sábado, 8 de octubre de 2016

MIEDO A LA SOLEDAD

   
                
“Era la playa metafísica de las grandes soledades. Allí la arena se mezclaba al polvo siniestro del cemento y de todo lo torpe, hasta formar un plano de infinita desdicha. El mar era sólo una espesa materia corporal simulando el movimiento de las olas, y la luna una mancha de empobrecidos grises”
                                       Rafael Pérez Estrada. Los oficios del sueño, Madrid, 1992.

Quizá no haya un miedo tan general, cerval y tan traicionero para la especie humana como el miedo a la soledad. De cómo se trenza con el miedo a la libertad tal vez dé cuenta el popular libro de Erich Fromm. No lo recuerdo.

La celda de aislamiento es el peor castigo para el castigado, la más temible prisión para el preso. La soledad conduce a la locura y Robinson Crusoe perdería por completo la razón si no fuera por la compañía de Viernes. Y esto, a pesar de la necesidad que todos tenemos de soledad y recogimiento, la necesidad visceral y mental de estar solos de vez en cuando, de reservar y conservar una intimidad. Tu corazón –decía Balzac- es un tesoro, vacíalo de golpe y quedarás arruinado. Elegir vivir solo un tiempo está bien. Muchos rituales de tránsito de diversas culturas así lo imponen. Pero no poder sino estar solo continuamente es un infierno.

Huimos de la soledad como de un incendio. Por no quedarse sola, la adolescente se junta o admite la tiranía de quien no le conviene. Por no sentirse solo, el adulto acaba adoptando las creencias y comportamientos más absurdos. A veces el miedo a la soledad es peor que la soledad misma. Por eso dice la gente que “es mejor estar solo que mal acompañado” o que “el buey solo bien se lame”. Por temor a quedarse sola, la maltratada se somete a una tortura diaria y consiente en humillar y encoger su dignidad ante el maltratador.

En su Historia íntima de la humanidad (Plataforma editorial, Barcelona 2014), Theodore Zeldin distingue tres tipos de soledad:

a) física, no tener una mano que asir, no poder sentir el calor de otro cuerpo junto al mío ni el consuelo de un abrazo…

b) social, ser ignorado, dado de lado, despreciado, humillado, ninguneado…  

c) y espiritual, no lograr ser entendido, caso de aquellos creadores que se anticipan a su época, caso del sabio insobornable, del político visionario, del artista de vanguardia, etc.

Ni el dinero ni el éxito en el trabajo nos redimen de la soledad, ni siquiera la Fama (hermana prostituta de la Gloria). Y el poder más bien aisla; “el coronel no tiene quien le escriba”. Podemos citar el caso arquetípico del Ciudadano Kane, personaje de la excelente película de Orson Welles. Zeldin cita también el caso de Simone de Beauvoir, cuya idea de que el trabajo protegería a la mujer mejor que la familia resultó errónea. Ese “me basto a mí misma” mostró sus limitaciones, no sólo porque también ella misma reconoció que “se estupidizó por haberse enamorado”, sino porque manifestó sentirse sola cuando Sartre dejó de ser el que había sido. 

“Todos los movimientos a favor de la libertad se detienen ante el muro de la soledad”, sentencia Zeldin. Por paradójico que parezca, amar y, sobre todo, conservar y profundizar una relación amorosa, requiere limitar libremente la propia libertad. La hipérbole de Cernuda es significativa:

“Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío…”

Uno limita sus movimientos por mor de conservar la buena compañía. Las reglas pragmáticas de cortesía tienen ese valor, pero si uno se hace de miel, se le pegan todas las moscas y uno no debe mostrar "demasiada habilidad en casa de comunidad".


Se dice también que nacemos y morimos solos, pero la soledad, o el miedo a la soledad, ¿son incurables? Zeldin describe cuatro estrategias o métodos para bregar con ella.

El primero es paradójico, porque consiste en inocular aquello mismo que se pretende combatir, como en las vacunas. Ante la incomprensión, la crueldad, la dureza del mundo, el eremita, el cartujo, el cenobita elige el retiro, el desierto, la cueva, la compañía de las fieras, de los pájaros, el rumor de las olas o el latido del viento, la conversación con ese Otro tan controvertido al que llama "su dios". Se trata de buscar la paz interior. Una soledad que religa con la vasta unidad de Dios o del Cosmos, preferible ese diálogo interior que algunos llaman confesión a las calumnias hipócritas del mundo social.

Una forma atenuada de retiro es la del recogimiento en el locus amoenus de la Aldea, frente al ruido y la mascarada de la Corte, tal y como lo pinta, por ejemplo, Antonio de Guevara en su Menosprecio de corte y alabanza de aldea (Valladolid, 1539). O el cultivo del propio huerto, según fórmula consagrada por Voltaire.

Buda fue el príncipe que se hizo ermitaño. San Antonio Abad, un egipcio analfabeto, se retiró del mundo a los 35 años, para combatir en el desierto a todos sus demonios: preocupaciones, dudas, temores, angustias, culpas, tentaciones… La soledad –y es el caso de algunas formas atenuadas de autismo o del síndrome de Asperger-, puede ser elegida para evitar sentirse profundamente desolado y ninguneado y solo entre la gente.

Las tentaciones de San Antonio, de Dalí.

Aún buscada deliberadamente, la soledad puede volvernos misántropos o, como se dice ahora, sociópatas. Se dice que Pacomio (290-346), soldado romano convertido al cristianismo en Alejandría, padre del monacato cenobítico, antecedente del ‘Ora et labora’ de San Benito, tras siete años de soledad y ayuno en las ruinas de un templo pagano (el de Serapis), reaccionaba airado ante cualquier leve discrepancia. La falta de eco para sus teorías volvió misántropo al por otra parte misógino y genial Schopenhauer.

Y es que el retiro social debe ser dosificado, igual que está bien entreverar la vida social con esporádicas escapadas al campo sin necesidad de quedarse a vivir como una bruja en mitad del bosque. Ya decía Aristóteles con magistral ironía que quien dice no necesitar a los demás o es más que un hombre (un dios) o menos que un hombre (una bestia), pero no es un hombre.

Muchos ancianos prefieren vivir solos, pero cerca de sus parientes por si los necesitan, por si decaen en “dependientes”, destino final de un porcentaje cada vez más alto de nuestras poblaciones envejecidas. Sentir cerca al hijo, y más aún a la hija, les da seguridad a los mayores, aunque no los necesiten. En muchas culturas, las personas ancianas se imponen a sí mismas la soledad y sus rigores como un método para preparar el tránsito, como el elefante que se retira de la manada y busca el cementerio de elefantes.

Para escapar de la soledad, del desprecio social y de los inevitables malentendidos y frustraciones de la interacción, los hay que eligen la introspección, el cultivo de la propia diferencia, el “friquismo”, la insistencia en la personal originalidad y peculiaridad de uno mismo. He leído que en Japón, medio millón de jóvenes sufren hoy el síndrome de la puerta cerrada, abandonan la vida social y viven aislados. Son los nuevos cartujos seculares, o virtuales.

Si bien en las sociedades antiguas la idea de ser o simplemente de mostrarse diferente a los demás podía resultar aterradora, a partir del Renacimiento cobró atractivo el impulso valeroso –a veces temerario- por expresar ideas propias, lo cual es tan arriesgado que exige el elogio constante de al menos un grupo de seguidores o una minoría acreditada, sobre todo en un momento en que la imitación de modelos clásicos se aceptaba como la más segura ruta hacia la excelencia.

Zeldin cita a colación el caso extremo de Girolamo Cardano que examinó y registró todas sus peculiaridades íntimas con minuciosidad, desde las hemorroides que sufría hasta la cantidad exacta de orina que miccionaba al día, o sus problemas genitales. Para que no se piense en un individualismo narcisista (peste de nuestra época), diremos que Cardano tuvo también el cuidado de mencionar las “cosas en que he fracasado”. No se hizo famoso por las ecuaciones de tercer grado que nos enseñó a resolver, ni por sus funciones de adivino, sino por los voluminosos libros titulados La variedad de las cosas y la sutileza de las cosas, donde concluía:

“Ser lo que uno puede, cuando no puede ser lo que se querría, contribuye a la felicidad”. 

Estamos de acuerdo.

Los románticos acentuaron esta ruta hacia el reconocimiento y acentuación de la irreductible diversidad humana. Más allá de la simpatía, A. W. von Schlegel exige amar a las personas precisamente por ser diferentes a uno mismo. Sin embargo, igual que las extremas diferencias pueden ser origen de interminables conflictos, siendo buena base para la amistad una cierta afinidad de caracteres e intereses, el examen continuo de las originalísimas diferencias del yo interior (muchas veces más supuestas que reales) puede desembocar en la soledad del extravagante, del "rarito", o en el fangoso charco del principal diablo de la soledad involuntaria: el aburrimiento. Séneca decía que el ocio sin las letras (la literatura, la filosofía y el arte) es la ruina del alma. Tenía razón, porque el aburrimiento suele ser el padre de todos los vicios.

Mirarse demasiado al espejo (y el monitor tiene mucho de espejo narcisista) puede arrastrarnos a la cárcel virtual que uno mismo se ha construido al otro lado del espejo, en la que sólo convive ya con recuerdos propios, ilusiones perdidas y sombras de amigos que nos olvidaron. Solo se ve –dice el pueblo- quien solo quiere verse. El narcisista, que tanto necesita de la atención, del halago y del aplauso ajenos, acaba viviendo solo, como casi la mitad de las personas en nuestras grandes ciudades.


Un tercer método del solitario, particularmente cultivado por la aristocracia inglesa, es la excentricidad. Una inyección de absurdo y de humor en el particular aislamiento del club selecto y la intimidad clasista. Se cuenta del quinto duque de Portland, maníaco de la intimidad, que no dejaba ni siquiera al médico entrar en su alcoba y le dictaba a voces los síntomas de su enfermedad para que diagnosticara desde el umbral. Esto no impidió al duque construir una sala de baile para dos mil personas, un ascensor para veinte y una biblioteca con doce mesas de billar en las que nadie jugó jamás. Su idea de libertad era disfrazarse para no ser reconocido. De esta forma la libertad conduce irremediablemente al aislamiento.

Hay quien cuenta a ciertas mujeres como las más audaces de la historia al hacer de sus incomodísimos atuendos una actividad teatral. Puede que quien "marca tendencia" arrastre a otros, pero esos mismos que le seguirán mañana nunca los va a tener presentes hoy.

Para finalizar, celebraremos a los solitarios inspirados a los que debemos gran parte de los progresos de la historia, esos que aislados y concentrados en los trabajos de sus gabinetes o en los ensayos de sus laboratorios hacen de su vocación una labor fértil para los demás.

Los progresos de la inmunología y el estudio de las alergias han probado que todos necesitamos pequeñas dosis de cuerpos extraños para sobrevivir al lado de los demás. Pues vivir es convivir y es imposible segregarse o destruir para siempre a los extraños o a los enemigos. La curiosidad por los demás no es un lujo, sino una necesidad de nuestra existencia. En los seres extraordinarios, la curiosidad suele ser más potente que el miedo.

No hay receta segura contra la soledad ni contra el miedo a la soledad. Reducir el grado de este es no obstante indispensable para poder relacionarnos con los prójimos en base al respeto y la confianza mutua.

El diálogo con el otro es imprescindible para corregir y mejorar la propia perspectiva, para aclarar los pensamientos, seleccionar las metas y saber a dónde ir. Igual que es muy útil el conocimiento de la historia y de las humanidades, pues la experiencia anterior de la humanidad nos revela donde estamos y nos evita dolorosas desilusiones y frustraciones.

2 comentarios:

  1. A veces pensamos o decimos "estoy sola" y en realidad quiero pensar o decir "estoy vacía"
    es muy raro y muy relativo este asunto de "estar sola en la vida".
    Se puede estar muy solo en medio de una multitud e incluso dentro de una familia. Tengo el caso de una alumna apuñalada por su hermano por no ponerse el velo, está en el hospital, varios días en la UCI. Maldito velo que lleva a esto, esa chica está sola en medio de su familia.
    Me lo conozco y es lo más duro en la vida, el abismo se abre ante tí cuando las personas a las que más quieres en esta tierra no están contigo. Eso es soledad.
    Por eso no consigo sacarme a esta alumna de la cabeza en estos días.

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  2. Te entiendo, Ana. Las estrategias de que habla Zeldin aplican ese principio de más vale solo que despreciado.

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