consiguiente carácter teleológico confirman, desde las funciones más elementales de los animales interiores hasta las más complejas y elevadas del espíritu humano, la indisoluble composición de lo físico y lo psíquico, a la par que autorizan a distinguir, pero sin separar, el elemento inconsciente y el elemento consciente en la actividad anímica; el instinto, que partiendo de impulsos nativos, adaptándose al medio ambiente, desarrollándose y aún modificándose con el hábito y extendiéndose desde las más rudimentarias necesidades de la vida física hasta las más elevadas aspiraciones del orden moral, acusa la acción inconsciente y concreta del todo en el individuo; y por último, la inspiración, que brotando del seno misterioso del espíritu se encarna en el genio, y engendra los reveladores y profetas de todos los tiempos, y hace lucir el Deum passus est [sic] en horas solemnes de la historia”.

Notas


[1] Hermenegildo Giner de los Ríos (Cádiz 1847- Granada 1923)  fue pedagogo, jurista y político español, vinculado a la Institución Libre de Enseñanza que fundó su hermano Francisco.
[2] Salmerón refiere a “el fatal legado de la imposición dogmática con que el catolicismo ha petrificado la conciencia”, y opone, a la letra muerta del dogma, los métodos de investigación y la autonomía de la conciencia “que hace de la ley que halla en sí misma divino dictado”: “por el verbo de sus obras le conoceréis”.
[3] Para una formidable idealización o sublimación, y consciente de que es una “idealización fantástica” léanse los grandes tratados de Juan Larrea, sobre todo La espada de la paloma y Razón de ser, donde apuesta poéticamente por una tercera Edad del espíritu, en cuya realización cabe al idioma y la cultura españolas un papel protagonista y heroico.
[4] Salmerón, hijo de un médico liberal y afiliado al Partido Democrático permaneció cinco meses encarcelado por sus ideas políticas junto a Pi y Margall en 1867, bajo el reinado de Isabel II.

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