QUÉ ES LA FILOSOFÍA

Probablemente existan tantas definiciones de filosofía como
autoras y autores hayan escrito sobre ella. En este artículo nos centraremos en
las más relevantes o las más significativas que han ido conociéndose a lo largo
de los años. Etimológicamente, Filosofía significa “amor a la sabiduría”. El
término se atribuye tradicionalmente a Pitágoras, quien lo habría usado para
describir la actitud de un amante de la sabiduría que buscaba conocer y
comprender.
Para Sócrates, la filosofía no era simplemente un conjunto de
conocimientos teóricos, sino una forma de vida centrada en la búsqueda
constante de la verdad y del bien, así como del conocimiento de uno mismo a
través el diálogo y la mayéutica. Para él la filosofía tenía además una misión
moral y social.
En Platón, la filosofía era una exigencia de la razón, una
disciplina moral y una vía de salvación del alma. Es el proceso mediante el
cual el ser humano se educa en la verdad y se transforma éticamente,
participando de un orden superior. Comenta Iris Murdoch en su libro El fuego
y el sol (1973) que para Platón la filosofía es esencialmente conversación,
siendo las discusiones filosóficas la más pura de las actividades humanas y el
mejor vehículo para llegar a la verdad, pero también es un entrenamiento para
la muerte, ya que los verdaderos filósofos “se ejercitan en el morir”, para
cuando el alma exista sin el cuerpo. (Murdoch, 2016: 38). Y autores como
Huizinga, señalan que para Platón también la filosofía, a pesar de su hondura,
seguía siendo un noble juego (Huizinga, 2000: 229).
Aristóteles considera que la filosofía nace del asombro, de
la capacidad del ser humano por extrañarse, por sorprenderse o por
maravillarse, siendo este el impulso original del pensar filosófico, donde la
ignorancia humana pretendía dejar de serlo. Este asombro es el motor de la razón y el inicio de toda
sabiduría.
Para el epicureísmo la filosofía es el arte de vivir
placenteramente y sin miedo a la muerte ni a los dioses. La felicidad era
entendida como ataraxia (tranquilidad del alma) y aponía
(ausencia de dolor físico). Filosofar es aprender a vivir bien, es decir, de forma placentera, serena
y racional, alejados del deseo innecesario y del sufrimiento mental.
En el estoicismo, la filosofía es vivir de acuerdo con la
razón y la naturaleza, es una guía práctica para la vida, no una mera teoría.
La única cosa valiosa es el bien moral. La filosofía es el ejercicio de la
razón para vivir según la naturaleza y la virtud, aceptando lo que no podemos
controlar.
Para Descartes, la misión de la filosofía consistía en
asegurar la certeza del conocimiento humano, otorgándole a la filosofía de esta
manera una nueva función. A partir del Renacimiento, la filosofía sufrirá una
enorme diversificación debida a los crecientes avances científicos.
En Kant, la investigación filosófica se dirige hacia el mismo
sujeto que la ejerce, siendo la filosofía una reflexión crítica sobre los
límites y las posibilidades del conocimiento humano, además de una herramienta
para orientar la razón en su búsqueda de la verdad, la moral y la libertad. En
su "filosofía trascendental" busca entender cómo es posible el
conocimiento a priori, es decir, aquel que es independiente de la
experiencia.
Hegel presenta una idea de filosofía histórica,
considerándola el desarrollo del pensamiento entendido como un sistema y
teniendo como tarea comprender la realidad en su totalidad. La filosofía emerge
de la historia de la filosofía y cada tiempo presenta su conciencia filosófica,
es el pensamiento que acompaña el desarrollo del Espíritu y revela que la
historia y la razón son una misma cosa desplegada en el tiempo.
Para Marx, la filosofía no es simplemente una contemplación
de la realidad ni una búsqueda abstracta de la verdad, sino una herramienta de
transformación social. A diferencia de muchos pensadores anteriores, Marx
considera que la filosofía no debe limitarse a interpretar el mundo, sino que ha de cambiarlo.
Según Kierkegaard, la filosofía no es un sistema abstracto de
ideas, ni una construcción racional que explica el universo desde afuera. Es,
ante todo, una reflexión personal y apasionada sobre la existencia individual.
Frente al pensamiento sistemático de Hegel, Kierkegaard propuso una filosofía
existencial, centrada en la angustia, la libertad, la fe y la decisión
personal.
En Nietzsche, la filosofía no es un sistema de verdades
eternas ni una búsqueda desinteresada del conocimiento, sino una expresión
profunda de la vida, del instinto y del poder creador del ser humano. A
diferencia de los filósofos tradicionales, Nietzsche rechaza la idea de que la
razón sea el camino hacia la verdad. Para él, filosofar es reinterpretar la
existencia, romper con las ilusiones de la moral y la metafísica, y afirmar la
vida en toda su complejidad y ambigüedad.
Edmund Husserl entendió la filosofía como una ciencia
rigurosa de la conciencia. No se trata de especular sobre lo que no se puede
saber, ni de elaborar sistemas abstractos, sino de volver a las cosas mismas,
es decir, describir fielmente cómo se presentan los fenómenos a la conciencia,
sin presupuestos ni prejuicios. Con Husserl nace la fenomenología, un nuevo
enfoque filosófico que convierte a la experiencia vivida (la subjetividad) en
el punto de partida y objeto de estudio privilegiado de la filosofía.
Husserl influyó en Heidegger, quien entendió la filosofía
como una pregunta radical por el Ser. Heidegger cree que la historia de la filosofía occidental ha
sido, en gran medida, una historia del olvido del Ser. La filosofía para él
consistiría en una escucha poética del Ser, más cercana a la poesía, al arte y
al asombro original, que al análisis lógico o científico.
Para Ortega y Gasset, la filosofía no es una teoría abstracta
ni una especulación separada de la vida. Por el contrario, la filosofía es el
esfuerzo radical por comprender la realidad desde la raíz misma de la
existencia humana. El ser humano no es solo razón, ni solo biología ni solo
individuo aislado, sino un ser que vive situado en un mundo concreto, en
relación con su entorno, su época, su cultura, su historia. De ahí su célebre
frase: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Para Ortega, filosofar es aprender a
vivir despierto.
En la filosofía posmoderna, se produce una crisis de la
razón. Lyotard define la posmodernidad como la crisis de los grandes relatos
que no reivindican ninguna objetividad, sino que son meras narraciones, que
además son peligrosas porque apelan al terror para imponerse: el relato
ilustrado del progreso racional, el relato cristiano de la salvación y el relato marxista de la
emancipación.
La crisis de la razón en la filosofía posmoderna consiste en
el cuestionamiento profundo de la razón como fundamento único, universal y
objetivo del conocimiento y la acción. En lugar de un pensamiento que impone unidad, la
posmodernidad defiende la pluralidad, la diferencia, la fragmentación y la
apertura a lo múltiple. Desaparecen, por tanto, el sujeto cartesiano autónomo y
los sistemas cerrados de pensamiento.
En la filosofía contemporánea se produce un retorno a la
razón, aunque no en los términos del racionalismo clásico. Después de las
críticas radicales de la posmodernidad, muchos filósofos y filósofas contemporáneas
han intentado reivindicar la razón, pero desde una perspectiva más plural,
compatible con la experiencia, la ética, y el sentido personal. En ese sentido
podríamos nombrar a autoras y autores como Murdoch, Callard, Habermas, Ricoeur
o Savater.
Fernando Savater distingue entre ciencia y filosofía, aunque
ambas intentan contestar preguntas relacionadas con la realidad. Mientras que
la ciencia brinda soluciones, la filosofía brinda respuestas:
Dicho de modo más radical, no sé si
excesivamente radical: los avances científicos tienen como objetivo mejorar
nuestro conocimiento colectivo de la realidad, mientras que filosofar ayuda a
transformar y ampliar la visión personal del mundo de quien se dedica a esa
tarea (Savater, 2021: 21).
Para Savater, son tres los enemigos de la razón: el
escepticismo, el relativismo y la revelación o visionarias y visionarios. El
escepticismo pone en duda todos los conocimientos humanos: no existe, por
tanto, ningún conocimiento que sea seguro ni fiable. El relativismo cuestiona
que podamos alcanzar la verdad por medio de la razón y la subjetividad se
impone a cualquier intento de objetividad universal. Y, por último, el grupo
visionario cree en una verdad revelada a la que no se accede mediante el método
racional. En este último caso existiría el privilegio para unos cuantos, y
argumenta Savater que mientras que la revelación elige a unos cuantos, la razón
puede ser elegida por cualquiera:
A fin de cuentas, la disposición a
filosofar consiste en decidirse a tratar a los demás como si fueran
también filósofos: ofreciéndoles razones, escuchando las suyas y
construyendo la verdad, siempre en tela de juicio, a partir del encuentro entre
unas y otras (Savater, 2021: 64)
En nuestros días, podemos encontrar infinidad de definiciones
o concepciones de la filosofía. Una de ellas muy de moda en nuestros días, procedente de Epicuro y los estoicos, es la filosofía terapéutica o filosofía
como terapia o forma de vida, donde filosofar no es solo pensar sino también
curarse de los pensamientos que nos hacen daño, es vivir de una manera
distinta, transformarse a través del pensamiento, cultivando una forma de
existencia lúcida y libre. El filósofo Luis Roca Jusmet, en su libro Manifiesto
por una vida verdadera (2023) reflexiona sobre estas concepciones de la
filosofía en Hadot, Foucault y Jullien. Mientras los dos primeros buscan un
referente en la tradición grecorromana, Jullien lo hace en los textos clásicos
de la sabiduría china. Roca Jusmet analiza los trabajos de estos autores desde
un punto de vista comparativo:
…para Foucault, Descartes es el punto
de ruptura de la filosofía como forma de vida, mientras que para Hadot esto
sucede en la Edad Media y, aunque continúa en la Moderna, no se da en
Descartes, como puede comprobarse en sus Meditaciones metafísicas (Roca
Jusmet, 2023: 54).
Pero quizá una de las definiciones de la filosofía más
curiosas, interesantes y creativas bajo mi punto de vista, fue la que nos
dejaron Deleuze y Guattari en su obra ¿Qué es la filosofía? (1991),
donde la filosofía es la disciplina que consiste en crear conceptos.
Así, las filósofas o filósofos serían los amigos del concepto. Tienen claro que
la filosofía no es contemplación, ni reflexión ni comunicación, ya que estas no
son disciplinas. Crear conceptos, al menos es hacer algo. La filosofía consiste
en una creación continuada de conceptos y el concepto como creación filosófica
constituye una singularidad. Todo concepto remite a un problema y siempre tiene
una historia. El concepto tiene un devenir, ya que cada concepto remite a otros
conceptos y se concatenan unos a otros. El concepto expresa el acontecimiento,
es absoluto y relativo al mismo tiempo. Un filósofo reajusta sus conceptos e
incluso los cambia. El concepto no es discursivo ni enlaza proposiciones, no es
proposicional. Argumentan los autores que, de acuerdo con Nietzsche, si no
existe un concepto que se haya creado con anterioridad sería imposible conocer
nada mediante conceptos. Utilizan además para ilustrar conceptos, ejemplos muy
significativos de la historia de la filosofía, como las Ideas de Platón, la
sustancia en Aristóteles, el cogito de Descartes, las mónadas de Leibniz, la
condición de Kant, la potencia de Schelling, el tiempo de Bergson, etc.
Mientras que la filosofía crea conceptos, la ciencia crea prospectos y el arte
crea perceptos y afectos. Para Deleuze y Guattari, los filósofos sienten escasa
afición por las discusiones.
La comunicación siempre llega
demasiado pronto o demasiado tarde, y la conversación siempre está de más
cuando se trata de crear. A veces se imagina uno la filosofía como una
discusión perpetua, como una “racionalidad comunicativa", o como una “conversación
democrática universal". Nada más lejos de la realidad y, cuando un
filósofo critica a otro, es a partir de unos problemas y sobre un plano que no
eran los del otro, y que hacen que se fundan los conceptos antiguos del mismo
modo que se pueden fundir un cañón para fabricar armas nuevas. Nunca se está en
el mismo plano. Criticar no significa más que constatar que un concepto se
desvanece, pierde sus componentes o adquiere otros nuevos que lo transforman
cuando se lo sumerge en un ambiente nuevo. Pero quienes critican sin crear,
quienes se limitan a defender lo que se ha desvanecido sin saber devolverle las
fuerzas para que resucite, constituyen la auténtica plaga de la filosofía
(Deleuze & Guattari, 2024: 34).
No son muy coincidentes con la opinión de Savater cuando
argumenta que los filósofos (no todos) pueden llegar a ser risibles entre otros
motivos por su arrogancia y porque dan lecciones de moral cuando luego no las
ponen en práctica. Sobre la relación entre ellos dice:
Para colmo se llevan fatal entre
ellos y desacreditan a sus colegas con auténtica saña. En pocas palabras: son
pedantes, pomposos, inútiles, irreverentes, hipócritas y egocéntricos. ¿Hay
quien dé más… por menos? Aunque haya mucho de exageración y de generalización
injusta en estas acusaciones es preciso aceptar que no carecen en buena parte
de razón (Savater, 2021: 280).
El historiador neerlandés Johan Huizinga en su obra Homo
Ludens (1938) sostiene
que el juego es un componente esencial y fundante de la cultura humana, incluso
anterior al lenguaje o la razón. El juego es más antiguo que la cultura y los
animales también juegan sin haber esperado a que el ser humano les enseñara a
jugar. Huizinga dedica un capítulo de su libro a las formas lúdicas de la
filosofía y, citando a Erasmo, argumenta que en las escuelas solamente se
tratan los temas que los antecesores ofrecieron, así que no debería percibirse
como inaudito o atrevido el hecho de que alguien realice alguna nueva
aportación. En opinión de este autor, la ciencia y la filosofía son polémicas,
donde todo se dispone en campos y partidos:
Se es cartesiano o anti, se toma
partido por los anciens o por los modernes, se está, mucho más
allá de los círculos de los sabios, por o contra Newton, por o contra el
achatamiento de la Tierra, contra la vacuna, etc. (Huizinga, 2000: 237).
Y lleva toda la razón. El juego es una pugna por algo, en
este caso es una lucha de conceptos con el fin de comprobar quién produce algo
mejor, donde además tiene un peso específico la pertenencia a determinadas
escuelas, el contagio de las filosofías por los sesgos ideológicos o
religiosos, las influencias de los contextos particulares de cada pensadora o
pensador. Pero, en definitiva, podríamos concluir que la historia de la
filosofía ha sido una batalla dialéctica lúdica y la filosofía sigue siendo un
debate lúdico entre seres humanos con diferentes perspectivas y puntos de
vista, donde cada una y cada uno aporta su granito de arena para ir
configurando el Espíritu Absoluto hegeliano. Así que la historia de la
filosofía y también la filosofía han sido y siguen siendo un juego. Por lo
tanto, siguiendo a Deleuze y Guattari, y con la ayuda de Huizinga, me permito
el lujo de crear el nuevo concepto de dialéctica lúdica o filosofía
lúdica, aunque personalmente no me gustan las batallas y discusiones y
prefiero el socrático “solo sé que no sé nada”, haciéndome el idiota cuando la
ocasión lo merece.
Bromas o no bromas aparte, la historia de la filosofía puede
considerarse en sí misma como un problema filosófico. El primero en intentar
hacer una historia de la filosofía fue Aristóteles, trazando en su Metafísica
una genealogía del saber enumerando e interpretando a sus predecesores. En la
historia de la filosofía ocupa un lugar destacado Diógenes Laercio con su obra Vidas,
opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, no tanto por la
profundidad de su análisis, sino por el valor documental y anecdótico que
ofrece sobre los pensadores antiguos. Su recopilación constituye una fuente insustituible
para conocer no sólo las doctrinas, sino también los rasgos humanos, las
polémicas y las paradojas de los filósofos griegos. La ciudad de Dios de
San Agustín se inscribe en la historia de la filosofía como un punto de
inflexión donde el pensamiento antiguo se transforma y se orienta hacia una
visión cristiana del mundo. Para él, “la auténtica Historia consiste en una
lucha constante entre la fe y la incredulidad”. Para Hegel, en sus Lecciones
sobre la historia de la filosofía, la historia del pensamiento no es solo
una lista de ideas o autores, sino un proceso en el que la verdad se va
revelando poco a poco. Cada gran sistema filosófico representa una etapa en ese
camino, como si la verdad fuera construyéndose paso a paso a través del tiempo.
Los filósofos no son individuos aislados, sino momentos necesarios en el
desarrollo de una única gran idea: el Absoluto. Así, para Hegel, estudiar la
historia de la filosofía es también hacer filosofía, porque es ver cómo la
razón se va conociendo a sí misma a través del tiempo. El historicismo de Dilthey representa
un giro fundamental en la filosofía moderna al afirmar que toda comprensión
humana está históricamente situada. Aunque influenciado por el idealismo
hegeliano, para Dilthey la metafísica no es el camino adecuado para comprender
la realidad humana, como pretendió Hegel, y lo que rige la evolución de la
historia es la psicología.
En general, cada autora o autor ha tomado las ideas de
quienes vinieron antes y las ha continuado, especialmente cuando las
consideraba incompletas, limitadas o insuficientes. Así, el pensamiento avanza
al revisar, corregir o ampliar lo que otros habían planteado, construyendo un
diálogo continuo donde cada contribución busca acercarse más a la verdad. Los
diferentes acercamientos a la historia del pensamiento filosófico pueden revelar
algunos aspectos inesperados para quien la estudia. No se puede aceptar que la
historia de la filosofía sea vista como una especie de filosofía superior o una
metafilosofía, pero tampoco es correcto limitarla a ser simplemente una ciencia
auxiliar dependiente de la filosofía. Lo cierto es que la historia de la
filosofía presenta una cierta unidad: los filósofos han desarrollado sus ideas
en general de forma solitaria, en círculos reducidos y sin conexión directa
entre ellos, separados por distancias y épocas diferentes. Solo después de
muchos siglos se ha logrado una colaboración intelectual más amplia y continua,
como la que experimentamos en la actualidad. El historiador de la filosofía
realiza un trabajo heurístico y hermenéutico: después de la publicación de Verdad
y método de Gadamer en 1960, la hermenéutica se ha consolidado como una
parte fundamental de la filosofía actual. La hermenéutica es la disciplina que
estudia la interpretación, especialmente de textos, buscando comprender el
sentido que esconden y cómo este se relaciona con el contexto y la experiencia
del intérprete.
Suele dividirse la historia de la filosofía en cuatro grandes
etapas: antigua, medieval, moderna y contemporánea. En la antigüedad, los presocráticos
se dedicaron principalmente a explorar el origen y la estructura del cosmos,
buscando un principio fundamental que explique la realidad. Por su parte, los
sofistas y Sócrates enfocaron su reflexión en cuestiones morales, indagando
sobre la naturaleza humana y la organización de la sociedad política. El
problema metafísico, que alcanzó su mayor desarrollo en Platón y Aristóteles,
profundizó en el estudio del ser, la realidad última y los principios que
sustentan todo lo existente, sentando las bases para una filosofía más
sistemática. Más adelante, en el periodo helenístico, las escuelas epicúrea,
estoica y escéptica pusieron el foco en la ética, haciendo de la búsqueda de la
felicidad personal y la tranquilidad del alma el tema central de su
pensamiento. En la filosofía medieval, las cuestiones principales giraron en
torno a la relación entre la fe y la razón, la existencia y naturaleza de Dios,
y la explicación del mundo a través de una visión teológica. Se intentó
armonizar las enseñanzas religiosas con la filosofía clásica, especialmente la
de Aristóteles, abordando temas como el alma, la moral y el sentido de la vida
dentro de un marco espiritual. En la filosofía moderna, el problema central
será encontrar un método seguro y fiable que permita el progreso del
conocimiento, especialmente en las ciencias. Al mismo tiempo, surge una
profunda preocupación por comprender tanto la realidad externa, es decir, el
mundo físico, como la realidad interna del ser humano, es decir, la conciencia,
la razón y la experiencia subjetiva. Esta doble mirada marcará el rumbo del
pensamiento moderno, desde Descartes hasta Kant.
La filosofía contemporánea se caracteriza por una notable
diversidad de corrientes y enfoques, que reflejan la complejidad del mundo
moderno y la pluralidad de sus interrogantes. Las filosofías de la existencia,
como las de Kierkegaard, Heidegger o Sartre, ponen en el centro la experiencia
individual, la libertad, la angustia y el sentido de la vida. Paralelamente, la
filosofía analítica, desarrollada principalmente en el mundo anglosajón, se
enfoca en el análisis lógico del lenguaje y de los conceptos, buscando claridad
y rigor en los problemas filosóficos. En esta línea, la filosofía del lenguaje
adquiere un papel crucial, especialmente con autores como Wittgenstein, al
mostrar cómo el uso del lenguaje estructura nuestro pensamiento y comprensión
del mundo. Por otro lado, la ontología de Nicolai Hartmann propone una
renovación del pensamiento sobre el ser, atendiendo a los distintos niveles de
realidad y a las estructuras fundamentales del mundo. La filosofía
hermenéutica, impulsada por autores como Gadamer, profundiza en la
interpretación de los textos, la historia y la cultura, destacando el carácter
dialogal del conocimiento. Finalmente, la teoría crítica, con figuras como Adorno
o Habermas, se orienta a una reflexión filosófica que no solo analiza la
sociedad, sino que busca transformarla, cuestionando las estructuras de poder,
ideología y dominación que condicionan la vida humana. En conjunto, la
filosofía contemporánea no ofrece una única respuesta, sino múltiples caminos
que intentan comprender al ser humano en su complejidad, en su lenguaje, en su
historia y en su mundo.
En su libro Sobre la filosofía (2018), Gilbert
Simondon mantiene que la filosofía es una actitud reflexiva que debe comenzar
por evitar postular una pertenencia. El pensamiento filosófico puede ser
definido como reflexión incondicional sobre cualquier dato que la experiencia
espontánea presenta como problemática. Una filosofía real no puede definirse
primero como filosofía de. Una filosofía de es aquella en la cual
los paradigmas no son contemporáneos del desarrollo del pensamiento como
búsqueda, sino anteriores. Si el dominio está en el objeto, la denomina
filosofía de la Naturaleza. Si está en el sujeto, es filosofía del
Espíritu. Simondon distingue entre monismo y pluralismo, siendo monista la
filosofía que parte de un único fenómeno dotado de plurivalencia y siendo
pluralista aquella filosofía que hace co-cristalizar una serie abierta e
indefinida de fenómenos plurivalentes. Así, la época antigua es monista y la
época clásica fundó una axiomática dualista, mientras que la época moderna fue
conducida a una axiomática dialéctica que contiene saber, acción y poder:
Monismo, dualismo y trialismo son las
tres etapas necesarias de la génesis del saber relativas a los modos
organizados del ser (Simondon, 2018: 211).
Hace diferencia también Simondon entre filosofías continuas y
discontinuas: mientras que la filosofía de Pascal es una filosofía de lo
discontinuo, la de Descartes y Malebranche son filosofías de lo continuo, del
contacto directo. Mientras que para Pascal solo existen individuos separados
por la nada, para Descartes no hay vacío, existe un elemento, por ejemplo, la
materia sutil, y todas las acciones se explican por desplazamientos de materia
sutil.
Para Simondon, la Antigüedad dio nacimiento a una filosofía
de las estructuras, bien en las formas arquetípicas del idealismo platónico,
bien en la escala infrahumana de las moléculas materiales de los epicúreos o
bien en el esquema hilemórfico de Aristóteles. Después vino el criticismo
kantiano que desembocó en el relativismo, y a su vez al positivismo que,
aceptando las limitaciones relativistas, fundó la sociología. Comenta Simondon
que la carrera intelectual de Georges Bataille es representativa en la
filosofía francesa contemporánea del alejamiento de toda búsqueda de trascendencia
y que Jean Hyppolite reconduce la atención filosófica hacia el examen de lo
concreto de las situaciones humanas actuales renunciando a la búsqueda de una
trascendencia vertical.
Desde sus orígenes griegos, la filosofía ha sido un ejercicio
de asombro ante el ser, un esfuerzo por pensar lo que existe más allá de lo
aparente. Sin embargo, la modernidad y la posmodernidad desplazaron ese afán
ontológico: la primera lo subordinó a la ciencia empírica; la segunda lo
disolvió en lenguaje, deseo o poder. La posmodernidad, con pensadores como
Derrida, Foucault y Lyotard, desconfió de toda razón universal y de todo
proyecto totalizante. La idea de una filosofía racional y ontológica parecía archivada.
Pero lo que la crítica posmoderna no anticipó fue el surgimiento de un nuevo
tipo de razón: no ya humana, sino artificial. La IA no es simplemente una
herramienta: es un modelo de pensamiento no humano, una alteridad cognitiva que
plantea problemas radicales sobre la percepción, el conocimiento y el ser. la
IA introduce una nueva dimensión: podría detectar patrones invisibles, simular
mundos posibles, anticipar comportamientos, procesar variables inabarcables
para la mente humana. En este sentido, la IA podría convertirse en una aliada
inesperada de la filosofía metafísica. Como Kant advirtió, la percepción humana
está limitada por las formas a priori del espacio y del tiempo, y por nuestras
estructuras sensibles. El “noúmeno”, la cosa en sí, permanecía inaccesible.
Pero, ¿qué ocurre si las máquinas son capaces de construir otras formas de
percepción? ¿Podrían ayudarnos a imaginar otros modos de acceso a lo real, que
no estén filtrados por nuestras categorías?
Autores contemporáneos como Yuk Hui han propuesto rearticular
la metafísica desde una “cosmotécnica”, es decir, una reflexión sobre el ser y
el saber que incluya a las tecnologías emergentes sin perder la dimensión
filosófica:
La inteligencia artificial, en la
medida en que es artificial, es propensa a la mutación, lo cual significa que
conlleva la posibilidad de desviarse de todas las normas. En cuanto a la
inteligencia, no podemos decir lo que es, pues, paradójicamente, cualquier
definición tiende a limitar la inteligencia misma. Entendiendo la inteligencia
artificial de este modo, el futuro permanece para nosotros formal y ontológicamente
abierto (Hui, 2025: 255).
La ciencia contemporánea ya no depende únicamente de la
observación empírica directa. Podríamos así pensar en una ciencia ampliada que,
asistida por IA, pueda abordar preguntas que hasta hace poco eran patrimonio
exclusivo de la filosofía o la imaginación:
Toda crítica de la ciencia corre el
riesgo de ser acusada de relativismo epistemológico. Pero puede que este
relativismo sea exactamente lo que debemos revisitar hoy (Hui, 2025: 247).
Piensa Hui que es necesario redescubrir y desarrollar
epistemologías y epistemes alternativas a las dominantes:
En La pregunta por la técnica en
China sugerí redefinir el concepto de episteme de Michel Foucault, esto es,
la condición sensible bajo la cual se produce el conocimiento (Hui, 2025: 335).
Opina que mientras nuestra episteme continúe siendo moderna,
lo que Descola describe como naturalismo, la lógica cibernética seguirá siendo
ineficaz y que la filosofía debe conocerse a sí misma y buscar otros comienzos,
debiendo desterritorializarse a sí misma para propiciar el surgimiento de
nuevas epistemes. Argumenta que el discurso posmoderno de Lyotard, centrado en
la inseguridad e incertidumbre condicionadas por las nuevas tecnologías,
fracasó porque buscó una lógica universal que solamente era aplicable a Europa,
una lógica que Hui considera demasiado local.
Del mismo modo, Luciano Floridi afirma que nuestra
comprensión y conceptualización de la esencia y el tejido de la realidad está
cambiando, ya que hemos empezado a aceptar lo virtual como parcialmente real y
lo real como parcialmente virtual. Floridi habla de la “infoesfera” y de lo que
se podría calificar de “e-medioambientalismo sintético”, lo cual requerirá un
cambio en cómo nos percibimos a nosotros mismos y nuestros roles con respecto a
la realidad, así como una reflexión sobre el proyecto humano y una revisión
crítica de nuestras narrativas actuales como cuestiones urgentes:
La filosofía como diseño conceptual
debería contribuir no solo con un cambio de perspectiva, sino también con
esfuerzos constructivos que puedan traducirse en políticas. Debería ayudarnos a
mejorar nuestra autocomprensión y a desarrollar una sociedad que pueda cuidar
tanto de la humanidad como de la naturaleza (Floridi, 2024: 407).
Ciertamente, la filosofía tiene por delante en este siglo el
cometido de reinventarse y revisarse. La aparición de la inteligencia
artificial no clausura el pensamiento filosófico, sino que lo convoca a una
nueva tarea: mientras más capaces se vuelven nuestras máquinas, más urgentes se
vuelven nuestras preguntas filosóficas. No basta con hacerlas funcionar, sino
que también hay que pensar lo que implican. El regreso a una filosofía
racional, ontológica y metafísica no significa un retroceso, sino una transformación
radical: pensar desde otro lugar, con otras herramientas, en un mundo donde lo
humano ya no es el centro de nuestras vidas. Una filosofía que se atreva a
interrogar la existencia de otros modos de ser, de otras dimensiones
perceptivas, y que, en diálogo con la ciencia y la IA, expanda los límites de
lo pensable sin renunciar a la lucidez crítica que le es característica.
Bibliografía:
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