lunes, 21 de noviembre de 2016

LA MEDICINA ES UN ARTE



Ana Azanza

Siempre me había intrigado el hecho de que Aristóteles considerara que la medicina era un arte, más bien parece una ciencia. Pero a raíz de esta charla de Michel Onfray en un congreso de médicos creo haber comprendido el motivo de la clasificación aristotélica de la medicina entre las tekné, al lado de la carpintería o la escultura.

sábado, 5 de noviembre de 2016

CUERPO Y ALMA DEL ANIMAL




Ana Azanza

Con respecto al cuerpo y al alma cada vez nos hacemos más preguntas sobre nuestros amigos los animales.
Aumenta el número de personas que no consumen carne e incluso ni siquiera huevos  u otros productos procedentes del animal. 

sábado, 8 de octubre de 2016

MIEDO A LA SOLEDAD

   
                
“Era la playa metafísica de las grandes soledades. Allí la arena se mezclaba al polvo siniestro del cemento y de todo lo torpe, hasta formar un plano de infinita desdicha. El mar era sólo una espesa materia corporal simulando el movimiento de las olas, y la luna una mancha de empobrecidos grises”
                                       Rafael Pérez Estrada. Los oficios del sueño, Madrid, 1992.

Quizá no haya un miedo tan general, cerval y tan traicionero para la especie humana como el miedo a la soledad. De cómo se trenza con el miedo a la libertad tal vez dé cuenta el popular libro de Erich Fromm. No lo recuerdo.

La celda de aislamiento es el peor castigo para el castigado, la más temible prisión para el preso. La soledad conduce a la locura y Robinson Crusoe perdería por completo la razón si no fuera por la compañía de Viernes. Y esto, a pesar de la necesidad que todos tenemos de soledad y recogimiento, la necesidad visceral y mental de estar solos de vez en cuando, de reservar y conservar una intimidad. Tu corazón –decía Balzac- es un tesoro, vacíalo de golpe y quedarás arruinado. Elegir vivir solo un tiempo está bien. Muchos rituales de tránsito de diversas culturas así lo imponen. Pero no poder sino estar solo continuamente es un infierno.

Huimos de la soledad como de un incendio. Por no quedarse sola, la adolescente se junta o admite la tiranía de quien no le conviene. Por no sentirse solo, el adulto acaba adoptando las creencias y comportamientos más absurdos. A veces el miedo a la soledad es peor que la soledad misma. Por eso dice la gente que “es mejor estar solo que mal acompañado” o que “el buey solo bien se lame”. Por temor a quedarse sola, la maltratada se somete a una tortura diaria y consiente en humillar y encoger su dignidad ante el maltratador.

En su Historia íntima de la humanidad (Plataforma editorial, Barcelona 2014), Theodore Zeldin distingue tres tipos de soledad:

a) física, no tener una mano que asir, no poder sentir el calor de otro cuerpo junto al mío ni el consuelo de un abrazo…

b) social, ser ignorado, dado de lado, despreciado, humillado, ninguneado…  

c) y espiritual, no lograr ser entendido, caso de aquellos creadores que se anticipan a su época, caso del sabio insobornable, del político visionario, del artista de vanguardia, etc.

Ni el dinero ni el éxito en el trabajo nos redimen de la soledad, ni siquiera la Fama (hermana prostituta de la Gloria). Y el poder más bien aisla; “el coronel no tiene quien le escriba”. Podemos citar el caso arquetípico del Ciudadano Kane, personaje de la excelente película de Orson Welles. Zeldin cita también el caso de Simone de Beauvoir, cuya idea de que el trabajo protegería a la mujer mejor que la familia resultó errónea. Ese “me basto a mí misma” mostró sus limitaciones, no sólo porque también ella misma reconoció que “se estupidizó por haberse enamorado”, sino porque manifestó sentirse sola cuando Sartre dejó de ser el que había sido. 

“Todos los movimientos a favor de la libertad se detienen ante el muro de la soledad”, sentencia Zeldin. Por paradójico que parezca, amar y, sobre todo, conservar y profundizar una relación amorosa, requiere limitar libremente la propia libertad. La hipérbole de Cernuda es significativa:

“Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío…”

Uno limita sus movimientos por mor de conservar la buena compañía. Las reglas pragmáticas de cortesía tienen ese valor, pero si uno se hace de miel, se le pegan todas las moscas y uno no debe mostrar "demasiada habilidad en casa de comunidad".


Se dice también que nacemos y morimos solos, pero la soledad, o el miedo a la soledad, ¿son incurables? Zeldin describe cuatro estrategias o métodos para bregar con ella.

El primero es paradójico, porque consiste en inocular aquello mismo que se pretende combatir, como en las vacunas. Ante la incomprensión, la crueldad, la dureza del mundo, el eremita, el cartujo, el cenobita elige el retiro, el desierto, la cueva, la compañía de las fieras, de los pájaros, el rumor de las olas o el latido del viento, la conversación con ese Otro tan controvertido al que llama "su dios". Se trata de buscar la paz interior. Una soledad que religa con la vasta unidad de Dios o del Cosmos, preferible ese diálogo interior que algunos llaman confesión a las calumnias hipócritas del mundo social.

Una forma atenuada de retiro es la del recogimiento en el locus amoenus de la Aldea, frente al ruido y la mascarada de la Corte, tal y como lo pinta, por ejemplo, Antonio de Guevara en su Menosprecio de corte y alabanza de aldea (Valladolid, 1539). O el cultivo del propio huerto, según fórmula consagrada por Voltaire.

Buda fue el príncipe que se hizo ermitaño. San Antonio Abad, un egipcio analfabeto, se retiró del mundo a los 35 años, para combatir en el desierto a todos sus demonios: preocupaciones, dudas, temores, angustias, culpas, tentaciones… La soledad –y es el caso de algunas formas atenuadas de autismo o del síndrome de Asperger-, puede ser elegida para evitar sentirse profundamente desolado y ninguneado y solo entre la gente.

Las tentaciones de San Antonio, de Dalí.

Aún buscada deliberadamente, la soledad puede volvernos misántropos o, como se dice ahora, sociópatas. Se dice que Pacomio (290-346), soldado romano convertido al cristianismo en Alejandría, padre del monacato cenobítico, antecedente del ‘Ora et labora’ de San Benito, tras siete años de soledad y ayuno en las ruinas de un templo pagano (el de Serapis), reaccionaba airado ante cualquier leve discrepancia. La falta de eco para sus teorías volvió misántropo al por otra parte misógino y genial Schopenhauer.

Y es que el retiro social debe ser dosificado, igual que está bien entreverar la vida social con esporádicas escapadas al campo sin necesidad de quedarse a vivir como una bruja en mitad del bosque. Ya decía Aristóteles con magistral ironía que quien dice no necesitar a los demás o es más que un hombre (un dios) o menos que un hombre (una bestia), pero no es un hombre.

Muchos ancianos prefieren vivir solos, pero cerca de sus parientes por si los necesitan, por si decaen en “dependientes”, destino final de un porcentaje cada vez más alto de nuestras poblaciones envejecidas. Sentir cerca al hijo, y más aún a la hija, les da seguridad a los mayores, aunque no los necesiten. En muchas culturas, las personas ancianas se imponen a sí mismas la soledad y sus rigores como un método para preparar el tránsito, como el elefante que se retira de la manada y busca el cementerio de elefantes.

Para escapar de la soledad, del desprecio social y de los inevitables malentendidos y frustraciones de la interacción, los hay que eligen la introspección, el cultivo de la propia diferencia, el “friquismo”, la insistencia en la personal originalidad y peculiaridad de uno mismo. He leído que en Japón, medio millón de jóvenes sufren hoy el síndrome de la puerta cerrada, abandonan la vida social y viven aislados. Son los nuevos cartujos seculares, o virtuales.

Si bien en las sociedades antiguas la idea de ser o simplemente de mostrarse diferente a los demás podía resultar aterradora, a partir del Renacimiento cobró atractivo el impulso valeroso –a veces temerario- por expresar ideas propias, lo cual es tan arriesgado que exige el elogio constante de al menos un grupo de seguidores o una minoría acreditada, sobre todo en un momento en que la imitación de modelos clásicos se aceptaba como la más segura ruta hacia la excelencia.

Zeldin cita a colación el caso extremo de Girolamo Cardano que examinó y registró todas sus peculiaridades íntimas con minuciosidad, desde las hemorroides que sufría hasta la cantidad exacta de orina que miccionaba al día, o sus problemas genitales. Para que no se piense en un individualismo narcisista (peste de nuestra época), diremos que Cardano tuvo también el cuidado de mencionar las “cosas en que he fracasado”. No se hizo famoso por las ecuaciones de tercer grado que nos enseñó a resolver, ni por sus funciones de adivino, sino por los voluminosos libros titulados La variedad de las cosas y la sutileza de las cosas, donde concluía:

“Ser lo que uno puede, cuando no puede ser lo que se querría, contribuye a la felicidad”. 

Estamos de acuerdo.

Los románticos acentuaron esta ruta hacia el reconocimiento y acentuación de la irreductible diversidad humana. Más allá de la simpatía, A. W. von Schlegel exige amar a las personas precisamente por ser diferentes a uno mismo. Sin embargo, igual que las extremas diferencias pueden ser origen de interminables conflictos, siendo buena base para la amistad una cierta afinidad de caracteres e intereses, el examen continuo de las originalísimas diferencias del yo interior (muchas veces más supuestas que reales) puede desembocar en la soledad del extravagante, del "rarito", o en el fangoso charco del principal diablo de la soledad involuntaria: el aburrimiento. Séneca decía que el ocio sin las letras (la literatura, la filosofía y el arte) es la ruina del alma. Tenía razón, porque el aburrimiento suele ser el padre de todos los vicios.

Mirarse demasiado al espejo (y el monitor tiene mucho de espejo narcisista) puede arrastrarnos a la cárcel virtual que uno mismo se ha construido al otro lado del espejo, en la que sólo convive ya con recuerdos propios, ilusiones perdidas y sombras de amigos que nos olvidaron. Solo se ve –dice el pueblo- quien solo quiere verse. El narcisista, que tanto necesita de la atención, del halago y del aplauso ajenos, acaba viviendo solo, como casi la mitad de las personas en nuestras grandes ciudades.


Un tercer método del solitario, particularmente cultivado por la aristocracia inglesa, es la excentricidad. Una inyección de absurdo y de humor en el particular aislamiento del club selecto y la intimidad clasista. Se cuenta del quinto duque de Portland, maníaco de la intimidad, que no dejaba ni siquiera al médico entrar en su alcoba y le dictaba a voces los síntomas de su enfermedad para que diagnosticara desde el umbral. Esto no impidió al duque construir una sala de baile para dos mil personas, un ascensor para veinte y una biblioteca con doce mesas de billar en las que nadie jugó jamás. Su idea de libertad era disfrazarse para no ser reconocido. De esta forma la libertad conduce irremediablemente al aislamiento.

Hay quien cuenta a ciertas mujeres como las más audaces de la historia al hacer de sus incomodísimos atuendos una actividad teatral. Puede que quien "marca tendencia" arrastre a otros, pero esos mismos que le seguirán mañana nunca los va a tener presentes hoy.

Para finalizar, celebraremos a los solitarios inspirados a los que debemos gran parte de los progresos de la historia, esos que aislados y concentrados en los trabajos de sus gabinetes o en los ensayos de sus laboratorios hacen de su vocación una labor fértil para los demás.

Los progresos de la inmunología y el estudio de las alergias han probado que todos necesitamos pequeñas dosis de cuerpos extraños para sobrevivir al lado de los demás. Pues vivir es convivir y es imposible segregarse o destruir para siempre a los extraños o a los enemigos. La curiosidad por los demás no es un lujo, sino una necesidad de nuestra existencia. En los seres extraordinarios, la curiosidad suele ser más potente que el miedo.

No hay receta segura contra la soledad ni contra el miedo a la soledad. Reducir el grado de este es no obstante indispensable para poder relacionarnos con los prójimos en base al respeto y la confianza mutua.

El diálogo con el otro es imprescindible para corregir y mejorar la propia perspectiva, para aclarar los pensamientos, seleccionar las metas y saber a dónde ir. Igual que es muy útil el conocimiento de la historia y de las humanidades, pues la experiencia anterior de la humanidad nos revela donde estamos y nos evita dolorosas desilusiones y frustraciones.

viernes, 19 de agosto de 2016

PENSAMIENTO AFECTIVO, AFECTIVIDAD PENSANTE



Un amigo filósofo me regaló hace tiempo el libro de Michel Henry “Filosofía y fenomenología del cuerpo” que sólo ahora he leído con detenimiento. Michel Henry es un fenomenólogo francés no tan conocido como Merleau Ponty, tuve la suerte de conocer a un discípulo suyo que nos explicaba con entusiasmo su Fenomenología.

lunes, 8 de agosto de 2016

H. ARENDT, CONTEMPLACION FRENTE A ACCIÓN




 Mi lectura de "Vita Activa"
 Ana Azanza


4.            CAMBIOS EN LA JERARQUÍA: CONTEMPLACIÓN FRENTE A ACCION

Hay que decir unas pocas frases sobre la jerarquía que se ha establecido entre estas actividades humanas desde la Antigüedad a nuestros días.


En Grecia labor y trabajo eran actividades que tenían lugar fuera de la escena pública, en el ámbito privado de la casa. Sólo el ciudadano que tenía esclavos se podía permitir el lujo de aparecer ante los demás en el ágora, el “mundo” de entonces. Sus esclavos laboraban y trabajaban para él.

viernes, 5 de agosto de 2016

H. ARENDT, ACCION Y REVELACION DEL YO



MI LECTURA DE "LA CONDICIÓN HUMANA"

Ana Azanza

 En el mundo entero se acuerdan de Hannah Arendt, en especial en zona de conflicto (Palestina, Ucrania, Egipto.....), como lo demuestra este documental de 2015. Su figura se agiganta con el paso del tiempo, más bien encuentra el reconocimiento que se merece.
Hoy parece que nuestros contemporáneos la aprecian porque encuentran en ella inspiración para ejercer "el derecho a desobedecer", según reza el título del documental. 



lunes, 11 de julio de 2016

EL VALOR DE LA ESPERA


« Il existait deux voies qu’une culture pouvait emprunter après avoir satisfait ses besoins matériels fondamentaux. La première était celle de la réflexion et de l’étude : prendre du recul, observer, chercher la connaissance et l’inspiration dans le monde environnant. La seconde consistait à investir toute son énergie dans la protection de sa bonne fortune. »
                                      Greg Egan. Gloire (2007, trad. Bragelonne, Paris 2009)

Ante la dificultad de encontrar obras de Greg Egan traducidas al español, decidí comprar un relato suyo en versión francesa: Gloire (2007, traducción 2009). Dos exploradoras espaciales pertenecientes a una gran confederación galáctica no dudan en encarnarse en otra especie, la raza de los Noudah, y en atravesar veinte años luz para acceder a los secretos matemáticos de una tercera especie desaparecida: los Niahs.

Los actuales inquilinos del planeta en el que vivieron los Niahs no tienen aún tecnología como para viajar por el espacio exterior y no comprenden que una raza más antigua, de la que no saben si proceden, dedicase tres millones de años a buscar la fórmula matemática definitiva, el teorema capital. Como nosotros, aún están engolfados en pugnas y conflictos entre bloques políticos.

Es muy interesante el dilema civilizatorio que se plantea en el relato del escritor de ciencia ficción australiano. Los Niahs desaparecieron hace un millón de años. Y no se sabe por qué. Escribían en porcelana irrompible sus descubrimientos y sus restos arqueológicos prueban que disfrutaron de una cultura sofisticada, aunque nada permite deducir que hayan viajado a otras estrellas o se hayan dispersado por el universo exterior. Todo hace pensar que una vez hubieron alcanzado un cierto confort material, se consagraron a diversas formas de arte, sobre todo a las matemáticas.

Joan y Anne, las dos investigadoras, creen que una civilización que emplea tres millones de años estudiando matemáticas tiene sin duda algo que enseñar a la Amalgama (así se llama la confederación de inteligencias avanzadas de la galaxia). La Amalgama ha superado ya la fase de imperialismo territorial o expansión violenta, y las naciones y federaciones que incluye resuelven pacíficamente sus tensiones.

Ninguna cultura de la Amalgama ni de otras civilizaciones ancestrales había logrado antes tal profundidad de análisis. Los Niahs expresaban sus descubrimientos matemáticos mediante hipercubos analógicos heptadimensionales de una elegancia flipante. Estaba claro que buscaban un teorema que unificara a todos los demás. Y seguramente lo encontraron. Joan y Anne lo denominaban metafóricamente el Big Crunch.



Y especulando podríamos pensar que una vez que lo hallaron, perdieron todo interés por la vida. ¿Podría haberse producido con ello un suicidio colectivo a escala de toda una cultura? ¿O un largo periodo de aletargamiento y esterilidad acabó con los Niahs, una vez resuelto el Gran Problema y alcanzada la Gran Meta?

El principio de este razonamiento es importante: Es la búsqueda, no el hallazgo, lo que dota a una cultura de energía. Fue la generación siguiente a la de aquellos pioneros que extendieron la civilización occidental hasta la costa del pacífico los que inventaron el gran cine. Luego, a falta de ideas, casi hemos de conformarnos con meros “efectos especiales”.

Evidentemente, es inverosímil que una cultura entera pierda de la noche a la mañana las ganas de vivir, y con ello sucumba en seguida. Tal vez sea preciso para ello el empuje o la presión de una fuerza externa: epidemia, invasión, cambio climático, cataclismo cósmico…

No hay acción sin esperanza y no hay esperanza sin meta. La navegación por el mar proceloso de la vida se hace imposible si no sabemos donde está el norte. El filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han alude a ello en su ensayo sobre El aroma del tiempo y el arte de demorarse (Herder, 2015). Cuando la vida y la comunicación se resuelven en un instante, como en la mensajería instantánea, se pierde la rica semántica del camino, se olvida el sentido místico de la peregrinación, desaparece el enorme valor de la espera. Donde no existe la duración de un marchar, sólo queda el instante de un zumbido de teléfono móvil.
“El tiempo se desintegra en una mera sucesión de presentes. La época de las prisas no tiene aroma”.
La historia moderna tenía su propio horizonte de salvación secular: emancipación, libertad, igualdad, fraternidad, una meta cosmopolita de paz universal (Kant). Su soteriología (doctrina de salvación) se llamaba progreso. Parecía evidente que los cambios históricos, fueran reformas o revoluciones, se orientaban a la consecución de una humanidad más justa y feliz, o sea, suponían un progreso hacia una meta, si bien esta podía situarse en el infinito. Todavía los avances científico-técnicos se venden y publicitan en esa liturgia pseudorreligiosa, pseudomágica, la de una salvación de la carne en un futuro inmediato, o remoto pero posible.

Pero, por muchos políticos que no se hayan enterado todavía y sigan publicitando sus programas con el eslogan del “progresismo”, la verdad es que dos guerras mundiales y un par de colosales desastres atómicos acabaron con esa creencia, con la teleología del Gran Relato del Progreso que sustituyó al Gran Relato de la Divina Providencia.

En la postmodernidad que habitamos ya no hay un horizonte universal, y tal vez sea porque ese horizonte ya esté realizado: fin de la historia. Quizá, como afirma el filósofo francés Jean-Luc Nancy, la semilla del espíritu cristiano, secularizada, se ha realizado como humanismo católico, capitalismo protestante y progreso técnico ilustrado (razón instrumental). Aunque yo mucho me temo que mientras que las dos últimas potencias (capitalismo y tecnociencia) triunfan y se desarrollan, el humanismo cae en picado (y el auge el animalismo no deja de ser un síntoma de ello).

Es muy difícil fiarse del hombre occidental cuando éste ha renunciado ya a buscar el regreso a Ítaca rompiendo su compromiso con Penélope. Es muy difícil ser filántropo si no vemos en el humano una imagen de Dios, un dios posible. Puede incluso que entonces, afianzados en la misantropía por los grandes desastres históricos y ecológicos causados por los hombres, más la falta de objetivo de toda evolución natural, nos volvamos del todo estériles, como ese viejo Schopenhauer que paseaba solo y sólo confiaba ya en su perrillo.

Se acabó el compromiso con la Historia. También con  la propia Biografía como un relato con sentido. Fuera promesas, fuera compromisos. Velocidad y prisas. Únicamente queda el zapping para quienes a pesar de todo no quieren perderse nada: el disfrute de fragmentos de vida en los que esperamos todavía encontrar la realización gozosa de nuestras disposiciones. "¡No te lo pierdas, no te lo pierdas!", nos grita el publicista. Y así saltamos de una placer a otro sin solución de continuidad, sin duración, sin relato, sin sentido.

Compañías de superficie en redes sociales. Todos vagabundos y okupas. Para Byung-Chul Han no es posible la libertad sin un sostén, y como ya no hay narración sobre la que gravite la duración de nuestras vidas, lo que queda es desorientación, zumbido sin rumbo. Atolondramiento.

Por eso las exploradoras espaciales del relato de Greg Egan, Joan y Anne, una vez hallado el teorema del Big Crunch (tan largo como el radio de la galaxia) que encontraron tras tres millones de años de esfuerzos analíticos los Niahs dudan si revelarlo o no a Amalgama, la confederación galáctica. Si los Buscadores sacian de golpe su sed de conocimientos, corroída entonces su razón de vivir, ¿no languidecería con ello su cultura hasta desaparecer?

No destriparé la historia completamente confesando aquí lo que las exploradoras espaciales decidieron.

Nota bene

Sobre el transhumanismo de Greg Egan en Axiomático véase mi entrada en Signamento.